4
—¿Billy? ¿Me oyes? ¿Billy?
La voz de Walter lo arrancó del recuerdo como una mano sacando a alguien del agua.
Billy parpadeó varias veces. Durante un instante todavía vio a su padre con las manos esposadas. Luego la imagen se deshizo y el cobertizo volvió a rodearlo.
—Sí... Sí, te oigo.
—Pues vuelve conmigo, muchacho. —Walter bajó ligeramente la linterna—. Te me has ido a otro planeta.
Billy tardó un momento en reaccionar. Desde fuera, el cobertizo parecía una construcción vieja devorada por la maleza; por dentro era todavía peor.
La luz de la linterna arrancaba destellos apagados a herramientas cubiertas de óxido, recorría estanterías deformadas por la humedad y se perdía entre montones de basura acumulada.
El aire estaba cargado de moho, suciedad y ese olor agrio de la comida podrida cuando lleva demasiado tiempo olvidada en un rincón.
Los ladridos seguían resonando en el interior.
Billy escuchó unos segundos. No sonaban agresivos ni territoriales. Sonaban desesperados.
La luz descendió hasta el suelo y se detuvo sobre unas cadenas.
Al fondo del cobertizo había dos perros.
Eran dos mestizos grandes, tan delgados que las costillas se marcaban bajo el pelaje apelmazado por la suciedad.
El negro permanecía inmóvil. Tenía una cicatriz junto al ojo izquierdo y parpadeaba constantemente, como si aquel ojo nunca hubiera terminado de curarse.
El marrón, en cambio, llevaba una oreja doblada y ladeaba la cabeza cada vez que alguien hablaba.
Había algo en su manera de mirar, triste y resignada, que obligó a Billy a apartar la vista un instante.
Los dos tiraban de las cadenas una y otra vez.
Ninguno intentó gruñir cuando ellos se acercaron.
Solo seguían esforzándose por ganar unos centímetros cada vez que alguien aparecía delante.
—Madre de Dios... —murmuró Walter—. ¿Quién demonios los tendría así?
Billy avanzó despacio. El perro marrón dejó de ladrar en cuanto lo vio acercarse y permaneció inmóvil al otro extremo del cobertizo hasta que, por fin, movió la cola una sola vez. Fue un gesto pequeño, casi inseguro.
Walter recorrió el interior con la linterna hasta detenerse en la pared del fondo. Junto al cemento húmedo descansaban dos cuencos vacíos, rodeados de polvo y de las marcas que las cadenas habían dejado en el suelo.
—Joder... Hace mucho que nadie llena esos cuencos.
La luz siguió recorriendo el suelo.
—Y desde luego aquí no daban servicio de habitaciones.
Billy observó los cuencos, las cadenas y volvió a mirar a los perros. Había visto animales abandonados antes. En su trabajo se había encontrado con unos cuantos.
Aquello era distinto.
No daba la impresión de que alguien hubiera dejado de ocuparse de ellos. Daba la impresión de que alguien los quería allí.
—Habrá que avisar a control animal.
Walter asintió sin apartar la vista del fondo del cobertizo.
—Sí. Y cuanto antes mejor. —La linterna volvió a detenerse sobre los perros mientras negaba para sí—. Y no, no lo digo porque esté cagado de miedo. Lo digo porque ya me han mordido demasiadas veces como para seguir tentando a la suerte.
Billy iba a responder cuando un golpe seco resonó dentro de la casa.
Los dos se quedaron inmóviles.
No había sonado especialmente fuerte. Parecía el ruido de algo cayendo en otra habitación.
Walter giró despacio la cabeza hacia la casa.
—Dime que eso no lo he oído yo solo.
—No... Yo también lo he oído.
Escucharon unos segundos.
Fuera, el viento seguía empujando las ramas contra la fachada y alguna chapa suelta golpeaba rítmicamente en algún punto del tejado.
Nada más.
Entonces algo cruzó una de las ventanas del segundo piso.
Fue tan rápido que Billy no habría sabido decir qué acababa de ver. Podía haber sido una persona, una sombra o un simple reflejo atrapado un instante en el cristal sucio. Walter también lo había visto.
Los dos permanecieron con la vista fija en la casa. Bajo la luz del atardecer, la pintura descascarillada parecía aún más gris. Las ventanas, cubiertas por una capa de suciedad, no dejaban ver el interior. Solo una cortina seguía moviéndose muy despacio detrás de uno de los cristales.
El mestizo negro se lanzó contra Walter y lo derribó sobre el barro antes de que ninguno pudiera reaccionar.
Walter soltó una sarta de insultos mientras intentaba quitárselo de encima con los antebrazos, pero el perro no buscó su garganta.
Se aferró a la manga del abrigo y tiró de ella con una desesperación casi frenética, clavando las patas en el suelo y reculando una y otra vez.
BANG.
La detonación sacudió el jardín.
Billy tardó un instante en comprender que acababan de disparar. No llegó a ver el fogonazo ni la trayectoria de la bala. Solo las astillas saltando de la pared del cobertizo cuando el proyectil atravesó el lugar exacto donde Walter había estado apenas un segundo antes.
Walter seguía en el suelo. El perro continuaba aferrado a la manga de su abrigo.
—¡Mecagoenlaostia! —gritó, levantando la vista hacia la pared astillada—. La bala me ha rozado...
Billy dio un paso hacia él sin perder de vista la casa, pero antes de que pudiera agacharse Walter abrió mucho los ojos y señaló por encima de su hombro.
—¡Billy, cuidado!
BANG.
El segundo disparo llegó antes de que pudiera volverse. El cristal estalló sobre ellos y una lluvia de fragmentos cruzó el cobertizo mientras el eco de la detonación se perdía entre los árboles. Walter consiguió incorporarse apoyándose en una estantería oxidada.
Billy bajó la vista hacia la manga del abrigo. La tela empezaba a oscurecerse y una mancha de sangre se extendía lentamente desde el hombro hacia el codo.
—Walt... ¿Estás bien?
Walter siguió la mirada de Billy hasta la herida. Después observó al perro. El mestizo permanecía inmóvil, temblando ligeramente, sin apartar los ojos de ellos.
Walter volvió a mirar la manga desgarrada, el agujero abierto por la bala en la pared y, por último, al perro.
—Vale... —Se pasó una mano por la cara antes de soltar el aire despacio—. Definitivamente este grandullón acaba de salvarme la vida.
El perro movió la cola con cautela.
—Entonces parece que vas a sobrevivir. —Billy desenfundó el arma sin apartar los ojos de la casa.
—Eso espero. —Walter echó un vistazo rápido a la herida y resopló—. Porque, siendo sincero, hace medio minuto casi me vuelan la cabeza. Lo del perro empieza a parecer lo de menos.
—Necesitas un médico.
—Y tú necesitas entrar ahí antes de que ese cabrón encuentre una salida.
—Pero tú...
—Billy. ¡Mírame!
Billy se volvió.
Walter levantó un poco el brazo herido y torció el gesto.
—Yo no voy a perseguir a nadie con esto. —Señaló la casa con la mano sana—. Tú sí.
Como si la casa hubiera escuchado la conversación, otro golpe resonó en la planta superior.
Esta vez sonó más cerca.
Un segundo después volvieron a oírse pasos, rápidos y nerviosos, moviéndose por el interior.
Billy recorrió la fachada con la mirada. La puerta principal seguía abierta. Ventanas a ambos lados del porche. Una salida trasera. Vegetación suficiente para que alguien desapareciera entre los árboles en cuestión de segundos.
—Billy. No tienes tiempo. Llevas toda la vida buscándolo. Puede que esta sea tu única oportunidad.
Ninguno dijo nada. A su espalda, los perros permanecían en silencio mientras el viento agitaba los árboles y alguna chapa suelta crujía en el tejado. Dentro de la vivienda volvió a cerrarse una puerta.
Billy soltó el aire y se llevó la radio al hombro.
—Central, aquí el detective Kowalski. Tenemos un agente herido. Repito: agente herido. Solicito una ambulancia inmediata y apoyo urgente en Riverbend Road.
La respuesta llegó entre ráfagas de estática.
—Recibido. Unidades y servicios médicos en camino.
Billy bajó la radio. Walter señaló el porche con un leve gesto de la cabeza y luego miró al mestizo.
—No tengo chuches, colega. Bastante has hecho por hoy.
Billy volvió a pulsar el transmisor.
—Y avisen también a control animal. Tenemos dos perros en estado de desnutrición.
—Recibido.
Echó a correr.
Atravesó el jardín mientras el viento le golpeaba la cara. El porche apareció delante de él casi de inmediato y, al subir los escalones de dos en dos, comprendió que aquello nunca había sido una simple denuncia por ladridos.
La puerta principal seguía abierta. Billy empujó la hoja de madera, que cedió con un leve quejido, y el olor lo golpeó al instante.
No era solo humedad, polvo o la mezcla habitual de madera vieja y habitaciones cerradas durante demasiado tiempo; había algo más debajo de todo aquello, un olor imposible de identificar e imposible de ignorar.
Había entrado en decenas de casas abandonadas: granjas vacías, edificios ocupados, propiedades olvidadas por el tiempo y por sus dueños.
Aquella casa olía distinta.
Esperó un instante a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
La luz del exterior apenas alcanzaba el recibidor.
Una cómoda cubierta de polvo ocupaba una pared, una lámpara caída descansaba entre periódicos amarillentos esparcidos por el suelo y las manchas de humedad trepaban por el papel pintado hasta perderse cerca del techo.
A simple vista, la casa llevaba años abandonada. Al menos hasta que alguien había disparado desde una de sus ventanas.
Billy avanzó despacio. Las tablas crujieron bajo sus botas mientras se acercaba al salón. Empujó la puerta apenas unos centímetros y dejó que la linterna recorriera la estancia.
Un sofá hundido ocupaba una esquina. Sobre una mesa descansaban varias botellas vacías y una vieja televisión permanecía cubierta por una sábana gris que, durante una fracción de segundo, le pareció una persona sentada observándolo desde la oscuridad.
Parpadeó. Solo era una televisión cubierta por una sábana. La luz siguió recorriendo el salón. El polvo cubría los muebles. Las botellas vacías se acumulaban en una esquina y la humedad había extendido manchas oscuras por las paredes.