Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTICINCO #2
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VEINTICINCO #2

Estaba sentada en mi despacho, con el primer café del día enfriándose en la taza.

Leí el requerimiento tres veces. La maquinaria burocrática se había puesto en marcha con una velocidad inusitada.

Los investigadores enviados por el estado ya estaban en el hospital, instalados en una de las pequeñas salas de reuniones de la planta baja, y solicitaban formalmente la declaración de todo el equipo médico del Wildwater Regional Trauma Center que hubiera interactuado en las transferencias de pacientes del Alfa Uno durante los últimos seis meses.

Querían interrogarlos sobre Noah. Querían buscar grietas en su trabajo.

Me levanté, alisé la falda de mi traje sastre y salí al pasillo con la cabeza alta. No iba a permitir que mis médicos se enteraran de esto por un citatorio impersonal o un investigador con traje gris.

Quince minutos después, cerré las pesadas puertas de madera de la sala de juntas principal del hospital.

El núcleo duro del hospital estaba reunido alrededor de la gran mesa ovalada.

Hannah tamborileaba los dedos sobre la caoba.

A su lado, Logan tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido.

También estaban Savannah y Georgia, las dos piezas fundamentales de nuestras urgencias, junto a Avery, que, a pesar de su embarazo, mantenía esa postura fiera y protectora de pantera que había adoptado como jefa de enfermeras de quirófano.

Eran la élite médica de nuestro hospital. Y sabía que todos y cada uno de ellos considerarían este ataque como una ofensa personal. Necesitaba que mantuvieran la cabeza fría.

Me situé en la cabecera de la mesa, apoyando ambas manos sobre la madera pulida.

—Os he reunido aquí antes de que empiecen vuestros turnos porque tenemos una crisis —comencé, con una voz firme y carente de cualquier titubeo—. Y no voy a endulzaros la situación.

El silencio en la sala fue instantáneo. La tensión podía cortarse con un bisturí.

—Como todos sabéis, se ha abierto una investigación formal contra el técnico sanitario de rescate Noah Grant —les comuniqué, mirando a los ojos a cada uno de ellos —.

En este preciso momento, hay un equipo de investigadores estatales en la sala tres de la planta baja.

Han solicitado vuestra declaración inmediata para recabar información sobre las intervenciones Noah.

Quieren saber si habéis detectado alguna irregularidad, omisión de protocolos, alteraciones en las vías, o cualquier indicio de negligencia durante las transferencias de los pacientes en estado crítico.

Nadie levantó la voz, nadie protestó en voz alta, pero la indignación fue visceral.

Vi cómo la mandíbula de Logan se tensaba hasta casi crujir.

Avery estrechó los ojos, respirando por la nariz con una furia silenciosa, y Savannah miró a Georgia con pura incredulidad. Estaban indignados. Y con razón.

—Escuchadme bien —continué, imponiendo mi autoridad como directora médica antes de que la rabia se desbordara—. A lo largo de esta mañana, os irán llamando uno por uno. Y quiero ser absolutamente clara sobre lo que espero de vosotros.

Levanté la barbilla, intentando dejar clara mi postura y la del hospital.

—Quiero que entréis en esa sala y digáis la verdad. Solo la verdad y nada más que la verdad. No quiero que adornéis sus transferencias, no quiero que omitáis información para protegerlo y, bajo ningún concepto, quiero que os pongáis a la defensiva con los investigadores.

Hannah me miró fijamente, con los ojos castaños brillando de comprensión.

—Quiero que les deis los datos crudos —sentencié, con un orgullo indomable latiendo en mi pecho—.

Porque confío total y absolutamente en vosotros como equipo médico.

Y confío en el trabajo impecable de Noah Grant.

Sus triajes son perfectos, sus tiempos de isquemia son de manual y su estabilización de pacientes críticos es la razón por la que vosotros podéis salvar vidas en el quirófano.

No tenemos nada que ocultar. Contadles la pura verdad. Será su mejor defensa.

Un asentimiento general recorrió la mesa. No necesitaban coordinar versiones; la excelencia de Noah no era una opinión, era un hecho médico registrado en cada historial de este hospital.

Estaba a punto de disolver la reunión cuando el pomo de la puerta de la sala de juntas giró con brusquedad.

La puerta se abrió de par en par. Richard Hawthorne cruzó el umbral.

Llevaba su habitual traje a medida, con esa postura arrogante y narcisista que me revolvía el estómago, pero esta vez no venía solo.

Lo flanqueaban tres personas de traje oscuro con maletines de cuero: el equipo legal Wildwater Regional.

El silencio en la sala pasó de ser indignado a volverse directamente hostil. Logan se enderezó en su silla, preparado para saltar, y Hannah clavó una mirada gélida en el cirujano.

Me separé de la cabecera de la mesa. Me enderecé hasta alcanzar mi máxima altura, cuadrando los hombros.

—Estás interrumpiendo una reunión de la jefatura de planta, Richard —dije, con una voz tan fría que podría haber congelado el café de las tazas—. Y no recuerdo haberte convocado.

Hawthorne se detuvo a un par de metros de la cabecera de la mesa, ignorando mis palabras. Miré significativamente a los tres abogados del hospital que, a juzgar por sus expresiones tensas, no estaban nada contentos con su compañía.

—Como te he dicho, Richard, no estás convocado a esta reunión —repetí, manteniendo el tono gélido, sin ceder ni un milímetro de mi espacio—. Así que da media vuelta y márchate.

Hawthorne esbozó una sonrisa torcida, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón de su traje.

—Solo estoy velando por los intereses del hospital y de la junta directiva, Sloane —se justificó con un tono de falsa cortesía que me revolvió el estómago—. Quería estar presente para ver exactamente cómo aleccionas a tu equipo médico para que declaren a favor de tu amante.

La palabra "amante" cayó sobre la mesa de caoba como una granada a punto de detonar.

Por el rabillo del ojo vi cómo Logan apoyaba las manos en la mesa haciendo ademán de levantarse, con los nudillos blancos y las venas del cuello marcadas.

Georgia soltó un sonido de asco puro, y los ojos castaños de Hannah se oscurecieron con una promesa de violencia letal.

Estaban a un segundo de saltar por encima de la mesa y despedazarlo.

Levanté una mano en el aire, exigiendo silencio y contención a mi equipo. Acababa de pedirles que fueran impecables; no iba a dejar que Hawthorne los arrastrara al barro.

Ignoré por completo la provocación de Richard y desvié mi mirada hacia la mujer del traje de chaqueta gris que lideraba el equipo legal del Wildwater Regional.

—Judy —la llamé por su nombre de pila, apelando a los años que llevábamos trabajando juntas—. Haz el favor de sacar al doctor Hawthorne de mi sala de juntas inmediatamente.

Judy, una abogada corporativa que no toleraba el drama de los cirujanos, se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y soltó un suspiro de profundo hastío.

—Ya se lo he pedido antes de entrar, directora Parker.

Le he advertido en el pasillo que su presencia aquí es completamente improcedente —declaró Judy, mirando a Hawthorne con evidente irritación—.

Es una vulneración básica del proceso. El denunciante no puede, bajo ningún concepto, estar en contacto ni intimidar a las personas que deben declarar como testigos durante una investigación estatal en curso.