VEINTISIETE
Sloane
E l teléfono móvil me quemaba en la mano.
Me quedé de pie en el centro de mi despacho, escuchando el tono de desconexión después de que Noah colgara.
El aire de la habitación de repente parecía imposible de tragar.
Sentí que las paredes se cerraban sobre mí.
Un ataque de pánico amenazó con paralizarme el pecho; mis pulmones luchaban por expandirse, y el eco de una nevada de hace doce años empezó a aullar en mi cabeza.
«No. Ahora no. Tienes que respirar, Sloane. Respira».
Clavé las uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme daño. El dolor físico me devolvió al presente. Yo no era la chica asustada que esperaba en una sala de urgencias; era la directora médica del Wildwater Regional. Mucha gente dependía de mí. Mi hijo dependía de mí.
Me acerqué al teléfono fijo de mi mesa, pulsé el botón de intercomunicación general.
—Atención a todo el personal de jefatura. Código Naranja de prealerta en la sala de coordinación de Urgencias. Inmediatamente.
Tres minutos después, crucé las puertas dobles de la sala de crisis. Las luces fluorescentes iluminaban la gran pizarra blanca. Hannah, Georgia, Savannah, Logan y Avery ya estaban allí, con los rostros tensos, sabiendo que un Código Naranja significaba un desastre inminente.
Me coloqué frente a ellos. Tragué el nudo que me destrozaba la garganta y adopté mi voz de mando.
—Hemos recibido un aviso meteorológico —comencé, apoyando ambas manos sobre la mesa para ocultar el leve temblor de mis dedos—.
Una ciclogénesis explosiva está impactando en estos momentos sobre el sector del Parque Estatal.
La alerta se ha enviado a los ciudadanos y el protocolo de emergencia civil está activo. Pero tenemos una crisis potencial.
Miré los rostros de mi equipo.
—Hay un autobús escolar del pueblo en esa zona boscosa.
Se ha perdido toda comunicación con el vehículo.
El último contacto fue hace dos horas; los profesores informaron de que iban a adelantar el regreso para evitar la tormenta, pero desde entonces, silencio absoluto de radio.
No sabemos si lograron salir a la carretera principal o si están atrapados.
Logan soltó una maldición ahogada.
—Se han activado los protocolos de rescate estatales —proseguí, obligándome a mantener la voz firme—.
Acaban de notificarme desde la base que el Alfa Uno ha despegado.
Están intentando hacer un vuelo de reconocimiento térmico, pero la ventisca es tan intensa que no pueden penetrar en el ojo del frente. Están volando a ciegas en el perímetro.
El silencio en la sala fue sepulcral. Todos los presentes en esa habitación conocían la brutalidad de la montaña. Conocían el frío.
—Quiero que activemos los protocolos de víctimas en masa en fase de prealerta —ordené, mirando directamente a mis jefas de Urgencias y Trauma—.
Hannah, Georgia... reorganizad el triaje de Urgencias.
Avery, quiero los quirófanos uno y dos despejados, esterilizados y con los equipos quirúrgicos de guardia listos.
Logan, prepara las bandejas de fijación ortopédica.
Si ese autobús ha volcado, lo vamos a necesitar todo.
—Estamos en ello, Sloane. Cuenta con los quirófanos despejados en quince minutos —respondió Hannah con su habitual precisión, asintiendo hacia Georgia.
—En marcha —confirmó Logan, saliendo rápidamente de la sala.
El equipo se dispersó como un escuadrón bien engrasado. Sin embargo, cuando la sala comenzó a vaciarse, Hannah y Georgia se quedaron rezagadas. Ambas se acercaron a mí.
—Sloane... —murmuró Georgia, dando un paso al frente —. ¿Qué está pasando en realidad? Estás prácticamente hiperventilando.
Intenté tragar saliva, pero mi boca era un desierto. Miré a Georgia y luego a Hannah.
—Jonah está en ese autobús.
Georgia se llevó una mano a la boca, abriendo mucho los ojos, y Hannah palideció de forma casi instantánea. El fantasma de hace doce años, el accidente de autobús apareció de golpe en medio de la sala. El paralelismo era tan macabro, tan cruel, que parecía una maldita broma del destino.
—Dios mío... —susurró Hannah, con la voz rota, reviviendo su propia pesadilla. Sus ojos oscuros se llenaron de un terror absoluto—. Sloane...
—El Alfa Uno está buscándolo —les aseguré, sintiendo que la primera lágrima traicionera se acumulaba en mis pestañas—. Van a encontrarlo.
Hannah dio un paso al frente y me agarró del brazo con suavidad.
—Sloane, escúchame. Nosotros nos encargamos de esto —me ofreció la jefa de trauma, con una empatía inmensa—. Si necesitas irte a tu despacho, si necesitas tomarte un descanso, hazlo. Nosotros te cubrimos.
Negué con la cabeza enérgicamente, limpiándome la lágrima con rabia antes de que cayera.
—No. Gracias, Hannah, pero no —me negué en rotundo, irguiendo la espalda—. Necesito estar aquí. Necesito controlar cada protocolo y preparar este hospital para cuando Noah me traiga a mi hijo. Y, sobre todo, necesito estar al mando para evitar que cierto cirujano entorpezca a mi equipo.
Como si invocar al diablo fuera suficiente para materializarlo, la puerta de la sala de coordinación se abrió de golpe.
Richard Hawthorne entró con paso arrogante, sosteniendo una tablet en la mano y con el ceño fruncido en una expresión de pura irritación.
—Sloane, ¿se puede saber qué demonios está pasando en la segunda planta?
—exigió saber, ignorando deliberadamente la tensión evidente entre Hannah, Georgia y yo—.
La enfermera jefe acaba de desviar a mis residentes y han cancelado las reservas de los quirófanos principales para despejar el área de trauma.
Y todo por un hipotético accidente de autobús del que no tenéis confirmación oficial de colisión.
Me quedé mirándolo. Estaba tan desconectada de su absurdo narcisismo que por un segundo pensé que estaba alucinando.
—Es el protocolo estándar de prealerta por catástrofe, Richard —le respondí, con la voz tan afilada que podría haber cortado cristal—. Y el funcionamiento ordinario del hospital no se verá alterado, las urgencias menores se desvían al ala este.
—¡Mi programa de formación sí se está viendo alterado!
—me contradijo él, alzando la voz, indignado porque su agenda hubiera sido tocada—.
Tenía programada una simulación de bypass coronario con mis cirujanos.
No voy a permitir que paralices mis recursos por la histeria colectiva provocada por un temporal.
Sentí que la bilis me subía por la garganta. Georgia hizo el amago de lanzarse a su yugular, pero le puse una mano en el pecho para detenerla. Di un paso hacia el padre biológico de mi hijo.
—¿Cómo puedes ser tan rematadamente desalmado? —le pregunté, con un asco tan visceral que me tembló la voz—. ¿Acaso no escuchas? Jonah... tu hijo... está en ese autobús desaparecido.
Hawthorne parpadeó. Hubo una fracción de segundo en la que la información pareció procesarse en su cerebro, pero la reacción que esperaba de cualquier ser humano con sangre en las venas jamás llegó.
Se encogió de hombros, ajustándose el reloj de oro de su muñeca con un gesto impaciente.
—Estás exagerando, Sloane. Como siempre —minimizó Hawthorne, con una frialdad sociopática—.
Solo es un retraso por el clima. Esas carreteras se bloquean todo el tiempo.
Estarán parados en el arcén con la calefacción puesta esperando al quitanieves, y tú estás montando un circo y desorganizando mi hospital.
Lo miré fijamente. Para Richard Hawthorne, la posible muerte de su hijo bajo la nieve era menos importante que la cancelación de su clase de simulación quirúrgica.
Mi miedo se transformó en una furia fría y letal.
—No es tu hospital. Es mi hospital. Quítate de mi vista, Richard —le ordené, en un susurro tan cargado de odio que lo hizo retroceder un paso—.
Lárgate ahora mismo y no te atrevas a cruzar las puertas de Urgencias.
No estorbes, no opines y no molestes. Porque si intentas interferir en mis protocolos hoy, te juro por Dios que te destrozaré la vida. ¡Fuera!
Hawthorne me dedicó una última mirada de desprecio y, sin añadir una palabra más, se dio media vuelta y salió por donde había venido.
Miré a Hannah y a Georgia. Ellas compartían mí mismo asco. Ya no había tiempo para pensar en él.
—Preparad el hospital —les ordené, y las tres salimos corriendo hacia Urgencias.
✽✽✽
Noah
El Alfa Uno se sacudía con una violencia salvaje, como si fuera un juguete de hojalata atrapado en el puño de un gigante de hielo.
Llevábamos más de dos horas sobrevolando el perímetro de la ciclogénesis.
Fuera de las ventanillas, el mundo había desaparecido.
No había cielo, no había bosque, no había horizonte; solo un infierno blanco, un whiteout absoluto que engullía la luz y escupía ráfagas de viento cruzado capaces de destrozar un fuselaje.
En la cabina, la iluminación verde de los paneles de instrumentos proyectaba sombras duras sobre el rostro de Caleb.
Tenía la mandíbula apretada hasta casi crujir, luchando a brazo partido con la palanca de mando y los pedales para mantener el morro estabilizado ante cada corriente térmica que amenazaba con aplastarnos contra la montaña.
Ian y yo llevábamos dos horas con los ojos pegados a las pantallas de las cámaras de infrarrojos, buscando una sola mancha de calor, un solo motor caliente en medio de aquel desierto helado. Nada.
El intercomunicador de mi casco crepitó con la voz de Caleb.
— Base, aquí Alfa Uno —habló el piloto manteniendo el tono gélido—. Mantenemos barrido en la cota novecientos, sector noroeste. Visibilidad nula. Vientos racheados de cuarenta nudos. Negativo en firmas térmicas.
La voz de Clover sonó metálica y tensa en nuestros oídos.
— Recibido, Alfa Uno. Caleb, los sensores de telemetría marcan engelamiento crítico en vuestros rotores principales. Y habéis entrado en la reserva de combustible. Tenéis que regresar a repostar inmediatamente o caeréis a plomo.