13 #2
Billy permaneció un buen rato con el lápiz inmóvil sobre la libreta.
Los caminos forestales y las zonas que todavía no habían peinado los voluntarios seguían extendiéndose sobre el papel, aunque hacía rato que había dejado de pensar en ellas.
De vez en cuando levantaba la vista hacia el reloj de la cocina. Después miraba a Rick y esperaba.
No tuvo que hacerlo mucho tiempo.
Algo más de una hora después, el partido de los Red Sox seguía avanzando en una televisión que nadie estaba viendo. Las botellas habían cambiado de sitio, pero el salón parecía el mismo y Rick dormía en el sofá con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ligeramente ladeada.
Billy se quedó observándolo un instante.
Incluso dormido conservaba las mismas manos enormes de carpintero, la vieja cicatriz junto a la ceja y aquella costumbre de fruncir el entrecejo como si siguiera intentando resolver algún problema.
Se acercó despacio al aparador, cogió las llaves procurando que no tintinearan y salió al porche sin hacer ruido.
El aire le acarició la cara en cuanto cruzó la puerta.
Todavía conservaba parte del calor del día, aunque septiembre empezaba a dejarse notar.
Los grillos cantaban entre los jardines y una brisa ligera movía las copas de los arces que bordeaban Maple Street.
El verano seguía allí, pero septiembre ya esperaba a la vuelta de la esquina.
Sacó la bicicleta del cobertizo y, antes de montar, volvió la vista hacia la casa. Detrás de las cortinas seguía parpadeando la luz azulada del televisor.
Apoyó un pie en el pedal y echó a rodar calle abajo.
A esa hora Maple Street todavía estaba llena de niños jugando en los jardines, bicicletas cruzando la calzada y vecinos sentados en los porches aprovechando el fresco que empezaba a levantarse.
El asfalto seguía guardando el calor de toda la tarde y, entre el olor de la hierba recién regada, empezaban a mezclarse las primeras hojas secas del final del verano.
Pedaleó hasta Linden Street, donde vivían Hilton y Hope.
En unas semanas se había convertido en una de las personas más conocidas de Riverbend.
Bastaba con entrar en la cafetería Miller o encender la televisión para verlo hablando con periodistas, organizando equipos de búsqueda o inclinado sobre un mapa.
Billy no recordaba haberlo visto sonreír desde la desaparición de Hope.
Varias camionetas ocupaban parte de la calle. Había voluntarios entrando y saliendo del jardín con mochilas al hombro, policías estatales consultando mapas y pequeños grupos de vecinos que hablaban en voz baja sin dejar de mirar la casa.
Lo primero que vio fueron los perros. Descansaban junto a una valla blanca mientras sus guías conversaban unos metros más allá. Había un pastor alemán enorme, un labrador color miel y un mestizo de orejas caídas que observaba a todo el mundo con una tranquilidad impropia de un animal.
Billy aflojó el pedaleo casi sin darse cuenta.
Se quedó mirando al pastor alemán. De pequeño había pensado muchas veces que, si algún día tenía un perro, se llamaría NASA.
Después empezó a imaginar otras cosas. Que aprendería a seguir rastros.
Que encontraría personas perdidas. Que un día se detendría en mitad de un bosque, movería la cola y levantaría la vista hacia él como diciendo: ya está.
Nunca dejó de imaginarlo del todo, ni siquiera entonces.
—Billy.
Levantó la cabeza.
Hilton bajaba los escalones del porche con una taza de café en la mano. La camisa azul estaba arrugada, la barba empezaba a cubrirle las mejillas y las ojeras parecían más profundas que la última vez que lo había visto.
—Hola, profesor.
Hilton miró primero la bicicleta y luego la calle por la que Billy acababa de llegar.
—¿Tu padre sabe que estás aquí?
—Sí.
Hilton levantó la vista por encima del borde de la taza y lo sostuvo unos segundos con aquella paciencia que siempre parecía conceder una última oportunidad para decir la verdad.
Billy no dijo nada. Al final fue Hilton quien dejó escapar un suspiro.
—Claro que sí...
Billy nunca había entendido por qué los adultos hacían aquello. Descubrían una mentira antes incluso de que terminaras de contarla, fingían creerla y seguían adelante como si nada. Debía de existir algún acuerdo secreto entre ellos del que los niños solo se enteraban cuando dejaban de serlo.
—Vamos. —Hilton hizo un gesto con la cabeza—. Están repartiendo los grupos.
Billy dejó la bicicleta apoyada junto a la valla y lo siguió hasta el jardín. Solo entonces comprendió que aquella búsqueda ya no pertenecía solo a la policía.
Daniel Johnson acababa de llegar del parque de bomberos. Todavía llevaba la parte superior del uniforme y hablaba con un agente de la policía estatal mientras ajustaba una linterna al cinturón con la rapidez de quien llevaba años haciéndolo.
Muy cerca, Rebecca iba de un grupo a otro repartiendo botellas de agua sin permitir que nadie se quedara con las manos vacías.
Billy siempre había pensado que aquella mujer habría organizado una búsqueda, una barbacoa o una fiesta sorpresa exactamente igual: caminando deprisa, sonriendo poco y sabiendo lo que necesitaba cada persona antes incluso de que lo pidiera.
Cole tampoco paraba quieto. Sujetaba la correa de Mozart mientras el viejo labrador saludaba a todo el mundo con esa paciencia inagotable que solo parecían tener algunos perros mayores.
Cada pocos pasos alguien le rascaba detrás de las orejas y Mozart aceptaba las caricias como si formaran parte de su trabajo.
Un poco más allá estaban los Kaplan. El señor Kaplan discutía con dos policías alrededor de un mapa desplegado sobre el capó de una camioneta. Señalaba distintos senderos con el dedo mientras hablaba con absoluta seguridad.
—Yo empezaría por la zona norte.
Uno de los agentes levantó la vista del mapa.
—¿Y eso?
—Porque, si yo fuera un secuestrador, escondería allí a la víctima.
El policía sonrió sin dejar de tomar notas.
—Por suerte usted no es un secuestrador.
El señor Kaplan asintió muy despacio.
—Ay, madre. Eso es exactamente lo que dice la policía cuando tiene a un sospechoso. No creerán ustedes... mejor me callo.
El agente terminó soltando una carcajada.
A pocos metros, la señora Kaplan parecía completamente ajena a aquella conversación.
Seguía colocando galletas caseras sobre una bandeja de plástico mientras ofrecía café a cualquiera que pasara por delante.
Billy siempre había pensado que aquella mujer debía de llevar comida preparada incluso cuando iba al dentista.
Jonah tampoco había cambiado demasiado. Billy intentó recordar la última vez que lo había visto sin estar comiendo. Un paquete de patatas, una chocolatina, un bocadillo, una bolsa de regaliz... daba igual qué fuera. Después de pensarlo un momento, llegó a la conclusión de que nunca había pasado.
Jonah levantó la vista al verlo acercarse.
—Sabía que vendrías.
—¿Cómo?
— Je, je... porque eres idiota.
Billy aceptó la galleta.
—Gracias.
—¿Por llamarte idiota o por la galleta? —sonrió Jonah—. En cualquier caso... de nada.
Todavía conservaba el calor del horno.
Mientras terminaba de comerla, Billy dejó que la mirada recorriera el jardín sin detenerse en ningún sitio concreto.
Había vecinos inclinados sobre los mapas, voluntarios ajustándose las mochilas, policías hablando en voz baja y gente que probablemente no se había dirigido la palabra en la vida trabajando codo con codo sin que a nadie pareciera resultarle extraño.
La policía seguía organizándolo todo, pero aquella búsqueda ya era de Riverbend.
No todos conocían de verdad a Hope. Algunos apenas habían cruzado unas palabras con ella; otros solo la recordaban de verla pasear por Main Street o haciendo la compra en el supermercado de Oak Square. No parecía importar demasiado.
Era una de los suyos.
Billy conocía Riverbend lo bastante bien para saber que aquel pueblo podía resultar desesperante.
Los rumores corrían más deprisa que las bicicletas y bastaba un error para convertirse en tema de conversación durante todo un verano.
Había vecinos capaces de enterarse de una discusión antes incluso de que terminara.
Pero también sabía otra cosa. Cuando alguien necesitaba ayuda, Siempre terminaba presentándose todo el mundo. Unos llevaban linternas. Otros, café. La señora Kaplan había horneado galletas para medio condado y estaba convencida de que todavía eran pocas.
Aquella noche daba la impresión de que todo el pueblo había salido de casa.
El punto de reunión se encontraba al final de Cottonwood Road, junto a una vieja pista forestal que los cazadores utilizaban cuando empezaba la temporada del ciervo. Billy había pasado por allí decenas de veces, pero nunca la había visto transformada de aquella manera.
Los focos de las camionetas convertían el claro en una isla de luz en mitad de los pinares de Hollow Creek.
Había patrullas de la policía estatal, mesas plegables cubiertas de mapas y termos de café que iban cambiando de unas manos a otras mientras los voluntarios comprobaban linternas, mochilas y emisoras.
Desde lejos casi parecía la verbena de verano. Solo al acercarse aquella impresión se deshacía. La señora Feldman recorría el campamento con tres bandejas de magdalenas apoyadas en los brazos, y cada vez que alguien rechazaba una galleta, Barbara Kaplan sonreía y repetía la misma frase:
—No se encuentra a una persona con el estómago vacío.
El señor Kaplan seguía inclinado sobre un mapa, convencido de que tarde o temprano la policía terminaría aceptando su teoría sobre la zona norte. Su mujer, en cambio, prefería emplear las energías en algo que, según ella, sí tenía solución inmediata.
En cuanto vio a Billy, apareció con una bolsa de papel.
—Come.
—Acabo de cenar, señora Kaplan.
—Perfecto. Entonces tendrás sitio para el postre.
Ni siquiera esperó a que contestara.
Jonah observó la escena y negó con la cabeza.
—¿Ves? Esto es mi vida.