4 #3
—Central, aquí el detective Kowalski. Sospechoso abatido. Solicito asistencia médica inmediata en el segundo piso.
—Recibido. Ambulancia en camino.
Billy dejó la radio sobre el suelo y echó un vistazo alrededor.
Había periódicos amontonados junto a una pared, mantas dobladas sobre una silla y fotografías torcidas colgando de clavos oxidados.
Aquello no parecía el escondite de un monstruo.
Al bajar la vista vio cómo la sangre se extendía lentamente por la camisa del anciano.
Las manos descansaban abiertas sobre la moqueta, cubiertas de manchas de edad y venas oscuras que sobresalían bajo la piel.
Apoyó una mano sobre su pecho y buscó el pulso.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Le presionó el esternón con fuerza, agachó la cabeza buscando una respiración que no llegaba y acabó sujetándolo por los hombros.
—Vamos, joder...
Lo incorporó de un tirón. La cabeza del anciano cayó hacia atrás, pesada, sin ofrecer la menor resistencia.
—¡Mírame! —Lo sacudió con fuerza antes de poder contenerse—. ¡Mírame cuando te hablo!
Le dio una bofetada. Después otra.
—¡Vamos, joder!
El anciano volvió a desplomarse sobre él.
Billy lo agarró por el cuello de la bata y lo arrastró unos centímetros sobre la moqueta.
—¡No puedes morirte! ¿Me oyes? —La tela se tensó entre sus puños mientras volvía a zarandearlo—. ¡No ahora! ¡Dime dónde la tienes!
Lo dejó caer otra vez y volvió a sujetarlo por la ropa.
—¡Veinte años! ¿Lo entiendes? ¡No puedo darla por perdida!
Pero el anciano ya no estaba allí.
Billy lo sabía.
Y, aun así, siguió aferrado a la bata un segundo más.
William, nunca me vas a perder.
Durante un instante estuvo convencido de que la voz había sonado dentro de la habitación. Levantó la cabeza y recorrió la estancia con la mirada. La puerta seguía abierta. Las cortinas apenas se movían. Solo el viento hacía golpear una persiana mal cerrada en algún punto de la casa.
Bajó la vista hacia el cuerpo, hacia sus propias manos manchadas de sangre y el desorden que acababa de dejar sobre la moqueta. Inspiró hondo un par de veces y contó hasta diez antes de llevarse de nuevo la radio a la boca.
—Aquí el detective Kowalski...
—Adelante, detective.
Billy no apartó la vista del anciano.
—Olvídenlo.
Hubo un breve silencio.
—¿Puede repetir?
Billy tragó saliva.
—Cancelen la segunda ambulancia. El sujeto está... está muerto.
La respuesta de Central quedó perdida en algún rincón de la habitación.
Billy ya había bajado la radio cuando Walter apareció en la puerta.
Entró cojeando ligeramente. La manga del abrigo seguía oscureciéndose por la sangre, pero al ver el espejo destrozado, los muebles desplazados, el anciano tendido sobre la moqueta y a Billy cubierto de sangre hasta los antebrazos, se quedó completamente inmóvil.
—Billy... ¿Qué coño ha pasado aquí?
Billy no respondió.
Walter miró el cadáver, volvió la vista hacia él y soltó el aire despacio.
—Ha sido en defensa propia, ¿verdad?
—Eso creo.
—¿Cómo que «eso creo»? —Se pasó una mano por la cara antes de volver a mirar el cuerpo—. Billy, no me jodas...
Se acercó hasta él.
—Eh... mírame.
Esperó a que levantara la cabeza.
—¿Te ha dicho algo? Lo que fuera.
Billy negó despacio.
Walter lo observó unos segundos. Después le apoyó una mano en el hombro y terminó atrayéndolo hacia él sin decir una palabra. Billy no opuso resistencia. La sangre de los dos acabó mezclándose sobre el abrigo mientras permanecían abrazados unos instantes.
—Escúchame... —murmuró Walter al separarse un poco—. No puedes dejar que esto también te destruya. Hay respuestas que nunca llegan. Y cuando no llegan... tienes que aprender a seguir viviendo.
—Llevo veinte años detrás de ese hijo de puta... —Billy soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Y se ha muerto antes de decir una sola palab...
CLONC.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo. El golpe había sonado en algún lugar de la casa y permanecieron inmóviles, escuchando.
CLONC.
—¿Has oído eso? —preguntó Billy, frunciendo el ceño.
—Joder, claro que lo he oído. Esta casa es más vieja que yo.
CLONC.
El sonido volvió a repetirse, esta vez más cerca y con un ritmo demasiado limpio, demasiado regular para pertenecer a una casa que se caía a pedazos.
Billy negó despacio.
—No... Walter. No es la casa.
—Billy...
—Escucha.
Los dos contuvieron la respiración.
CLONC. CLONC. CLONC.
Los golpes volvieron a repetirse con el mismo intervalo, demasiado precisos para ser una tubería, una ventana o una vieja viga crujiendo.
—Walter... Hay alguien ahí abajo.
Walter desvió un instante la vista hacia el cadáver y después hacia la puerta del sótano.
—El hijo de puta la tiene escondida.
CLONC.
El golpe volvió a resonar bajo sus pies. Walter levantó el brazo y señaló la puerta del sótano.
—Ve. Si queda alguien con vida en esta casa... está ahí abajo.
Billy ya había echado a andar hacia el pasillo cuando se detuvo en seco. Durante un instante creyó reconocer el olor a crema hidratante, jabón y perfume floral.
Echó a correr sin volver la vista atrás.
El olor desapareció en el primer escalón.
CLONC.