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Punky: El perro que nos encontró

Punky: El perro que nos encontró

Por Juan Andrade

© inepub.com

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Billy empujó la verja con la punta de la bota y entró el primero en la propiedad. La hierba, todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior, le rozó los tobillos mientras avanzaba por un sendero casi borrado. A cada paso, el barro se adhería a las suelas con un sonido blando y desagradable.

La casa se alzaba unos metros más adelante, medio oculta tras árboles sin podar y arbustos que llevaban años creciendo a su antojo. Tenía ese aspecto de las viviendas que nadie visita y nadie echa de menos.

A su espalda sonó el portazo de la patrulla.

Walter permaneció unos segundos junto al camino, estudiando la fachada antes de meterse las manos en los bolsillos del abrigo.

Pasaba de los cincuenta, tenía la espalda destrozada y una expresión de cansancio permanente que a Billy siempre le recordaba a Tommy Lee Jones persiguiendo a Harrison Ford en aquella película cuyo nombre nunca conseguía recordar.

Jonah lo habría sabido al instante. Siempre sabía esas cosas.

Llevaba años defendiendo que Harrison Ford era el mejor actor del planeta y discutía aquello con la misma pasión que otras personas reservaban para la política o la religión.

—Recuérdame por qué acepté venir contigo —murmuró Walter. Clavó la mirada en el cobertizo del fondo y dejó escapar un suspiro resignado—. Con lo bien que estaba yo en casa viendo La Ruleta de la Fortuna . A mi edad uno debería perseguir menos asesinos y más reposiciones.

Billy apenas lo escuchó.

Seguía observando la casa. Tenía dos plantas, todas las persianas bajadas y una antena oxidada inclinándose sobre el tejado como un dedo torcido. La pintura blanca se desprendía alrededor de las ventanas en escamas sucias.

Algo se movió detrás de la cortina del salón.

Apenas un temblor de tela.

Cuando volvió a mirar, la ventana seguía igual, pero la incómoda sensación de haber sido observado tardó unos segundos en desaparecer.

Walter terminó alcanzándolo mientras se masajeaba la parte baja de la espalda.

—La denuncia decía ladridos, ¿no?

—Sí. Ladridos y ruidos durante la noche.

—Joder... —Recorrió la casa con la mirada, del tejado al jardín embarrado—. Eso no convierte una casa vieja en la escena de un crimen.

Volvió a mirar la fachada.

—¿Por qué tengo la sensación de que esperas que sea algo más?

Billy siguió con los ojos fijos en la ventana. Ya no estaba seguro de haber visto nada.

—¿Billy...? —Walter esperó un instante. Al no obtener respuesta, resopló y se frotó la nuca—.

Muchacho, dime que me he perdido La Ruleta de la Fortuna por algo bueno.

Porque si he salido de casa para perseguir ladridos y resulta que lo más emocionante que vamos a hacer hoy es quedarnos mirando una ventana, te juro que me largo.

Billy acabó apartando la vista de la fachada y se agachó junto a uno de los laterales del jardín.

La tierra aparecía removida en varios puntos.

Cerca de la pared de la casa, varios surcos recientes rompían la superficie embarrada.

No parecían huellas ni marcas de neumáticos.

Tenían el aspecto de algo pesado arrastrado desde la parte trasera de la propiedad.

Walter se detuvo a su lado. Observó los surcos unos segundos antes de hablar.

—No me mires así.

—¿Así cómo? —preguntó Billy, levantando la vista.

—Ya sabes cómo. No me gusta cuando empiezas a montarte películas.

—No me estoy montando ninguna película, Walter. Aquí hay algo más.

—Claro, claro... —Walter negó despacio con la cabeza—. Igual que en Worcester. Igual que en Brockton. Igual que en aquella granja donde estabas convencido de que íbamos a descubrir una red internacional de tráfico humano.

—Aquello olía raro.

—Era marihuana, Billy. —Hizo un gesto cansado con la mano—. ¿Qué esperabas? Se supone que debe oler raro.

Siguieron avanzando.

El viento agitaba las ramas desnudas de los árboles y, en algún punto de la propiedad, una pieza metálica chirriaba de forma irregular.

El jardín rodeaba la casa por ambos lados.

Junto a una pared descansaba una bicicleta oxidada; más allá, una manguera se perdía entre las malas hierbas y varios juguetes asomaban bajo una capa de barro y hojas secas: un camión sin ruedas, una pelota desinflada y un triciclo volcado junto a unos arbustos.

Había demasiadas cosas para una casa abandonada y demasiado abandono para una casa habitada.

Un ladrido rompió el silencio, tan cerca que ambos alzaron la cabeza al mismo tiempo.

—Genial —murmuró Walter—. ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio los perros?

—Constantemente.

—Encima se regodean...

El animal volvió a ladrar. El sonido llegaba desde el fondo de la propiedad.

Entre la maleza sobresalía una construcción de madera, medio oculta por los arbustos.

A aquella distancia podía ser un cobertizo, un garaje o cualquier otra cosa.

Lo único evidente era que seguía en pie por pura obstinación.

Billy señaló hacia allí. Walter siguió la dirección de su dedo, dejó escapar un suspiro resignado y echó a andar.

—Venga. Vamos a acabar con esto. Quiero volver a casa antes de que empiece la película de la semana.

—¿Qué pasa? —Billy esquivó una rama que estuvo a punto de golpearle la cara—. ¿Te dan miedo los perros?

—¿Qué? Qué va. Yo no le temo a nada, pero... —Walter le enseñó el dorso de la mano. Una cicatriz blanquecina le cruzaba la piel cerca del pulgar—. Me han mordido dos veces. Dos veces. Eso ya no es una mala experiencia. Es una declaración de guerra.

—Te voy a decir lo que te digo siempre. —Billy sonrió—. Los perros no tienen nada contra ti.

—Y yo te voy a repetir lo que te digo siempre. Lo dices porque nunca te han mordido durante una redada.

—O'Riley me dijo que fue durante una mudanza.

—Claro. O'Riley... —Walter resopló—. A saber qué te ha contado ese bocazas.

—Solo me dijo que la noche que te mudaste a la casa del lago apareció un perro, te mordió el pantalón y acabaste enseñándole el culo a medio vecindario.

Walter cerró los ojos.

—Hijo de...

—También dijo que le diste una patada.

Billy ya no pudo contener la risa.

—No le di una patada. Intenté espantarlo.

—Ajá.

—Escucha. Ya que llevas años siendo mi compañero, supongo que es mejor que conozcas la historia de verdad antes de que ese come-dónuts la convierta en un documental.

Walter apartó unas ramas del sendero con el antebrazo.

—Eran las cuatro de la mañana. Yo estaba en el garaje preparando una jornada de pesca. O'Riley y Kowalczyk llevaban semanas diciéndome que en el río estaban picando las truchas como locas.

—¿Y estaban picando?

—No llegué tan lejos.

Billy volvió a sonreír.

—Llevaba una caja con las cañas, los aparejos y el cebo. Iba tan cargado que tuve que cerrar la puerta del garaje con las piernas. Me giro... y ahí está. Mirándome.

—¿El perro?

—El mismísimo demonio.

—Qué exagerado...

—Chist. No interrumpas la historia.

Siguieron caminando.

—Al principio pensé que era el perro de los Walker, uno que se escapaba cada dos días. Pero no. Empezó a ladrar. Intento espantarlo con los pies y el condenado se lanza directo a por mí. Y aquí es donde entra el doctor James.

—Esto mejora por momentos.

—El doctor James me había prohibido el bacon. Había perdido unos kilos y el cinturón me quedaba grande. Muy grande. El perro me mordió el pantalón. Tiró. Yo llevaba las manos ocupadas con la caja y no pensaba soltar las cañas. Y de repente...

Walter se señaló la cintura.

—...adiós pantalones.

Billy soltó una carcajada.

—No te rías. Aún no hemos llegado a lo peor. En ese momento apareció un coche...

—O'Riley.

—Exacto. El maldito O'Riley. —Walter asintió con resignación—. Nada más llegar, el perro se largó. Le pedí que no dijera nada. Hasta le cubrí varios turnos. Pero cada año la historia se vuelve más larga... y yo más ridículo.

—Eso sí suena a O'Riley.

—Así que ya sabes la verdad. El perro me mordió el pantalón, el culo y la mano. Sin motivo alguno.

—Seguramente quería el cebo.

—Que no, muchacho. Te digo que ese animal era el mismísimo Cujo. Ya sabes, el de la película. La has visto, ¿no?

Billy lo miró con cierta sorpresa.

—Sí. Sí, claro.

—Pues eso. Cuatro kilos de odio puro.

—Walter, no me fastidies. Era un chihuahua, que lo sé.

Walter bufó mientras Billy volvía a reír.

—Se va a cagar ese O'Riley cuando vuelva a verlo.

El terreno descendía hacia la parte trasera de la finca. La vegetación se espesaba y las hojas húmedas cubrían el suelo bajo sus botas. Entre los árboles seguía oyéndose aquel golpeteo metálico, constante y lejano.

El perro volvió a ladrar.

Billy aceleró el paso casi sin darse cuenta.

Había encontrado aquella dirección semanas atrás, revisando incidencias menores durante una noche de insomnio en la comisaría.

Era una de esas denuncias destinadas a perderse en una carpeta: ladridos, ruidos de madrugada, vecinos molestos.

Y, aun así, en cuanto leyó aquella dirección supo que tarde o temprano acabaría allí.

El ladrido resonó otra vez.

La construcción reapareció entre los arbustos y volvió aquella misma sensación que había tenido al verla desde la carretera. Algo no encajaba.

Siguieron avanzando entre la maleza. Después de tantos años habían recorrido suficientes casas abandonadas, granjas ruinosas y moteles de carretera como para convertir aquello en rutina.

Walter protestaba en todas; Billy fingía no escucharlo y, cuando alguna de aquellas corazonadas acababa conduciéndolos a algo importante, los dos actuaban como si lo hubieran sabido desde el principio.

—Sigues pensando en ella, ¿verdad?

Billy hizo un leve gesto, apenas suficiente para indicar que lo había oído.

—Han pasado más de veinte años, Billy.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Si lo supieras, habrías dejado de sacar ese expediente del archivo todos los fines de semana.

Billy guardó silencio. Más adelante, el cobertizo aparecía y desaparecía entre la vegetación. Durante unos segundos solo se oyó el viento moviendo las ramas sobre sus cabezas y aquel golpeteo metálico que seguía llegando desde algún lugar de la propiedad.

—Puede que esté muerto. ¿Lo has pensado alguna vez? —Walter habló sin apartar la vista de la construcción—. Me preocupa que estés persiguiendo fantasmas, muchacho.

Billy bajó la vista hacia los surcos que cruzaban el barro.

—Necesito cerrar esto.

—Billy...

—No lo entiendes. Si yo no sigo, nadie lo hará. —Le sostuvo la mirada—. Tengo que hacerlo. Por ella.

Walter no insistió. Después de tantos años conocía a Billy lo bastante bien para saber cuándo una conversación había terminado.

Un nuevo ladrido estalló desde el interior del cobertizo. Los dos se detuvieron al mismo tiempo. Esta vez llegó acompañado de un golpe seco que resonó entre los árboles.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Walter—. Eso no ha sido el perro.

Billy observó la construcción mientras el viento hacía crujir la madera.

El cobertizo seguía en pie por pura obstinación.

Los tablones, ennegrecidos por la humedad, parecían hinchados por los años; la puerta colgaba torcida sobre unos goznes cubiertos de óxido y cada ráfaga arrancaba pequeños gemidos a la estructura.

Apoyó una mano sobre la funda de su arma.

—Quédate detrás.

—¿Que me quede detrás? —repitió Walter.

—Lo digo en serio.

—Billy, llevo quince años siendo tu jefe.

—Y llevo quince años sin hacerte caso. —Empujó la puerta del cobertizo.

—Algún día aprenderás a seguir órdenes.

—Si ese día llega, avísame.

Walter sonrió.

—Tranquilo. Si ese día llega, me jubilo.

Siguieron avanzando entre la maleza. Las ramas bajas les golpeaban las piernas y las hojas húmedas se pegaban a las botas. El perro volvió a ladrar, esta vez justo delante de ellos. Walter aceleró el paso hasta colocarse a su lado.

—No me gusta nada esto. Y te aseguro que eso no es un chihuahua.

—Si aparece un San Bernardo, prometo protegerte.

—¡Ja! Muy gracioso.

Se detuvieron frente al cobertizo. El viento agitaba las copas de los árboles y una chapa suelta golpeaba rítmicamente el tejado.

El perro volvió a ladrar. Billy frunció el ceño. Aquellos ladridos no sonaban a un animal defendiendo su territorio; había algo distinto en ellos, una urgencia que no terminaba de encajar.

Walter levantó la linterna y el haz de luz recorrió despacio los tablones, las bisagras cubiertas de óxido y el barro acumulado junto a la entrada. De pronto se detuvo unos centímetros más adelante.

—Muchacho...

Billy siguió la dirección de la luz. Junto a una de las paredes descansaban varias cajas de pizza aplastadas bajo hojas húmedas, barro y basura podrida. La lluvia había borrado casi todos los colores, pero en uno de los laterales todavía sobrevivían los restos de un logotipo rojo.

DOMINO'S.

Walter dejó escapar un gruñido que parecía dirigido a la edad, a la espalda y al universo entero antes de agacharse para recoger una de las cajas. La examinó unos segundos, le dio la vuelta y terminó incorporándose con cierta dificultad.

—Parece que tenías razón.

Billy no apartó la vista del cartón empapado.

El perro seguía ladrando y la chapa continuaba golpeando el tejado, pero ambos sonidos empezaron a alejarse poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

La lluvia había borrado casi cualquier rastro de olor.

Casi. Aún quedaba una huella tenue de tomate, queso fundido y masa recién horneada, suficiente para que su memoria completara el resto.

Fue como tropezar con una baldosa suelta después de veinte años sin volver a aquella calle.

De pronto ya no estaba frente a un cobertizo abandonado en las afueras de Riverbend.

Estaba en la feria.

Las luces colgaban sobre los puestos formando manchas de colores. Sonaba música desde alguna atracción cercana. Los niños corrían con globos atados a las muñecas, los adolescentes cargaban vasos gigantes de Coca-Cola y alguien intentaba ganar un Pikachu de peluche en uno de los puestos.

Del resto apenas conservaba retazos. Solo seguía viendo con claridad a su madre avanzando entre la multitud. Se apartó el pelo de la cara mientras giraba la cabeza para buscarlo.

Cuando por fin lo encontró, sonrió.

—Mamá... Pensé que te había perdido...