13
Cuando Hope Callaghan desapareció, nadie en Riverbend comprendió de inmediato que algo acababa de romperse.
Los primeros días transcurrieron como cualquier otro comienzo de verano.
El sol seguía cayendo sobre Main Street a la misma hora de siempre; los aspersores giraban despacio sobre los jardines y los chavales recorrían el pueblo en bicicleta hasta que alguna madre los llamaba a gritos desde el porche porque la cena se estaba enfriando.
Bastó una semana para que aquella normalidad empezara a sentirse lejana.
Billy tenía quince años y sabía reconocer esos cambios pequeños que los adultos tardaban más en notar.
Hasta entonces, la noticia más importante del año había sido el incendio del viejo almacén de los Cooper.
Antes de eso, una tormenta había desbordado el arroyo y medio pueblo pasó varios días discutiendo en el bar de Eddie sobre quién debía hacerse cargo de los desperfectos.
Riverbend era esa clase de lugar donde una final de las ligas infantiles o una pelea en el aparcamiento del instituto daban conversación durante meses.
Por eso resultaba tan extraño ver furgonetas de televisión aparcadas junto al ayuntamiento.
Los periodistas recorrían Main Street con el micrófono en una mano y un mapa del pueblo en la otra.
Las cámaras apuntaban hacia la casa de los Callaghan y los coches de la policía estatal empezaron a aparecer en calles donde, hasta entonces, lo más emocionante era ver al señor McMannaman paseando a su beagle o a algún jubilado regando el césped.
Durante unos días fue imposible escapar de Hope.
Su fotografía apareció pegada en escaparates, estaciones de servicio y tablones de anuncios; estaba junto a la caja del supermercado, en la televisión del bar de Eddie Lazzlo, sonaba por la radio del coche de McKenna e incluso en la puerta del videoclub.
Siempre era la misma imagen: el pelo cobrizo, aquella sonrisa tranquila y una pregunta impresa debajo que parecía seguirte incluso después de apartar la vista.
¿La ha visto?
Los adultos intentaban continuar con su vida, pero el miedo encontraba la forma de sentarse a la mesa con ellos.
Las conversaciones bajaban de volumen cuando un niño se acercaba, las madres empezaron a llamar a sus hijos antes de que anocheciera y, casi sin darse cuenta, aparecieron cerraduras nuevas en puertas que llevaban años abiertas.
El cambio se notaba sobre todo al caer la noche.
Riverbend siempre había sido un pueblo tranquilo después de cenar.
Se oían los grillos, el zumbido lejano de un televisor, el golpeteo de los aspersores y, de vez en cuando, algún perro ladrando al otro lado del lago.
Había luces encendidas hasta más tarde, cortinas que se movían cuando alguien pasaba por la calle y un silencio atento que parecía escuchar la oscuridad.
Las búsquedas empezaron enseguida. Primero llegaron los voluntarios; después, los perros, los helicópteros y los equipos de rescate.
Durante varios fines de semana las cunetas se llenaron de coches aparcados junto a senderos y caminos forestales.
Los periodistas iban y venían con el mismo mapa doblado bajo el brazo y una teoría nueva cada día.
Unos aseguraban que Hope se había marchado por voluntad propia.
Otros hablaban de un secuestro. Los más aficionados a los programas de sucesos empezaron a relacionar su desaparición con otros casos ocurridos en distintos puntos de Nueva Inglaterra.
Billy escuchaba aquellas conversaciones en todas partes: en el supermercado, en la cafetería, en casa, incluso mientras esperaba turno en la gasolinera.
Cada vez que veía la fotografía de Hope sentía la misma molestia sorda en el estómago.
Para los demás era un cartel de persona desaparecida.
Para él seguía siendo la profesora que le había puesto una tirita con un dinosaurio verde cuando se abrió la rodilla durante el primer año de instituto; la mujer que siempre olía a vainilla y que una vez le dijo que las personas interesantes no eran las que nunca se caían, sino las que aprendían a levantarse.
Unas semanas antes, aquel mismo rostro recorría los pasillos del instituto saludando a todo el mundo por su nombre. Ahora no había dejado detrás más que preguntas.
A finales de agosto apenas faltaban dos semanas para que empezaran las clases y Billy ya había comprendido algo que muchos adultos parecían negarse a admitir.
Las cámaras terminarían marchándose, los periodistas encontrarían otra historia que perseguir, los Patriots volverían a ocupar las portadas deportivas, los Celtics recuperarían su sitio en los informativos y Riverbend acabaría pareciéndose otra vez al de siempre.
Hope Callaghan, no.
Cuanto más tiempo pasaba, más convencido estaba de que, si algún día alguien conseguía encontrarla, tendría que empezar a buscar justo donde los demás habían dejado de hacerlo.
Su padre pasó buena parte de aquel verano delante del televisor.
Billy nunca supo decir cuándo empezó exactamente. Fue como esas manchas de humedad que aparecían en algunos techos del barrio: primero una sombra pequeña en una esquina; después otra un poco más grande y, cuando querías darte cuenta, el techo entero había cambiado sin que nadie recordara cuándo.
Con Rick ocurrió algo parecido. Después de la desaparición de Claire todavía discutía con policías, perseguía a periodistas por el aparcamiento del ayuntamiento y era capaz de recorrer medio Massachusetts porque alguien aseguraba haber visto a una mujer pelirroja en una estación de servicio.
Durante años aceptó cualquier trabajo que le permitiera seguir buscando, hizo llamadas a desconocidos y volvió una y otra vez sobre pistas que los demás ya habían dado por agotadas.
Hasta que dejó de hacerlo.
Nadie supo decir cuándo.
Un día dejaron de sonar las llamadas, los mapas desaparecieron de la mesa del comedor y Rick empezó a pasar la mayor parte del tiempo en el salón, con una cerveza en la mano y el televisor encendido.
Aquella tarde estaba descalzo en el sofá, con una botella apoyada sobre el pecho y el mando descansando sobre el estómago. El volumen era tan alto que podía oírse desde cualquier rincón de la casa.
En la pantalla desfilaban otra vez las mismas imágenes: un helicóptero sobrevolando un bosque interminable, voluntarios avanzando en fila entre los árboles, policías inclinados sobre mapas extendidos sobre el capó de un coche patrulla. Cada pocos minutos reaparecía el mismo rostro.
Hope Callaghan.
Billy llevaba semanas viéndola en carteles, periódicos y televisores. Ya conocía aquella fotografía de memoria. Le resultaba extraño pensar que media Nueva Inglaterra reconociera ya aquella cara sin haber cruzado jamás una palabra con ella.
Sentado a la mesa del comedor, llevaba más de una hora llenando una libreta de senderos, caminos forestales y pequeñas anotaciones que solo él entendía. De vez en cuando levantaba la vista hacia el salón.
Rick apenas miraba la televisión. Escuchaba el murmullo del programa más que las imágenes. Desde que Claire desapareció, muchas veces el televisor permanecía encendido solo para llenar el silencio de la casa.
Sin apartar los ojos de la pantalla, murmuró:
—Apaga eso un rato.
—¿Qué?
—La tele. —Rick hizo un gesto vago hacia el salón.
—Pero si la estás viendo tú.
Billy asomó la cabeza por encima de la libreta.
—Precisamente por eso. Me está poniendo de mala leche.
—Entonces apágala tú.
Rick resopló entre dientes mientras se incorporaba para alcanzar el mando. Al hacerlo, las botellas vacías amontonadas junto al sofá tintinearon unas contra otras.
Billy volvió a bajar la vista hacia la libreta.
Hacía meses que había dejado de reparar en el olor a cerveza, en la barba de varios días o en aquella camiseta de tirantes que parecía sobrevivir a todas las coladas.
Lo que aún le sorprendía era acordarse, de vez en cuando, del hombre que construía cabañas con los tablones sobrantes del taller y preparaba tortitas los domingos como si aquello mereciera una celebración.
El televisor se apagó.
El silencio apenas duró un instante.
Por la ventana abierta llegaba el chasquido acompasado de los aspersores de los Johnson. Un coche pasó despacio por Maple Street y, en alguna casa cercana, alguien soltó una carcajada.
Rick dejó el mando sobre la mesa y, sin mirar a Billy, dijo:
—No tendrás pensado salir esta noche, ¿verdad?
—¿Qué?
—Has oído perfectamente lo que he dicho.
—No, no pensaba salir.
—Billy, no me tomes por idiota. —Cogió la botella casi por costumbre y señaló con ella hacia la ventana—. Sé perfectamente lo que tramas. Hoy no vas a salir, ¿entendido?
Billy dejó escapar el aire. Aquella conversación llevaba semanas repitiéndose con palabras distintas y siempre acababa en el mismo sitio.
—La policía ya está buscando a esa chica. También los voluntarios. No necesito que mi hijo se meta en el bosque jugando a ser Batman.
—Solo quiero ayudar, papá.
—Me da igual. He dicho que no.
Su padre permaneció unos segundos con la botella entre las manos, haciéndola girar despacio entre los dedos. No bebió. Al cabo de un momento se pasó una mano por la cara.
—Hijo... No sabes quién ha hecho esto. No sabes si sigue ahí fuera... ni de lo que es capaz.
Billy bajó los ojos hacia la libreta. Los senderos que llevaba toda la tarde dibujando parecían mucho menos claros.
—Pero, papá... Hope fue buena conmigo. No puedo...
—Lo sé. Pero lo siento. Me preocupas tú, Billy. Tú.
Volvió a recostarse en el sofá y dejó la vista al otro lado de la ventana. El sol empezaba a esconderse detrás de los árboles y las sombras iban adueñándose poco a poco de Maple Street.