Punky: El perro que nos encontró 8
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La mañana pasó casi sin que Billy se diera cuenta.

Entre profesores nuevos, horarios que nadie terminaba de entender y normas que los alumnos olvidaban antes incluso de salir del aula, el instituto acabó convertido en aquel ruido de taquillas, mochilas y conversaciones cruzadas que solo parecía existir durante los primeros días de septiembre.

Cuando por fin sonó el timbre del almuerzo, los pasillos volvieron a llenarse de golpe.

Billy caminaba junto a Jonah hacia las taquillas.

La mancha del pantalón casi se había secado, pero él seguía notándola igual que se nota una picadura mucho después de que deje de picar.

Jonah, en cambio, continuaba hablando de Bishop, de Surinam y de que la clase de Geografía había tenido «un comienzo prometedor», que, traducido a su idioma, significaba que todavía no la odiaba.

—Además —dijo mientras esquivaba a un chico que corría con una carpeta bajo el brazo—, reconozcámoslo: Bishop tiene presencia.

—¿Presencia?

—Sí, presencia de profesor que sabe cosas. De los que pueden explicarte un mapa o ayudarte a esconder un cadáver sin cambiar de expresión.

—Tío, tienes un problema.

—Oeeer, Billy, yo solo digo que los vecinos de los asesinos siempre acaban diciendo lo mismo: «Parecía una persona de lo más normal». Todavía es pronto para decidir en qué categoría entra Bishop.

Al llegar al pasillo de las taquillas pasaron junto a una chica de segundo cuya carpeta seguía cubierta de pegatinas de Leonardo DiCaprio casi dos años después de Titanic .

Cerca de ella, un chico con una camiseta de los Chicago Bulls discutía con otro sobre si Jordan acabaría regresando algún día.

En el tablón de anuncios, entre permisos para excursiones y horarios de actividades, destacaba un cartel nuevo impreso en papel amarillo.

I CONCURSO DE CORTOMETRAJES DE RIVERBEND

El cortometraje ganador será proyectado durante la sesión inaugural del Cine de Verano de Riverbend.

Jonah se quedó clavado delante del anuncio.

—Billy... esto es una señal.

—No empieces. —Billy abrió la taquilla.

—¿Que no empiece? —Jonah señaló el cartel sin apartar la vista de él—. ¡Nos están llamando!

—Nos están llamando a comer.

—¡A Hollywood!

—Estás como una cabra...

—Imagínatelo. —Abrió los brazos, contemplando un cartel que solo existía en su cabeza—. Misterios del Más Allá . Dirigida por Jonah Kaplan. Con Billy Kowalski en el papel del general Von Kurt.

Billy cerró la taquilla con la cadera.

—Preferiría que nadie en Riverbend volviera a pronunciar mi nombre.

Jonah abrió la taquilla con un golpe de muñeca, como si acabara de forzar una caja fuerte.

Dentro reinaba una clase de caos que solo él consideraba organizado.

La puerta estaba cubierta de recortes de Harrison Ford: Indiana Jones , El fugitivo , Seis días y siete noches .

Según Jonah, ningún actor había tenido una carrera mejor.

Debajo había una fotografía de Neve Campbell arrancada de una revista y varias hojas llenas de dibujos, flechas y anotaciones que él llamaba, con bastante orgullo, el storyboard .

Billy nunca había conseguido averiguar de qué trataba exactamente aquella película. Cada vez que preguntaba, la historia cambiaba un poco.

Señaló la fotografía.

—¿Qué ha pasado con Jennifer Love Hewitt? ¿Ya no te gusta?

Jonah lo miró como si acabara de insultar a un miembro de su familia.

—Claro que sí. Jennifer siempre tendrá un sitio especial en mi corazón. Pero, tío... ¿has visto Scream ? —Levantó una mano antes de que Billy pudiera abrir la boca—. Bah, olvídalo. No sé ni para qué pregunto. Neve Campbell lo tiene todo: es mayor que yo, buena actriz, guapísima... y, además, judía.

—¿En ese orden?

Jonah se quedó pensando un instante mientras contemplaba la fotografía.

—No necesariamente.

Billy abrió su propia taquilla. La puerta chirrió, como casi todo en Riverbend Middle School.

Dentro no había gran cosa: el horario doblado en cuatro, un pequeño mapa de Massachusetts, un recorte del River Daily News sobre una ballena varada en Cape Cod y, pegada en la cara interior de la puerta, una fotografía algo descolorida de la feria.

Su madre sostenía un algodón de azúcar y se reía de algo que había quedado fuera del encuadre.

Billy llevaba la gorra de los Red Sox que Rick le había prestado aquella tarde, tan grande que le cubría media frente.

Al fondo brillaban las luces de la noria y las bombillas de colores de una caseta de tiro.

Se detuvo apenas un segundo. El olor dulzón del algodón de azúcar y el rumor de la feria regresaron con una claridad inesperada.

Estaba guardando los libros de la mañana y ya iba a cerrar la taquilla cuando un golpe seco hizo que la puerta rebotara contra el metal.

Los cuadernos salieron despedidos. La fotografía se soltó por una esquina y cayó boca arriba entre las hojas desparramadas por el suelo.

—Ups.

Aaron Mercer pasó junto a ellos sin detenerse. Jamal caminaba a su lado y Fred los seguía un paso por detrás, todo brazos y piernas, apartándose el flequillo rubio de los ojos. Aaron llevaba puesta aquella sonrisa educada que solo aparecía después de hacer una putada.

—Tienes que tener más cuidado, Kowalski.

—Qué hijo de puta. —Jonah ya estaba de rodillas recogiendo los cuadernos.

Billy se agachó a su lado. Algunas hojas habían acabado bajo la taquilla contigua. Dos alumnos miraron hacia ellos, comprobaron que el asunto no iba con ellos y siguieron caminando. Jamal volvió la cabeza antes de desaparecer entre la gente. Fred ni siquiera se molestó en mirar atrás.

Jonah recogió la fotografía y sonrió.

—Me acuerdo de ese día. La hizo mi padre.

—Pasó el pulgar por una de las esquinas—.

Yo había perdido mi algodón de azúcar y monté un drama como si se hubiera acabado el mundo.

Tu madre partió el suyo por la mitad y me dio un trozo.

Me pasé diez minutos diciendo que aquello era una tragedia nacional.

Se la tendió con cuidado.

—Toma.

Billy volvió a pegarla en el interior de la taquilla. Presionó la cinta contra el metal hasta que quedó bien sujeta y cerró la puerta despacio.

—Anímate. —Jonah le tendió el último cuaderno—. Ya has sobrevivido a las tres primeras horas.

—Gracias por el optimismo.

—Hay que pensar en positivo. Además, ¿qué otra cosa podría salir mal?

Los altavoces cobraron vida con un chasquido metálico.

—William Kowalski, preséntese en dirección. William Kowalski, preséntese en dirección.

Los dos levantaron la cabeza.

—Vale... —murmuró Jonah—. Retiro lo dicho.

—Gracias por el apoyo moral.

—Para eso están los amigos, ¿no?

Algunos alumnos seguían mirándolo cuando la megafonía repitió su nombre. Billy se colgó la mochila y echó a andar hacia el despacho del director.

La puerta estaba abierta. Golpeó suavemente el marco.

—Adelante.

Junto a la entrada, una placa de latón perfectamente centrada anunciaba:

CEDRIC HOLLOWAY Director

El despacho parecía pertenecer a otro edificio. Fuera había pintura desconchada, taquillas abolladas y pasillos llenos de adolescentes; allí dentro, los diplomas colgaban perfectamente alineados, las estanterías estaban impecables y sobre el escritorio no había un solo papel fuera de sitio.

Detrás de él esperaba un hombre de unos cincuenta años, con camisa azul, corbata oscura y unas gafas de montura fina que le daban más aspecto de abogado que de director.

Levantó la vista de la carpeta.

—William Kowalski.

—Billy está bien.

—Billy, entonces.

Holloway se levantó, rodeó el escritorio y le tendió la mano. La mayoría de los adultos con despacho parecían considerar aquello un esfuerzo innecesario.

—Bienvenido a Riverbend Middle School.

—Gracias.

Mientras Holloway regresaba a su asiento, Billy recorrió la habitación con la mirada. Fotografías de antiguas promociones, trofeos deportivos, una bandera americana doblada dentro de una vitrina y varias placas conmemorativas ocupaban cada rincón con una precisión casi obsesiva.

—Sé que empezar el instituto no resulta fácil —dijo el director mientras abría la carpeta—, sobre todo cuando hay gente que cree conocerte antes de haberte dirigido la palabra.

—Los pueblos pequeños tienen buena memoria.

Holloway sonrió, aunque la sonrisa no terminó de llegarle a los ojos.

—A veces, demasiada. También tienen la costumbre de creer que saben más de lo que realmente saben.

Las voces del pasillo llegaban amortiguadas a través de la puerta.

—No puedo controlar los rumores ni cambiar lo que ocurrió hace cuatro años. Pero sí puedo decidir qué clase de instituto quiero que sea este. Aquí ningún alumno debería sentirse menos que otro.

Billy asintió.

—El profesor Andrews ya me ha contado lo de esta mañana.

—Holloway entrelazó las manos sobre el escritorio—.

Conozco a Aaron Mercer desde que era un niño.

No voy a decirte que sea un santo, pero tampoco creo que quisiera hacerte daño de verdad.

A vuestra edad es fácil cruzar una línea sin darse cuenta.

Billy bajó la vista a la carpeta abierta sobre el escritorio.

—Los Mercer llevan muchos años colaborando con el instituto —añadió Holloway tras una breve pausa—. Su padre ha sido muy generoso con nosotros.

Cogió el bolígrafo, lo hizo rodar una vez entre los dedos y volvió a dejarlo sobre la mesa.

—Aun así, hablaré con Aaron. Y, si vuelve a ocurrir algo, vienes a verme.

—Sí, señor.

—Da igual que sea un alumno, un profesor o cualquier otra persona. Si necesitas hablar, esta puerta estará abierta. —Cerró la carpeta y se puso en pie—. Bien. Creo que ya te he robado bastante tiempo.

Billy le dio las gracias y ya tenía la mano en el pomo cuando el director volvió a llamarlo.

—Billy.

Se giró. Holloway seguía sonriendo con aquella cordialidad impecable.

—Espero que este sea un buen año para ti.

Billy asintió y cerró la puerta.