Punky: El perro que nos encontró 4 #2
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Todo encajaba con la imagen de una vivienda olvidada por el tiempo: el polvo, las botellas vacías, las manchas de humedad extendiéndose por las paredes. Todo, salvo una pequeña botella de agua abierta sobre una mesa auxiliar. Billy acercó la linterna. El tapón no tenía polvo.

CLONC.

El sonido llegó desde la planta superior.

Al principio Billy pensó que era alguien corriendo, pero cuanto más escuchaba menos convencido estaba.

Había pasos, sí, aunque mezclados con otros ruidos difíciles de identificar: algo arrastrándose, un golpe seco contra la pared o quizá alguien chocando con los muebles mientras se movía deprisa.

El silencio volvió a adueñarse de la casa.

Billy apoyó una mano en la barandilla y empezó a subir despacio, dejando que cada peldaño soportara su peso antes de avanzar al siguiente.

Mientras ascendía fue registrando casi sin pensar las ventanas del rellano, la posición de las habitaciones y la ubicación de la escalera.

Desde lo ocurrido en aquella casa de Maine, memorizar las salidas se había convertido en un acto reflejo.

La madera protestaba bajo sus botas mientras la linterna ascendía lentamente por las paredes, descubriendo fotografías torcidas, marcos descoloridos y rectángulos más claros donde antes había colgado algo.

Cerca del descansillo distinguió una vieja gorra de los Red Sox cubierta de polvo y, junto a una puerta, un imán turístico de Cape Cod sujeto a una chapa metálica oxidada.

Lo reconoció enseguida. Había pescado allí con Walter un par de veces.

Las fotografías parecían arrancadas de cualquier álbum familiar de Nueva Inglaterra. En una, una familia sonreía junto a un lago; en otra, un niño abrazaba a un perro delante de una barbacoa mientras un hombre levantaba una hamburguesa hacia la cámara.

Billy redujo el paso sin darse cuenta. Se preguntó cuál de aquellos dos hombres era el que había disparado.

El de la fotografía. El de la casa. O quizá ninguno.

Quizá aquel hombre no había sido más que un padre de familia que perdió a su esposa y terminó atrapado entre aquellas paredes mucho después de que el resto del mundo siguiera adelante.

Siguió subiendo, aunque la imagen del niño abrazado al perro continuó acompañándolo unos peldaños más. Podría haber sido él. Pero su madre había desaparecido demasiado pronto y, con ella, también todas aquellas fotografías que nunca llegarían a existir.

Entonces el sonido volvió a romper el silencio.

CLAC.

Billy se detuvo a media escalera y aguzó el oído.

Unos segundos después volvió a oírse.

CLAC.

Esta vez sonó con más claridad. No era el ruido de alguien huyendo ni intentando esconderse. Había algo extraño en aquel ritmo, algo torpe y repetitivo que Billy no lograba identificar.

Subió los últimos escalones con más cautela. El aire era distinto allí arriba, más pesado, más húmedo, y entre el olor a polvo y madera vieja apareció otro que reconoció al instante: el de alguien que llevaba demasiado tiempo enfermo.

Las puertas del pasillo permanecían abiertas a ambos lados y, al fondo, una cortina se movía lentamente. El ruido volvió a escucharse desde una de las habitaciones, acompañado esta vez por una respiración lenta y trabajosa.

Billy levantó el arma mientras avanzaba por el pasillo con el pulso golpeándole en las sienes.

—¡Policía! —gritó—. ¡Salga con las manos donde pueda verlas!

El silencio fue tan absoluto que alcanzó a oír el roce de su chaqueta y el crujido de las tablas bajo las botas.

Entonces una figura apareció al fondo del pasillo.

BANG.

El fogonazo iluminó la habitación durante una fracción de segundo. La bala pasó tan cerca de su hombro que sintió el aire desplazándose junto a la piel antes de incrustarse en la pared.

Billy respondió por puro instinto.

BANG.

BANG.

Los disparos retumbaron por toda la casa.

El anciano se echó hacia atrás de golpe y chocó contra una cómoda, que se deslizó varios centímetros sobre la moqueta.

Un espejo cayó de la pared y estalló en cientos de fragmentos.

La escopeta escapó de sus manos, desapareció bajo una silla y el hombre terminó desplomándose pesadamente sobre el suelo.

El eco de los disparos aún seguía recorriendo la casa cuando Billy avanzó sin bajar el arma. El hombre permanecía inmóvil, con el pelo gris pegado a la frente y una bata que parecía colgarle de los huesos. Bajo la luz que entraba por la ventana daba la impresión de llevar años enfermo.

Billy se quedó mirándolo. Durante veinte años había puesto rostro a expedientes, titulares y rumores. El Monstruo de Riverbend. El Fantasma de Massachusetts. El Domino's Killer.

Aquella no era la cara que había imaginado.

Era una cara corriente. Una de esas que uno olvida en cuanto se cruza con ella.

Durante un instante llegó a preguntarse si alguna vez lo habría tenido delante sin saberlo: en una farmacia, esperando en la consulta de un médico o sentado a dos metros de él en una cafetería mientras el resto del mundo seguía buscando monstruos.

Ahora solo veía a un anciano tendido sobre una moqueta manchada.

El anciano abrió ligeramente los ojos y tardó unos segundos en enfocar. Cuando por fin lo consiguió, se quedó mirando a Billy con la expresión desorientada de alguien que acaba de despertar en mitad de una pesadilla.

Billy dio un paso al frente sin bajar el arma.

—¿Dónde la tienes?

El anciano parpadeó varias veces.

Billy llevaba veinte años leyendo expedientes, escuchando teorías y regresando una y otra vez al mismo punto de partida. Había imaginado aquella conversación tantas veces que, por un instante, tuvo la absurda sensación de estar repitiendo unas palabras ya dichas.

—¿Dónde la tienes, hijo de puta?

El anciano intentó responder. Billy tuvo que inclinarse para escucharle.

—¿Quién... quién demonios eres tú? ¿C-cómo me has...?

Durante un instante pensó que solo intentaba ganar tiempo. Sin embargo, la confusión que había en aquellos ojos resultaba demasiado auténtica para fingirla.

Entonces algo cambió.

Apenas un destello. Una leve contracción alrededor de los ojos. La expresión de quien acaba de reconocer un rostro que creía olvidado.

—Te conozc... eres...

La frase murió antes de terminar. La cabeza se le venció hacia un lado.

Billy guardó el arma y tomó la radio.