Punky: El perro que nos encontró 5
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Había muchas cosas que Billy recordaba de su madre.

Algunas se habían ido borrando con los años, como fotografías demasiado expuestas al sol.

Otras permanecían intactas. Todavía era capaz de recordar el olor de su perfume impregnado en los jerséis mucho después de que ella hubiera salido de una habitación, la forma en que intentaba contener la risa cuando alguien decía una tontería o aquel tono de voz que reservaba para los momentos en que estaba realmente enfadada.

Cuando eso ocurría, dejaba de ser Billy y se convertía en William .

También recordaba los partidos de los Red Sox.

Muchas tardes acababan los tres en el salón después de cenar.

Rick ocupaba su rincón habitual del sofá; Claire se acomodaba bajo una manta aunque fuera junio, y Billy se sentaba en el suelo con una porción de pizza sobre una servilleta de papel.

El partido sonaba de fondo mientras la luz se apagaba tras las ventanas y las voces de los comentaristas se mezclaban con el ruido de los platos y las conversaciones a medias.

No importaba cómo fuera el partido. Si los Red Sox iban ganando, perdiendo o haciendo el ridículo, siempre acababa ocurriendo lo mismo.

En cuanto los primeros acordes de Sweet Caroline empezaban a sonar por los altavoces de Fenway Park, Claire levantaba una mano como si estuviera saludando a un estadio entero.

—¡HOLDIIIING HAAANDS...! —cantaba alzando la cuchara de madera como si fuera un micrófono—. TOOOOUCHING YOOOOOUUU...

—Claire... —Rick dio un trago a la cerveza sin apartar la vista de la televisión.

—SWEEEET CAROLIIIINE...

—Cariño... por favor.

—¡BAAAM, BAAAM, BAAAM!

—Tu madre está asesinando una canción delante de treinta mil personas.

—Pues mira qué bien se lo están pasando. —Claire señaló la televisión con la cuchara.

—Ellos porque no te oyen.

—Pues deja que sigan siendo felices.

Rick negó con la cabeza, incapaz de contener una sonrisa. Billy los observaba desde el suelo. Su madre desafinaba como nadie, pero le encantaba verla cantar.

Durante años creyó que ese era el recuerdo que más echaba de menos.

No lo era.

El que siempre volvía tenía que ver con el sótano.

Aquella tarde llovía sin prisa, de esa manera insistente que parecía anunciar que el sol había decidido tomarse el día libre.

Rick seguía peleándose en el garaje con una estantería que llevaba semanas prometiendo terminar, mientras Billy intentaba avanzar en un trabajo sobre los estados de Nueva Inglaterra sin hacer demasiado caso al partido repetido que sonaba en la pequeña televisión de la cocina.

—¿Dónde demonios he dejado el orégano...?

Claire dio una vuelta sobre sí misma, abrió un armario, luego otro y terminó encontrando el bote justo delante de sus narices.

—Ah... aquí. —Se dio un golpecito en la frente con la palma de la mano—. Algún día perderé la cabeza y aparecerá en el frigorífico.

Sonrió para sí y siguió amasando mientras el olor a harina, tomate y levadura empezaba a extenderse por la cocina, mezclándose con la lluvia y los martillazos que seguían llegando del garaje.

—¡Claire! ¿Puedes pasarme una Budweiser? —gritó Rick.

—¡Voy! —Abrió la nevera y echó un vistazo al interior—. Pues no... Se han terminado.

—Juraría que quedaban unas cuantas abajo.

Claire giró despacio la cabeza hacia la puerta del sótano. Se quedó inmóvil un instante, con la mano apoyada en la nevera. Después sonrió.

—¿William?

Billy volvió a bajar la vista al cuaderno, fingiendo que escribía.

—William, cariño... Se han acabado las cervezas. ¿Puedes bajar al sótano y traer una caja?

—¿Por qué siempre tengo que ir yo?

—Porque tienes once años —respondió, señalándole las rodillas con la cuchara de madera— y esas todavía vienen con garantía.

—¿Y qué pasa con las tuyas?

—Las mías son de mejor calidad. —Claire sonrió de medio lado—. No conviene desgastarlas por cualquier cosa.

—Ya sé por qué no bajas, mamá.

—Ah, ¿sí?

—Te da miedo. —Billy señaló la puerta del sótano con el lápiz.

—William... —Claire dejó de amasar apenas un instante—. En este mundo hay dos tipos de personas: las que aprenden de sus errores... y las que bajan voluntariamente a un sótano oscuro.

—Solo es un sótano. —Billy se rio, encogiéndose de hombros.

Claire volvió a hundir los nudillos en la masa.

—Todas las historias horribles empiezan con alguien diciendo eso. Anda, baja por los refrescos, que la pizza no piensa esperarte.

Desde aquel día Billy empezó a fijarse. Ocurría cuando llegaba diciembre y había que subir las cajas de Navidad, cuando se acababan las Dr Pepper de la despensa o Rick necesitaba cualquier cosa del sótano.

Si no le quedaba más remedio, su madre bajaba.

Siempre había una pausa, apenas un segundo.

Tan breve que cualquiera la habría pasado por alto.

Tan constante que Billy terminó por esperarla antes incluso de que apoyara la mano en el pomo.

Durante un tiempo intentó descubrir qué escondía aquel sótano.

Bajó solo más de una vez y lo registró entero.

Nunca encontró nada. Solo unas escaleras que crujían demasiado, una bombilla amarillenta, olor a humedad, herramientas que su padre prometía arreglar algún día y unas arañas que parecían llevar allí más tiempo que la casa.

No había nada. Precisamente por eso nunca dejó de pensar en aquel sótano.

Hay misterios que desaparecen en cuanto encuentras una respuesta.

Otros simplemente aprenden a esperarte.Billy nunca necesitó un calendario para recordar que aquello había ocurrido un sábado.

Los días de colegio olían a tostadas hechas con prisas y café recién servido; los sábados, en cambio, olían a tortitas, a serrín cuando Rick se encerraba en el garaje y a los dibujos animados que Billy veía demasiado temprano con el volumen más alto de la cuenta.

Y olían a su madre. Mientras ella estuviera en casa, el mundo seguía funcionando como debía.

Después de desayunar salió al jardín con una pelota de béisbol y pasó casi media hora lanzándola contra la pared del garaje.

En su cabeza no estaba en Riverbend, sino en el viejo Yankee Stadium.

Era la novena entrada del séptimo partido de las Series Mundiales.

Había dos outs, las bases llenas y todo dependía de él.

Miles de personas se habían puesto en pie.

Incluso Dolores, sentada detrás del banquillo con una gorra azul varios números más grande que su cabeza, agitaba los brazos para que lanzara de una vez.

Billy respiró hondo, levantó la rodilla y lanzó la pelota contra la pared.

En la realidad, la única espectadora seguía siendo una ardilla subida a la valla, que lo observó un segundo antes de desaparecer entre las ramas.

Al volver a la cocina encontró a Claire sentada en el suelo, junto a una caja de cartón abierta. Cada cierto tiempo le daba por ordenar. Abría armarios, sacaba cajas, removía fotografías, cartas o trastos olvidados y, al cabo de un rato, todo volvía exactamente al mismo sitio.

Aquella vez, sin embargo, no estaba ordenando.

Llevaba varios minutos mirando la misma fotografía.

Billy se apoyó en el marco de la puerta sin decir nada. Tenía esa expresión que ponen las personas cuando dejan de mirar una fotografía y empiezan a mirar un recuerdo.

—¿Mamá?

Claire parpadeó y levantó la cabeza.

—¿Sí?

—¿Qué haces?

Bajó la vista hacia la caja y sonrió con resignación.

—Intento ordenar... pero tu padre tiene la manía de guardar cualquier cosa. Fotos, entradas, cartas... Como un día encuentre una piedra bonita, acabará aquí dentro.

Billy fue apartando fotografías con la punta de los dedos hasta detenerse en una. La levantó despacio. En ella aparecía un hombre con un espeso bigote y una gorra de béisbol.

—¿Y este señor del bigote quién es?

Ella ni siquiera tuvo que coger la fotografía.

—Tu abuelo.

Billy volvió a fijarse en ella.

—Tiene pinta de salir en la tele.

—¿A que sí? —Claire sonrió—. Todo el mundo decía que era igualito a Sean Connery.

—¿Quién? —preguntó Billy, frunciendo el ceño.

—James Bond.

—Ah...

Claire soltó una carcajada.

—Déjalo. Ya llegarás a esa edad.

Recuperó la fotografía con cuidado y pasó el pulgar por el borde gastado.

—Le volvía loco el béisbol. Decía que la vida era como un partido: puedes fallar un lanzamiento, dos, los que hagan falta... Lo importante es presentarte al siguiente. —Bajó la vista hacia la fotografía y negó con una sonrisa—. Muy suyo.

—¿Por eso te gusta tanto el béisbol?

—No. Por eso me gustan los Red Sox. —Le dio la vuelta a la fotografía entre los dedos antes de volver a sonreír—. Siempre que podía me llevaba a Fenway. Juraba que los Red Sox acabarían matándolo de un disgusto... pero también decía que uno no abandona a los suyos cuando las cosas van mal.

Billy siguió observando la fotografía mientras ella hablaba. Le gustaba escuchar aquellas historias porque, durante unos minutos, volvía a ser la hija de alguien.

—Cuando seas un poco mayor te llevaré. —Claire dejó la fotografía sobre la caja y le dio un golpecito en la rodilla.

—¿De verdad?

—Claro.

—¿Y cantaremos Sweet Caroline ?

—Por supuesto.

—¿Aunque cantes fatal? —preguntó entre risas.

—William Kowalski... —Claire arqueó una ceja.

Aguantó el gesto apenas un par de segundos antes de echarse a reír.

—No quieras parecerte tanto a tu padre.

La conversación se fue apagando mientras seguían rebuscando en la caja. Algunas fotografías apenas cambiaban de mano antes de volver a su sitio. Otras se quedaban unos segundos entre los dedos de Claire, como si todavía no estuviera preparada para desprenderse de ellas.

Billy levantó otra.

—¡Por Dios...! —Claire se la quitó de las manos con una sonrisa de sorpresa—. Esta foto... Casi se me había olvidado.

Billy se acercó por encima de su hombro.

Sobre el capó de un coche rojo descansaba una versión mucho más joven de su madre.

El sol le daba de frente y la obligaba a entrecerrar los ojos mientras sonreía directamente a la cámara.

Llevaba un vestido blanco y una melena rubia que el viento empujaba hacia atrás. Billy nunca la había visto así.

—Mamá... Estás guapísima.

—Gracias. Tu padre decía que con ese vestido me parecía a Rita Hayworth. —Claire seguía contemplando la fotografía con una sonrisa.

—¿Quién?

—Ay, William... Me estás haciendo sentir muy mayor. —Volvió a mirar la fotografía y sonrió para sí—. Pero mira qué pintas llevaba tu padre... Y esa melena... Se creía una estrella de rock.

—¿Papá... con melena?

Claire giró la fotografía y señaló el reflejo del capó.

—Mira.

Billy se inclinó un poco más. El coche estaba tan limpio que reflejaba a su padre sosteniendo la cámara frente a la cara. Apenas se distinguía la cámara, pero sí aquella melena oscura que el viento levantaba hacia un lado.

Claire rompió a reír.

—No veas lo orgulloso que estaba. Pasaba más tiempo delante del espejo que yo. Y ese coche... Tu padre decía que era el mejor que había fabricado Estados Unidos desde que a alguien se le ocurrió poner ruedas a un sofá. Un Buick Roadmaster del noventa y dos.

Billy sonrió. Ahora entendía por qué su padre hablaba de aquel coche como si hubiera sido una persona.

—Yo siempre decía que tu padre quería dos cosas más que a mí: dormir... y ese coche.

—¿Y era verdad?

—Dormir, sí. Lo del coche... eso ya no lo tuve tan claro.

Los dos rieron.

—Al final lo vendió solo para demostrarme que estaba equivocada. —Fue pasando varias fotografías hasta encontrar otra—. Pero antes nos recorrimos media costa con él.

Fue dejándolas delante de Billy una tras otra: playas inmensas, carreteras interminables, cafeterías junto al océano, puertos llenos de gaviotas y moteles de carretera.

En casi todas aparecía riéndose, caminando por la arena o mirando el mar con el pelo revuelto por el viento, como si todavía no hubiera decidido dónde quería quedarse.

—Fue nuestra luna de miel. —La sonrisa se apagó apenas un instante—. Y el último viaje que hicimos solos.

Billy pasó otra fotografía entre los dedos. Le resultaba extraño mirar a aquellos dos jóvenes y pensar que algún día acabarían siendo sus padres.

—¿Y después?

Claire contempló un momento a aquellos dos chicos apoyados sobre el Buick rojo antes de levantar la vista.

—Después llegaste tú.

—¿Yo?

Se inclinó hacia delante y le besó la frente.

—Lo mejor que nos ha pasado nunca.

La sonrisa de su madre apenas resistió unos segundos. Bajó la vista hacia las fotografías y, al cabo de un momento, cerró la caja.

—¿Sabes qué? —dijo, dándole un par de golpecitos a la tapa—. Creo que esta caja va a pasar una temporada en el sótano.

—¿Vas a bajar tú?

Claire lanzó una mirada hacia la puerta del sótano antes de negar con una sonrisa.

—Bueno... quizá podrías echarme una mano.

—Ya decía yo... —soltó Billy entre risas mientras levantaba la caja.

—Para algo tuve un hijo. Vamos, mano de obra barata.

—Mamá... Algún día vas a tener que bajar tú sola.

—Cuando tu padre arregle el escalón de la escalera.

—Entonces puedo ir buscando una silla.

—Exactamente.

Desde el salón seguían llegando los golpes, resoplidos y sucesivos «ahora sí» de su padre, que continuaba peleándose con el nuevo Sony Trinitron. Billy ya había oído demasiados para creerse ninguno.

Con la caja entre los brazos abrió la puerta del sótano y empezó a bajar.

La bombilla amarillenta seguía colgando del techo, demasiado débil para alcanzar el fondo.

Las mismas cajas descansaban junto a la pared, las herramientas esperaban sobre el banco de trabajo y la bicicleta de Rick continuaba desmontada, como si también ella aguardara tiempos mejores.

Dejó la caja en su rincón y volvió a subir despacio. Antes de llegar arriba le llamó la atención la música. La radio acababa de dejar atrás los anuncios y ahora sonaban los primeros acordes de Wonderful Tonight .

Al llegar al último escalón se detuvo sin hacer ruido.

Su padre había dejado el destornillador sobre el mueble del televisor y sujetaba a su madre por la cintura mientras la música llenaba la cocina.

Ella apoyaba la cabeza en su hombro; él le apartó un mechón de la cara y le besó el pelo con la naturalidad de quien llevaba muchos años bailando aquella misma canción.

Billy sonrió sin que ellos llegaran a verlo. Se sentó sobre el escalón que su padre llevaba años prometiendo reparar. Desde allí podía oír la lluvia golpeando los cristales, la música y las zapatillas de sus padres deslizándose lentamente por el suelo.

El trabajo de historia de la señora Berg podía esperar.

Billy permaneció allí, mirándolos bailar.