Punky: El perro que nos encontró 12
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Con el arma en una mano, Billy cerró la puerta del sótano detrás de sí y el ruido de la casa quedó reducido a un murmullo lejano.

Arriba seguían moviéndose personas. Walter daba órdenes, los sanitarios entraban y salían de la vivienda y, en algún lugar del jardín, sonó el portazo metálico de una jaula de transporte.

Incluso acababa de llegar una ambulancia.

Pero, a medida que descendía los primeros escalones, la madera y el cemento fueron tragándose aquellos sonidos hasta dejarlos reducidos a un eco apagado, como si el sótano perteneciera a otra casa escondida bajo la verdadera.

El olor llegó incluso antes que la oscuridad: humedad, moho, ropa mojada y comida descompuesta. Era el aire espeso de los lugares donde las ventanas llevaban demasiado tiempo sin abrirse y el tiempo parecía avanzar más despacio que en el resto del mundo.

Billy iluminó los peldaños con la linterna y comenzó a bajar despacio, sujetando la pistola junto al muslo mientras el haz de luz tanteaba el terreno unos metros por delante.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Le habla la policía de Riverbend.

La voz chocó contra las paredes de hormigón y regresó convertida en un eco apagado que terminó perdiéndose entre la oscuridad. Solo el goteo lento de una tubería oculta rompía el silencio.

CLONC.

Billy se quedó inmóvil, con la linterna apuntando al fondo del sótano.

Aquel golpe metálico apenas había sobresalido del goteo constante, pero tenía una sequedad extraña, un sonido demasiado limpio para pertenecer al agua.

El haz de luz recorrió despacio las columnas de hormigón y las cajas apiladas.

Nada.

O, al menos, nada que explicara aquel ruido.

Siguió bajando. La linterna fue descubriendo unas estanterías desnudas, herramientas cubiertas de óxido, cajas deformadas por la humedad y montones de periódicos que el paso de los años había convertido en una masa gris pegada al suelo.

Entre las vigas colgaban telarañas antiguas y las manchas de humedad trepaban por las paredes como si la casa llevara años pudriéndose desde dentro.

CLONC.

El sonido volvió a abrirse paso entre el goteo.

Billy levantó la cabeza casi por instinto. Los ecos rebotaban contra el hormigón y desdibujaban las distancias. Movió la linterna muy despacio. La luz recorrió las columnas, las sombras y los montones de cajas vencidas por la humedad.

Algo salió disparado.

Billy apenas tuvo tiempo de pensar. Giró sobre sí mismo mientras levantaba la pistola y el corazón le dio un vuelco.

—¡Joder! Qué susto me has dado...

La figura se detuvo a pocos metros.

Era un perro negro, menos flaco que los dos anteriores y con el pelaje tan cubierto de suciedad que costaba imaginar cómo habría sido antes de acabar allí abajo.

Permaneció inmóvil observándolo. Movía la cola despacio, sin rastro de miedo ni de agresividad, con la serenidad de quien parecía preguntarse por qué aquel hombre acababa de asustarse tanto.

Billy bajó el arma y dejó escapar el aire con una risa nerviosa.

—¿Y tú qué haces aquí abajo?

El perro ladeó ligeramente la cabeza.

Había visto aquella expresión muchas veces. Esa paciencia silenciosa con la que algunos perros esperan a que las personas terminen de entender las cosas.

Se acercó sin prisa, le olfateó la mano un instante y, cuando pareció decidir que aquello era suficiente, dio media vuelta y echó a andar hacia el fondo del sótano.

Billy lo dejó alejarse unos pasos antes de seguirlo.

El animal avanzaba con absoluta seguridad.

No exploraba. Caminaba como quien conoce cada rincón.

De vez en cuando se detenía, miraba por encima del hombro para comprobar que Billy seguía allí y reanudaba la marcha con el mismo paso tranquilo.

La linterna fue descubriendo una parte del sótano que hasta entonces había permanecido oculta.

Alguien había vivido allí durante mucho tiempo.

Los colchones descansaban directamente sobre el suelo, las mantas formaban montones deshechos contra las paredes y, entre cubos, botellas vacías, latas abiertas y montañas de ropa arrugada, sobrevivían pequeños gestos cotidianos mucho más inquietantes que el propio abandono del lugar.

El perro aflojó el paso hasta detenerse entre dos columnas de hormigón. Billy hizo lo mismo.

—¿Qué pasa, chico? ¿Quieres enseñarme algo?

Durante unos segundos solo oyó el goteo de las tuberías. Permaneció inmóvil hasta distinguir otro ritmo, tan débil e irregular que al principio costaba separarlo del resto de los sonidos.

—¿Hola...? —La garganta empezaba a secársele—. ¿Hay alguien?

Su propia voz apenas fue un murmullo y el sótano la devoró casi al instante.

Billy avanzó despacio con la linterna por delante, procurando no hacer ruido.

El haz de luz recorrió la pared húmeda, unas mantas extendidas sobre el suelo, un colchón apoyado contra el rincón y varios montones de ropa que parecían llevar tanto tiempo allí que costaba distinguirlos del resto del sótano.

Estaba a punto de convencerse de que no había encontrado nada cuando una de aquellas mantas se movió apenas unos centímetros.

Fue un gesto mínimo. Tan pequeño que, de no haber permanecido completamente inmóvil, probablemente habría pasado desapercibido.

Levantó despacio la linterna.

La luz fue ascendiendo desde el suelo hasta descubrir una maraña de cabello cobrizo, unos brazos abrazando con fuerza unas rodillas demasiado delgadas y un rostro que alzó una mano para protegerse de la claridad.

El pelo le caía sobre los hombros convertido en un amasijo imposible de desenredar y llevaba tanto tiempo encogida sobre sí misma que parecía haberse fundido con aquel rincón.

Cuando la luz terminó de alcanzarle el rostro, Billy sintió que el corazón se le detenía un instante.

Aquel pelo.

Las pecas.

La piel extraordinariamente pálida.

Durante una fracción de segundo todo encajó donde no debía. La flor amarilla apareció en algún rincón de su memoria y, antes de que pudiera impedirlo, la palabra escapó sola.

—¿Mamá...?

La joven levantó despacio la cabeza. Los ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la luz de la linterna y, cuando por fin encontraron los de Billy, los labios comenzaron a temblarle.

—P-por favor... —La voz apenas consiguió romper el silencio—. No... no cierre la puerta. Por favor. Quédese.

Billy guardó la pistola despacio, procurando que ella no perdiera de vista ninguno de sus movimientos. Después dio un paso al frente y levantó la mano libre, abierta.

—No te preocupes. No voy a cerrarla, ¿vale?

Ella volvió a encogerse contra la pared por puro instinto. Billy bajó un poco la linterna.y, cuando volvió a hablar, lo hizo casi en un susurro.

—Tranquila. Ya está. Estoy aquí.

El perro se acercó sin hacer ruido y se tumbó a su lado, apoyando el cuerpo contra sus piernas con la naturalidad de quien llevaba demasiado tiempo ocupando aquel mismo sitio.

Billy se arrodilló frente a ella y solo entonces reparó en las mejillas hundidas, los labios cuarteados y las profundas ojeras.

Las mejillas hundidas, los labios cuarteados y las profundas ojeras hablaban por sí solos, pero al bajar un poco más la linterna la manga dejó al descubierto una muñeca demasiado delgada.

Bajo la suciedad seguían marcadas varias cicatrices antiguas, profundas, surcos que la piel había conservado mucho después de que desaparecieran las cuerdas que las provocaron.

—Ahora necesito que te apoyes sobre mí. ¿Crees que puedes? Voy a sacarte de aquí.

Esperó un instante.

—¿Me entiendes?

La joven tardó unos segundos en reaccionar.

Al final asintió muy despacio. Apenas fue un movimiento de cabeza, casi imperceptible, pero bastó para que un mechón de cabello le resbalara por la mejilla.

Seguía mirándolo sin apartar los ojos, atrapada todavía entre el miedo y una desconfianza demasiado antigua para desaparecer de golpe.

Billy dejó la pistola en el suelo y le tendió las dos manos.

—Vamos.

Ella vaciló antes de alargar una de las suyas. Lo hizo despacio, como si hubiera olvidado cuánto pesaba un brazo o necesitara convencerse de que aquella mano seguiría allí cuando terminara de estirarla. Sus dedos apenas rozaron los de Billy y todo su cuerpo empezó a temblar.

Él la sujetó con suavidad y tiró despacio para ayudarla a incorporarse, pero las piernas apenas consiguieron sostenerla un instante antes de ceder bajo su propio peso.

Billy la sujetó por los hombros antes de que volviera a caer. El perro también se levantó y se colocó a su lado, rozándole las piernas con el cuerpo, atento a cualquier movimiento, como si hubiera repetido aquella escena demasiadas veces.

La muchacha empezó a llorar.

Al principio apenas fue un temblor en los labios. Después llegaron los sollozos, secos, contenidos, tan silenciosos que durante un instante Billy pensó que ni siquiera sabía ya cómo se lloraba.

Sintió que se le cerraba la garganta. Con mucho cuidado le pasó un brazo por los hombros.

—Tranquila...

Esperó a que recuperara un poco el aliento.

—Ya está. Vamos a sacarte de aquí.

Ella cerró los ojos con fuerza y apoyó la frente contra su pecho. Todo su cuerpo seguía temblando mientras buscaba el aire, como si todavía esperara que alguien fuera a abrir la puerta de un momento a otro para devolverla a aquel rincón.

Billy no intentó apresurarla.

Cuando notó que era capaz de sostenerse un poco mejor, volvió a sujetarla con firmeza y echaron a andar. El perro se adelantó unos pasos y caminó hacia la escalera sin necesidad de que nadie lo llamara.

A medida que avanzaban, la claridad que entraba por la puerta abierta del sótano fue creciendo poco a poco y, con ella, regresaron también los sonidos del exterior.

Primero llegó un murmullo lejano; después, el crepitar de una emisora de radio y el ir y venir apresurado de varias personas sobre sus cabezas.

—¡Aquí abajo!

La voz de Walter llegó amortiguada por el techo de madera, pero bastó para romper definitivamente el silencio del sótano. Se escucharon pasos corriendo por la casa, una puerta golpeó contra la pared y, apenas unos segundos después, el ulular de una ambulancia empezó a abrirse paso desde la calle.

La muchacha se detuvo en seco.

Billy sintió cómo la mano que sujetaba la suya se tensaba con una fuerza inesperada. La escalera estaba allí, iluminada por la luz del exterior.

Ella no fue capaz de dar un paso más.

—Mírame. —Le apretó un poco más la mano y esperó a que levantara la vista—. Se acabó.

Ella rompió a llorar otra vez.