Punky: El perro que nos encontró 11
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Los meses pasaron sin pedir permiso.

En Riverbend eso significaba que las cosas cambiaban lo justo para que todo siguiera pareciendo igual.

El verano se marchó, las hojas empezaron a cubrir las aceras y, antes de que nadie se diera cuenta, la señora Parker volvió a ganar el concurso de calabazas de Halloween.

Era su tercera victoria consecutiva. Ella insistía en que no tenía ningún secreto, aunque medio pueblo sospechaba que utilizaba fertilizantes ilegales o mantenía algún tipo de pacto con fuerzas que el ayuntamiento prefería no investigar.

Noviembre dejó los árboles desnudos. En los recreos aparecieron intercambios clandestinos de cromos Pokémon y los almuerzos se convirtieron en discusiones interminables sobre quién ganaría una pelea entre The Rock y Stone Cold Steve Austin.

Jonah defendía que aquello era una cuestión de importancia nacional; Billy opinaba que, con un poco de suerte, algún psiquiatra acabaría escribiendo un libro sobre él.

En diciembre, Riverbend amaneció enterrado bajo la nieve.

El lago desapareció bajo una costra de hielo, los tejados se cubrieron de blanco y las tardes empezaron a terminar demasiado pronto.

Rick siguió alternando películas de John Wayne, partidos de fútbol americano y vasos de Jim Beam con la disciplina de quien cumple un horario de oficina.

El invierno terminó de instalarse sin hacer demasiado ruido.

Algunos chicos regresaron de las vacaciones con una voz distinta; otros descubrieron que necesitaban una talla más de zapatillas.

Dolores apareció un lunes con un Walkman nuevo, y Billy dejó de verla sin uno de los auriculares colgándole del cuello.

Jonah seguía convencido de que el gobierno ocultaba pruebas de vida extraterrestre y dedicó buena parte de aquellos meses a demostrar que Elvis Presley y los ovnis estaban relacionados de una forma que solo tenía sentido para él.

Aaron Mercer continuó comportándose como si el instituto le perteneciera. Por suerte, Jonah también siguió allí.

Entre teorías sobre extraterrestres, guiones imposibles para el concurso de cine y discusiones perfectamente serias sobre por qué Spielberg habría dirigido mejor cualquier película de la historia, el curso empezó a pasar casi sin que Billy se diera cuenta.

En Riverbend los rumores se reproducían mejor que los conejos.

Cada pocas semanas aparecía una versión nueva de la historia de Claire Kowalski.

Algunas cambiaban pequeños detalles; otras parecían inventadas por alguien que jamás la había conocido.

Todas terminaban con alguien asegurando saber exactamente lo que había pasado.

Al principio Billy discutía. Corregía fechas, desmentía versiones y perdía tardes enteras intentando convencer a la gente de que repetir una mentira muchas veces no la convertía en verdad. Con el tiempo dejó de hacerlo. Era como intentar vaciar el lago con un cubo.

Mientras el pueblo seguía inventando historias, el invierno se marchó casi sin hacer ruido.

La nieve se convirtió en barro; el barro desapareció y los árboles volvieron a cubrirse de hojas.

Regresaron los partidos de béisbol en los jardines, los aspersores empezaron otra vez a girar sobre el césped y las ventanas permanecían abiertas hasta bien entrada la tarde.

También cambiaron otras cosas.

Billy seguía sin hablar con Dolores Whitmore.

Bueno... no exactamente. Un día, en clase de Tecnología, Dolores se volvió para preguntarle si tenía cola adhesiva.

Billy respondió que no. Ella acabó comprando dos botes y aquella conversación pasó a ser, oficialmente, la más larga que habían mantenido durante todo el curso.

Jonah insistió durante semanas en que aquello había sido un punto de inflexión. Billy seguía convencido de que solo habían hablado de pegamento.

También dejó de querer ser astronauta. Lo extraño era que nunca recordó haber tomado aquella decisión.

Simplemente, un día dejó de imaginar cohetes y empezó a pensar en océanos.

Un mes leía sobre transbordadores espaciales y calculaba cuánto tardaría una nave en llegar a Marte; al siguiente buscaba documentales sobre tiburones, aprendía el nombre de las corrientes oceánicas y era capaz de pasarse una hora delante de un mapa sin aburrirse.

Arnold Bishop tenía buena parte de culpa. También los mapas gigantes que cubrían las paredes de su aula y los documentales que Billy empezó a sacar de la biblioteca con una frecuencia que jamás habría reconocido delante de Jonah.

Ahora pensaba en océanos, barcos e islas perdidas. Lugares tan lejos de Riverbend que parecía imposible que alguien pudiera alcanzarlos con una sola pregunta.

¿Tú eres el hijo de Claire Kowalski?

Cuando llegó junio, Riverbend empezó a moverse de otra manera.

Las ventanas permanecían abiertas hasta más tarde, las bicicletas volvieron a adueñarse de las calles y los aspersores giraban sobre jardines tan verdes que parecían recién pintados.

Al caer la tarde, el lago se llenaba de familias, neveras portátiles y conversaciones sobre las vacaciones.

El videoclub anunciaba los estrenos del verano, en Domino's ya colgaban ofertas para las noches de béisbol y todo el pueblo hablaba de julio como si fuera un lugar al que estuvieran a punto de mudarse.

El último día de clase amaneció con esa misma sensación.

Billy abrió los ojos unos minutos antes de que sonara el despertador y se quedó un rato mirando el techo. Los pájaros llevaban un buen rato discutiendo en los arces de Maple Street, como si también ellos supieran que aquel viernes no era exactamente igual que los demás.

Cuando bajó a la cocina encontró a Rick sentado frente al periódico, con una taza de café entre las manos y la radio murmurando noticias locales desde encima de la nevera.

—¿Último día? —preguntó sin levantar demasiado la vista.

Billy abrió la nevera.

—Sí.

—Bien. —Rick pasó una página del periódico y dio otro sorbo al café.

Billy dejó la puerta abierta un instante.

—¿Bien?

—Claro. —Levantó la taza a modo de brindis—. Durante tres meses no tendré que fingir interés por tus deberes.

Billy soltó una risa.

—Sabía que, en el fondo, te importaban.

—No exageremos. —Rick volvió a alzar la taza—. Digamos que es una victoria compartida.

Cuando salió de casa, el calor empezaba a pegarse a la piel. Todavía no era el de julio; bajo los árboles seguían escondiéndose algunos restos de primavera, pero el pueblo ya olía a césped recién cortado, protector solar y barbacoas demasiado madrugadoras.

La señora Parker regaba los rosales mientras mantenía una conversación sorprendentemente seria con alguien invisible.

Un poco más abajo, los Johnson preparaban una comida en el jardín.

Cole intentaba mover una barbacoa que parecía pesar el doble que él; Rebecca colocaba platos sobre una mesa plegable y Mozart dormía bajo un árbol con la vieja pelota de tenis entre las patas, completamente ajeno al esfuerzo colectivo.

A simple vista todo parecía igual que el verano anterior: las mismas calles, las mismas casas y la misma gente haciendo casi las mismas cosas. Aun así, de camino al instituto, Billy tuvo la extraña sensación de que algo estaba a punto de empezar.

Cuando llegó descubrió que los profesores estaban incluso más felices que los alumnos.

Las clases habían dejado de existir hacía horas.

En unas aulas ponían películas; en otras devolvían libros de texto y, en casi todas, los profesores fingían mantener cierto orden mientras miraban el reloj con tantas ganas como cualquiera de sus alumnos.

Billy acababa de abrir la taquilla cuando Jonah apareció a su lado con una carpeta bajo el brazo.

—He calculado que nos quedan exactamente cuatro horas y diecisiete minutos para ser libres —anunció con solemnidad—. Incluso he hecho una tabla.

—Si fueras tan aplicado para todo como eres buscando excusas —dijo Billy mientras cerraba despacio la puerta de la taquilla—, sacarías matrícula de honor.

Jonah aceptó el comentario con una dignidad casi admirable. Billy abrió la mochila para guardar unos papeles y algo amarillo asomó apenas un instante entre los cuadernos.

—¿Qué es eso?

—Nada. —Subió la cremallera de un tirón.

—Eso era una flor.

—No.

—Billy... —Jonah apoyó un brazo en la taquilla y señaló la mochila—. Acabo de ver una flor esconderse ahí dentro. No intentes convencerme de que he imaginado un tulipán.

Billy soltó una risa por la nariz.

—La he cogido esta mañana.

—Ajá... —Jonah asintió muy despacio—. Y luego decidiste que el mejor sitio para guardarla era una mochila.

—Supongo. —Billy se encogió de hombros.

—Pues que sepas que las flores no acaban dentro de una mochila por accidente.

Billy no respondió. Había arrancado la flor al salir de casa sin pensar y, desde entonces, iba de un aula a otra aplastada entre los cuadernos, como si llevar una margarita en la mochila fuera la cosa más normal del mundo.

—¿Es para Dolores? —preguntó Jonah.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces estoy completamente perdido.

Abrió mucho los ojos, igual que hacía siempre que creía haber resuelto un misterio imposible.

—Ya está. Es para la señorita Callaghan.

Billy abrió la boca para negarlo, pero las palabras se quedaron a medio camino.

—...No lo sé.

—Billy... —Jonah señaló la mochila como si estuviera exponiendo una prueba irrefutable ante un tribunal—. Llevas una flor escondida el último día de clase. Comprenderás que las pruebas no juegan precisamente a tu favor.

—No empieces.

—Tranquilo. Solo quiero asegurarme de que no es para la señora McClusky. Porque, si ahora te gustan las arrugas de shar pei, retiro todo lo que he dicho.

Billy no pudo evitar echarse a reír. Le dio un golpe suave con la carpeta que Jonah llevaba bajo el brazo.

—Eres idiota.