11 #4
Billy aguardó junto a la puerta sin demasiada prisa.
Mientras Holloway escuchaba al otro lado de la línea, dejó que la mirada recorriera el despacho una vez más.
Los diplomas seguían perfectamente alineados en la pared, las fotografías ocupaban el mismo sitio de siempre y los archivadores llenaban las estanterías con un orden casi obsesivo.
Fue entonces cuando reparó en varias cajas de cartón apiladas junto al armario. En una de ellas alguien había pegado una nota adhesiva con una dirección escrita a mano.
Hope - 47 Linden St.
Apartó la vista casi de inmediato.
—¿Todo bien?
Billy se giró sobresaltado. Holloway ya había colgado el teléfono y lo observaba con aquella media sonrisa.
—Sí.
El director entrecerró ligeramente los ojos.
—Billy. Tienes cara de haber hecho una travesura.
—¿Yo?
—Sí. Aunque supongo que es una expresión bastante habitual en este edificio.
Billy abrió la puerta, se despidió con un gesto y salió procurando que su paso sonara tan natural como de costumbre. Aun así, mientras cruzaba el pasillo, solo era capaz de pensar en una cosa. Hope - 47 Linden St.
Jonah lo esperaba apoyado en la pared, con cara de llevar un buen rato imaginando lo peor.
—¿Qué? ¿Te ha dicho algo?
—No sabe por qué Hope ha faltado. —Billy echó a andar y Jonah se puso a su lado.
—Vaya...
—¿No te parece raro todo esto?
—¿Raro cómo?
—Pues... la profesora dice que Hope nunca falta. Holloway tampoco sabía que no había venido. Nadie parece haber hablado con ella desde ayer... No sé... Hay algo que no termina de cuadrarme.
—A lo mejor tiene gripe. —Jonah desvió la vista hacia el ventanal.
—Puede.
Billy guardó silencio unos pasos.
—Esto parece el principio de una película.
Jonah soltó una risa.
—¿Quién es ahora el que ve demasiadas pelis, eh?
—Solo digo que... igual habría que ir a verla.
Jonah volvió a detenerse. Dio una vuelta completa alrededor de Billy como si estuviera inspeccionándolo.
—¿Se puede saber qué haces?
—Comprobando una cosa.
—¿Cuál?
Jonah asintió despacio.
—Que Holloway no te ha cambiado por un clon.
—Estás fatal. —Billy reanudó la marcha—. Bueno... ¿vienes o no?
Jonah lo alcanzó enseguida.
—¿A casa de Hope?
Billy asintió.
—Vamos.
El calor de junio se había instalado por fin sobre Riverbend.
Las ventanas permanecían abiertas, los ventiladores zumbaban tras las mosquiteras y, desde algún jardín, llegaba el olor a carbón y hamburguesas sobre la parrilla.
Alanis Morissette sonaba demasiado alta para una tarde tranquila mientras, un poco más abajo, alguien lavaba el coche y el agua corría por el asfalto hasta perderse en las alcantarillas.
Billy respiró hondo. Durante unos minutos consiguió olvidarse del instituto. Un aspersor empezó a girar sobre el césped de una casa cercana y los dos se apartaron de la lluvia fina sin dejar de caminar.
—Como Hope diga que sí...
—Habremos salvado la película —respondió Jonah.
—Nos hace falta una Martha. Y una cámara que no parezca que está grabando un terremoto cada vez que respiras.
Jonah le lanzó una mirada de reojo.
—¿Eso iba por mí?
—No exclusivamente. —Billy soltó una risa.
Bajaron por Elm Avenue dejando atrás el instituto. Cruzaron Beech Street, pasaron frente a la biblioteca y continuaron un par de manzanas más hasta Hawthorn Street. Allí el tráfico empezó a desaparecer. Un minuto después giraron por Linden Street.
Las casas eran más pequeñas que las de Maple Street. Jardines cuidados, árboles todavía jóvenes y bicicletas apoyadas en más de un porche. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo para un viernes de junio.
—Voy a tener que reescribir a Martha. Porque, ahora que lo pienso, no podemos pedirle a la señorita Callaghan que atraviese una explosión, sobreviva a tres tiroteos y luego pronuncie un discurso de cinco minutos mientras el edificio arde.
Billy soltó una risa.
—Bueno, tampoco es que tengamos presupuesto.
—Ya. He intentado negociar con producción, pero dicen que no piensan subirme el sueldo.
Siguieron pedaleando ajenos a todo. Jonah continuó dándole vueltas al guion mientras Billy lo escuchaba con media sonrisa.
—Objetivamente, un perro mejora cualquier historia.
Billy no respondió.
—Piénsalo. E.T., Lassie... Bueno, Lassie ya iba de un perro, pero se entiende. Air Bud. Beethoven. Hasta Tiburón habría mejorado con un perro. Uno listo, quiero decir.
Billy sonrió. Con Jonah, cualquier paseo acababa convirtiéndose en una película distinta.
Cuando llegaron a la altura del número 40 de Linden Street, Billy levantó la vista.
Al fondo de la calle había tres coches de policía.
Jonah siguió hablando un par de frases más antes de darse cuenta de que ya no lo estaban escuchando. Entonces siguió la dirección de la mirada de Billy y las palabras murieron solas.
Tres patrullas ocupaban parte de la calzada.
Un sedán oscuro permanecía aparcado junto al bordillo y varios agentes se movían alrededor de una casa blanca situada unos metros más adelante.
No había carreras ni voces. Los policías hablaban en grupos pequeños, casi siempre en voz baja, con esa cautela extraña que parecía instalarse cuando nadie quería romper el silencio antes de tiempo.
—Billy... —La voz de Jonah bajó un tono—. Dime que me estoy montando una película.
Él no respondió. Echó a andar casi sin darse cuenta, incapaz de apartar la vista de la vivienda mientras aquella presión conocida iba creciendo muy despacio bajo las costillas. No era miedo exactamente. Era algo peor. La sensación de reconocer un lugar al que nunca habías querido volver.
La casa era pequeña, pintada de blanco, con un porche estrecho y varias macetas alineadas junto a los escalones. Una bicicleta descansaba apoyada contra la pared lateral y, sobre la mesa del jardín, una taza de café seguía donde alguien la había dejado.
Billy dejó de caminar.
La taza seguía medio llena, como si su dueña hubiera entrado un momento a buscar algo y esperara regresar antes de que el café se enfriara.
Entonces distinguió una figura junto al jardín.
—¡Hilton!
Hilton levantó la cabeza al oír la voz. Durante un instante pareció aliviado al reconocerlos, pero aquella expresión desapareció casi tan deprisa como había llegado.
Llevaba la camisa arrugada, las mangas remangadas sin orden y el pelo tan revuelto que daba la impresión de haberse pasado horas llevándose las manos a la cabeza.
—¿Qué hacéis aquí?
—Veníamos a ver a Hope.
Hilton tardó unos segundos en responder. Miró primero la vivienda, luego a los agentes que seguían entrando y saliendo del porche y, por último, volvió a fijarse en los dos chicos.
—¿La habéis visto?
—¿Verla dónde?
Hilton se pasó lentamente una mano por la cara.
—En cualquier sitio.
Billy y Jonah intercambiaron una mirada.
—No... —murmuró Billy—. ¿Por qué?
—Porque nadie consigue localizarla.
Dentro de la casa una puerta se cerró con un golpe seco.
Un agente apareció en el porche con una libreta bajo el brazo y descendió los escalones sin mirar a nadie.
Al otro lado de la calle, una mujer seguía regando unas hortensias con tanta dedicación que resultaba evidente que llevaba varios minutos sin prestar atención a las plantas.
—¿Desde cuándo? —preguntó Billy.
—Desde anoche. —Hilton volvió la vista hacia la vivienda—. Esta mañana no apareció por el instituto. No llamó. No respondió a ningún mensaje. Pensé que tendría gripe... o que simplemente se habría quedado dormida.
Dejó la frase suspendida unos segundos, con la mirada fija en la puerta principal.
—Después de comer vine a verla.
Los coches patrulla, los agentes entrando y saliendo de la vivienda y la cinta amarilla que uno de ellos sostenía todavía enrollada en una mano completaban por sí solos el resto de la historia.
Billy volvió la vista hacia el porche. La bicicleta seguía apoyada contra la pared exactamente donde alguien la había dejado aquella mañana.
Sobre la mesa descansaba la taza de café, todavía medio llena, y las cortinas se movían despacio detrás de una ventana abierta, agitadas por una brisa que parecía ajena a todo lo que estaba ocurriendo alrededor.
La casa no tenía aspecto de haber sido abandonada.
Parecía simplemente esperar a que alguien regresara.
—Su coche sigue ahí delante —murmuró Hilton sin apartar la vista de la entrada—. También estaban las llaves. El bolso. El móvil... —Se pasó una mano por la nuca y negó despacio—. No falta nada.
Jonah llevaba tanto rato callado que Billy casi había olvidado que seguía a su lado.
—Entonces... —preguntó Billy sin apartar la vista de la casa—. ¿Se fue andando?
Hilton tardó unos segundos en responder. Recorrió otra vez el porche y las ventanas abiertas antes de negar casi para sí.
—Ojalá pudiera responderte.
Nadie dijo nada. La calle empezaba a llenarse de vecinos. Un hombre observaba la casa apoyado en un buzón, con los brazos cruzados, y al otro lado la mujer de las hortensias seguía regando sin apartar la vista de la vivienda.
Hilton siguió la mirada de Billy y enderezó la espalda.
—No. —Negó con firmeza—. No penséis que esto se repite otra vez.
Jonah bajó la vista.
—No hemos dicho nada.
—Ya lo sé. —Hilton suspiró—. Pero os conozco.
Volvió la vista hacia el porche. La puerta seguía entreabierta. La taza de café continuaba sobre la mesa. La bicicleta permanecía apoyada contra la pared y las luces seguían encendidas en pleno día.
Abrió la boca.
—Solo...
No terminó la frase.
A lo lejos ladró un perro. En alguna casa vecina se cerró una puerta y el agua siguió cayendo sobre las hortensias del jardín de enfrente.
Cinco años antes había descubierto que una desaparición no siempre dejaba puertas forzadas ni muebles volcados. A veces solo dejaba una taza de café enfriándose sobre una mesa. O una ventana abierta mientras el verano seguía entrando como si no hubiera ocurrido nada.