11 #3
—No creo que puedas. —Retrocedió un par de pasos sin dejar de sonreír—. Y, cuando vuelva, quiero ver esa película. Y gracias por la flor.
Al pasar junto a él, Dolores le rozó apenas el antebrazo. Fue un contacto tan breve que Billy no supo si había sido casualidad. Después levantó una mano para despedirse de Jonah.
—¡Buen verano! —respondió él, devolviéndole el saludo con una exageración tan teatral que parecía despedirse del público al caer el telón.
Dolores soltó una risa y siguió caminando por el pasillo. Billy la acompañó con la mirada hasta que dobló la esquina y desapareció.
Solo entonces notó que Jonah volvía a colocarse a su lado. Miró el pasillo por el que se había marchado Dolores, luego a Billy y, por último, negó muy despacio con la cabeza.
—No me puedo creer que haya pasado.
—¿El qué? —Billy seguía mirando el mismo rincón del pasillo.
—Que Dolores Whitmore te haya tocado el brazo voluntariamente.
—Ha sido sin querer.
—Claro... claro. —Jonah sonrió de medio lado—. Te lo dije. Las flores nunca son un detalle sin importancia. En las películas siempre empiezan así.
Billy terminó riéndose.
—Esto no es una película, Jonah.
—¿Y cómo lo sabes? Igual Holloway lleva grabándonos desde sexto y todo esto acaba convirtiéndose en una película independiente sobre dos chavales rarísimos de Massachusetts.
—Si es así, espero que el director seas tú.
—¿Y eso? —preguntó Jonah, alcanzándolo de un par de zancadas.
—Porque, como esto acabe basado en una novela de Stephen King... estamos muertos.
La carcajada de Jonah resonó por todo el pasillo.
—Billy... Para alguien que acaba de sobrevivir a su primera conversación de verdad con el amor de su vida, te has puesto sorprendentemente oscuro.
—Venga, anda. Vamos a buscar a Hope.
—Claro que sí, Romeeeeeo.
Billy hizo un esfuerzo por mantener la cara seria. Aguantó exactamente medio segundo. La expresión de triunfo absoluto con la que Jonah lo miraba terminó por derrotarlo y los dos echaron a reír mientras cruzaban el pasillo principal.
El instituto parecía otro ahora que las clases habían terminado.
Las voces llegaban amortiguadas desde el patio, algunas taquillas seguían abiertas y varios profesores iban de un aula a otra cargando cajas de cartón llenas de libros y archivadores, como si el edificio entero se estuviera preparando para echar el cierre y dormir durante dos meses.
La conversación se fue apagando a medida que se acercaban al aula de apoyo.
Billy redujo el paso casi sin darse cuenta.
La puerta continuaba abierta y, desde el pasillo, podía verse la mesa junto a la ventana, los archivadores perfectamente alineados y el tablón cubierto de dibujos y hojas de colores.
Incluso una de las ventanas permanecía abierta, dejando entrar el aire tibio de junio y el murmullo lejano del patio.
Todo seguía exactamente igual. La mesa junto a la ventana, el tablón cubierto de dibujos, los archivadores perfectamente alineados.
Solo faltaba Hope.
En el aula contigua, una profesora que ordenaba varias carpetas levantó la vista al oír los pasos de los dos chicos.
—¿Buscabais a Hope?
Billy asintió.
La mujer dejó el montón de carpetas sobre la mesa y frunció ligeramente el ceño, como si acabara de recordar algo.
—Qué raro... Hoy no ha venido.
—¿Está enferma?
La profesora hizo un gesto vago con los hombros.
—Imagino. La verdad es que no lo sé. Supongo que habrá llamado a dirección o habrá avisado a Holloway. —Sonrió de nuevo—. No os preocupéis. Seguro que después del verano vuelve a estar por aquí.
—Gracias.
La mujer regresó a sus carpetas y el sonido del papel volvió a llenar el silencio.
Billy permaneció un momento contemplando el despacho.
La silla seguía junto a la ventana, la taza donde Hope solía dejar el café continuaba sobre la mesa y una corriente de aire hacía oscilar apenas una esquina del tablón de anuncios.
Nunca había pensado que una habitación pudiera cambiar tanto sin mover un solo mueble.
—Jo... —murmuró al cabo de un momento, sin apartar la vista del aula—. Qué pena.
—Ya...
—Habrá que buscar otra Martha.
Jonah giró la cabeza de inmediato.
—Ni hablar. El otro día escuché a Clinton decir en la tele que rendirse era la única forma segura de perder.
Billy lo miró con escepticismo.
—No creo que estuviera hablando de nuestro corto.
—Los grandes discursos son perfectamente reutilizables —Jonah hizo una breve pausa—. Ve a hablar con Holloway. Igual sabe cuándo vuelve... o dónde vive. Si conseguimos encontrarla antes del verano, todavía podemos convencerla.
—Vale... —Se echó la mochila al hombro y terminó asintiendo—. Vamos.
Atravesaron el ala administrativa mientras el instituto iba apagándose poco a poco a su alrededor.
Apenas quedaban algunos profesores llenando cajas de cartón, un carrito cargado de archivadores avanzaba despacio por el pasillo y, desde alguna clase lejana, llegaba el murmullo de una televisión que alguien había olvidado encendida.
A aquellas horas el edificio parecía demasiado grande para la poca gente que seguía dentro.
Cuando llegaron frente al despacho del director, Jonah se detuvo en seco.
—Yo te espero aquí.
—¿No vienes? —preguntó Billy, volviéndose hacia él.
Jonah negó con tanta decisión que casi dio un paso atrás.
—Pero si ha sido idea tuya.
—Ya, pero... —Bajó un poco la voz y lanzó una mirada prudente hacia la puerta del despacho—. Billy... Holloway me tiene manía.
—Eso te lo acabas de inventar.
Jonah se lo pensó apenas un segundo.
—Puede. —Se encogió de hombros—. Pero no pienso arriesgarme a confirmar la teoría. Entra. Y, si le sale un tentáculo... o intenta abducirte, grita.
—¿Ah, sí? ¿Y si grito qué vas a hacer tú?
—Iré corriendo a buscar ayuda, evidentemente.
—Ah, genial. Así me quedo mucho más tranquilo.
—Para eso están los amigos, ¿no?
Billy sonreía todavía cuando levantó la mano y llamó suavemente a la puerta.
—Adelante.
Abrió y asomó la cabeza al despacho.
Cedric Holloway levantó la vista de la carpeta que tenía entre las manos. Una sonrisa cansada apareció bajo el bigote.
—Vaya, si está aquí William Kowalski.
—Billy. Billy está bien.
—Cierto... —respondió mientras cerraba la carpeta y la apartaba a un lado—. Siempre se me olvida.
Billy estuvo a punto de sonreír.
No coló.
Holloway tenía esa clase de memoria que parecía almacenar datos inútiles por puro placer. Daba la impresión de que recordaría, diez años después, dónde se sentaba un alumno o quién había dibujado un tiburón en el margen de un examen de Geografía.
—Pensaba que ya no quedaba ningún alumno en el edificio —comentó el director mientras lo observaba cerrar la puerta.
—Yo también.
—Entonces estamos incumpliendo las normas los dos.
Aquello sí consiguió arrancarle una sonrisa.
—Siéntate.
Billy obedeció y solo cuando ocupó la silla frente al escritorio comprendió que había subido hasta allí sin tener demasiado claro qué iba a decir.
Holloway, en cambio, no parecía tener ninguna prisa.
Permaneció esperándolo con la tranquilidad de quien llevaba toda una vida escuchando a alumnos que aún no sabían cómo empezar una conversación.
—Supongo... que venía a despedirme —dijo Billy tras una breve vacilación.
Una sonrisa discreta volvió a dibujarse bajo el bigote.
—He oído despedidas bastante peores.
El ventilador seguía girando junto a la ventana. En algún lugar del pasillo alguien arrastró una caja de cartón y el ruido fue apagándose poco a poco, como si el instituto estuviera cerrando una habitación detrás de otra antes de echar el cierre definitivo al curso.
—Bueno, Billy... —Holloway entrelazó las manos sobre la mesa—. Último día de clase. Imagino que estarás deseando que empiece el verano.
Billy pensó en su casa. En Rick. En aquellas tardes interminables que parecían durar el doble cuando no había colegio.
—Más o menos.
—Vaya, esa ha sido una respuesta sorprendentemente honesta. —El director sonrió un instante antes de recuperar la seriedad—. Escucha... Sé que este año no ha sido fácil.
Billy bajó la vista hacia las zapatillas.
—Al menos he sobrevivido.
—Sí... —Holloway asintió despacio—. Lo has hecho.
El silencio se instaló entre los dos con una naturalidad inesperada. El ventilador seguía dando vueltas sobre sus cabezas cuando el director volvió a hablar.
—Billy...
Esperó un segundo.
—También sé que este año hemos tenido algunos problemas.
Billy pensó en Aaron Mercer. En los empujones a la salida de clase, en las bromas, en todos aquellos pequeños episodios que, vistos por separado, nunca parecían lo bastante importantes para que un adulto interviniera de verdad.
—Algunos.
—Hemos intentado estar atentos. —Holloway apoyó los antebrazos sobre la mesa y dejó escapar un leve suspiro—. Pero no siempre llegamos a tiempo.
El ventilador siguió marcando el tiempo unos segundos más.
—¿Sabe dónde está la señorita Callaghan?
—¿Hope? —Holloway levantó la vista.
Billy asintió.
El director cogió el bolígrafo que descansaba sobre la carpeta y empezó a hacerlo rodar distraídamente entre los dedos mientras pensaba la respuesta.
—Es curioso que preguntes por ella precisamente hoy.
—¿Por qué?
—Porque, cuando sabe que va a faltar, siempre avisa. Llama a primera hora o deja algún mensaje.
—¿Y esta vez?
—Esta vez no.
Billy dudó un momento antes de hacer otra pregunta.
—¿Tiene familia aquí?
—No que yo sepa.
El despacho volvió a quedarse en silencio. Holloway dejó el bolígrafo sobre la mesa y se encogió ligeramente de hombros.
—Supongo que estará bien. Hope siempre parece estar bien.
—¿Y…y sabe dónde vive?
—Sí. —El director sonrió.
Billy le devolvió la sonrisa con resignación.
—Y también sé que no puede decírmelo.
—Exacto.
Holloway volvió a abrir la carpeta que tenía sobre la mesa y Billy entendió que la conversación había llegado a su fin. Se levantó dispuesto a marcharse, pero apenas había dado un par de pasos cuando el teléfono empezó a sonar.
El director dejó escapar un suspiro resignado.
—Siempre cuando estoy a punto de irme...
Levantó un dedo para pedirle un momento mientras descolgaba.
—¿Sí?