Punky: El perro que nos encontró 7 #2
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Billy volvió a mirar hacia Dolores. Apenas un instante.

Jonah sonrió.

—¿Lo ves? Otra vez esa cara. Ya te lo digo yo: dentro de unos años os casaréis... y yo dirigiré la película basada en vuestra historia.

Billy agachó la cabeza para ocultar la sonrisa.

—Empieza por aprobar Matemáticas primero, anda.

—Los genios siempre suspenden algo.

Siguieron caminando entre el resto de alumnos. Dolores casi había desaparecido entre la gente cuando Jonah volvió a darle un codazo.

—Ve a hablar con ella.

—Sí, claro... —Billy dejó escapar una risa—. ¿Y qué le digo?

—Para empezar... —Jonah se llevó una mano a la barbilla, pensativo—, no le hables de ti.

Billy volvió la cabeza muy despacio.

—¡Eh, es por ayudarte! —Jonah levantó las manos entre risas—. Yo, si fuera tú, empezaría diciéndole que eres el protagonista de una película de acción de serie B. Igual cuela...

De pronto se detuvo en seco.

—¡Ya está! —Los ojos se le iluminaron detrás de las gafas—. Ella puede ser Martha. ¡Dios! ¿Cómo no lo había pensado antes? Ya no tenemos que hacer casting .

—Ni se te ocurra. No pienso hablarle de nuestro proyecto. Prefiero conservar la poca dignidad que me queda.

Una voz sonó a sus espaldas.

—¿Dignidad? ¿Tú?

Los dos se giraron.

Aaron Mercer se acercaba acompañado por Jamal Brooks y Fred Nolan.

Bastó verle la sonrisa para saber que no venía a saludar.

Caminaba unos pasos por delante de los otros dos.

Alto, moreno, con la chaqueta del equipo de béisbol abierta sobre una camiseta blanca, tenía la seguridad tranquila de quien nunca había oído un "no".

Su padre era uno de los hombres más ricos de Riverbend y Aaron había crecido convencido de que el mundo siempre acababa poniéndose de su parte.

A su derecha iba Jamal Brooks, con una camiseta verde de los Boston Celtics asomando bajo la sudadera abierta y esa expresión de quien parecía tener la cabeza siempre en el siguiente partido.

Fred, en cambio, era rubio, larguirucho y desgarbado.

Seguía peleándose con un cuerpo que había crecido demasiado deprisa. Era todo codos, rodillas y torpeza.

Aaron se detuvo frente a Billy.

—Kowalski.

—Mercer.

—Me alegra ver que sigues vivo.

—Déjalo, Mercer —dijo Jonah—. ¿No tuviste bastante el año pasado?

—Mi padre dice que tu viejo ha vuelto a estrellar la camioneta contra un buzón. Igual tendría que buscarse otro pasatiempo... Aunque, pensándolo mejor, lo de ser el borracho de Riverbend tampoco se le da mal. Igual que Skinner en Los Simpson .

Jamal se tapó la boca para esconder una sonrisa.

—Homer...

Aaron giró despacio la cabeza.

—¡Qué más da! Se ha entendido, ¿no?

Jamal acabó asintiendo. Fred soltó una risa nerviosa mientras se apartaba el mechón rubio de los ojos.

—Mi madre dice que deberían retirarle el carné. Que un día va a provocar un accidente y luego todos nos arrepentiremos de no haber hecho nada.

—Bueno... —Jonah se encogió de hombros—. Tu madre también cree que Elvis sigue vivo.

La risa volvió a escapársele a Jamal.

—Cállate, Kaplan. Bastante tienes con aguantar las paranoias de tu madre. Oye, una duda... Si los judíos tenéis el pelo tan rizado... ¿tu madre también lo tiene ahí abajo?

Jamal dejó de sonreír casi al instante. Fred bajó la vista. Jonah se mordió el labio y, durante un momento, pareció dispuesto a responder, pero terminó tragándose las palabras.

Aaron aprovechó el silencio para volver a mirar a Billy.

—¿Sabes qué me hace gracia? Hace cinco años nadie sabía quiénes eran los Kowalski. Pero gracias a tu madre... ahora os conoce todo Riverbend.

—Ni se te ocurra hablar de ella.

—¿O si no qué?

Aaron dio otro paso, casi hasta quedar frente a él.

—¿Me vas a pegar? Venga. Hazlo. Se nota que llevas tiempo con ganas.

Billy no se movió.

—Ya decía yo... —Aaron sonrió—. Tu madre se fue porque no podía aguantar vivir con un carpintero borracho... ni con un hijo pa-te-ti-co. —Miró a Fred—. ¿Cuánto hace ya?

—Cuatro años.

—Caray... cómo pasa el tiempo. A saber dónde estará ahora. Igual ya tiene otra familia. Otro hijo... Igual ni siquiera se acuerda de ti.

A su alrededor el instituto seguía funcionando como si nada ocurriera. Las puertas continuaban abriéndose y cerrándose, los profesores cruzaban la explanada cargados de carpetas y los alumnos se saludaban después del verano.

—Venga, Aaron. —Jamal le dio un toque en el brazo—. Como lleguemos tarde, Bishop nos va a tener fichados desde el primer día.

—Que espere. Todavía no me he cansado de estos dos.

—Eres un imbécil, Mercer.

Aaron ya se había dado media vuelta. Se detuvo apenas un instante y volvió la cabeza muy despacio. La sonrisa había desaparecido.

—Y tú un judío bajito.

Billy dio un paso al frente.

—¿Te crees muy valiente? —No apartó los ojos de Aaron—. Siempre vienes rodeado de gente. Pero, en el fondo, nadie te soporta. Están contigo porque te tienen miedo... o porque tu padre tiene dinero. Apuesto a que, si un día te secuestran, tu padre se queda con el dinero del rescate.

Aaron sostuvo la mirada de Billy y empezó a avanzar despacio hacia él. Durante un instante, el murmullo de la explanada pareció apagarse. El corazón le golpeaba el pecho, pero no retrocedió.

—¡Mercer!

La voz del profesor Andrews cayó sobre el patio antes de que Aaron pudiera dar un paso más.

Todos volvieron la cabeza.

Andrews bajaba las escaleras con el ceño fruncido.

—¿Hay algún problema?

Aaron mantuvo la mirada de Billy un segundo más. Chasqueó la lengua con fastidio y se volvió.

—Te has librado esta vez, Kowalski. Pero esto no se queda así. Vamos.

Fred salió detrás de él casi al instante. Jamal fue el único que se rezagó. Al pasar junto a Jonah señaló con la barbilla la camiseta y sonrió de lado.

—Está chula la camiseta, Kaplan.

Le guiñó un ojo antes de echar a correr para alcanzar a los otros.

—Joder... cómo los odio. —Jonah siguió al trío con la mirada y resopló—. ¿Y qué demonios era eso de "judío bajito"? Ni siquiera es un insulto.

Billy seguía mirando la espalda de Aaron.

—Eso sí... —Jonah negó con la cabeza, todavía sorprendido—. Lo de su padre... madre mía. Menudos huevos. ¿De dónde ha salido eso?

—No lo sé... pero creo que acabo de empeorar mucho las cosas.

Jonah se recolocó la mochila sobre los hombros.

—Si te sirve de consuelo... Aaron nunca ha necesitado un motivo para pegarte.

Billy sonrió sin demasiada convicción.

Al fondo, Dolores acababa de cruzar las puertas principales rodeada de sus amigas. Hablaba con ellas y se reía de vez en cuando, completamente ajena a Mercer y al resto del mundo.

Billy la siguió con la mirada mientras desaparecía entre el flujo constante de estudiantes.

A veces Billy tenía la impresión de que el instituto ya había decidido el sitio de cada uno antes incluso de que sonara el primer timbre.

Algunos parecían llegar con él reservado.

Otros se pasaban años intentando encontrarlo.

—Ya... —murmuró mientras echaba a andar hacia la entrada—. Eso ya lo había notado.

Subieron las escaleras junto al resto de alumnos y se dejaron arrastrar por aquella corriente constante de cuerpos, mochilas y conversaciones que desembocaba cada mañana en el interior del edificio.

El instituto olía a taquillas metálicas, a suelo recién fregado y a ese aroma imposible de definir que parecía repetirse en todos los centros educativos del país: papel usado, desinfectante y comida recalentada.

Por dentro, Riverbend Middle School era exactamente lo que Billy esperaba.

Demasiado viejo para parecer moderno y demasiado orgulloso para reconocerlo.

Las paredes estaban cubiertas de carteles arrancados a medias, anuncios de actividades olvidadas y fotografías de promociones anteriores cuyos protagonistas parecían pertenecer a otra época.

Detrás de las vitrinas descansaban trofeos deportivos cubiertos por una fina capa de polvo, mientras el suelo de linóleo devolvía reflejos blanquecinos bajo las luces fluorescentes.

—Bueno... —Jonah recorrió el pasillo con la mirada—. Dos años más y podremos largarnos de Riverbend.

—Si salgo vivo este curso, claro.

—Venga, que es el primer día.

Billy señaló el edificio con la barbilla.

—Ve tirando. Tengo que pasar un momento por el baño.

—Como llegues tarde a Geografía, vas listo. Dicen que Bishop tiene una cruzada personal contra la gente impuntual.

—No te preocupes. En dos minutos estoy allí.

Jonah dudó un instante antes de asentir.

—Vale. Pero como me deje solo contestando preguntas sobre capitales, luego te paso la factura.

Billy esbozó una sonrisa cansada y se desvió por el corredor norte.

A aquellas horas el instituto ya empezaba a parecer otro lugar.

Los alumnos de primero corrían todavía buscando su aula, mientras los mayores caminaban sin ninguna prisa, como si el timbre hubiera dejado de significar algo para ellos hacía mucho tiempo.

Dos chicos intercambiaban cromos de Pokémon apoyados en unas taquillas; uno insistía en que un Charizard brillante valía más que toda una colección de cartas normales.

Más adelante, un radiocasete dejaba escapar una canción de Red Hot Chili Peppers desde una mochila abierta hasta que su dueño bajó el volumen al ver pasar a un profesor.

Junto a la salida del gimnasio, tres jugadores del equipo de fútbol americano comentaban el primer partido de la temporada mientras se empujaban entre risas.

Un poco más allá, David Mitchum, el quarterback, besaba a una chica contra las taquillas con tanta dedicación que parecía haberse olvidado del resto del instituto.

Un grupo de segundo pasó junto a ellos soltando silbidos y alguna broma que David respondió levantando el dedo corazón sin dejar de besarla.

Billy siguió caminando hacia los baños. Empujó la puerta con cautela y asomó primero la cabeza.

Estaban vacíos.