Punky: El perro que nos encontró 2
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—Nunca me vas a perder, qué tonterías dices. Riverbend no es como Boston. Pero no te quedes atrás, que si no no llegaremos a tiempo a conocer a los Kaplan.

Siguieron caminando entre la multitud. Claire saludó con la mano a una pareja que cruzaba al otro lado de la calle y volvió a mirarlo.

—Me cae bien la madre de Jonah. Creo que vamos a llevarnos bien.

Billy se encogió de hombros.

—¿Y a ti qué te parece Jonah?

—Supongo que bien. Está constantemente hablando de películas y tiene un sentido del humor un poco... raro.

Claire dejó escapar una risa.

—¿Raro? Cariño, acabamos de mudarnos a un pueblo nuevo. A los once años todos sois un poco raros.

—Mamá, lo digo en serio. El otro día se pasó veinte minutos explicándome por qué Spielberg era el mejor director de Hollywood.

—Y tú te quedaste escuchándolo, ¿verdad?

Billy abrió la boca para responder, pero no encontró qué decir.

—Eso es porque te cae bien.

—Supongo.

—Además, yo también era rara cuando tenía once años.

—Claire, sigues siendo rara —dijo Rick entre carcajadas.

—Y por eso te enamoraste de mí, querido.

Rick negó con la cabeza sin dejar de sonreír.

—Hijo, sé que este último año ha sido difícil para ti. —Claire volvió a mirarlo con esa ternura que a Billy siempre le costaba sostener demasiado tiempo—. Pero ya verás. Todo va a salir bien.

—Y si no sale, tampoco pasa nada. —Rick le revolvió el pelo al pasar—. Mira a tu madre. Mírame a mí. A saber qué pensará la gente de nosotros.

—No quiero saberlo.

—Yo tampoco. Ahí está el truco. No importa lo que piensen ellos. Importa lo que sepas tú.

Se quitó la gorra de los Red Sox y se la colocó a Billy en la cabeza.

—Toma.

Billy alzó la vista, sorprendido.

—¿Para mí? Pero, papá... Es la de las Series Mundiales. ¿Seguro? —preguntó mientras se ajustaba la visera.

—Sí. Y ahora quiero que seas tú quien la lleve.

Lo observó un momento antes de asentir con satisfacción.

—Ahora sí pareces un vecino de Riverbend. Y, de paso, sabrán que apoyas al equipo.

Claire volvió a detenerse, por tercera vez en menos de cinco minutos.

—¡Mirad eso! —Agarró a Rick del hombro y señaló un pequeño puesto de artesanía—. Son preciosas.

—Son velas, Claire.

—Precisamente. Son velas preciosas.

Billy sonrió. Aquella discusión era tan habitual que podrían haberla mantenido incluso dormidos. Su madre era capaz de entusiasmarse con cualquier cosa: una vela, una taza, una piedra con una forma rara o un perro cruzando la calle. Sobre todo si era un perro.

Riverbend celebraba la feria de otoño todos los octubres, justo antes de que llegara el frío de verdad.

Varias calles del centro se cerraban al tráfico, las farolas amanecían unidas por guirnaldas de luces y la plaza se llenaba de puestos de comida y atracciones desmontables.

La música salía de unos altavoces tan viejos que parecía llegar directamente de otra década.

Llevaban apenas unos meses en Riverbend y Billy empezaba a sentir que aquel lugar también podía ser suyo.

El resto del año el pueblo era mucho más pequeño y silencioso que Boston.

Las antiguas fábricas de ladrillo llevaban años vacías, algunas tiendas sobrevivían por pura terquedad y los mismos vecinos parecían encontrarse siempre en los mismos sitios.

El videoclub Video Galaxy seguía alquilando cintas VHS cuando medio país ya hablaba del DVD, y Pete Hargrove atendía la gasolinera Hargrove Fuel con la misma seriedad de quien estaba convencido de que el mundo podía acabarse si alguien se quedaba sin gasolina un domingo.

Aquella tarde, sin embargo, Riverbend parecía otro. Las calles rebosaban de familias, los niños corrían con las manos pegajosas de azúcar y hasta los adultos habían decidido concederse unas horas sin prisas ni preocupaciones.

Billy caminaba entre sus padres con una caja de patatas fritas todavía caliente mientras Iris , de los Goo Goo Dolls, sonaba desde unos altavoces repartidos por la plaza.

Apenas conocía a la mayoría de las personas que se cruzaban con ellos, pero, por primera vez desde que habían llegado al pueblo, pensó que quizá aquel sitio pudiera convertirse en un hogar.

Claire caminaba a su izquierda... o lo intentaba.

Llevaba una chaqueta vaquera demasiado grande, una bufanda verde y el pelo cobrizo recogido de cualquier manera.

El viento no dejaba de soltarle mechones sobre la cara y ella se los apartaba con un gesto distraído, como si llevara toda la vida haciéndolo.

Olía igual que siempre: a jabón, a crema hidratante y a aquella colonia floral que Billy habría reconocido con los ojos cerrados.

Rick avanzaba al otro lado con un Marlboro apagado detrás de la oreja.

A los desconocidos solía parecerles un hombre serio, incluso intimidante.

Billy solo veía al padre que arreglaba bicicletas sin que nadie se lo pidiera, le dejaba el último trozo de pizza fingiendo que ya estaba lleno y todavía le apoyaba una mano en la nuca cada vez que cruzaban una calle con tráfico.

Aquella tarde parecía que sus padres se hubieran tomado vacaciones de la vida adulta.

No hablaban de facturas ni del trabajo; discutían sobre comida, velas y cualquier otra tontería que se cruzara en su camino mientras los altavoces escupían música noventera con más entusiasmo que calidad y el olor a palomitas, manzanas caramelizadas y comida frita flotaba sobre toda la plaza.

Claire volvió a detenerse delante de Antonio's Pizza.

—Podríamos cenar aquí.

—Ni lo pienses —dijo Rick sin dejar de caminar.

—¿Por qué?

—Porque llevamos veinte minutos en la feria y ya has querido comprar tres velas, cinco piedras y una taza con forma de búho. Y porque, si nos paramos ahora, no conoceremos a los Kaplan hasta Navidad.

Claire hizo exactamente lo que Billy esperaba: salirse con la suya. Unos minutos después caminaba por la feria con una porción de pizza en la mano mientras Rick seguía defendiendo que aquello no podía considerarse una cena.

La feria estaba hasta arriba. Parecía que todo Riverbend hubiera decidido reunirse allí aquella tarde.

Niños corriendo entre los puestos con globos atados a las muñecas, adolescentes esforzándose por parecer mayores de lo que eran y vecinos aprovechando cualquier excusa para discutir sobre deportes.

Al pasar junto a un puesto de salchichas, Billy reconoció la voz del señor McClusky antes incluso de verlo.

—Te lo digo yo. Los Patriots están acabaos. Acabaaaos. —Agitó una salchicha cubierta de mostaza para reforzar el argumento—. La lesión de Bledsoe. Ahora quieren que un quarterback novato les arregle el equipo. Este año no vamos a ninguna parte.

Rick soltó una risa al pasar.

—Algunas cosas nunca cambian. Da igual que estemos en Boston o en Riverbend.

Claire dio otro mordisco a la pizza.

—Quién sabe. Igual ese Brady nos da una alegría algún día.

—Claro. Ese día yo dejo de fumar.

Siguieron avanzando entre la multitud. Un niño pasó corriendo con un peluche casi tan grande como él; un vaso de refresco acabó en el suelo, alguien protestó, otro respondió y, durante un instante, pareció que la discusión iba a terminar a empujones.

Su madre seguía comiendo pizza. Su padre seguía defendiendo que aquello no era una cena de verdad. Y Billy caminaba entre los dos con esa sensación agradable de que el mundo estaba exactamente donde debía estar.

—¡Rick Kowalski!

Daniel Johnson apareció al otro lado de la calle levantando una mano por encima de la multitud.

—¡Vecino!

—Mira que pensaba que estarías trabajando.

—Esa era la idea —respondió Rick—. Pero Claire decidió que necesitábamos un día libre.

—Buena decisión. Ya veréis. Al principio esta feria abruma un poco, pero luego acaba gustándote. —Miró a Claire y señaló la porción de pizza que llevaba en la mano—. Aunque, viendo esa cara, creo que ya os está gustando.

Claire cerró los ojos al darle otro mordisco.

—Estas pizzas de Antonio's... Dios mío.

Rebecca soltó una carcajada.

—Algún día tendrás que explicarme cómo consigues comer así y seguir teniendo esa figura.

Claire rodeó los hombros de Billy con un brazo.

—Fácil. Nosotros hemos heredado la genética de los Kowalski.

Billy desvió la mirada hacia Cole. Estaba sentado en el bordillo, completamente concentrado en un perrito caliente que se comía sin kétchup, sin mostaza y sin absolutamente nada más.

Siempre le habían caído bien los Johnson.

Daniel era bombero; Rebecca trabajaba como enfermera en Quincy y Cole...

Cole era una rareza encantadora. Más de una tarde, al pasar frente a su casa, Billy lo había oído practicar el piano con las ventanas abiertas.

Después salía al jardín y podía pasarse horas persiguiendo cualquier cosa que, en su imaginación, acabara convirtiéndose en un monstruo o en un balón de fútbol.

Nunca terminabas de saber cuál de las dos versiones era la de verdad.

Como si hubiera notado que lo observaba, Cole levantó la cabeza.

—¿Sabes una cosa?

Billy negó.

—Tengo un perro.

—No digas mentiras, Cole —lo cortó Rebecca entre risas, sin dejar de hablar con Claire—. Todavía no tenemos perro.

—Pero vamos a tenerlo.

Claire giró la cabeza tan deprisa que estuvo a punto de perder el equilibrio con el plato de pizza.

—Espera... ¿He oído la palabra «perro»?

—Pff... Claire... —suspiró Rick.

—No. Espera. Esto es importante.

Rebecca negó con una sonrisa.

—Sí. Estamos pensando en adoptar uno.

—Qué bonito.

—Ha sacado muy buenas notas este curso y, entre las clases de piano y todo lo demás, el psicólogo cree que le vendría bien un compañero peludo.

—Hay un refugio cerca de Quincy. Vamos este sábado. —Cole aprovechó para acercarse un poco más a Billy—. Mi madre quiere un labrador.

—Porque son tranquilos —añadió Rebecca—. Yo tenía uno cuando era pequeña. Son perros muy tranquilos.

—Yo quiero un pastor alemán... —Cole sonrió para sí—. O un lobo.

—Ya estamos otra vez. —Daniel negó con la cabeza—. Sabes que cuanto más grande sea el perro, más grandes serán las cacas, ¿verdad?

Cole abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.

—Las recogeré.

—Cole... —Su madre se cruzó de brazos—. Llevas tres meses prometiendo que recogerás los calcetines de tu habitación.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué no?

—Porque los calcetines no son perros.

Aquello provocó una ronda de risas. Incluso Rick soltó una carcajada.

—Vuestro hijo tiene un argumento bastante sólido.

Cole sonrió con esa expresión de quien ya vivía en el sábado. Billy lo observó un instante. Nunca había conocido a nadie tan convencido de que iba a conseguir un perro.

Cuando los Johnson se alejaron entre la multitud, los siguió con la mirada unos segundos más de lo necesario. Intentó volver a la feria, pero había algo que ya no terminaba de encajar.

Claire redujo el paso hasta quedarse a su altura y le dio un leve golpe con el hombro.

—¿Qué pasa, Billy?

Reservaba Billy para las conversaciones importantes. William era para volver a casa lleno de barro, romper algo sin querer o discutir por cualquier tontería.

—Nada.

—Billy... soy tu madre. No me vas a engañar con ese «nada».

Rick, que ya les llevaba unos pasos de ventaja, se volvió un momento para comprobar que todo iba bien. Claire le hizo un pequeño gesto con la mano y él siguió caminando. Billy, ajeno a aquel intercambio silencioso, bajó la vista hacia la caja vacía de patatas que todavía sostenía entre las manos.

—Es por el perro de Cole, ¿verdad?

Billy asintió.

—Y estás así porque piensas que no es justo.

Volvió a asentir.

—Pues no. —Claire se encogió ligeramente de hombros—. No lo es.

Billy levantó la vista.

—¿Ya está?

—¿Ya está qué?

—No sé... ¿No vas a decirme que no debería sentirme así? Que la vida es maravillosa o alguna de esas cosas que dicen los adultos.

Claire sonrió con una ternura tranquila.

—¿Y para qué iba a decirte eso? A veces las cosas no son justas... y cuando no lo son, fastidian.

—Fastidian mucho.

Pasó una pareja junto a ellos. Delante caminaba un golden retriever tirando con suavidad de una correa azul. Billy lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la multitud.

—Pero, mamá... yo cuidaría de uno.

—Lo sé.

—Y lo sacaría a pasear todos los días. Y recogería las cacas. Grandes o pequeñas.

Claire le pasó un brazo por los hombros.

—Lo sé, William. Con ese corazón que tienes, un perro sería muy feliz contigo. Pero ya hemos hablado de esto. Además, no depende de mí.

Miró hacia Rick. Billy hizo lo mismo. Su padre estaba unos metros más adelante, saludando a varias familias como si llevara toda la vida viviendo en Riverbend.

Billy puso los ojos en blanco.

Dingo.

Al final siempre era Dingo.

—Pero eso fue hace muchísimo tiempo.

—Cariño, esas cosas no funcionan así. Cada uno tiene sus tiempos. Y también sus miedos. Tu padre no cree estar preparado para que se le muera otro perro.

—Pero... yo no dejaría que se muriera.

Las palabras salieron tan deprisa que casi tropezaron unas con otras.

—Lo juro.

Claire lo observó durante unos segundos.

—Ojalá pudiéramos decidir esas cosas.

Las primeras luces empezaban a encenderse sobre la plaza mientras la tarde se deslizaba poco a poco hacia el anochecer.

—Ven aquí.

Lo abrazó.

—Escucha, William. —Permaneció así unos instantes antes de continuar—. Si de verdad quieres un perro, no te rindas tan rápido. Tu padre es el hombre más cabezota que conozco, pero también tiene el corazón más blando de Riverbend.

Billy levantó la cabeza.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Bueno. Muy bueno.

Sonrió antes de bajar un poco la voz.

—Porque, si encuentras su lado sensible...

—¿Crees que podría convencerlo?

Claire lanzó una mirada hacia Rick. Seguía jugueteando con el cigarrillo apagado que llevaba varios minutos sin encender.

Sonrió.

—Digamos que he visto causas más perdidas.

Billy apoyó la cabeza en su hombro mientras seguían caminando entre la multitud.

Quizá todavía hubiera esperanza.

—¡Indiana Bill! ¿Has hecho los deberes de la señora Berg?

Billy levantó la cabeza. Ni siquiera tuvo tiempo de responder.

—¿De qué has hecho el trabajo? —continuó la misma voz mientras se abría paso entre la gente—. El mío es sobre la importancia de los judíos en el cine. Y ya sabes quién era judío, ¿verdad? Exacto. El puto Spielberg.

La señora Kaplan le dio un golpecito en la nuca.

—¡Jonah! No digas palabrotas.

—Mamáaa, no invalides mi forma de expresarme, por favor.

La señora Kaplan suspiró.

Claire soltó una carcajada.

—Así que tú eres el famoso Jonah.