Punky: El perro que nos encontró 7 #3
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El zumbido de los fluorescentes rebotaba contra los azulejos blancos y el único sonido era el goteo de uno de los lavabos. Se acercó despacio al espejo. Tenía la cara más pálida de lo normal y todavía respiraba demasiado deprisa. Bajó la vista.

Una pequeña mancha húmeda oscurecía la parte delantera del pantalón.

—Genial... —murmuró.

Abrió el grifo, humedeció un poco de papel y trató de limpiar la tela con cuidado. Bastaron un par de pasadas para empeorarlo. La mancha se había extendido.

—Perfecto. Justo lo que necesitaba.

Probó a secarla con más papel, presionando una y otra vez sobre la tela como si así pudiera devolverle el aspecto que tenía cinco minutos antes. Solo consiguió que pareciera el cerco irregular de un vaso de agua derramado.

Resopló, arrugó las toallas de papel y las lanzó hacia la papelera. Rebotaron en el borde y cayeron al suelo.

Las miró un instante. Ya había tenido bastante por aquella mañana. Respiró hondo y salió del baño intentando convencerse de que nadie iba a fijarse demasiado.

Siguió por el corredor norte hasta detenerse frente al aula de Geografía.

La puerta permanecía abierta y, desde el pasillo, alcanzó a ver a un hombre alto y delgado escribiendo con letra firme sobre la pizarra mientras los últimos alumnos terminaban de buscar asiento entre el desorden inevitable del primer día.

Tenía el cabello ya encanecido en las sienes, unas gafas pequeñas apoyadas sobre la nariz y una calma impropia de alguien que estaba a punto de enfrentarse a una clase llena de adolescentes.

Respiró hondo antes de llamar con los nudillos al marco de la puerta.

El profesor dejó la tiza, se volvió despacio y, antes incluso de decir una palabra, bajó la vista hasta la mancha del pantalón.

Bastó ese gesto para que varias risas escaparan desde el fondo del aula, primero tímidas y después algo más confiadas. Billy permaneció inmóvil en el umbral, deseando haber echado a correr antes de llamar a aquella puerta.

El profesor esperó a que terminaran.

—Supongo que ya habéis acabado. —Recorrió la clase con la mirada—. Me alegra saber que vuestra madurez ha avanzado tanto durante el verano.

El silencio regresó casi al instante.

Solo entonces volvió a mirar a Billy.

—¿Sí?

—Perdón por llegar tarde.

—Pase, señor Kowalski. —Dejó la tiza sobre la repisa—. Y la próxima vez procure que los problemas lleguen después de mi clase, no antes.

Asintió y echó a andar entre las filas de pupitres mientras las conversaciones se apagaban a su paso.

Antes de llegar al fondo del aula buscó a Dolores casi sin pensarlo.

Estaba junto a la ventana, hablando en voz baja con una compañera.

No llegó a mirarla. Bajó la vista, dejó la mochila junto a la silla y se sentó.

Solo entonces reparó en el enorme mapa que cubría casi toda la pared del fondo.

Océanos, cordilleras, fronteras y nombres que apenas había oído alguna vez llenaban la pared.

Siempre le pasaba lo mismo delante de un mapa.

Riverbend parecía hacerse más pequeño. Mucho más allá de Maple Street.

Mucho más allá del número 18, donde todo el mundo sabía quién era Rick Kowalski.

Donde Claire Kowalski no era una historia que la gente bajaba la voz para contar.

Lugares donde su apellido no significaba absolutamente nada.

Mientras seguía observándolo, el profesor escribió su nombre en la pizarra.

ARNOLD BISHOP

Dejó la tiza sobre la bandeja y se volvió hacia la clase.

—Antes de empezar... una pregunta.

Un gemido colectivo recorrió el aula.

—¿Alguien sabe dónde está Surinam?

Bishop sonrió mientras esperaba una respuesta. Nadie dijo nada. Nadie quería ser el primero en equivocarse.

A Billy el nombre le resultó familiar. Aquel verano lo había oído una tarde en la vieja radio del salón, mientras Rick dormitaba en el sofá con una Budweiser entre las manos y él mataba el tiempo hojeando un atlas.

Clinton hablaba de un país perdido en la costa norte de Sudamérica.

Por alguna razón, aquel nombre se le había quedado grabado.

—¿Nadie?

Billy levantó la mano casi sin darse cuenta.

—¿Sí, señor Kowalski?

—Está en la costa norte de Sudamérica, entre Guyana y la Guayana Francesa.

Esta vez el silencio fue distinto. Varias cabezas se volvieron hacia el fondo del aula.

Billy notó las miradas y, casi sin querer, buscó a Dolores.

Ella también lo observaba. La sonrisa de hacía un rato había desaparecido.

Solo quedaba esa expresión reservada de quien acaba de descubrir algo que no esperaba.

—Correcto. —Bishop asintió, satisfecho.

De reojo alcanzó a ver a Aaron. Seguía mirándolo desde la otra punta del aula, serio, antes de apartar la vista con un gesto de fastidio.

Billy volvió los ojos hacia el mapa. Por un momento nadie estaba mirando la mancha del pantalón.

Ni a su padre ni a su madre. Solo había un mapa, una pregunta y un alumno que sabía la respuesta.

Apenas duró unos segundos. Pero bastaron para que el día dejara de parecer una batalla perdida antes siquiera de empezar.