10
La lluvia caía con esa insistencia fina que parecía no mojar demasiado y que, aun así, acababa empapándolo todo.
Guillermo Von Kurt avanzaba por Main Street con el cuello del abrigo levantado y la mano cerca de la culata de la pistola. Hacía apenas tres meses que había salido de la academia y todavía miraba cada esquina como si pudiera esconder el principio de algo importante.
La ciudad parecía vacía. Un Cadillac cruzó la calle levantando un abanico de agua sucia antes de perderse bajo la lluvia.
El neón rojo del Star Diner parpadeó un par de veces antes de rendirse, mientras el escaparate de una tienda de televisores repetía en silencio el mismo informativo para una acera donde ya no quedaba nadie.
Desde que le habían dado la placa había descubierto una cosa. Casi todo el mundo mentía. Incluso los que parecían buena gente.
Entonces oyó una carcajada.
—Mira quién tenemos aquí...
La voz llegó desde un callejón. Un hombre apoyado contra la pared levantó una botella casi vacía antes de incorporarse con dificultad. Llevaba la barba descuidada, la camisa abierta hasta el pecho y unas ojeras tan profundas que parecían haber echado raíces.
Von Kurt lo reconoció antes de que la luz del escaparate terminara de iluminarle la cara.
Adrián Markson.
Ninguno habló. La lluvia repiqueteaba sobre el asfalto mientras el neón del Star Diner seguía empeñado en decidir si morirse de una vez o aguantar un poco más.
—Vaya... —murmuró Markson antes de llevarse otra vez la botella a los labios—. El empollón del instituto...
Le recorrió el uniforme con la mirada y dejó escapar una sonrisa torcida.
—Y mírate ahora... policía. Nunca lo habría imaginado.
Von Kurt no se movió.
—¿Has bebido?
—Lo justo para soportar esta ciudad. —Se limpió la boca con el dorso de la mano y dio un paso inseguro hacia él—. ¿Eso te preocupa, agente?
—Lo suficiente para pedirte que vuelvas a casa.
—¿Vas a detenerme? —Markson soltó una risa ronca, de esas que parecían salir de muy dentro.
—Voy a cachearte.
—¿Por una botella?
—Por tus antecedentes.
Se quedaron mirándose bajo la lluvia.
Markson abrió despacio los brazos.
—Adelante.
Von Kurt empezó a registrarlo con movimientos rápidos y precisos. No encontró ningún arma. Solo el fuerte olor a alcohol que parecía haberse instalado entre la ropa.
—Vete a casa, Adrián. —Al terminar dio un paso atrás—. Créeme... hoy es lo mejor para los dos.
—¿Sabes qué dicen por ahí? —preguntó Markson sin moverse un milímetro.
Von Kurt no contestó.
—Que tu mujer también se cansó de ti. —La lluvia seguía cayendo entre los dos—. Que hizo las maletas... y desapareció.
La mandíbula de Von Kurt se tensó apenas un instante.
—No vuelvas a mencionarla.
—¿Por qué? —Markson dejó escapar otra carcajada amarga mientras levantaba la botella—. ¿Todavía sigues diciéndote que alguien la secuestró?
Von Kurt guardó silencio.
Markson dio otro trago. Esperó unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo?
Von Kurt no apartó la mirada.
—Que yo siempre supe quién era mi padre.
El puñetazo llegó antes de que Markson terminara la frase. Apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. El primero le abrió el labio; el segundo lo estampó contra el capó del Cadillac con un estruendo metálico. Cuando intentó recuperar el equilibrio, Von Kurt ya lo sujetaba por la camisa.
—¡¿Dónde está?! —bramó, sacudiéndolo con una violencia que llevaba demasiado tiempo contenida—. ¡Dímelo de una vez!
Markson escupió sangre a un lado y, aun así, sonrió.
—Te... abandonó.
El siguiente puñetazo volvió a derribarlo.
—¡Mi mujer no se fue! —rugió Von Kurt mientras volvía a agarrarlo antes de que tocara el suelo—. ¡La secuestraron! ¿Me oyes? ¡La secuestraron!
—Estás... loco... —alcanzó a decir Markson, levantando los brazos para protegerse.
—¡Cállate!
Von Kurt volvió a estrellarlo contra el coche y lo sujetó por el cuello de la camisa. Respiraba tan cerca de él que casi parecían compartir el mismo aire.
—¡Has acabado exactamente igual que tu padre! ¡Borracho! ¡Patético!
Durante un instante solo existieron los golpes, la lluvia y aquella respiración entrecortada, hasta que una voz rasgó la calle con fuerza suficiente para atravesar incluso aquella rabia.
—¡Von!
Al levantar la cabeza vio a una muchacha correr hacia él desde la esquina, completamente empapada. Señalaba desesperadamente hacia algún punto que la lluvia todavía ocultaba.
—¡Mira!
Durante una décima de segundo no supo quién era.
Después la reconoció.
—¡Martha! ¡Jonah!
—¿Qué? —preguntó Jonah, levantando la vista del montón de folios desordenados.
—No puedes cortar ahí.
—¿Cómo qué no? ¿Qué tiene de malo? Es la leche.
—Porque nadie sabe quién es Martha.
—Ah... —Se rascó la cabeza—. La señora Grace me explicó algo de eso en teatro.
—Pues ahí lo tienes.
—Vale... —admitió mientras volvía a bajar la vista al guion—. Puede que eso sea un problema.
—¿Puede? —Billy se echó hacia atrás en la silla—. En el concurso de cine no van a entender absolutamente nada.
Jonah arrancó otra hoja del cuaderno y empezó a llenar el margen de nombres.
—Entonces necesitamos que Martha aparezca antes...
—Eso llevo diciéndote una hora.
—Bueno... —Jonah siguió mirando el guion—. Podría ser un final sorpresa.
Billy negó despacio.
—No funciona. Jonah resopló.
—Ya...
Apoyó el bolígrafo en la barbilla unos segundos.
—Dolores.
Billy negó incluso antes de que terminara de hablar.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no voy a ser capaz ni de saludarla.
—Buen argumento.
—Busquemos otra. —Billy dejó escapar un suspiro—. ¿Qué tal Norah Roberts?
Esta vez fue Jonah quien negó con tanta energía que casi se le caen las gafas.
—¿Estás loco?
—¿Qué tiene? Llevas todo el año diciendo que vas a casarte con ella.
—Precisamente por eso. Los directores no salen con las protagonistas. Quedaría fatal. ¿Qué pensaría Hollywood si mi carrera empezara así?
—Tú no estás bien. —Billy lo observó un momento antes de negar despacio con la cabeza.
Jonah siguió dándole vueltas hasta que, de pronto, chasqueó los dedos.
—¡Ya está! Hope.
—¿La señorita Callaghan?
—Claro. Tú te llevas bien con ella, ¿no?
—Jonah...
—Piénsalo. —Empezó a contar con los dedos—. Es joven, simpática... y tiene cara de saber actuar.
—¿Y desde cuándo se sabe actuar por la cara?
—No se sabe. Se intuye. —Se encogió de hombros—. Pero seguro que, si se lo explicamos bien, acepta.
—Ni hablar.
—Venga...
—No, no, no. ¿Tú te estás escuchando? Jonah, nos va a decir que no.
—Venga, Indiana Billy... —dijo Jonah con una sonrisa de oreja a oreja—. Solo tienes que preguntárselo el último día de clase.
—Jonah...
—El último día. Solo eso. Si dice que no, buscamos a otra Martha.
Billy lo miró unos segundos.
—Está bien...
Jonah sonrió como si acabara de ganar una negociación internacional.
—Sabía que acabarías entrando en razón. —Volvió a abrir el cuaderno y señaló la última página—. Ahora sigue leyendo. Quiero saber qué opinas del final.
Billy bajó la vista hacia los folios.
—¿Otra vez extraterrestres?
—¿Qué pasa con los extraterrestres?
—Que el último corto tenía fenómenos paranormales y jurabas que no se parecía a E.T.
—Y no se parecía.
—Jonah...
—Bueno... —admitió haciendo una pequeña mueca—. Se parecía un poco.
—Bastante.
Billy pasó otra página.
—Luego escribiste uno sobre un profesor que luchaba contra nazis.
—Bueno... pero al menos no era arqueólogo.
—No, pero casualmente llevaba sombrero y daba clase en una universidad... Ni más ni menos que de Indiana. IN-DIA-NA.
—Joder, es que el tío tiene ideas muy buenas... —Jonah volvió a señalar el guion con el bolígrafo—. ¿Y el corto de la guerra espacial qué? Ese tienes que reconocer que sí era original.
Billy levantó despacio la vista del montón de folios.
—Acabas de describir Star Wars.
Jonah frunció el ceño. Se quedó pensándolo unos segundos.
—Al menos esa no es de Spielberg.
Billy soltó una risa por lo bajo, negó con la cabeza y volvió a acomodarse el guion sobre las piernas.
—Venga... sigue.