VEINTISIETE #3
Apoyé la frente contra el borde de la pantalla de telemetría.
Cuatro horas. Habían salido hacía cuatro putas horas.
Eso confirmaba mis peores temores: el autobús no había logrado llegar al hospital ni a las afueras de Wildwater Falls.
Estaba atrapado en algún punto de este abismo de roca y hielo, encajonado en el tramo más inaccesible y oscuro de la montaña.
Mi respiración se aceleró. El recuerdo fantasma del dolor punzante en mi clavícula rota de hace doce años estalló en mi memoria. El frío. La oscuridad. El sonido del viento aullando contra los cristales rotos de nuestro propio autobús mientras esperábamos un rescate que parecía no llegar nunca.
—Están ahí abajo, congelándose —mascullé por el canal interno de la cabina, con la voz rota por la angustia—. Caleb... llevan cuatro horas atrapados. Si la calefacción del motor ha fallado...
— ¡Mantente frío, Grant! —ladró Caleb por el auricular, cortando mi espiral de pánico de cuajo.
No había rastro de mi amigo; era el piloto jefe exigiendo disciplina—.
No me sirves de nada si pierdes los nervios.
Centra los putos ojos en el radar de infrarrojos.
Tu frialdad es lo único que nos va a garantizar sacar a esos chicos de la nieve. ¡Busca!
Tragué saliva, forzando a mis pulmones a expandirse despacio. Caleb tenía razón. El pánico mataba más rápido que la hipotermia.
Me aferré al arnés de seguridad de mi asiento. Levanté la vista un segundo de la pantalla y miré la nuca de Ian y el perfil tenso de Caleb en la cabina delantera.
—¿Es así como os sentisteis hace doce años? —les pregunté, con la voz apenas audible sobre el estruendo de los rotores —. Cuando buscabais nuestro autobús en la oscuridad... ¿sentisteis que no llegabais a tiempo?
El silencio en la frecuencia interna del Alfa Uno fue pesado. Solo se escuchó el zumbido de las palas cortando el viento helado. Caleb apretó los labios, reviviendo el momento en el que, siendo un piloto novel, tuvo que decidir evacuar a Hannah y dejar a su propio hermano en la nieve.
Fue Ian quien rompió el silencio. El bombero que había encontrado mi autobús aquella noche y se había quedado a nuestro lado, giró ligeramente la cabeza hacia atrás, lo justo para que viera su perfil estoico.
—Más o menos, Noah —respondió Ian, con una calma tan sólida que funcionó como un ancla en medio de la tormenta—. Pero hay una diferencia abismal entre aquella noche y hoy.
Ian volvió la vista al frente, revisando los parámetros del radar.
—Hace doce años, Caleb y yo éramos unos novatos jugando a ser héroes.
Hoy, somos la élite de los rescates de alta montaña de todo el jodido estado de Oregón.
Y te tenemos a ti, el mejor técnico sanitario de rescate.
Ese autobús tiene todas las probabilidades a su favor. Así que encuentra a tu chico, Grant.
Las palabras de Ian eliminaron el fantasma de Carson de la cabina de un plumazo.
Volví a pegar la cara a la pantalla térmica, con una resolución renovada y letal. Moví el joystick del escáner infrarrojo, barriendo la ladera este del desfiladero, donde la carretera secundaria formaba una curva ciega.
El reloj seguía corriendo. Nos quedaban catorce minutos de ventana.
De repente, una anomalía en la topografía rompió la neblina del radar. No era un ventisquero natural. Tenía ángulos rectos.
Cambié la cámara de infrarrojos a espectro visual amplificado justo cuando una ráfaga de viento abría un claro en la ventisca, apenas un respiro de visibilidad de cien metros por debajo de nosotros.
Un destello rojo opaco, sepultado a medias bajo un talud de nieve virgen.
—¡Contacto! —rugí, señalando la pantalla táctica con el dedo—. ¡Lo tengo! ¡Contacto visual y térmico a las tres en punto, cota de ochocientos pies!
Caleb hizo un giro brutal de pedal y el helicóptero se asomó sobre la cornisa de roca.
Allí estaba.
El enorme autobús escolar amarillo y rojo se había salido de la sinuosa carretera de Pine Ridge .
Estaba encallado en la ladera empinada de la montaña, a unos treinta metros de caída por debajo del asfalto.
El morro del vehículo estaba completamente destrozado, arrugado como papel de plata tras haber impactado de frente contra la pared de roca, pero el chasis trasero seguía intacto.
Lo más importante: no había volcado del todo.
El ángulo de la pendiente y los troncos de dos abetos enormes habían frenado su caída hacia el río, manteniéndolo ladeado contra la roca en un equilibrio estable.
Cambié rápidamente al escáner térmico, rezando a todos los dioses que conocía.
Un cúmulo masivo de manchas rojas y amarillas iluminó el interior del fuselaje metálico del autobús.
—¡Tengo firmas de calor múltiples! —anuncié, sintiendo que una lágrima de adrenalina pura me quemaba el borde del ojo, pero ignorándola por completo—. ¡Están generando temperatura! ¡La cabina del autobús está llena de gente viva!
— ¡Dios bendiga la chapa de acero! —celebró Caleb con un grito ronco, estabilizando el helicóptero en vuelo estacionario sobre el barranco, peleando contra las rachas de aire—.
Ian, evalúa la zona de inserción. Tengo que bajaros ahí y salir zumbando antes de que la cola del frente nos aplaste contra la pared.
Me quité el cinturón de vuelo de la silla.
Agarré mi mochila roja de trauma avanzado, pesada y cargada con todo el equipo de intubación, torniquetes y férulas, y me la colgué a la espalda.
Comprobé los seguros de mi arnés táctico con gestos rápidos y mecánicos.
Caleb iba a aterrizar el Alfa Uno, costara lo que costara.
Miré hacia la cabina delantera. Ian Collins ya estaba enganchando su mosquetón a la sirga del cabrestante lateral.
—S olo nos queda aterrizar y comprobar el estado real de los heridos —dijo Ian, abriendo la pesada puerta lateral corredera del Alfa Uno.
El rugido de la ventisca ártica inundó la cabina, congelándonos el sudor de la cara en décimas de segundo. Me acerqué al borde del abismo junto a Ian, mirando el techo rojo del autobús escolar allá abajo, con la promesa que le había hecho a Sloane martilleándome el pulso.
«Ya voy, socio. Ya está aquí papá» .