VEINTIOCHO #3
Me giré. Hannah estaba a mi lado. Llevaba su chaqueta roja de trauma y el fonendoscopio al cuello.
Si había alguien en el mundo que entendiera el terror puro que me estaba devorando en ese instante, era ella.
Doce años atrás, ella había sido la chica atrapada en la nieve esperando un helicóptero que parecía no llegar nunca.
—Respira, Sloane —me pidió Hannah, acercándose para protegerme del viento—. Caleb los ha encontrado. Son el mejor equipo del estado. Te prometo que los van a traer a casa.
Asentí, incapaz de articular palabra, tragándome las lágrimas.
El sonido rítmico y atronador de los rotores rompió la noche. Las luces estroboscópicas del Alfa Uno perforaron la neblina helada, descendiendo como un depredador metálico sobre la plataforma iluminada con la H verde. El olor a queroseno quemado inundó el aire.
Antes de que los patines tocaran el suelo por completo, la puerta lateral se abrió. Ian Collins saltó a la plataforma.
—¡Una niña con hipotermia severa, grado tres, y un adulto con traumatismo craneoencefálico! —bramó Ian por encima del ruido de las aspas, guiando a los celadores que corrían con las camillas hacia el helicóptero.
Hannah y su equipo de trauma se abalanzaron sobre la niña, operando con una magistralidad clínica impecable. La transferencia fue una danza rápida y eficiente.
Me quedé a un par de metros, con los ojos clavados en la puerta oscura de la cabina trasera del helicóptero. Esperaba ver emerger los hombros anchos de Noah. Necesitaba que bajara, se quitara el casco y me dijera a la cara que Jonah estaba respirando, que lo había tocado, que estaba bien.
Pero la cabina estaba vacía.
Caleb saltó del asiento del piloto a la plataforma y caminó hacia mí. Su rostro, iluminado por los focos del helipuerto, estaba pálido y tenso.
—Caleb... —balbuceé, sintiendo que el suelo de hormigón desaparecía bajo mis pies—. ¿Dónde está Noah? ¿Dónde está mi hijo?
Caleb se detuvo frente a mí, agarrándome por los codos para sostenerme.
—Jonah está bien, Sloane. Está ileso. Pero la cabina estaba llena de niños congelándose.
Solo podíamos cargar a dos —me explicó Caleb, con una crudeza que no admitía adornos—.
Noah ha tomado el control del triaje en la montaña.
Se ha quedado en el autobús con Jonah y los demás para mantenerlos con vida.
El impacto de sus palabras me dejó sin oxígeno. Mis dos chicos. El pánico intentó engullirme, pero el deber clínico se interpuso en el último segundo.
—Tenemos que reponer todo el material médico posible para hipotermias en la cabina —ladró Caleb, sin soltarme los codos—. Mantas, parches químicos, todo lo que tengáis. Voy a volver ahí arriba.
Asentí levemente, obligándome a salir del shock.
—Ya lo tenía dispuesto —le aseguré, recuperando mi voz de mando.
Las puertas de la azotea volvieron a abrirse de golpe.
Savannah y Georgia Robbins irrumpieron en el helipuerto empujando dos carros de paradas rebosantes de mantas de aluminio, calentadores de suero portátiles y cajas de parches químicos.
Las dos hermanas, eficientes y feroces, empezaron a cargar el material en el helicóptero junto a Ian sin perder un solo segundo.
Me acerqué a Caleb, alzando la voz sobre el viento.
—¿A qué distancia están los otros helicópteros? Me dijeron que la Guardia Nacional había movilizado un Black Hawk .
—Tengo confirmación de vuelo y aproximación en el radar —me informó el piloto, pasándose una mano enguantada por la cara—.
Pero están orbitando sobre el límite del valle.
Están a la espera de una ventana de intervención.
El viento tiene que bajar de veinte nudos y el techo de nubes debe despejarse para que ese pájaro gigante pueda maniobrar en el desfiladero sin estrellarse. Dependemos de la montaña, Sloane.
—¿Puedo hablar con él? —le supliqué, agarrando la tela de su mono de vuelo. La desesperación me estaba comiendo viva. Necesitaba su voz—. ¿Puedes comunicarte con Noah por radio?
Caleb asintió, mirándome con una profunda empatía familiar.
—Sí. Le dejé mi radio táctica con conexión por satélite. Pero la señal rebota contra las paredes de granito del barranco, no sé si tendrá cobertura todo el tiempo.
—Voy a la sala de coordinación de Urgencias —sentencié, soltándolo, dándome la vuelta—. Voy a conectarme a vuestra frecuencia.
Caleb asintió. Se giró hacia Ian, que ya había terminado de cargar los suministros. Los dos veteranos de la montaña, la élite del rescate, volvieron a subir al Alfa Uno.
Georgia, que acababa de empujar el carro vacío hacia las puertas, me pasó un brazo por la espalda, dándome soporte físico.
—Vamos, Sloane —me urgió Georgia, medio empujándome hacia el interior del hospital mientras los rotores del helicóptero volvían a rugir con furia a nuestras espaldas.
Caminé por los pasillos estériles del hospital sintiendo que mi cuerpo era de plomo.
La directora médica estaba al mando de los protocolos de urgencias, pero la madre y la mujer enamorada se estaban muriendo por dentro.
Tenía que escuchar la voz de Noah. Era lo único que iba a mantener mi cordura intacta hasta que los viera entrar por las puertas de este hospital.