Punky: El perro que nos encontró 6
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Rick seguía completamente concentrado frente a la sartén. Iba dejando una tortita encima de otra con un cuidado casi exagerado, como si el equilibrio de aquella torre dependiera de un cálculo exacto.

—Eso se va a caer... —advirtió Claire mientras lo observaba con una mezcla de preocupación y resignación.

Las tortitas formaban una torre tan inestable que parecía cuestión de tiempo que acabara desparramada sobre la mesa.

Algunas estaban demasiado hechas; otras todavía habrían agradecido un par de minutos más en la sartén.

Ninguna tenía la misma forma. Rick, sin embargo, las miraba con auténtico orgullo.

Billy intentó adivinar desde su silla cuál sería la primera en rendirse.

—Qué va. —Rick dio un golpecito a la torre con el tenedor—. Llevo toda la vida construyendo cosas. Sé cuándo una estructura aguanta.

—Rick... —Claire negó despacio con la cabeza—. Creo que esta vez te has pasado. Nunca habías hecho tantas.

—Y aun así... —Los señaló con el tenedor como si estuviera repartiendo órdenes—. Dadles diez minutos.

Billy soltó una risa y volvió a las tortitas.

La cocina tenía la calma de los sábados por la mañana.

El sol entraba por la ventana del fregadero y la radio local sonaba de fondo.

El locutor terminó de hablar de la agenda de Bill Clinton y, casi sin dejar un segundo de silencio, dio paso a una canción de los Rolling Stones.

La cocina olía a café, mantequilla y sirope.

Su padre se dejó caer en la silla con un gruñido satisfecho y estiró las piernas bajo la mesa.

—Ay... Este sí que es mi momento favorito del día. Mi maravilloso hijo... y mi...

—Mucho cuidado con la siguiente palabra. —Claire levantó un dedo sin apartar la vista de la taza.

Rick fingió pensárselo.

—...esposa. Mi maravillosa esposa.

—No te ha salido del todo convincente.

Rick se llevó una mano al pecho, escandalizado.

—Ya ni en mi propia casa confían en mí. —Señaló a Billy con el tenedor—. Bueno... ¿no vas a preguntar?

—¿Preguntar qué?

—¿Qué estamos celebrando? ¿O te crees que alguien prepara semejante montaña de tortitas porque sí?

Billy miró a uno y luego al otro, sin entender nada. Su madre dejó la taza sobre el plato.

—Venga, cariño. ¿No ves que el pobre está sufriendo? Cuéntaselo.

—Déjame... Estoy creando expectación.

—Rick...

—Vale, vale. Pero luego no os quejéis de que las historias se cuentan demasiado deprisa.

Rick apuró un sorbo de café y sonrió. Billy conocía bien aquella sonrisa. Solía aparecer justo antes de una excursión improvisada, una visita inesperada o alguna noticia que sus padres llevaban varios días guardándose.

—Verás, hijo... Tu madre y yo hemos estado hablando...

—Venga, papá...

—Déjame disfrutarlo un poco.

Claire negó entre risas.

—Lo que tu padre intenta decir es que creemos que ya va siendo hora de...

—...adoptar un perro —terminaron los dos al mismo tiempo.

Billy se quedó inmóvil con el tenedor suspendido en el aire. La radio seguía sonando y un coche pasó delante de la casa.

—¿Qué...? —preguntó.

Rick sonrió.

—Un perro, hijo. Ya sabes... esos animales con cuatro patas, mucho pelo y una extraña obsesión por comerse tus zapatillas.

Billy pasó la vista de su padre a Claire, esperando la sonrisa que siempre aparecía antes de una broma. Esta vez no apareció.

—Mamá... ¿va en serio? No me digas que es otra broma de papá...

—Muy en serio.

—¿De verdad?

—Bueno... —Claire se encogió de hombros—. Si prefieres una iguana, todavía estamos a tiempo. Aunque no creo que venga a recibirte cuando vuelvas del colegio.

La silla chirrió contra el suelo. Antes de darse cuenta, Billy ya había rodeado la mesa y abrazaba a los dos.

—¡Eh, eh! —protestó Rick, sujetando la taza antes de que acabara encima de las tortitas—. Que el café no tiene la culpa.

—¡Gracias, gracias, gracias! —Billy lo abrazó con fuerza—. Eres el mejor padre del mundo.

Rick le dio una palmada en la espalda.

—Lo sé. Lo sé.

—No se lo repitas mucho —dijo Claire mientras le revolvía el pelo a Billy—. Luego no hay quien lo aguante.

Permanecieron abrazados un instante más, hasta que Claire los empujó con suavidad hacia las sillas.

—Vale. Muy bien... Ahora vienen las condiciones.

Billy volvió a sentarse sin borrar la sonrisa.

—Acepto.

—Pero si ni siquiera las has oído... —Claire arqueó una ceja.

—Da igual. Acepto.

—Luego no llores.

Levantó un dedo y empezó a enumerar.

—Lo sacarás a pasear, le darás de comer, lo llevarás al veterinario cuando toque... y cualquier sorpresa desagradable que deje en el jardín será asunto tuyo.

—Sí... sí... Lo haré todo.

—Y nada de ponerle uno de esos nombres raros que salen en las películas —añadió Rick.

—Pues termina las tortitas y prepárate para clase. Esta tarde iremos a casa de los Johnson. —Claire sonrió.

—¿A los Johnson?

—Hoy llega el perro que han adoptado del refugio.

Rick dejó el periódico sobre la mesa.

—Y de paso aprovecharemos para preguntar un par de cosas. Si al final nosotros también adoptamos, más vale ir sabiendo cómo funciona todo.

—¿Vamos a adoptar uno? —preguntó Billy, incapaz de ocultar la ilusión.

—Esa es la idea.

—¿Y por qué no compramos un cachorro?

—No siempre hace falta. —Claire negó despacio mientras dejaba un plato en el fregadero—. Los cachorros encuentran familia enseguida. Los perros mayores pueden pasarse meses esperando... y tampoco tienen la culpa de haberse hecho viejos.

—Ya verás... —Rick volvió a coger el periódico—. Seguro que el de los Johnson se llama Beethoven.

—O Duque —añadió Claire.

A Billy le daba igual cómo se llamara el perro de los Johnson. Dentro de muy poco él tendría el suyo.

Rick desplegó el periódico mientras Claire volvía a servirse café.

La radio local recordaba que los Jabalíes de Riverbend jugaban el sábado por la tarde y, al otro lado de la calle, el viejo cortacésped de los McClusky volvió a rugir con ese traqueteo irregular que todos en el barrio conocían y que siempre hacía pensar que aquella sería la última vez que arrancaría.

Todo parecía normal.

Perfecto.

Y durante un instante lo fue.

Tardó unos segundos en advertir que algo no encajaba.

Al principio creyó que su padre se había dejado otra vez la sartén demasiado tiempo al fuego.

Era un olor tenue, apenas un regusto amargo que se mezclaba con el café y el sirope.

Inspiró otra vez, frunció el ceño y levantó la vista hacia su padre.

Entre sus dedos se consumía un Marlboro.

El humo ascendía despacio mientras seguía hojeando el periódico.

—Papá... ¿desde cuándo vuelves a fumar?

—¿Volver? —Rick bajó un poco el periódico para mirarlo por encima y levantó el cigarrillo unos centímetros con una sonrisa de extrañeza—. Hijo... nunca lo he dejado.

—Lo intentó una vez, cuando estábamos en la universidad. —Claire dejó escapar una risa.

—Fueron dos semanas —protestó Rick.

—No... no. Lo dejaste. Mamá... tú le dijiste que... —Billy fue pasando la mirada de uno a otro, cada vez más desconcertado—. ¿No os acordáis?

Sus padres intercambiaron una mirada.

—¿Acordarnos de qué, William? —preguntó Claire.

Billy abrió la boca, pero las palabras se quedaron atascadas en algún lugar entre el recuerdo y la realidad.

—Nada... da igual.

Sonrió por inercia. El olor seguía allí. No era una tortita quemada ni el Marlboro; era algo más áspero y extrañamente familiar. Bajó la vista hacia el plato. Las tortitas seguían allí, aunque ahora eran demasiado oscuras. Hundió el tenedor en una y encontró una resistencia gomosa.

Volvió la vista hacia su madre. La piel del dorso de su mano pareció ablandarse como mantequilla sobre una tortita caliente. Billy parpadeó y todo volvió a la normalidad.

—¿Mamá...?

—¿Qué pasa, cariño?

Billy abrió la boca, pero se quedó mirándola. Algo no encajaba. Su madre seguía sonriéndole, aunque había empezado a perder nitidez. No estaba lejos. Simplemente empezaba a desdibujarse.

—¿Qué... qué está pasando?

Su padre dio una larga calada al cigarrillo y expulsó el humo despacio. La nube le cubrió la cara unos segundos antes de extenderse por la cocina. El olor del café, de la mantequilla y del sirope desapareció de golpe. Solo quedó aquel humo espeso y un sabor amargo que empezó a llenarle la garganta.

—Papá... —Agitó una mano delante de la cara, intentando apartarlo.

Su padre abrió la boca para responder, pero de ella no salió su voz. De su garganta brotó un chasquido metálico, como una aguja encontrando el surco de un disco, y un instante después la voz de Mick Jagger empezó a llenar la cocina.

I see a red door and I want it painted black...

La canción fue creciendo hasta borrar la radio, el tintinear de las tazas y cualquier otro sonido. Billy sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Para... por favor...

Volvió a mirar a su madre. El humo parecía salir de ella.

—Mamá...

Fue hacia ella con los brazos abiertos. Ella seguía sonriendo y levantó despacio los brazos.

—No hace falta... —susurró—. No quiero el perro. Me da igual. Solo... quédate conmigo.

Echó a correr para abrazarla, pero sus brazos atravesaron una nube tibia.

No había nadie. El frío le mordió las manos, le subió por los antebrazos y terminó clavándosele en la garganta.

Tosió, dio un traspié y volvió a extender los brazos hacia aquella figura de humo que todavía conservaba la forma de su madre.

—No... por favor... —balbuceó mientras tanteaba desesperadamente el aire—. No lo quiero... Solo vuelve... por favor...

La sonrisa de su madre permaneció suspendida un instante entre la bruma. Luego desapareció. La cocina empezó a deshacerse a su alrededor hasta que no quedó nada.

Billy se incorporó de golpe con el corazón desbocado. Durante unos segundos siguió viendo humo delante de la cama y sintiendo el frío en los brazos. Estuvo a punto de alargar la mano. Se frotó la cara despacio. Al volver a respirar descubrió que el olor seguía allí, pegado al fondo de la garganta.

Olía a quemado. Giró la cabeza hacia la mesilla. Las cifras verdes del despertador marcaban las 4:19.

Salió de la habitación todavía aturdido. El apartamento permanecía en silencio, pero no era el silencio tranquilo de las cuatro de la mañana. Desde la cocina llegaba una luz amarillenta y, con cada paso, el olor a quemado se hacía más intenso. No había pertenecido al sueño.

Al detenerse en la puerta, la cocina le pareció distinta.

O quizá llevaba años siendo así y él había aprendido a no mirarla: botellas vacías sobre la encimera, periódicos amontonados, un plato olvidado en la mesa y una camisa arrugada en el respaldo de una silla.

Lo inquietante era que ya nada de aquello le resultaba extraño.

Su padre seguía de pie frente a los fogones.

Vestía unas bermudas de cuadros, una vieja camiseta de la ferretería McAllister cuyo logotipo apenas sobrevivía al paso de los años y llevaba el pelo revuelto, cayéndole sobre la frente.

A esas horas siempre parecía medio dormido.

Caminaba y hablaba, pero daba la impresión de que una parte de él seguía atrapada en la cama.

La sartén expulsaba una columna constante de humo. Las tortitas eran ya una costra negra pegada al fondo, pero él seguía removiéndolas con la paciencia obstinada de quien se negaba a admitir que ya no tenían arreglo. Hasta la espátula empezaba a deformarse por el calor.

Mientras libraba aquella batalla perdida, tarareaba distraídamente la canción de la radio, desafinando casi tanto como las tortitas.

—I see a red door and I want it painted black...

La frase se apagó a mitad del verso. Rick frunció el ceño, removió la sartén unos segundos más y acabó encogiéndose de hombros, incapaz de recordar cómo continuaba.

Billy permanecía en el umbral. Todavía llevaba el sueño pegado a la piel. Por un instante esperó encontrar a su madre junto a la encimera.

—Papá...

Rick tardó unos segundos en reaccionar. Cuando por fin levantó la cabeza, Billy descubrió unos ojos enrojecidos, cansados hasta un punto que no tenía nada que ver con el sueño.

Aun así sonrió.

—Hombre... —murmuró—. Mira quién ha decidido unirse a la fiesta.

Billy siguió observando el humo, las botellas y la sartén carbonizada mientras su padre señalaba orgulloso la mesa.

—Llegas justo a tiempo.

Buscó el mando del fuego sin apartar la vista de la sartén. Se equivocó una vez. A la segunda dio con el correcto y disimuló la suerte con un pequeño gesto de satisfacción.

—Ven... siéntate.

—Papá... son las cuatro de la mañana.

—Precisamente. Así desayunaremos sin prisas.

Abrió el armario en busca de dos platos.

El primero resbaló entre sus dedos y consiguió atraparlo por el borde; el segundo estuvo a punto de correr la misma suerte.

Los dejó sobre la mesa con el mismo cuidado con el que los camareros del Harbor House servían la comida cada Navidad, cuando los Kowalski se permitían el lujo de bajar a Boston.

Billy no dijo nada.

Su padre volvió a la sartén y empezó a raspar el fondo. Ras. Ras. Ras . Los trozos negros fueron cayendo sobre los platos uno tras otro. Rick los observó con gesto crítico, ladeó la cabeza y terminó asintiendo para sí.

—Aquí tienes... el desayuno de los campeones. —Empujó uno de los platos hacia Billy con una sonrisa—. Así los llamaba tu madre, ¿te acuerdas?

Billy se sentó. Mientras acercaba la silla volvió a mirar alrededor.

Bajo la lámpara aún flotaba una nube de humo.

De cerca el olor era todavía más intenso: cerveza, café requemado y grasa fría.

El mismo que quedaba algunas mañanas después de que su padre pasara media noche viendo un combate de la WWE o empeñado en arreglar una radio que nunca volvía a funcionar.

Miró las tortitas.

—¿Están un poco quemadas, ¿no?

Rick las observó con auténtico desconcierto. Les dio la vuelta con el tenedor, resopló por la nariz y acabó encogiéndose de hombros.

—Ya... —murmuró con una media sonrisa—. Antes me salían de campeonato.

Volvió a pinchar una de ellas.

—No sé qué narices les pasa desde que falta tu madre. Será que los huevos ya no son los mismos...

—No pasa nada, papá. Además... no tengo hambre.

Rick asintió despacio, como si aquella respuesta le pareciera completamente razonable.

Apartó el plato hacia un lado, sacó un paquete de Marlboro Light del bolsillo de la camiseta y encendió un cigarrillo.

La primera calada añadió otra capa de humo a la cocina.

Billy buscó la silueta de su madre en ella antes de poder evitarlo.

La radio seguía sonando de fondo.

It's not easy facin' up, when your whole world is black.

Rick dejó escapar otra bocanada de humo y señaló a Billy con el cigarrillo, como si acabara de acordarse de algo importante.

—¿No vas a preguntarme qué celebramos hoy?

—¿Celebrar?

—Claro. —Rick sonrió, aunque el cansancio seguía allí—. Hoy empiezas el instituto. Ya te vas haciendo mayor, hijo.

Billy bajó la vista hacia las tortitas carbonizadas. Su padre llevaba toda la noche intentando recuperar una mañana que ya no existía. La radio siguió sonando mientras los dos permanecían sentados frente a los platos intactos.