VEINTISÉIS #2
—Todo el mundo sabe que sin mí estáis perdidos, panda de inútiles —bromeé, frotándome el cuello donde Caleb me había apretado, sintiendo que la sangre volvía a bombearme con fuerza—. Dos días de papeleo y vuelvo a colgarme del cabrestante.
La tensión de las últimas semanas se evaporó, dando paso a una atmósfera de camaradería eufórica.
El pitido estridente y espasmódico del Sistema de Alerta de Emergencias cortó nuestras risas de raíz. Fue un sonido agudo y urgente que nos heló la sangre.
Clover giró en su silla a la velocidad de la luz, poniéndose los cascos de nuevo y acercándose a las pantallas del radar meteorológico Doppler. Sus dedos volaron sobre el teclado. La atmósfera festiva en la sala desapareció en una fracción de segundo.
Ian y Caleb se acercaron a la cristalera de comunicaciones. Yo fui detrás.
—¿Qué tenemos, Clover? —preguntó Ian.
—Caída barométrica en picado —informó la operadora, con los ojos muy abiertos y fijos en una masa de colores violentos que acababa de aparecer en el monitor—.
Esto no tiene sentido. Hasta el parte de esta mañana, el mapa de isobaras estaba estable, pero un frente de aire ártico no detectado acaba de colisionar con una masa de humedad del Pacífico justo sobre la cordillera.
Caleb se inclinó sobre el cristal, leyendo los datos de viento y presión.
—Maldita sea, eso es una ciclogénesis explosiva —masculló Caleb, apretando la mandíbula—. Una ventisca de nivel severo. Se va a formar un whiteout de visibilidad cero en cuestión de minutos. ¿Dónde va a impactar la cabeza del frente?
Clover amplió el mapa.
—El cuadrante noroeste. Directamente sobre el valle del Parque Estatal y el Centro de Interpretación de la Fauna Silvestre de Oregón. Siempre hay visitantes, hay que dar el aviso.
El nombre del lugar me golpeó el pecho.
Me quedé paralizado. El oxígeno desapareció de la sala común.
—¿Noah? —Ian me miró, detectando al instante mi cambio de postura.
—El colegio... —balbuceé, sintiendo un escalofrío helado que no tenía nada que ver con el radar—. Jonah está allí. La excursión de ciencias del colegio de Jonah es en el puto Centro de Interpretación. Están en esa zona boscosa.
Caleb palideció.
—Joder —soltó el piloto, girándose hacia mí—. Llama a Sloane. ¡Ya!
No me lo pensó dos veces. Saqué el móvil del bolsillo con manos torpes, me alejé un par de pasos del ruido de las radios y marqué su número. Contestó al segundo tono, probablemente esperando que le confirmara mi reincorporación.
— ¿ Ya estás celebrándolo ? —preguntó Sloane, con un tono ligero que me partió el alma.
—Sloane, escúchame con atención —la corté —. Acabamos de recibir una alerta roja del servicio meteorológico en la base. Una ventisca súbita de nivel severo está a punto de golpear el Parque Estatal. Justo en el Centro de Interpretación donde Jonah está de excursión.
Escuché cómo Sloane dejaba de respirar.
—Dios mío... Noah...
—Llama a la tutora de Jonah inmediatamente. O al director del colegio —le ordené—. Infórmales de la alerta y entérate de cuáles son sus planes de evacuación. Quiero saber si están refugiados en el centro o si han intentado salir. Llámame en cuanto sepas algo.
—Voy. Te llamo ahora mismo.
Colgó.
Los siguientes diez minutos fueron el infierno en la tierra.
Me paseé de un lado a otro de la sala común, midiendo el linóleo a grandes zancadas, frotándome la nuca, incapaz de quedarme quieto.
La imagen de la nieve devorando un autobús hace doce años parpadeaba en mi mente como una película de terror.
A mi alrededor, mi equipo no intentó decirme que todo iba a estar bien con palabras vacías.
Ian desplegó un mapa físico sobre la mesa, marcando las rutas de acceso terrestre al Centro de Interpretación.
—Si la ventisca toca suelo y las temperaturas caen, el hielo negro cortará la autopista en menos de media hora —calculó Ian, frío y analítico—. El único acceso de salida para un vehículo pesado será la carretera secundaria de Pine Ridge .
Caleb ni siquiera esperó órdenes. Caminó hacia el hangar.
—Voy a encender los calentadores de los rotores del Alfa Uno y a revisar los sistemas antihielo —anunció el piloto, pasando por mi lado.
Asentí, agradeciendo a Dios tener a esos dos bestias a mi lado.
Mi móvil volvió a sonar en mi mano. El nombre de Sloane parpadeó en la pantalla y descolgué antes del primer tono.
—¡Sloane! ¿Qué te han dicho?
—He hablado con la tutora —respondió ella.
Su voz temblaba ligeramente por la adrenalina, pero sonaba aliviada—.
Acaban de recibir la alerta en sus teléfonos.
Han suspendido la visita al parque. Han metido a todos los niños en el autobús escolar y han dado media vuelta.
Vuelven a casa antes de tiempo para evitar el choque de la tormenta .
Cerré los ojos con fuerza y dejé caer la cabeza hacia atrás, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias a Dios —susurré—. Vale. Es la mejor decisión. Si ya están en el autobús y han tomado la carretera de vuelta, lograrán dejar atrás la cabeza del frente frío antes de que colapse la montaña.
—Sí. Llegan a Wildwater Falls en menos de una hora —confirmó Sloane—. Voy a quedarme en el hospital terminando unas cosas y saldré directa a esperarlo.
—Tranquila. Yo sigo aquí en la base —le dije, intentando que mi voz sonara segura para calmarla—. Ian y Caleb están monitorizando la tormenta en tiempo real con el radar Doppler. Mantendré los ojos pegados a las coordenadas del frente. Te avisaré si hay cualquier cambio, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Te quiero, Noah. Gracias.
—Y yo a ti, bombón.
Colgué el teléfono. Ian y Caleb me miraron desde la mesa de mapas.
—Han dado la vuelta. Están en el autobús escolar, bajando hacia el pueblo —les informé, secándome el sudor frío que me había perlado la frente.
Caleb asintió, soltando la tensión de sus hombros. Ian se limitó a mirar el mapa topográfico que tenía sobre la mesa, con el dedo índice clavado en la sinuosa línea de la carretera de Pine Ridge .
H abían evitado el centro de la tormenta, sí.
Pero ambos sabíamos lo implacable que era la montaña, y que un autobús pesado, con el suelo helado y un frente ártico pisándole los talones, era una bomba de relojería esperando a detonar.
No me aparté de la pantalla de radar de Clover ni un solo segundo.
✽✽✽
El reloj de pared del despacho administrativo marcaba las dos y cuarto de la tarde.
Habían pasado más de dos horas desde que las alarmas del radar Doppler habían saltado en la base.
A través del cristal de la sala de transmisiones, la actividad había vuelto a un nivel manejable.
La cabeza del frente ártico estaba descargando su furia sobre el Parque Estatal, pero parecía que el aviso se había lanzado con el margen suficiente para que las carreteras principales se vaciaran antes del impacto.
Las afectaciones, de momento, eran mínimas.
Me froté los ojos cansados, aparté la vista del inventario de ampollas de adrenalina que estaba revisando, y cogí el bolígrafo. Tenía que terminar ese papeleo si quería volver a volar en cuarenta y ocho horas.
Entonces, mi teléfono móvil vibró sobre la mesa metálica.
Era Sloane. Descolgué al instante, esperando escucharla decir que estaba en casa, con Jonah.
—Dime, bombón. ¿Ya estáis en la cabaña?
—Noah... no han llegado .
Su voz era un hilo frágil, tembloroso, ahogado por el pánico. El bolígrafo se me resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe seco.
—¿Qué quieres decir con que no han llegado? Han pasado dos horas, Sloane.
—El autobús aún no ha regresado al colegio —sollozó ella, intentando tragar aire—.
He estado llamando a la tutora de Jonah sin parar.
Salta el buzón de voz directamente. He llamado a otros padres de la clase.
Ninguno ha podido contactar con sus hijos ni con los profesores.
Noah... el colegio tampoco sabe dónde están.
El oxígeno abandonó mis pulmones. La imagen mental de un autobús escolar, sepultado bajo la nieve, me golpeó la mente. El pánico intentó apoderarse de mí, pero lo aplasté al instante. Ella me necesitaba entero.
—Escúchame, Sloane. Respira —le pedí, levantándome de la silla de golpe y empezando a caminar hacia la sala común—.
Si salieron en el momento en que hablaste con ellos, deberían estar a punto de llegar.
Y si vieron que la tormenta se les echaba encima, lo más seguro es que el conductor haya decidido quedarse en el lugar y refugiarse en el Centro de Interpretación. Es el protocolo estándar.
—Pero no contestan los teléfonos, Noah.. .
—Las tormentas de nieve de nivel severo tumban las líneas y colapsan las torres de telefonía móvil por la saturación térmica —le expliqué, dándole una salida lógica—. Que no haya comunicación no significa que haya pasado lo peor. Ya sabes lo que dicen: las malas noticias vuelan rápido.
—Voy a dar la alarma oficial. Voy a llamar al sheriff de Wildwater.
—Hazlo. Moviliza los recursos de tierra —la apoyé, cruzando la puerta de la sala de transmisiones—.
Yo voy a dar la alarma aquí en la base. Voy a hablar con el comandante de operaciones.
Si se han refugiado, intentaremos establecer comunicación por radiofrecuencia de emergencia.
Sloane... no te pongas en lo peor todavía. Te mantendré informada.
Colgué el teléfono antes de que mi propia voz me traicionara.
Las malas noticias vuelan rápido. Era una puta mentira.
Y los dos lo sabíamos. Si había sucedido algo en la carretera secundaria de Pine Ridge en medio del whiteout de una tormenta ártica, no habría ni un solo coche transitando por la zona para dar el aviso.
Podían pasar horas hasta que alguien encontrara un vehículo accidentado bajo la nieve.
Lo único que teníamos a nuestro favor era que aún era de día.
—¡Clover! —rugí, irrumpiendo en la sala de control con una urgencia que paralizó a todos.
Ian y Caleb levantaron la vista de sus tazas de café.