VEINTIOCHO #2
Caleb hizo un derrape aéreo controlado que desafió todas las leyes de la física.
El desfiladero de Pine Ridge era una trampa de viento cruzado, pero Caleb Donovan era una puta leyenda por algo.
Metió el Alfa Uno en el cañón, compensando las ráfagas con golpes secos de pedal, y posó los patines del helicóptero sobre el asfalto helado de la carretera, a escasos veinte metros de la mole ladeada del autobús escolar.
— ¡Abajo, abajo, abajo! —gritó Ian por el intercomunicador, abriendo la puerta corredera antes de que los rotores se estabilizaran.
Me arranqué los auriculares y salté tras Ian. Mis botas de montaña crujieron contra la placa de hielo negro. El viento me golpeó la cara con la fuerza de un látigo, pero eché a correr hacia el chasis amarillo y rojo que descansaba precariamente contra la pared de roca.
Una mujer adulta con un abrigo cubierto de escarcha salió a trompicones por la puerta trasera de emergencia del autobús, haciendo señas con los brazos. Era la tutora de Jonah.
—¡Gracias a Dios! —gritó la señora Davis, con los labios morados, corriendo hacia nosotros.
Ian y yo la interceptamos en medio del arcén.
—Equipo Alfa de Rescate. ¿Cuál es la situación? —exigió saber Ian, con su voz de mando cortando el aullido de la tormenta.
—¡Estamos todos vivos! —sollozó la profesora, temblando incontrolablemente—. No hay heridos de gravedad... El señor Henderson, el conductor, se golpeó contra el volante y tiene una brecha, pero el resto de los niños solo tienen frío. ¡Mucho frío!
La teoría de un profesor asustado y el protocolo de rescate rara vez coincidían. Ian me miró y asintió.
—Vamos a evaluarlos.
Subí por la escalerilla trasera de emergencia y me adentré en el pasillo ladeado.
El escenario me golpeó fuerza. Era exactamente igual que hace doce años.
La luna delantera estaba reventada y el fuselaje se había convertido en un túnel de viento que canalizaba la tormenta ártica hacia el interior.
Los dieciséis pasajeros estaban apiñados en la parte trasera, la única zona relativamente seca, hechos un ovillo bajo sus abrigos.
El problema real no era el trauma; era la temperatura.
La mitad de los críos presentaban signos evidentes de hipotermia moderada a severa.
Hice un barrido visual rapidísimo, con el corazón a punto de reventarme el pecho, hasta que lo vi.
Estaba en la penúltima fila. Acurrucado, pálido, con sus piernas espásticas contraídas de forma dolorosa por el frío extremo.
—¡Jonah! —grité, ignorando el protocolo por un segundo.
Tiré la mochila al suelo y me arrojé de rodillas a su lado. Jonah levantó la vista. Al verme, su entereza de niño de doce años se rompió por completo. Se echó en mis brazos, sollozando, enterrando la cara en el nylon de mi mono de vuelo rojo.
—Noah... —lloró, aferrándose a mí con dedos congelados—. He pasado mucho miedo, pero sabía que vendrías. Que el equipo Alfa nos encontraría.
—Ya estoy aquí, socio. Ya te tengo —le susurré, aplastándolo contra mi pecho, besándole la coronilla helada y frotándole la espalda con fuerza para generar fricción—. Ya ha pasado. Te voy a sacar de aquí. Tu madre está en el hospital, completamente loca por verte.
Jonah se separó un poco, con los dientes castañeteando, y me miró con sus enormes ojos castaños.
—¿Recibisteis... el mensaje de SOS? —balbuceó.
Me quedé helado.
—¿El de las dieciséis personas y el techo rojo? —le pregunté. Jonah asintió levemente. El pecho se me infló con un orgullo tan inmenso que casi me ahoga—. ¿Ha sido obra tuya?
—Atamos un móvil... a la sonda antiavalanchas... y la sacamos por el techo —explicó, con la voz pastosa—. Como me explicaste tú.
Cerré los ojos un instante. Su brillantez me superaba.
—Eres el crío más listo del planeta —le aseguré, apretándole los hombros—. Los has salvado, Jonah. Tu idea ha salvado a todo el mundo. Ahora necesito que seas fuerte un poco más, ¿vale? Quédate aquí. No te muevas. Tengo que evaluar a los demás.
Jonah asintió, obediente.
Me levanté y me uní a Ian, que ya estaba revisando a los más críticos.
La evaluación rápida confirmó nuestros peores miedos.
El conductor tenía una brecha importante en la frente, pupilas asimétricas y síntomas claros de conmoción cerebral.
Pero mi atención médica se desvió de inmediato hacia la niña que estaba sentada en el asiento contiguo al de Jonah. Mia.
Le tomé el pulso carotídeo. Lento. Débil. La niña estaba inconsciente, pálida como el mármol, sin reflejo de escalofrío. Saqué el termómetro timpánico de mi chaleco.
—Treinta grados centígrados —anuncié a Ian y a Caleb, que acababa de subir al autobús—. Está en hipotermia severa de grado III. Si no la sacamos de aquí en diez minutos y le inyectamos suero salino caliente, entrará en fibrilación ventricular y se nos irá.
Caleb miró su reloj. La ventana de veinticinco minutos que nos había dado Clover se estaba esfumando.
—Voy a contactar con la base para coordinar la extracción —ladró Caleb, dándose la vuelta—. ¡Grant, ven conmigo al pájaro a por el material!
Dejé a Ian a cargo de la vía aérea de la niña y seguí a Caleb bajando del autobús a toda prisa.
El viento nos empujó hacia el Alfa Uno. Abrimos los compartimentos laterales del helicóptero y empezamos a sacar brazados de mantas térmicas de aluminio y cajas enteras de parches de calor químico.
Mientras cargábamos el equipo, Caleb activó el canal cifrado de la radio de cabina.
—¡Base, aquí Alfa Uno! —gritó el piloto—. ¡Tenemos a dieciséis víctimas! ¡Múltiples hipotermias! Mi cabina solo puede cargar a dos heridos en litera más mi equipo médico. ¡Clover, necesito el Black Hawk de la Guardia Nacional, ahora! ¡Tienen capacidad para ocho!
Nos miramos. No podíamos llevarnos a dieciséis personas de una vez. Y el clima iba a empeorar en minutos.
— El Black Hawk está en prealerta, Caleb —respondió Clover por la radio, con pura eficiencia operativa—.
Si meto también al Beta Dos y al Charlie Tres en la formación, podréis evacuar a todos los niños en un solo vuelo táctico.
Hay que coordinar los aterrizajes y despegues en la zona 0 y en el hospital.
—¡Hazlo! —ordenó Caleb—. ¡Moviliza a toda la caballería!
Cargados con todo el material térmico, Caleb y yo regresamos corriendo al interior del autobús. Empezamos a repartir las mantas plateadas y a romper los parches químicos, colocándolos en las axilas y las ingles de los niños temblorosos.
Ian y yo preparamos a la pequeña Mia en una camilla de rescate blanda, envolviéndola como un capullo térmico, y vendamos la cabeza del conductor.
—El Alfa Uno se lleva a la niña y al conductor —decidió Ian, imponiendo el protocolo de triaje—. Son los más críticos.
Me cuadré frente a mi compañero, sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.
Hace doce años, en un escenario idéntico, Ian se había quedado atrás esperando el segundo helicóptero para cuidar de los heridos, de mí. Hoy, el círculo se cerraba. Hoy me tocaba a mí.
—Yo me quedo aquí —sentencié, mirando a Caleb y a Ian con una determinación inquebrantable—.
Vosotros dos os lleváis el Alfa Uno a urgencias con la niña.
Necesita el suero caliente en vuelo, Ian puedes encargarte de ello, la he preparado.
Y tú eres el único que puede pilotar con esta cizalladura, Caleb.
Yo soy el técnico sanitario. Me quedo con el resto del pasaje hasta que llegue el Black Hawk .
Ian me miró fijamente. Vio en mis ojos al superviviente de la tragedia que forjó nuestro equipo, y asintió.
—Mantén el calor de la cabina, Grant. Volveremos a por vosotros —prometió Ian.
En menos de tres minutos, cargamos a la niña inconsciente y al conductor aturdido en la parte trasera del helicóptero.
Cerré la puerta corredera exterior del Alfa Uno desde fuera y me aparté, cubriéndome el rostro con el brazo mientras Caleb levantaba la máquina del suelo, desafiando a la gravedad y tragándose la neblina blanca hasta desaparecer.
El silencio posterior fue aplastante.
Me giré, empuñando la radio satelital portátil que había sacado del helicóptero, y volví a entrar en el autobús.
— Noah, aquí Clover —sonó la radio en mi mano—. Tengo las balizas en el radar. El Black Hawk de la Guardia Nacional, el Beta y el Charlie acaban de despegar. Llegarán a tu posición en doce minutos. Tendrán que esperar una ventana para poder aterrizar.
—Recibido Clover. Quedo a la espera. Corto y cambio.
Caminé por el pasillo inclinado, repartiendo las últimas mantas. Llegué hasta Jonah. Me senté a su lado y lo envolví con mi propio cuerpo y una manta térmica de aluminio.
Lo miré a los ojos. Ya no había pánico, solo la seguridad absoluta del hombre que estaba dispuesto a morir por él. Le dediqué una sonrisa fiera, llena de la arrogancia de mi equipo.
—Unos minutos más, socio —le prometí, frotándole los brazos rígidos—. Saldremos de esta. Ya verás. Te dije que nada iba a alejarme de ti.
✽✽✽
Sloane
El busca de mi cadera vibró al mismo tiempo que el teléfono de la sala de crisis se iluminaba. Descolgué con tanta fuerza que casi arranco el cable de la pared.
—Están vivos —me confirmó la voz de Clover—. El Alfa Uno ha localizado el autobús. Los ocupantes están ilesos del impacto, pero informan de múltiples hipotermias, algunas en fase crítica. El helicóptero traslada ahora mismo a los dos pacientes más graves. Sloane, Jonah está vivo.
—Preparen las mantas térmicas convectivas y los fluidos intravenosos a treinta y nueve grados —grité hacia el pasillo de Urgencias —. Gracias, Clover. Hablamos luego — dije colgando el teléfono y echando a correr hacia los ascensores.
Subí al aeropuerto del Wildwater Regional con el corazón latiéndome en la garganta.
El cielo estaba negro, cerrado por la cola del temporal ártico. Me abracé a mí misma, temblando bajo mi bata médica, incapaz de apartar la vista del horizonte oscuro.
Sentí una mano cálida y firme sobre mi hombro.