VEINTICINCO #3
Hawthorne chasqueó la lengua, ignorando a la abogada, y volvió a clavar sus ojos en mí. Quería un enfrentamiento. Quería demostrar que él mandaba en mi territorio.
—Yo tomo el control de esto, Judy —le aseguré a la abogada, antes de dar un paso al frente para encarar a Richard.
Me planté a menos de un metro de él. Mi altura, combinada con los tacones, me permitía mirarlo casi a los ojos.
No bajé la mirada, no parpadeé y, sobre todo, no mostré ni un ápice del terror que me había paralizado durante doce años.
Ya no era la estudiante ingenua que se dejó manipular; era la directora médica de del Wildwater Regional Trauma Center .
—Escúchame con mucha atención, Richard —siseé, con una autoridad que resonó en cada rincón de la sala—.
Tú no tienes ninguna autoridad, ni ningún cargo directivo para estar presente en esta reunión.
Ni siquiera formas parte de la plantilla oficial de este equipo médico.
Solo eres un invitado temporal que está impartiendo formación.
Un visitante. Así que vas a dar media vuelta y te vas a marchar ahora mismo, o llamaré a seguridad y haré que te saquen del edificio por la fuerza, a rastras si es necesario, delante de todo el personal.
El ego de Hawthorne no pudo soportarlo. Que una mujer lo humillara delante de la abogada jefe y de la élite quirúrgica del hospital fue demasiado.
Su rostro se desfiguró por la ira y dio un paso brusco hacia mí, haciendo un amago de enfrentarse físicamente, levantando una mano con actitud amenazadora.
Antes de que nadie pudiera intervenir para defender mi integridad, Judy se interpuso entre nosotros con la rapidez de una víbora.
—¡Atrévase a dar un paso más, doctor Hawthorne!
—estalló la abogada, alzando un dedo acusador a escasos centímetros de la cara de Richard—.
Si profiere una sola amenaza en mi presencia, o hacia la directora médica de este centro, le juro por Dios que me encargaré personalmente de denunciarlo a la junta médica estatal.
Hawthorne se detuvo en seco, sorprendido por la agresividad de la abogada.
—Haré que le revoquen su licencia médica de por vida por coacción e intimidación en un entorno clínico —continuó Judy, implacable, arrinconándolo con el peso de la ley—.
Le recuerdo que está interfiriendo de manera directa en una investigación oficial.
Si sigue por este camino, levantaré un acta ahora mismo y haré que se desestime automáticamente el caso contra el técnico sanitario Noah Grant por manipulación de testigos. ¿Lo ha entendido?
Hawthorne apretó la mandíbula hasta que los músculos de su rostro temblaron. Se dio cuenta de que había cruzado una línea roja. La amenaza de perder su propia licencia, su estatus, lo hizo retroceder.
Cedió, dando un paso atrás, pero su narcisismo le exigía tener la última palabra.
Se arregló los puños de la camisa y paseó su mirada por la mesa, evaluando a mi equipo con una sonrisa cargada de desprecio. Su mirada se detuvo especialmente en Hannah O'Malley.
—Qué conmovedor —se burló Hawthorne, soltando una risa seca—.
La brillante doctora O'Malley y su equipo, siempre dispuestos a mentir para salvar a los peones de rescate.
Buena suerte intentando que la comisión se trague que un técnico sanitario de pueblo es un dios de la medicina. Lo vais a necesitar.
Sin esperar respuesta, Hawthorne se dio media vuelta y salió de la sala, seguido de cerca por los otros dos abogados de traje oscuro. Judy me dedicó un breve asentimiento de cabeza a modo de disculpa y salió detrás de él, cerrando la puerta con firmeza.
El clic del pestillo pareció liberar todo el oxígeno de la habitación.
Logan soltó una maldición por lo bajo, dejándose caer de nuevo en su silla, y Georgia soltó el aire de golpe. Hannah seguía con la mirada clavada en la puerta, impasible, pero con un fuego destructivo en los ojos.
Me giré, apoyé las manos en el respaldo de mi silla y volví a enfrentarme a mi equipo.
La interrupción de Hawthorne solo había servido para confirmarles a todos la clase de monstruo al que nos enfrentábamos.
—Olvidad lo que acaba de pasar. Olvidad sus amenazas —les pedí, bajando el tono de voz para volver a conectar con ellos, desde el respeto y la camaradería—. Lo que os he dicho antes de que ese imbécil entrara por la puerta sigue intacto.
Los miré uno a uno. A Logan, a Avery, a Georgia, a Savannah y a Hannah. Mi familia.
—Total sinceridad y transparencia absoluta en esa sala de interrogatorios —repetí, remarcando cada palabra—.
Los historiales de vuelo y vuestras valoraciones en el quirófano son innegables.
La excelencia de Noah Grant no se puede borrar con una denuncia falsa.
Esa es la única forma de hacer que Noah recupere su trabajo y su reputación intacta.
Esbocé una sonrisa afilada, cargada de la misma determinación que me había inyectado Noah la noche anterior.
—La verdad es nuestra mejor arma. Es la forma de vencer a Hawthorne. Así que salid ahí fuera, y demostradles a esos investigadores por qué el equipo Alfa y este hospital son intocables.