Punky: El perro que nos encontró 7
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La casa de Billy seguía siendo la misma de siempre: la de madera blanca al final de Maple Street, con el porche estrecho y las ventanas de la cocina mirando al jardín.

La pintura se desprendía en pequeñas escamas, la valla llevaba rota tanto tiempo que ya parecía formar parte de la casa y el césped crecía donde le daba la gana.

Desde la desaparición de Claire, Billy tenía la sensación de que cada año ocupaba un poco menos de sitio.

Cerró la puerta, se ajustó la mochila al hombro y, antes de cruzar el jardín, levantó la vista hacia la cocina.

Rick seguía donde lo había dejado, frente a las tortitas quemadas, con la cabeza inclinada hacia delante.

La botella vacía permanecía sobre la mesa, ocupando el sitio que antes había sido de Claire.

La mañana conservaba ese frío de septiembre que obligaba a salir con chaqueta aunque el verano todavía no hubiera terminado.

Una brisa arrastraba hojas amarillas por los bordillos y traía olor a hierba recién cortada desde algún jardín cercano.

El pueblo empezaba a desperezarse y, desde la panadería de los Doherty, llegaba el pan recién hecho.

La señora McClusky barría el porche con la misma cara de pocos amigos que llevaba desde que Billy tenía memoria.

Si alguna vez había sonreído, nadie en Riverbend lo recordaba.

Más abajo, el viejo Miller descargaba cajas delante de la cafetería con el eterno cigarrillo apagado colgándole de la comisura de los labios.

Billy nunca lo había visto encenderlo, pero tampoco recordaba haberlo visto sin él.

Acababa de llegar a la esquina cuando oyó ladrar al perro de los Johnson. No necesitó girarse para saber cuál era. Aun así, lo hizo.

La señora Johnson tomaba café en el porche mientras Daniel hojeaba el River Daily News sentado en los escalones.

A sus pies, Mozart dormitaba al sol con un ojo entreabierto, demasiado viejo para ladrar por cualquier cosa y demasiado feliz para preocuparse de quién pasaba por la acera.

Un poco más allá, Cole construía una nave espacial con sus LEGO mientras iba pescando Lucky Charms del cuenco sin apartar la vista de las piezas.

Billy se quedó mirándolos unos segundos.

Cole desayunaba cereales, su padre leía el periódico y Mozart dormía al sol.

Cuando llegó a Elm Avenue, Riverbend Middle School apareció al fondo de la calle. El edificio de ladrillo rojo seguía exactamente donde había estado siempre. Aquella mañana, sin embargo, le pareció más grande. Billy se ajustó la mochila sobre el hombro y continuó.

Habían pasado cuatro años desde la desaparición de Claire Kowalski. Para Billy era casi media vida. Para Riverbend, apenas una historia sin final.

La investigación había terminado mucho tiempo atrás. Los coches patrulla dejaron de aparecer por Maple Street, los periodistas encontraron historias nuevas y los vecinos dejaron de hacer preguntas delante de él. Pero nunca dejaron de hablar.

Lo notaba en pequeños detalles. En la cafetería Miller bastaba con que Rick cruzara la puerta para que alguna conversación bajara de volumen o cambiara de tema a mitad de frase.

En el supermercado ocurría algo parecido: había miradas que se apartaban demasiado deprisa y silencios que aparecían en cuanto alguien pronunciaba el apellido Kowalski.

Nadie necesitaba explicar nada. En los pueblos pequeños las historias acaban reduciéndose a unas pocas piezas fáciles de recordar: una discusión, una mujer desaparecida y un marido que se quedó.

La policía registró la casa, el bosque y media comarca sin encontrar una sola prueba contra Rick.

A Riverbend aquello nunca le pareció demasiado importante.

Cuando un pueblo pequeño no encuentra respuestas, suele fabricarlas, y Billy llevaba cuatro años conviviendo con ellas.

A su padre le habían costado el trabajo, varios amigos y casi cualquier rastro de la vida que había tenido antes.

Ahora sobrevivía enlazando pequeñas reparaciones por los pueblos de alrededor con la vieja Ford.

En la puerta aún podía leerse el mismo lema de siempre.

Riverbend nunca terminó de creérselo.

Billy conocía demasiado bien a su padre para dar crédito a muchas de las historias que corrían por el pueblo.

Rick tenía defectos de sobra, pero aquello era otra cosa.

Algunas noches, cuando Billy volvía tarde, lo encontraba sentado junto a la ventana del salón, con una Budweiser medio vacía sobre el alféizar, mirando la carretera que atravesaba Riverbend con la paciencia de quien sigue esperando algo que, en el fondo, sabe que nunca llegará.

Por eso nunca había vendido la casa ni se había marchado. Billy hacía tiempo que había dejado de esperar que su madre regresara. Ya no dolía como una herida; era una de esas verdades silenciosas con las que uno acaba aprendiendo a vivir. Y, aun así, algunas noches seguía soñando con ella.

Apartó el recuerdo antes de que echara raíces y aceleró un poco el paso.

Poco a poco las calles empezaban a llenarse de motores, puertas de garaje que se abrían y vecinos que salían de casa con el primer café de la mañana.

Riverbend despertaba como cualquier otro día.

En los pueblos pequeños era fácil seguir adelante; bastaba con fingir que ya no quedaba nada de qué hablar.

—¡Indiana Bill!

Billy levantó la cabeza y sonrió antes incluso de reconocer la voz.

Jonah Kaplan avanzaba por la acera con esa forma ligeramente caótica de caminar que parecía contagiarse a todo lo que llevaba encima.

La mochila rebotaba contra su espalda, las gafas redondas descansaban torcidas sobre la nariz y la camiseta negra de Friends parecía haber sobrevivido a demasiados lavados.

Cuando llegó a su altura, se recolocó la mochila con un resoplido.

—Como este año me hagan comprar un solo libro más, voy a necesitar un doble de acción para llegar a clase.

Billy señaló la mochila.

—¿Cuántos llevas ahí?

—Todos.

—¿Todos?

—No pienso correr riesgos.

—¿Qué riesgos?

—Que intenten educarme.

Echaron a andar.

—He estado pensando estas vacaciones y he llegado a una conclusión —dijo Jonah, mirando al frente como si ensayara un discurso para una entrega de premios—.

Necesito aprobar lo justo para que nadie pueda impedirme entrar en la universidad.

Después dirigiré películas, ganaré un Oscar y, durante el discurso, miraré directamente a mis profesores. Uno por uno.

Billy soltó una risa.

—Además, imagínate la escena. Primer plano. Yo levantando la estatuilla. Música emocionante. Corte al profesor Holloway arrepintiéndose de haberme puesto un siete en Matemáticas.

—Vives en otra película.

—Y mejor escrita que esta.

A medida que se acercaban al instituto, las aceras empezaban a llenarse de alumnos.

—¿Y tú qué tal el verano? —preguntó Jonah, lanzándole una rápida ojeada—. ¿Has sobrevivido a tu padre?

Billy tardó un instante en responder.

—Sí... se podría decir.

—Mejor de lo que esperaba. Llegué a pensar que acabaríais saliendo en America's Most Wanted .

—Jonah... a veces eres un imbécil —murmuró Billy, mirándolo de reojo.

—También soy tu mejor amigo. Eso compensa bastante.

Un coche pasó junto a ellos con Blink-182 sonando demasiado alto. David Mitchum gritó algo desde la ventanilla y un grupo de primero cruzó corriendo el aparcamiento como si el timbre fuera el pistoletazo de salida de una carrera.

Jonah contempló el espectáculo con resignación.

—Míranos... ya estamos en el instituto.

Un grupo de alumnos de segundo pasó junto a ellos. Algunos ya llevaban barba y caminaban como si el edificio les perteneciera.

—Y míralos a ellos. Parecen adultos. Nosotros seguimos teniendo cara de críos.

—Habla por ti.

—Mi madre dice que este año debería socializar más.

Billy le lanzó una mirada de reojo.

—¿Más?

—Sí. Dice que no hablo de otra cosa que de cine. Que debería ampliar horizontes... o expandirlos... o la palabra que usara. Dejé de escuchar cuando dijo "Jonah".

—Tiene sentido.

—Lo tendrá para vosotros. A mí ya me ha apuntado al club de debate, al de ajedrez... y a teatro.

—¿Teatro? Pero si cada vez que sales a leer en voz alta pareces un rehén.

—Precisamente por eso. Dice que tengo que perder el miedo escénico. —Se ajustó las gafas con un dedo—. Aunque, entre nosotros, lo mío siempre ha sido estar detrás de la cámara. Además, Norah Roberts se ha apuntado también.

—Aaaamigo... —Billy le dio un codazo—. Ahora lo entiendo todo.

—Sí. Tengo dos años para conseguir que quiera ir conmigo al baile de graduación. Todo gran director necesita un buen plan de producción.

Billy negó mientras llegaban a la explanada principal. Riverbend Middle School parecía haber reunido allí a todos los adolescentes de Massachusetts. Mochilas, bicicletas, profesores intentando poner algo de orden y padres despidiéndose desde los coches como si enviaran a sus hijos a la guerra.

Sobre la entrada colgaba una pancarta enorme.

GO BOARS!

Fue entonces cuando la vio.

Dolores Whitmore cruzaba la explanada con dos amigas. Estaba demasiado lejos para distinguirle las pecas o los hoyuelos, pero Billy no los había olvidado en todo el verano. Caminaba con los libros apretados contra el pecho y una sudadera azul cuyas mangas le cubrían casi las manos. Se reía de algo.

Jonah seguía hablando. Billy ya no escuchaba una sola palabra. Este siguió la dirección de su mirada y dejó escapar un suspiro.

—Jo... ya estamos otra vez.

—¿Qué? —Billy frunció el ceño.

—Has vuelto a poner esa cara.

—Jonah... ¿qué cara?

—La de Ross cuando aparece Rachel.

—No empieces con eso. Esa cara no existe.

—Tío, llevo literalmente una camiseta de Friends . Estoy perfectamente cualificado para diagnosticar estas cosas.

Billy bajó la vista hacia la camiseta. Ross, Rachel, Chandler y el resto del grupo parecían observarlo desde el pecho de Jonah.

—Mira... —Jonah se señaló la camiseta con un dedo—. Dolores es Rachel y tú eres Ross.

—Un momento... ¿Ross no era judío?

Jonah hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Eso es un detalle técnico.