3
Noviembre había enfriado Riverbend de golpe.
Por las mañanas, el aliento flotaba unos segundos delante de la cara antes de desaparecer, y la hierba amanecía cubierta por una fina capa de escarcha que se deshacía en cuanto salía el sol. Hacía semanas que no llovía. Los jardines más descuidados del pueblo empezaban a parecer agotados.
Billy caminaba hacia el colegio con las manos hundidas en los bolsillos y la mochila golpeándole la espalda.
Aquella tarde los Johnson irían a recoger al perro y, aunque procuraba no pensarlo demasiado, llevaba dos días imaginándoselo.
Se preguntaba cómo sería: si tendría las orejas caídas, si sabría sentarse o si pertenecería a esa clase de perros convencidos de que el mundo entero existía para jugar con ellos.
También había intentado adivinar qué nombre le pondría Cole. Conociéndolo, podía llamarse Destructor, Capitán Relámpago, Señor Mordiscos o cualquier otra cosa igual de absurda. Lo único que tenía claro era que quería llegar a casa para conocerlo.
Cuando Jonah apareció a su lado con una hoja arrugada en la mano y una sonrisa que parecía ocuparle media cara, Billy tardó unos segundos en enterarse de qué estaba hablando.
—...Es que es muy fuerte, tío. Un notable. —Agitó el trabajo delante de su cara—. Un puto notable. La señora Berg esta vez se ha pasado.
Billy parpadeó un par de veces.
—No te quejes. Hay gente que mataría por una nota así.
—Billy, ese no es el problema... —Intentó guardar la hoja en la mochila, falló y el papel cayó al suelo—. ¿Lo ves? Esto es exactamente de lo que estoy hablando. Hasta el destino se ríe de mí.
Lo recogió sin dejar de caminar.
—Aclárame una cosa. El trabajo era sobre la Segunda Guerra Mundial, ¿no?
—Sí. Y yo hice el trabajo sobre la persecución de los míos durante la Segunda Guerra Mundial.
—Entonces ¿por qué te pasaste diez minutos hablando de La lista de Schindler ?
—¡Porque era contexto! —protestó Jonah mientras conseguía encajar la hoja en la mochila—. Es mucho más fácil entender la guerra con el cine. Y porque es un peliculón.
—No creo que a la señora Berg le pareciera especialmente importante tu explicación sobre cómo la niña del abrigo rojo simboliza la pérdida de la inocencia durante el Holocausto.
—¿Ves? Tú sí lo entiendes.
—Porque me obligaste a escucharla dos veces.
—Exacto.
Billy resopló.
—Solo digo que quizá...
Jonah se llevó una mano al pecho.
—Me tiene manía. Si es lo que llevo diciendo todo el año. Además, ¿qué le costaría ayudar a un hermano judío?
—No creo que "hermano"... Da igual. ¿Qué llevas ahí?
La indignación desapareció al instante. Jonah sacó varias hojas dobladas del bolsillo trasero y las agitó con orgullo.
—He hecho algunos cambios. He mejorado tu personaje.
—¿Qué tenía de malo el capitán Kurt?
—Nada. Funcionaba. Pero le faltaba profundidad. Ahora tiene más capas. Más conflicto. Más diálogo.
Billy lo miró de reojo.
—Dime que el general Kurt no acaba casándose con Martha.
—Ah, ya verás... —Jonah sonrió con aire conspirador—. Confía en mí. Tienes que ver el big picture .
—Eso es exactamente lo que me preocupa. Solo somos tú y yo. No puedes meter a más gente.
—Tendrás que leerlo. —Jonah volvió a guardar los papeles en la mochila—. Venga, vamos a ver a ese chucho. Ya quedamos luego para revisar los planos.
Doblaron la esquina de Maple Street mientras Jonah seguía peleándose con la mochila y los papeles.
La primera casa que apareció fue la de los Johnson.
Rebecca estaba junto a la valla hablando con una vecina mientras Cole sujetaba la correa de un viejo golden retriever que avanzaba con esa calma propia de los perros que ya no tienen ninguna prisa.
El hocico, completamente blanco, contrastaba con el pelaje dorado.
Entre los dientes llevaba una pelota de tenis tan gastada que costaba imaginar de qué color había sido.
—¡Billy! —gritó Cole al verlo—. ¡Te presento a Mozart!
El perro levantó la cabeza al oír su nombre. Observó a Billy un instante y, sin soltar la pelota, se acercó despacio moviendo la cola.
Billy se agachó para acariciarlo.
—Hola, colega.
Mozart respondió apoyándole el hocico sobre la mano, como si lo conociera de toda la vida.
—Lo adoptamos ayer —explicó Rebecca con una sonrisa—. En el refugio nos dijeron que ya era mayor, pero Cole no quiso marcharse sin él.
—Porque nadie lo quería —dijo Cole muy serio mientras rodeaba el cuello del perro con un brazo—. Y ahora ya sí.
Billy sonrió, pero al levantar la vista hacia su casa la sonrisa se le fue borrando poco a poco.
Lo primero que vio fue uno de los coches patrulla. Después distinguió el segundo, aparcado unos metros más allá, y la puerta principal abierta de par en par. Había agentes entrando y saliendo del porche como si llevaran allí un buen rato.
Frunció el ceño.
Su madre nunca dejaba la puerta abierta. Ni cuando estaba en casa, ni cuando iba a comprar. Ni siquiera cuando esperaba visitas.
—Joder, Billy... ¿qué nota te ha puesto la señorita Berg?
La voz de Jonah sonó a su espalda, pero Billy ya había echado a andar hacia la casa sin responder.
Cruzó la calle casi sin darse cuenta de que la mochila le golpeaba la espalda a cada paso.
Solo cuando estuvo más cerca empezó a distinguir el chisporroteo de una radio policial, el murmullo de los vecinos reunidos junto a las aceras y la voz de Jonah, que seguía llamándolo desde el otro lado.
A medida que avanzaba, la escena adquiría un aire cada vez más extraño.
Un agente salía de la vivienda con una carpeta bajo el brazo mientras otro hablaba por radio junto al jardín y un tercero fotografiaba algo en el salón.
Al otro lado de la calle, los vecinos observaban en silencio sin molestarse en fingir discreción.
Los Johnson seguían junto a la valla. La señora McClusky también.
Nadie parecía tener ganas de sonreír.
—¡Chaval!
Billy oyó el grito cuando ya estaba subiendo los escalones del porche.
—¡Chaval, espera!
El policía intentó cortarle el paso al pie de la entrada, pero Billy se escurrió antes de que pudiera sujetarlo.
—¿¡Dónde están!?
—Chaval, no puedes...
Una mano se apoyó en su hombro.
—Yo me encargo, agente Cruz.
Billy se volvió de golpe. El hombre que acababa de hablar era joven; no tendría mucho más de veinticinco años. Llevaba ojeras, la camisa arrugada bajo el chaleco y un bigote escaso que parecía empeñado en crecer sin demasiado éxito.
—¿Qué pasa? —gritó, intentando soltarse—. ¿Dónde están?
La pregunta murió en cuanto levantó la vista.
Rick estaba sentado junto al porche, entre dos policías, con las manos esposadas delante del cuerpo.
Aquello no tenía ningún sentido. Su padre era el hombre que arreglaba bicicletas los domingos por la mañana, construía estanterías en el garaje y conseguía reparar casi cualquier cosa con un destornillador, un poco de cinta aislante y una cantidad preocupante de optimismo.
Rick levantó despacio la cabeza al oír su voz. Durante un instante pareció que iba a decir algo; los labios llegaron a moverse y Billy esperó una explicación, cualquier explicación. Pero no llegó. Su padre volvió a bajar la vista sin pronunciar una sola palabra.
Billy dio un paso hacia él. El agente volvió a sujetarlo con suavidad por el hombro.
—No puedo dejarte hablar con él.
—Pero es mi padre...
El joven vaciló un momento antes de preguntar:
—Espera... ¿Tú eres Billy? ¿Billy Kowalski?
Billy asintió sin apartar los ojos de Rick.
—¿Qué está pasando? ¿Dónde está mi madre?
El policía respondió algo, pero Billy apenas lo oyó.
Seguía mirando la casa: la puerta abierta, las ventanas, la cocina que alcanzaba a ver desde el porche, como si esperara que Claire apareciera en cualquier momento.
Bastaba con que saliera por la puerta principal, asomara la cabeza desde el jardín o preguntara dónde había vuelto a dejar las llaves para que todo recuperara su sitio.
Porque su madre siempre perdía las llaves.
Las perdía en los bolsillos, en los cajones y una vez incluso dentro del frigorífico.
Pero Claire no aparecía.
—¿Mamá...?
La palabra salió tan baja que casi se perdió entre las radios policiales y el murmullo de los vecinos.
Volvió la cabeza hacia el agente.
—Dígame que mi madre está bien.
El hombre no respondió enseguida. Miró hacia la casa, después hacia Rick y, por último, a Billy.
—No sabemos dónde está tu madre.
Billy frunció el ceño.
Volvió a mirar la casa. La puerta seguía abierta. Nadie salía por ella.
—¿Qué quiere decir con que no saben dónde está?
—Que tenemos indicios de que tu madre...
La puerta volvió a abrirse antes de que pudiera terminar. El sheriff salió al porche acompañado de otro agente. Bajaron los escalones consultando unas notas, intercambiaron unas palabras con Rick y uno de ellos comprobó las esposas antes de guardarse la libreta.
Billy dio un paso hacia ellos.
—Lo siento, Billy. —El agente volvió a apoyarle una mano en el hombro para detenerlo—. No puedes ir con él.
—¿Por qué no? Mi padre me necesita.
El joven vaciló un instante.
—Mira... No debería decírtelo, pero...
—¿Qué ocurre?
El policía tragó saliva antes de responder.
—Vamos a llevar a tu padre a comisaría para interrogarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
El agente sostuvo su mirada un segundo.
—Porque ahora mismo es el principal sospechoso de la desaparición de tu madre.
Billy no dijo nada.
Miró a Rick. Esperó que alguien dijera que había habido un error. Que habían confundido un nombre. Que estaban buscando a otra persona. Cualquier cosa.
Pero los policías siguieron entrando y saliendo de la casa, los vecinos continuaron observando desde la acera y Rick permaneció sentado en los escalones, con la cabeza baja.
No se parecía al hombre que, unas horas antes, había preparado tortitas para desayunar.