8 #2
El ruido del instituto volvió a caer sobre él de golpe: taquillas cerrándose de un portazo, profesores llamando a alumnos que fingían no oírlos y conversaciones cruzándose por el pasillo. Nadie parecía haber notado que él había desaparecido unos minutos.
Durante el resto de la mañana, por mucho que intentó concentrarse en las clases, Billy volvió una y otra vez a la conversación con Holloway. Era incapaz de repetir sus palabras. La sensación, en cambio, seguía allí.
Cuando sonó el timbre de la última clase, el instituto estalló de nuevo en aquel caos de mochilas, puertas y alumnos que parecían llevar toda la mañana esperando el momento de salir. Billy apenas había puesto un pie en el pasillo cuando alguien pronunció su nombre.
—¿William?
Era Hope Callaghan, la nueva enfermera. Había llegado aquel verano para sustituir al señor Cameron, jubilado después de media vida curando rodillas despellejadas, narices sangrando y tobillos torcidos.
Billy apenas la conocía; casi todo lo que sabía de ella se lo había contado Jonah, que solía enterarse de la vida de medio Riverbend antes que sus propios protagonistas.
Sabía que había llegado desde California y que estaba prometida con Mike Hilton, profesor de Historia del instituto.
—¿Qué tal ha sobrevivido nuestro nuevo alumno?
—Bien... supongo.
—El clásico «supongo». —Hope ladeó la cabeza mientras lo observaba—. Conservas todos los dientes. Para ser el primer día, no está mal.
—Entonces ha ido bien.
—Siempre alegra saber que nadie haya necesitado una ambulancia antes del almuerzo.
Un grupo de alumnos pasó corriendo entre ellos. Hope se hizo a un lado y, al apartarse, le apoyó una mano en el hombro para evitar que se lo llevaran por delante. Fue un gesto rápido, casi inconsciente, pero Billy no recordaba la última vez que un adulto lo había tocado con aquella naturalidad.
Hope bajó la vista hacia su pantalón.
—Vaya. ¿Qué te ha pasado ahí?
La sangre se había secado alrededor del desgarrón de la rodilla. La zancadilla de Aaron había dejado más marca de la que Billy creyó al levantarse del suelo.
—No es nada.
—William, estás sangrando.
—Solo es un raspón, señorita Callaghan.
—Hope, por favor.
—Solo es un raspón... Hope.
—Mucho mejor. —Volvió a mirar la rodilla—. Ven conmigo.
—De verdad, estoy bien.
Hope reparó entonces en la camiseta del Apollo 13 .
—¿Te gusta el espacio?
—Sí. Quiero ser astronauta.
—Yo, a tu edad, quería ser arqueóloga. Estaba convencida de que descubriría una tumba egipcia, saldría en los libros de Historia y me pasaría la vida dando entrevistas.
—¿Y qué pasó?
—Descubrí que la arqueología consiste, sobre todo, en pasarte horas excavando para encontrar piedras.
Billy soltó una risa.
—Vaya. Eso suena bastante peor.
—No subestimes las piedras. Algunas han conseguido que la gente se mate por ellas. —Empujó la puerta de la enfermería con el pie—. Vamos.
—No hace falta.
Hope se cruzó de brazos.
—No querrás que esa rodilla te impida llegar a la Luna.
Billy terminó entrando detrás de ella.
La habitación apenas tenía espacio para un escritorio, dos sillas y un archivador metálico que probablemente llevaba allí más años que algunos profesores.
No se parecía en nada al despacho de Holloway.
Allí los objetos no estaban perfectamente alineados y las paredes aparecían cubiertas de fotografías: Hope al borde del Gran Cañón, cruzando un puente envuelto en niebla, levantando un vaso de cartón en Nueva York, contemplando una playa al atardecer...
En una de ellas sonreía junto a un hombre rubio, de barba corta, al que Billy reconoció por las historias de Jonah: Mike Hilton.
En una estantería descansaban una brújula antigua, varias piedras lisas, una concha marina, libros de viajes y una pelota de béisbol cuya firma casi había desaparecido.
—Bonito despacho.
—Gracias. —Hope rebuscó en uno de los cajones—. Llevo unos días intentando convencerme de que ya parece mío.
Encontró el botiquín, lo dejó sobre la mesa y acercó una silla con el pie.
—Siéntate.
Billy obedeció. Mientras Hope apartaba la tela rasgada del pantalón, señaló la pelota.
—¿Te gusta el béisbol?
—La verdad es que no. Ya estaba aquí cuando llegué. —Abrió el botiquín—. Todavía siguen apareciendo cosas del antiguo conserje. Algún día tendré que devolvérselas al señor Summers.
Billy volvió a recorrer las fotografías con la mirada.
—¿Echas de menos California?
Hope se detuvo con la botella de desinfectante en la mano.
—¿Cómo sabes que soy de California?
Billy señaló una de las fotos.
—Por los árboles. Y por la luz. El sol está muy alto. Parece verano.
—¿Seguro que no quieres ser detective?
—Me gustan los mapas y fijarme en las cosas. Supongo que ayuda tener demasiado tiempo libre.
Hope sonrió mientras empapaba una gasa.
—Empiezo a pensar que eres una caja de sorpresas. Pero sí. Nací en San Diego.
—Eso está muy lejos.
—Muchísimo.
Se arrodilló frente a él y acercó la gasa a la herida.
—¿Y qué tal Riverbend?
—Todavía no termino de acostumbrarme. Hay demasiados árboles. En San Diego mirabas hacia cualquier parte y, tarde o temprano, veías el océano. Aquí siempre hay un árbol estropeando las vistas.
—Creo que eres la primera persona que conozco que se queja de los árboles.
—Dame un par de inviernos. También acabaré quejándome de la nieve. —Levantó la gasa—. Veamos esa tragedia.
El escozor llegó antes que el algodón.
—¡Au!
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Significa que todavía tienes rodilla.
Hope limpió el raspón con movimientos tranquilos.
De cerca parecía más joven de lo que Billy había supuesto.
Llevaba el pelo pelirrojo recogido sin demasiado cuidado y algunos mechones se le escapaban junto a las orejas.
Las pecas le cruzaban la nariz y las mejillas.
Cuando sonreía, unas pequeñas arrugas aparecían junto a los ojos y resultaba difícil saber cuándo hablaba en serio.
Billy apartó la mirada antes de que ella se diera cuenta de que llevaba demasiado tiempo observándola. La única pelirroja famosa que se le ocurrió fue Gillian Anderson, la agente Scully de Expediente X . Hope Callaghan le pareció más guapa.
—Ya sabía yo que Mercer acabaría dándome trabajo extra —comentó ella.
—¿Lo conoce todo el mundo?
—Llevo aquí unos meses y hasta yo sé quién es Aaron Mercer. —La gasa volvió a rozarle la rodilla—. Eso no significa que tenga razón.
—Au.
—Ya casi está.
Hope cubrió el raspón con una tirita y presionó los bordes con el pulgar. Billy percibió un olor suave a jabón y champú. Durante un segundo volvió a tener diez años.
—Listo.
Billy miró el dinosaurio verde que asomaba por el desgarrón del pantalón.
—Hope... que tengo dieciséis años.
—Y yo una caja entera de tiritas con dinosaurios. Los dos tendremos que aprender a vivir con ello. —Guardó las gasas en el botiquín y lo cerró—. ¿Mejor?
Billy flexionó la rodilla.
—Sí.
—Entonces puedes marcharte.
Él se levantó, pero antes de llegar a la puerta volvió la vista hacia las fotografías: California, Nueva York, montañas, playas. Lugares que, hasta entonces, solo había visto en los mapas.
—Billy.
Se volvió.
—No dejes que Mercer consiga que tu primer día sea suyo.
Billy bajó la vista hacia el dinosaurio verde.
—Lo intentaré.
Cuando salió al pasillo, el ruido del instituto volvió a caer sobre él: taquillas cerrándose, profesores llamando a alumnos que fingían no oírlos y conversaciones cruzándose en todas direcciones.
La tirita de dinosaurio asomaba por el roto del pantalón.