Punky: El perro que nos encontró 9
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Tardó varios minutos en alcanzar la salida.

Al cruzar las puertas principales respiró hondo.

El aire de septiembre olía a césped recién cortado, gasolina y a las hamburguesas del Burger King que acababan de abrir junto a la carretera estatal.

Después de toda una mañana bajo luces fluorescentes, aquello se parecía bastante a la libertad.

En algún lugar del aparcamiento sonaba Zombie , de The Cranberries. Una madre tocó el claxon por tercera vez y alguien respondió levantando una mano sin ninguna prisa.

Jonah apareció a su lado mientras peleaba con una de las correas de aquella mochila absurda, en la que parecía llevar provisiones suficientes para sobrevivir al fin de la civilización.

—Pero bueno... ¿se puede saber dónde estabas? —Consiguió por fin echársela al hombro—. Ya pensaba que te habían secuestrado. O abducido.

—¿Sigues con esa teoría?

—No. Ahora tengo otra mucho mejor. Holloway es un extraterrestre infiltrado.

—Jonah...

—Piénsalo. Nadie sonríe tanto. Eso no es humano.

Caminaron junto a la verja mientras el aparcamiento se llenaba de motores, bocinazos y despedidas apresuradas.

Al otro lado, Aaron Mercer seguía rodeado de gente.

Billy no alcanzaba a ver qué enseñaba: quizá unas zapatillas nuevas, quizá unas cartas Pokémon o quizá nada.

Aaron podía reunir a media docena de curiosos incluso cuando no ocurría absolutamente nada.

—Oye... —Jonah señaló su rodilla—. ¿Y eso?

—Nada. Un golpe.

—Espera. ¿Has estado con la señorita Callaghan? —Se acercó un poco más—. ¿Qué tal es? ¿Es guapa? ¿De dónde es?

—No pienso alimentar esta conversación.

—Yo solo digo que, si algún día tengo que abrirme la cabeza, prefiero que me cure ella antes que el viejo Summers.

Billy bajó la vista hacia el dinosaurio verde que asomaba por el desgarrón del pantalón. Cuando volvió a levantarla, Jonah sonreía.

—Ni una palabra.

—Yo no he dicho nada. —Levantó las manos—. Aunque en Expediente X todo empieza con una cosa completamente normal y acaba con un extraterrestre detrás.

—Eso no es verdad.

—Pues debería serlo. Habría sido un capitulazo.

Billy contuvo una sonrisa y siguió caminando. Ya habría tiempo para que Jonah conociera a Hope y sacara sus propias conclusiones.

—Pero te cae bien —insistió.

—Sí. Es simpática.

—Ajá.

—¿Qué significa ese «ajá»?

—Que has salido de su despacho con una tirita de dinosaurios y cara de enamorado.

—Jonah, solo me ha curado la rodilla.

—Lo entiendo, no pasa nada. —Le dio una palmada solemne en el hombro—. Estás creciendo.

—¿Qué demonios significa eso?

—Es la primera mujer mayor que te gusta. Y encima tiene novio. —Suspiró con un dramatismo ridículo—. Bienvenido al sufrimiento.

Billy soltó el aire por la nariz.

—Aunque, pensándolo mejor... —continuó Jonah—. No estás así porque te guste. Te gusta porque te recuerda a tu madre.

Billy se detuvo.

—¿Qué estás diciendo?

—Hombre... Pelirroja, simpática, adulta...

—Jonah.

—Vale, vale. —Levantó otra vez las manos—. Retiro la teoría.

—Hope es agradable. Nada más.

Echó a andar de nuevo. Jonah lo siguió en silencio unos pasos.

—Pues estaba convencido de que había resuelto el caso.

—A veces eres insufrible.

—Ni siquiera los mejores detectives aciertan siempre.

—Eso es lo más inteligente que te he oído decir hoy.

—No te acostumbres. Mi madre sigue diciendo que soy un superdotado esperando desarrollar su verdadero potencial.

—A veces creo que tu madre te quiere demasiado.

Jonah se echó a reír y, cuando llegaron a la esquina, ya defendía que Spielberg habría dirigido mucho mejor el instituto que Holloway.

Al llegar al cruce principal, el tráfico de la salida empezaba a atascar media ciudad. Los coches avanzaban despacio entre estudiantes que ocupaban las aceras como si fueran los dueños de Riverbend y conductores resignados a recorrer dos manzanas a paso de tortuga.

Jonah le dio un codazo.

—Mira.

Billy siguió la dirección de sus ojos y tardó exactamente un segundo en arrepentirse.

Dolores Whitmore caminaba unos metros por delante junto a una amiga. Llevaba un walkman sujeto a la cintura y uno de los auriculares colgándole del cuello. Se reía mientras intentaba apartarse un mechón rubio que el viento insistía en devolverle a la cara.

Billy la miró un instante de más.

—Ahí va tu Rachel.

—Vale, Jonah.

—Si esto fuera una película ya habrías hablado con ella. Spielberg habría resuelto el asunto antes de terminar el primer acto.

—Spielberg no hace comedias románticas.

—Seguro que conoce a alguien que sí.

Dolores y su amiga cruzaron entre dos coches y desaparecieron tras una hilera de arces que empezaban a teñirse de amarillo.

Billy volvió la vista al frente.

El segundo codazo llegó casi al instante.

—Y ahí va mi futura esposa.

Norah Roberts pedaleaba hacia el centro del pueblo con la mochila colgada del manillar.

—Dentro de unos años iré a hablar con ella —anunció Jonah—. Se enamorará de mí, nos casaremos, tendremos tres hijos, un perro y una casa junto al lago.

—Ni siquiera sabe que existes.

—Detalles menores.

Norah dobló la esquina y desapareció calle abajo.

—Además, para entonces seré rico.

—¿Haciendo qué?

—Esa parte sigue en fase de preproducción.

—Es una parte bastante importante.

—Precisamente. No quiero precipitarme.

Llegaron a la esquina donde siempre se separaban. A la derecha nacía la calle que llevaba a casa de los Kaplan; a la izquierda empezaba Maple Street.

—Oye... —dijo Jonah mientras se recolocaba la mochila.

—¿Qué?

—Mis padres han preguntado por ti. Quieren que vayas a cenar el viernes.

Los Kaplan llevaban años invitándolo a cualquier cosa que pudiera celebrarse alrededor de una mesa: cumpleaños, barbacoas, Acción de Gracias o un viernes cualquiera. Para ellos no parecía haber demasiada diferencia.

—No hace falta.

—Billy...

—De verdad.

Jonah esperó a que pasara un coche que arrastraba una lancha camino del lago.

—A mi madre le haría ilusión.

—Lo agradezco, pero no creo que mi padre me deje.

—Pregúntaselo.

Billy mantuvo la vista en la carretera.

—¿Cuándo? ¿Entre una Budweiser y la siguiente?

Jonah abrió la boca, pero no encontró nada que decir.

—Da igual —murmuró al cabo—. Solo quería que supieras que en mi casa siempre tienes un sitio. ¿Vale? Siempre.

—Lo sé. Gracias.

Jonah hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Y otra cosa. No hagas caso a Mercer.

Billy bajó la vista hacia una grieta de la acera.

—Ni a él ni a ninguno de los demás. Mi padre dice que lo que la gente cuenta de ti dice mucho más de ellos que de ti.

—Tu padre dice muchas cosas.

—Sí. —Sonrió apenas—. Pero en esa suele acertar.

Durante unos segundos ninguno habló. Después Jonah volvió a acomodarse la mochila.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Billy ya había avanzado unos metros cuando oyó su voz otra vez.

—¡Y habla con Dolores!

—Adiós, Jonah.

—¡Y si algún día os casáis, quiero que conste que yo escribí el guion!

Billy dobló la esquina mientras Jonah seguía caminando de espaldas con un brazo levantado. La carcajada todavía resonaba a su espalda.

Continuó solo. Nunca le había molestado demasiado. La mayoría de los chicos parecían necesitar ruido para no sentirse solos; a Billy le bastaba con echar a andar.

Riverbend era pequeño. Lo bastante para conocer todas las calles y, aun así, seguir encontrando atajos.

No los que aparecían en los mapas, sino los otros: senderos perdidos entre los árboles, calles secundarias y atajos que los niños aprendían mucho antes que los adultos.

Billy conocía casi todos. Algunos los había descubierto solo.

Otros siguiendo a Jonah, que siempre aseguraba perderse y acababa exactamente donde pretendía llegar.

Al pasar por Oak Street, justo antes de Chestnut Avenue vio al señor Donnelly enfrascado, una vez más, en su eterna batalla contra el escaparate de la carnicería.

Billy habría jurado que el cristal llevaba limpio desde primera hora, pero Donnelly seguía frotándolo con la misma concentración mientras una radio apoyada sobre una caja de hielo retransmitía el partido de los Red Sox.

—¡Vamos, Martínez!

La radio respondió algo ininteligible. Donnelly negó con la cabeza, como si acabara de perder una discusión con medio equipo.

Billy siguió andando. Al otro lado de la calle, una mujer colocaba una bandera americana en el porche.

Un poco más adelante, Green Day salía disparado desde el garaje de los McKenna con volumen suficiente para despertar a los muertos.

Debajo del capó, el señor McKenna volvía a pelearse con la misma camioneta de todos los sábados.

Billy no recordaba haberla visto funcionar nunca, pero tampoco un solo fin de semana en que McKenna hubiera dejado de intentarlo.

Mientras caminaba volvió a pensar en la clase de Geografía, en el mapa y en Surinam; en todos aquellos nombres que sonaban más a novela de aventuras que a lugares reales.

Hacía mucho tiempo que una clase no conseguía atraparlo de aquella manera.

Durante casi una hora se había olvidado de Aaron Mercer, de los rumores y de las conversaciones que bajaban de volumen cada vez que alguien pronunciaba el apellido Kowalski.

No había estado mal.

Al bajar la vista encontró otra vez el dinosaurio verde asomando por el desgarrón del pantalón. Tenía once años y aquella tirita era ridícula, pero aun así se acordó de Hope Callaghan. Probablemente habría seguido pensando en ella si una voz no hubiera estallado desde el garaje de los McKenna.

—¡Maldita chatarra!

El señor McKenna asomaba medio cuerpo por debajo de la camioneta, con la cara manchada de grasa y una llave inglesa en la mano. Desde algún rincón del garaje, Green Day seguía sonando con un volumen capaz de sacudir las ventanas.

—¡Como vuelvas a caerte, te vendo por piezas!

El motor respondió con un golpe seco. Después con otro. McKenna masculló algo que habría obligado al director Holloway a preparar un discurso entero sobre educación y buenos modales.

Billy sonrió y continuó andando. Riverbend seguía a lo suyo.

Al girar hacia Maple Street apareció la casa de los Johnson.

Como siempre, parecía pertenecer a otro pueblo.

El césped estaba recién cortado, las ventanas brillaban bajo la luz de la tarde y las flores del porche seguían vivas cuando medio

Riverbend empezaba ya a rendirse al otoño. Billy llevaba años convencido de que los Johnson limpiaban la casa mientras todo el mundo dormía. No encontraba otra explicación. Un golpeteo de uñas contra la madera lo hizo mirar hacia el jardín.

Mozart apareció trotando desde la parte trasera de la casa.

El viejo golden retriever avanzaba con la calma de los perros que ya no necesitan demostrarle nada a nadie.

Llevaba en el hocico, completamente blanco, la misma pelota de tenis de casi siempre.

En cuanto vio a Billy levantó la cabeza para enseñársela y empezó a mover la cola.

—No pienso jugar. Ya sabes cómo acaba esto.

Mozart llegó hasta la verja sin apresurarse. Billy se agachó y, al alargar la mano, el perro apoyó el hocico sobre sus dedos y cerró los ojos, como si aquel saludo formara parte de un acuerdo antiguo entre los dos.

—Tú sí que sabes elegir amigos.

La cola golpeó una vez la madera.

Mientras le rascaba la cabeza, Billy miró hacia la casa. A través de la ventana de la cocina vio a la señora Johnson colocando los platos sobre la mesa. El señor Johnson apareció con una bolsa de la compra y, al fondo del salón, Cole cruzó corriendo con un avión de juguete entre las manos.

Mozart apoyó un poco más de peso sobre su muñeca. La pelota seguía allí.

—Vale, vale... Tú ganas.

Billy le rascó detrás de las orejas. No era nada especial: un chico acariciando a un perro al volver del instituto.

Cualquiera habría pasado de largo sin prestarle atención.

Él, en cambio, llevaba mucho tiempo imaginando cómo sería llegar a casa y encontrar uno esperándolo al otro lado de la puerta.

Permaneció unos segundos junto a la verja antes de incorporarse y darle una última palmada en el cuello.

—Nos vemos mañana, viejo.

La cola volvió a golpear la madera.

Billy reanudó el camino y no miró atrás hasta llegar a la esquina. Mozart seguía junto a la verja, mirándolo. Billy levantó una mano antes de doblar la esquina y perder de vista la casa de los Johnson.

Riverbend empezaba a recogerse. Algunas tiendas bajaban ya las persianas, los aspersores giraban sobre los jardines y el sol se escondía detrás de los árboles que rodeaban el lago, dejando entre las ramas franjas de luz anaranjada que apenas duraban unos segundos.

De vez en cuando pasaba un coche; otras, era el rumor lejano de un cortacésped el que rompía el silencio antes de que el barrio volviera a quedarse igual que siempre.

Las primeras hojas amarillas asomaban entre los arces. Su madre solía decir que el otoño era la estación más honesta del año. Nunca había explicado por qué. Mientras avanzaba por Maple Street, Billy pensó que quizá no hacía falta.

Un poco más arriba, casi frente a la casa del señor Peterson, la señora Parker regaba los rosales y mantenía una conversación sorprendentemente seria con alguien invisible. Con ella nunca estaba claro si hablaba sola o si las flores tenían la cortesía de responderle.

Billy sonrió. Si algún día tenía un perro, ya sabía cómo lo llamaría: NASA.

De pequeño estaba convencido de que sería astronauta.

Claire escuchaba con una paciencia casi infinita todas sus teorías sobre planetas, cohetes y agujeros negros; Rick hacía lo posible por no quedarse dormido antes de que terminara.

A Billy siempre le había parecido un trato bastante justo.

Sonrió otra vez, casi sin darse cuenta.

Hacía mucho que una tarde no conseguía dejarle la cabeza tan en paz. Aaron Mercer, Holloway y los rumores que parecían perseguir el apellido Kowalski seguían allí, en alguna parte, pero por primera vez en todo el día no ocupaban el primer lugar.

Pensó en Jonah. A esas horas seguramente ya estaría contándole a cualquiera que quisiera escucharlo que Norah Roberts acabaría enamorándose de él o intentando demostrar que Holloway era un extraterrestre infiltrado.

El número 18 aparecía ya unas casas más abajo. Billy siguió caminando mientras la luz de la tarde se deslizaba entre los arces.

Algún día tendría un perro. No sabía cuándo ni de dónde saldría. Solo sabía eso.