Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTIOCHO
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VEINTIOCHO

Jonah

Cuatro hora antes

T odo había empezado a torcerse hacía cuatro horas, cuando la señora Davis nos hizo subir al autobús escolar a toda prisa. Me había dicho que mi madre acababa de llamar ordenando que suspendiéramos la excursión al Centro de Interpretación por una alerta meteorológica severa.

Yo me había sentado en la tercera fila, colocando mis muletas con cuidado contra la ventanilla.

La diplejía espástica hacía que mis piernas estuvieran siempre tensas, como si mis músculos fueran cuerdas de guitarra a punto de romperse, y el frío de la montaña siempre empeoraba el dolor.

Pero no me importó. Lo único en lo que pensaba era en que Noah me había prometido que estaría en casa esperándome.

No llegamos muy lejos.

Estábamos bajando por la carretera sinuosa de Pine Ridge cuando el cielo desapareció.

Se volvió de un blanco nuclear. Una pared de viento y nieve golpeó el lateral del autobús con tanta fuerza que el chasis de metal gimió.

Sentí cómo las ruedas traseras perdían tracción.

El autobús patinó sobre una placa de hielo, giró violentamente sobre sí mismo y nos lanzamos hacia el barranco.

Me agarré al asiento delantero con todas mis fuerzas, cerrando los ojos.

El impacto fue brutal. Chocamos lateralmente contra la ladera de granito de la montaña.

El crujido del metal destrozándose sonó como una explosión.

Nos detuvimos en un ángulo extraño, ladeados hacia la derecha.

El cristal de la inmensa luna delantera estalló en mil pedazos, bañando al conductor en fragmentos de vidrio.

De repente, toda la electricidad murió. Las luces se apagaron y el motor tosió una última vez antes de silenciarse.

Por el enorme agujero del parabrisas delantero empezó a colarse la ventisca ártica, trayendo consigo nieve en polvo y un frío que me cortó la respiración al instante.

—¡Que nadie se mueva! —gritó el señor Mills, el profesor de ciencias. Él y la señora Davis empezaron a caminar por el pasillo inclinado, comprobando los asientos uno por uno—. ¿Estáis todos bien? ¡Mantened la calma!

La mayoría de mis compañeros lloraban o estaban en estado de shock, pero, milagrosamente, no había sangre. El conductor tenía un corte en la frente, pero estaba consciente. No había nadie herido de gravedad.

—Escuchadme todos, estamos a salvo —nos aseguró la señora Davis, intentando sonreír, aunque le temblaba la barbilla—. El autobús está encallado, pero no vamos a caer. Pronto notarán que no hemos llegado, nos localizarán y nos sacarán de la montaña. Solo tenemos que esperar.

Saqué mi teléfono del bolsillo del abrigo y miré la pantalla iluminada. Era un modelo básico que mi madre me permitía tener y solo podía hacer llamadas y enviar mensajes de texto.

—Señora Davis —la llamé, levantando el móvil—. No hay cobertura. Ni una sola raya. Estamos en un punto ciego.

Ella asintió, intentando restarle importancia, pero yo sabía que las cosas pintaban mal. Vivía con la jefa del hospital y pasaba mis tardes con el mejor técnico de rescate del equipo Alfa. Sabía lo que significaba estar atrapado en la montaña.

Pasó una hora.

El frío dejó de ser una molestia y se convirtió en dolor físico.

El interior del autobús parecía un congelador gigante.

Los profesores nos hicieron poner en práctica técnicas de supervivencia que habíamos estudiado: nos obligaron a abrocharnos las chaquetas hasta la barbilla, a ponernos los gorros y a sentarnos pegados los unos a los otros, en grupos de tres, para compartir el calor corporal.

Mia, una de mis mejores amigas, estaba sentada a mi lado, tiritando tan fuerte que le castañeteaban los dientes.

Yo también tiritaba, pero lo peor eran mis piernas. La espasticidad se había disparado por las bajas temperaturas. Mis músculos estaban contraídos en calambres dolorosísimos, rígidos como tablones de madera.

Noté cómo los profesores empezaban a angustiarse.

Susurraban en la parte delantera, mirando la nieve que se acumulaba dentro del autobús, encendiendo y apagando las pantallas de sus móviles sin éxito.

Los alumnos percibimos ese miedo. El ambiente se volvió tenso, lleno de sollozos bajitos y respiraciones entrecortadas.

Solté la mano de Mia por un segundo, me arrastré hacia el pasillo y llamé a mi tutora.

—Señora Davis, tengo una idea que puede funcionar para pedir ayuda —le dije, intentando que mi voz sonara como la de Noah cuando explicaba algo.

Ella me miró con ternura, pero con esa impaciencia de los adultos que creen que los niños solo estorban en una crisis.

—No te preocupes por nada, Jonah, cariño —me respondió, pasándome una mano fría por el pelo—. Mi móvil tiene una función de SOS por satélite integrada en el sistema. Estoy intentando que conecte con la red. Seguro que pronto lograré mandarlo. Vuelve a tu asiento y abrígate.

—Pero señora Davis, la señal de satélite rebota en las paredes del barranco, necesita línea de visión directa con el cielo... —insistí.

—Tranquilo, Jonah. Siéntate, por favor.

Obedecí, frustrado, apretando los puños dentro de los bolsillos.

Pasaron dos horas más.

La nieve nos estaba tragando vivos. El dolor de mis piernas había desaparecido, reemplazado por un entumecimiento gélido que me asustaba mucho más. Ya no sentía los dedos de los pies. Pero lo que me aterrorizó de verdad fue Mia.

Mia había dejado de tiritar. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro, respirando muy despacio, y sus ojos estaban a medio cerrar.

—Jonah... tengo mucho sueño —susurró Mia, arrastrando las palabras.

Noah me lo había explicado una vez. «Cuando el frío es extremo, el cuerpo deja de luchar. Dejas de temblar y te entra una somnolencia muy dulce. Ese es el momento en el que te estás muriendo de hipotermia».

El pánico estalló en mi pecho.

—¡Mia, no te duermas! —le grité, dándole un golpecito en la mejilla—. ¡Despierta! ¡Cuéntame de qué color es tu habitación!

Me arrastré por el suelo ladeado del autobús, ignorando que mis piernas ya no me sostenían, hasta llegar a la señora Davis. Estaba pálida, mirando la pantalla de su teléfono con desesperación. La función SOS por satélite había fallado.

—Tiene que escucharme ahora mismo —le exigí. Me dio igual parecer un crío insolente; estábamos a punto de morir—. Tengo una idea y sé que va a funcionar.

La profesora parpadeó, derrotada, soltando un suspiro que formó una nube de vapor blanco.

—De acuerdo, Jonah. A estas alturas estoy dispuesta a escuchar cualquier cosa. ¿Qué sugieres?

—Tenemos que mandar un mensaje SMS al 911 —le expliqué rápido, con los dientes castañeteando—.

Usted está intentando mantener una conexión de satélite o llamar, y eso exige demasiada red.

Un mensaje de texto básico es un paquete de datos mínimo.

Se queda en la bandeja de salida y el móvil lo intenta enviar constantemente.

Solo necesita pescar un microsegundo de cobertura para salir.

—Ya lo hemos intentado, Jonah. No hay señal aquí abajo.

—Porque estamos dentro de una caja de metal —rebatí—. ¿Tienen la sonda antiavalanchas de emergencia del colegio en el maletero interior?

El señor Mills, que estaba escuchando, asintió rápidamente y fue a buscar el tubo de aluminio plegable.

—Ataremos su móvil a la punta de la sonda antiavalanchas con cinta aislante —le indiqué a la profesora—. Y la sacaremos por la escotilla de ventilación del techo del autobús. Ganaremos tres metros de altura por encima de la chapa de acero. Será suficiente para pescar una onda de los repetidores.

La señora Davis me miró, con los ojos brillando de repente con una chispa de esperanza.

—Es una idea genial, Jonah. Dios mío, es brillante. ¿Qué escribimos?

—Tiene que ser información precisa. Nada de frases largas que ocupen bytes —dicté, recordando exactamente cómo hablaba el equipo Alfa—.

Ponga las coordenadas exactas de su GPS, marca la última ubicación que tuvo cobertura, antes de caer.

Y luego escriba esto: 16 personas. Autobús. No se pueden desplazar. Color rojo.

—¿Color rojo?

—El techo del autobús es rojo. El helicóptero usa cámaras térmicas y visuales, necesitan saber qué buscar en la nieve —le aclaré.

El señor Mills tecleó el mensaje con dedos torpes, helados.

Envolvió el teléfono con plástico transparente del botiquín para protegerlo de la nieve, lo pegó con cinta americana a la punta de la sonda de tres metros y, subiéndose a un asiento, empujó la escotilla del techo.

El viento entró rugiendo, pero el profesor logró alzar la pértiga, sacando el teléfono fuera del fuselaje, directo hacia la tormenta.

Esperamos. Cinco minutos. Diez minutos.

El señor Mills bajó la sonda y miró la pantalla.

—¡Enviado! —gritó, con la voz rota—. ¡El mensaje ha salido!

Todos en el autobús soltaron un quejido de alivio, pero la victoria duró poco.

Pasaron 45 minutos más. La temperatura siguió cayendo en picado.

Me arrastré de vuelta junto a Mia y la abracé con mis brazos entumecidos, intentando mantenerla despierta, pero mis propios ojos pesaban como si estuvieran hechos de plomo.

El dolor de mis músculos espásticos se había transformado, ya casi no lo sentía.

Todo estaba muy silencioso. Dejé caer la cabeza hacia atrás.

Y entonces, lo sentí antes de oírlo.

Una vibración rítmica en la chapa del autobús. El cristal tembló.

Abrí los ojos despacio. El sonido inconfundible de los rotores pesados batiendo el aire de la montaña cortó el aullido del viento. La nieve del exterior empezó a arremolinarse en un huracán caótico, impulsada por la fuerza descendente de las hélices.

Alguien en la parte delantera gritó de alegría.

El equipo de rescate había llegado. El Alfa Uno estaba ahí fuera.

Una lágrima caliente y solitaria resbaló por mi mejilla congelada. Me sentí inmensamente aliviado, aunque ya no sentía ninguna extremidad de mi cuerpo. Cerré los ojos, con una pequeña sonrisa asomando en mis labios rígidos. Sabía que Noah no me fallaría. Había venido a por mí.

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Noah