Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTISIETE #2
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VEINTISIETE #2

Caleb soltó una maldición por lo bajo que resonó en el micro. Ian levantó la vista de la pantalla térmica y miró al piloto.

— Tiene razón, Caleb. Da la vuelta —sugirió Ian—. Si nos estrellamos, no salvaremos a nadie. Volvamos a la base.

El helicóptero dio un viraje brusco, inclinándose sobre el abismo antes de poner rumbo a Wildwater Falls.

Apoyé la cabeza contra el fuselaje vibrante de la cabina trasera, sintiendo una desazón ácida perforándome el estómago.

Dos horas. Ni una sola noticia. El eco del accidente de hace doce años aullaba en mis oídos más fuerte que los motores gemelos.

Conocía perfectamente lo que el frío le hacía a un cuerpo atrapado en la nieve.

Y el cuerpo que estaba ahí fuera esta vez llevaba mi corazón en las manos.

Aterrizamos en la plataforma exterior de la base en un tiempo récord. Los mecánicos de tierra se abalanzaron sobre el Alfa Uno con las mangueras de queroseno y los cañones de aire caliente para descongelar los álabes antes incluso de que los rotores dejaran de girar.

Salté a la pista y corrí hacia el interior de los hangares.

La base de rescate aéreo se había transformado en un auténtico centro de mando unificado.

Los mapas topográficos empapelaban las paredes de cristal de transmisiones.

Harris, el director de operaciones, coordinaba a los equipos quitanieves del condado por radio, mientras Clover tecleaba a una velocidad inhumana, en contacto directo y permanente con el hospital.

Al verme entrar, Clover me hizo un gesto frenético con la mano y me tendió unos auriculares de diadema.

—Es el canal seguro del Regional —me dijo Clover, mirándome a los ojos—. Es Sloane.

Me arranqué el casco de vuelo, agarré los auriculares y me los apreté contra las orejas, dándole la espalda al ruido de la base para centrarme únicamente en ella.

—¿Sloane? Dime que tienes algo.

—Noah... —Su voz se quebró al pronunciar mi nombre.

El tono implacable de la directora médica había desaparecido; era el susurro aterrorizado de la mujer que amaba—.

No sé qué más hacer. La policía estatal no puede meter las máquinas quitanieves por Pine Ridge hasta que el viento baje de treinta nudos. Me siento tan... impotente.

La desesperación en su voz me desgarró el alma. Agarré el cable del auricular con fuerza, cerrando los ojos para enviarle toda la maldita fuerza que tenía en el cuerpo a través de la línea.

—Escúchame, bombón. Concéntrate en mi voz —le pedí, usando el tono más firme, cálido y seguro que fui capaz de articular—.

Jonah es el niño más inteligente y resolutivo que conozco.

¿Me oyes? Sobrevive cada día a retos que hundirían a cualquier adulto.

No va a entrar en pánico. Va a mantener el calor y va a aguantar, porque sabe que voy a ir a por él. Lo sabe, Sloane.

Escuché un sollozo ahogado al otro lado de la línea. Sloane tomó aire de forma temblorosa, aferrándose a mis palabras como a un salvavidas.

—Mantén el Código Naranja activado en el hospital —le ordené suavemente, dándole un propósito—. Que Hannah y Logan sigan con los quirófanos despejados. Porque en cuanto repostemos, voy a volver a salir, lo voy a sacar de ese infierno y lo voy a llevar directo a tus brazos.

—Por favor, Noah... —suplicó Sloane, y sentí sus lágrimas a kilómetros de distancia—. Ten cuidado. Vuelve. Trae a mi hijo y vuelve a mí. No puedo perder a ninguno de los dos. Si os pierdo, me muero.

—No vas a perder a nadie. Somos intoca...

Un pitido electrónico, agudo y ensordecedor, estalló en los altavoces de la sala de transmisiones, cortando mi frase.

Clover Donovan se puso de pie de un salto, tirando la silla ergonómica hacia atrás.

—¡Contacto! —gritó Clover, con la voz vibrando de adrenalina pura—. ¡Tengo un ping! ¡Acaba de entrar un mensaje de SOS cifrado por rebote satelital de emergencia!

Solté el micrófono de Sloane por un segundo y me giré hacia los monitores. Ian y Caleb ya estaban flanqueando a Clover, con las manos apoyadas en la mesa de mezclas.

—¿De dónde viene, Clo? —exigió saber Caleb.

—Las coordenadas marcan el barranco inferior de Pine Ridge —explicó ella, enviando los datos a la pantalla táctica central—.

Es un mensaje de texto de emergencia desde un dispositivo móvil.

Muy corto, la batería debía estar congelándose.

Pone literalmente: «16 personas. Autobús.

No se pueden desplazar. Techo color rojo».

El aire volvió a mis pulmones con la fuerza de un latigazo.

Eran ellos. Estaban vivos y alguien había logrado colar una señal a través de la tormenta.

—Es el autobús escolar —confirmé, sintiendo que el corazón me iba a reventar el pecho.

Ian se inclinó sobre el mapa topográfico en 3D que Clover acababa de proyectar. La frialdad del mejor bombero de rescate del estado tomó el control absoluto de la sala. Su mente, forjada en las montañas de Wildwater Falls, evaluó situación.

—Quizá han caído al barranco inferior —dictaminó Ian, trazando una línea con el dedo sobre un desfiladero estrechísimo, rodeado de escarpados picos rocosos—. Es una zona de sombra total. Visibilidad cero y nula cobertura de radio. Está encajonado en la roca viva.

Ian miró al piloto.

—El viento ahí abajo no fluye, Caleb. Rebota. Hay corrientes descendentes. Necesitas que la cizalladura del viento amaine para poder meter el helicóptero en ese pozo sin destrozarnos las palas contra la roca.

Caleb apretó los puños. Sus ojos brillaron con la locura y la genialidad que lo convertían en el mejor piloto del noroeste del Pacífico.

—No necesito que amaine del todo, Ian. Solo necesito una ventana —Caleb se giró hacia su hermana pequeña—. Clo, métele los datos al modelo Doppler. Dime cuándo tengo un respiro. Solo necesito unos minutos para meter el Alfa Uno en el barranco, localizar el echo rojo y confirmar la extracción.

Clover cruzó los datos de la baliza satelital con los mapas de presión atmosférica del frente ártico. Las líneas isobaras bailaron en la pantalla.

—Treinta minutos —anunció Clover, levantando la vista—.

El núcleo de la tormenta va a desplazarse hacia el norte en media hora.

Detrás de él, hay una bolsa de baja presión transitoria.

Tendréis una ventana meteorológica de aproximadamente veinticinco minutos donde el viento bajará a quince nudos y el techo de nubes se elevará un poco.

—¿Y después de esos veinticinco minutos? —preguntó Harris desde la puerta.

—Después... entra la cola del huracán ártico —sentenció Clover, trágicamente seria—. Si estáis ahí abajo cuando se cierre la ventana, la montaña os tragará vivos.

Caleb ni siquiera parpadeó. Miró el reloj de su muñeca.

—Volamos rápido. Llegamos a la zona cero en veinte minutos y empezamos la maniobra de inserción justo cuando se abra la ventana —Caleb nos miró a Ian y a mí, con fuego en la mirada—. Agarramos a los heridos y salimos pitando.

Me llevé el micrófono a los labios, con los ojos clavados en las coordenadas rojas que parpadeaban en el mapa de Clover.

—¿Has oído, bombón? —le dije a Sloane a través de la línea cifrada.

—Lo he oído todo, Noah —respondió ella. Su voz ya no temblaba —. Tráemelo a casa.

—Prepara tu hospital. Vamos a por ellos.

Tiré los auriculares sobre la mesa. Ian agarró su casco. Caleb se abrochó el arnés táctico en el pecho. El equipo Alfa echó a correr por el hangar hacia la pista exterior, directos hacia la tormenta.

***

El reloj digital del panel de instrumentos del Alfa Uno parpadeó, marcando el inicio de la cuenta atrás.

Cero minutos. La bolsa de baja presión transitoria acababa de entrar en el valle. La ventana de veinticinco minutos estaba abierta.

— Agarraos, chicos. Entramos —bramó Caleb por el intercomunicador.

El piloto empujó la palanca del cíclico hacia adelante con una frialdad absoluta y pisó el pedal.

El Alfa Uno se ladeó agresivamente, zambulléndose de morro hacia el interior del desfiladero de Pine Ridge .

La transición fue brutal. Pasamos de sobrevolar el perímetro a meternos directamente en las fauces de la bestia.

El viento cruzado nos golpeó como un mazo invisible, haciendo crujir las cuadernas de titanio del helicóptero, pero Caleb absorbió el impacto corrigiendo el paso colectivo con micro pulsaciones precisas y casi instintivas. Era un maestro operando su máquina.

— Cota a ochocientos pies. Entrando en la zona de sombra —informó Ian desde el asiento del copiloto, con los ojos clavados en el altímetro radar—. La carretera secundaria serpentea justo debajo de nosotros.

A través del cristal lateral, la visibilidad seguía siendo un infierno. La tormenta había aflojado su fuerza de huracán, pero la nieve seguía cayendo densa y pesada, envolviendo los picos de granito en una neblina blanca impenetrable. Era como volar dentro de un vaso de leche agitado.

En la cabina trasera, mi trabajo no requería mirar por la ventana. Yo tenía el rostro pegado a las pantallas del radar de infrarrojos.

Mi dedo giraba la rueda de ganancia térmica, buscando desesperadamente cualquier mancha blanca o amarilla que destacara sobre el azul oscuro del hielo del barranco. Cada sombra en la pantalla me hacía detener la respiración, pero solo eran formaciones rocosas.

— Alfa Uno, aquí Base —la voz metálica de Clover irrumpió en nuestros cascos, cortando la estática—. Acabamos de establecer contacto por línea fija de emergencia con el Centro de Interpretación. Confirman que el grupo escolar no está allí.

El estómago se me encogió en un puño de hierro.

— El director del centro afirma que, ante la alerta meteorológica, subieron a todos los niños al autobús y abandonaron el recinto hace exactamente cuatro horas —continuó Clover, con una urgencia clínica—. Intentaron ganarle la carrera al frente frío por Pine Ridge.

— Copiado, Base —respondió Ian, con voz neutra.