VEINTISÉIS #3
—El autobús del colegio no ha llegado. Nadie puede contactar con ellos —anuncié, apoyando ambas manos sobre su consola—. Haz un ping a los móviles de los profesores. Triangula la última posición de red conocida.
Clover no hizo preguntas. Sus dedos volaron sobre el teclado mecánico con una velocidad inhumana. Las pantallas parpadearon.
—Tengo un rastro residual de hace una hora y media —informó Clover, con los ojos clavados en el monitor de telemetría—. Pero ahora mismo no hay señal de rebote. Los repetidores de la zona norte han caído por la congelación. Y mirad esto...
Clover superpuso el rastro del GPS residual con la imagen por satélite de la evolución de la tormenta.
Ian soltó una maldición por lo bajo. El núcleo rojo y morado del frente ártico, la zona de máxima devastación, estaba impactando exactamente sobre el último punto de conexión del autobús escolar. Estaban atrapados en el ojo del huracán blanco.
—¡No podemos esperar a los de tierra, los quitanieves tardarán horas en abrir esa carretera! —dijo Caleb, girándose hacia la puerta acristalada del despacho del comandante de operaciones—. ¡Harris!
El jefe de la base de rescate salió de su despacho, ajustándose las gafas, alertado por los gritos.
—Tenemos un autobús escolar desaparecido en el sector noroeste, jefe —le informó Caleb, plantándose frente a él, con la mandíbula tensa—. Solicito permiso para despegar el Alfa Uno y hacer un barrido rápido de la zona.
Harris miró la pantalla del radar Doppler.
—Denegado, Caleb. Eso es un muro de hielo. Es un whiteout absoluto. Los vientos cruzados destrozarían los rotores antes de que llegaras a la cota mil. No te voy a dejar meter el pájaro ahí dentro.
—¡No me meteré en el ojo de la tormenta!
—le prometió Caleb —. Volaré por debajo del techo de nubes, pegado a la línea de los árboles.
Haré un barrido perimetral de las zonas circundantes usando el radar de barrido frontal y las cámaras de infrarrojas.
Si el motor del autobús sigue caliente, la firma térmica destacará en la nieve.
Solo quiero descartar la carretera inferior.
Tenemos que empezar a descartar posibilidades, jefe. ¡Es un autobús lleno de críos!
Harris miró a Caleb. Miró a Ian, que ya estaba abrochándose el arnés de su chaleco táctico en un silencio letal, respaldando a su piloto.
—Un barrido perimetral, Caleb —concedió Harris, señalándolo con un dedo severo—. Al primer aviso de engelamiento en los álabes, das la vuelta. ¿Entendido?
—¡Entendido! —Caleb ya estaba corriendo hacia la puerta del hangar.
Ian salió detrás de él, listo para operar el cabrestante y el equipo de infrarrojos.
Me quedé clavado en el suelo de la sala de transmisiones.
Las sirenas de despegue de emergencia empezaron a aullar en la base.
Sentí cómo la sangre me latía en las sienes con tanta fuerza que me mareó.
Yo estaba suspendido. Legalmente, no podía subirme a ese helicóptero hasta dentro de cuarenta y ocho horas.
El papeleo administrativo me encadenaba al suelo mientras el hijo de la mujer que amaba, el niño que me había pedido que fuera su padre, estaba perdido en medio de la peor tormenta de nieve en años.
Me giré lentamente y clavé mis ojos en el jefe de la base.
No dije nada. No pronuncié una sola sílaba. Simplemente lo miré. Le supliqué con cada músculo en tensión de mi cuerpo, con la desesperación pura y cruda brillando en mis ojos.
Harris sostuvo mi mirada.
—¿Qué coño haces ahí parado mirándome, Grant?
—bramó el director de operaciones, señalando la puerta del hangar con un gesto brusco de la cabeza—.
Tenemos un técnico de guardia que no conoce la orografía de esa maldita carretera.
Necesitan a su titular. Ve a vestirte y sube a ese pájaro.
De los abogados de la comisión ya me encargaré yo.
La gratitud me atravesó el pecho como un rayo.
—Gracias, jefe.
Me di la vuelta y salí a la carrera. Mis botas golpearon el cemento del pasillo con una fuerza salvaje.
Irrumpí en los vestuarios, agarré mi mono de vuelo rojo y me lo enfundé sobre la ropa en tiempo récord, subiendo la cremallera hasta el cuello.
Me enfunde mis botas. Enganché mi casco al mosquetón, cogí la mochila médica de trauma avanzado y corrí hacia el hangar.
Las puertas correderas gigantes estaban abiertas. El Alfa Uno estaba en la plataforma exterior, con el rugido ensordecedor de los rotores gemelos cortando el aire gélido. El olor a queroseno quemado me llenó los pulmones.
Ian me vio correr por la pista y me tendió una mano. Agarré su antebrazo, salté al interior de la cabina y me deslicé hasta mi asiento de la parte trasera, conectando el cable de comunicaciones de mi casco al intercomunicador.
— El equipo está completo —informó Ian a través del micro, asegurando la puerta lateral—. Despega este pájaro, Caleb.
— Agarraos fuerte —respondió la voz del piloto por los auriculares, tensa y mortalmente seria—. Vamos a por esos chicos.
El Alfa Uno se elevó con brusquedad, inclinando el morro hacia adelante, y nos lanzamos directos hacia las fauces negras de la tormenta.