VEINTICINCO
Sloane
E l aire dentro de mi vestidor era espeso, caliente y olía a sexo, a sudor y a la colonia de cedro de Noah.
Yo estaba a horcajadas sobre él, cabalgándolo con una urgencia que me quemaba las venas, mientras él estaba sentado en la butaca de terciopelo gris del centro del vestidor. Noah tenía ambas manos firmemente ancladas en mis glúteos. Sus dedos largos y ásperos se hundían en mi carne.
No me dejaba marcar el ritmo. Él controlaba cada movimiento. Tiraba de mis caderas hacia abajo con una fuerza implacable justo en el instante en que él empujaba sus caderas hacia arriba, ensartándome tan profundamente que me sacaba el aire de los pulmones.
—Así, bombón. Cógelo todo —gruñó Noah, con la voz ronca, vibrando contra mi piel.
Eché la cabeza hacia atrás, soltando un gemido agudo, al borde del colapso. La fricción constante en mi centro estaba construyendo un orgasmo denso y abrasador, y yo seguía cada una de sus indicaciones sin dudarlo.
Noah subió las manos desde mis glúteos hasta mi cintura, afianzándome. Se inclinó hacia adelante y abrió la boca sobre mi pecho derecho. El calor húmedo de su lengua envolvió mi pezón, chupando con tanta fuerza que arqueé la columna, clavándole aún más las uñas en sus anchos hombros.
Alternó entre un pecho y el otro. Succionar, lamer y, de repente, morder. Dejó pequeños mordiscos, marcando su territorio con los dientes sobre mi piel sensible. Cada pinchazo de dolor se transformaba instantáneamente en una descarga eléctrica directa a mi clítoris.
Estaba al borde. Palpitaba a su alrededor, jadeando.
Noah lo sintió. Sintió mis contracciones previas. Y en lugar de acelerar para darme el alivio que mi cuerpo suplicaba, se detuvo.
Cesó el bombeo de sus caderas por completo, manteniéndose hundido en mí hasta la misma base, inmóvil como una estatua de mármol.
Solté un quejido ahogado de frustración e intenté mover mis caderas para conseguir la fricción que necesitaba, pero sus manos bajaron de nuevo, aferrándose a mis muslos con una fuerza brutal, inmovilizándome contra él.
—Quieta —ordenó, con una voz baja y peligrosa que me hizo temblar.
Me quedé congelada al instante, respirando por la boca, empapada y temblando de necesidad.
—¿De quién eres, Sloane? —me exigió saber, clavando sus ojos en los míos, brillantes como los de un depredador.
Intenté hablar, pero la sobrecarga sensorial era tan brutal que mi mente era un cortocircuito constante. El placer me tenía la garganta bloqueada. Negué con la cabeza, suplicándole en silencio con la mirada, apretando mis músculos internos alrededor de su polla, rogando que se moviera.
Noah tensó la mandíbula, resistiendo mi provocación física con un control férreo.
—He dicho que me contestes —siseó, acercando los labios a centímetros de los míos, rozándolos, pero negándome el beso—. Y te juro por Dios que no voy a correrme, ni voy a dejar que tú te corras, hasta que uses tus palabras y me digas a quién le perteneces.
La amenaza fue el detonante definitivo. La sumisión me atravesó como un relámpago de claridad. Abrí los ojos, rompiendo la neblina del deseo para clavar mi mirada en la suya.
—Tuya —jadeé, con la voz rota, completamente entregada—. Tuya, Noah. Solo tuya.
Los ojos de Noah se oscurecieron con una posesividad salvaje.
—Buena chica.
Y entonces, retomó las embestidas. Fueron rápidas, brutales, clavándose hasta el fondo de mi alma en un ángulo perfecto.
El impacto fue tan demoledor que solo tardé cinco segundos en explotar.
El orgasmo me golpeó como un latigazo cegador, exprimiendo un grito de mi garganta mientras mi cuerpo entero se convulsionaba contra el suyo.
Noah siguió bombeando con furia, usando mis contracciones para llevarse al límite. Y justo un segundo antes de correrse, cuando sus músculos abdominales se tensaron como cuerdas de acero, soltó un rugido ronco y se salió de mi interior.
Sentí el chorro hirviente de su corrida salpicando mi vientre bajo y la entrada de mi sexo, manchándome con su calor.
Me quedé sin aliento, lánguida sobre él.
Bajé la mirada y observé el contraste de su semen espeso contra mi piel rosada por el esfuerzo.
Me miré el vientre, fascinada. Había algo primitivo, posesivo y profundamente sucio en el hecho de que se hubiera vaciado sobre mí, como si estuviera sellando su propiedad, marcándome de una forma que nadie más que él podría ver.
Y, para mi propia sorpresa, me encantaba.
Noah dejó caer la cabeza, enterrando la cara en el hueco de mis pechos, respirando como un fuelle roto. Lo abracé con fuerza, hundiendo mis dedos en su pelo oscuro y sudoroso, acunándolo contra mi corazón.
—Te amo —le susurré, aún con el pecho subiendo y bajando.
Noah levantó la vista. Me miró con esa adoración absoluta que desarmaba mis peores demonios y me besó los labios con ternura.
—Yo también te amo, bombón. Con locura.
Sin previo aviso, Noah se puso de pie, llevándome con él. Yo seguía rodeándole la cintura con mis piernas desnudas y los brazos enlazados a su cuello. Salió del vestidor y atravesó mi dormitorio con pasos seguros hasta entrar en el cuarto de baño de mármol.
Me sentó con cuidado sobre la fría encimera junto a los lavabos, sin soltarme la cadera. Estiró un brazo y abrió el grifo de la amplia cabina de ducha hasta que el vapor empezó a empañar los espejos.
Mi cuerpo aún estaba vibrando por las réplicas del orgasmo, y la cercanía de su piel desnuda, de su olor, me volvía insaciable.
Mientras él esperaba a que el agua se calentara, me incliné hacia adelante y empecé a dejar una hilera de besos pequeños, húmedos y rápidos por su mandíbula.
Bajé por su cuello, lamiendo la vena que palpitaba allí, y chupé suavemente la piel sobre su clavícula.
Noah soltó un gruñido bajo, apoyando las manos a ambos lados de mis muslos sobre la encimera.
—Sloane... —advirtió, con la voz ronca.
Ignoré su advertencia. Le di un pequeño mordisco en el pecho, justo sobre el pectoral, rozando su pezón con la lengua.
Noah me agarró la mandíbula con una mano grande, inmovilizándome la boca, y me obligó a alzar la vista. Sus ojos eran puro fuego.
—Te advierto que, si no paras de provocarme ahora mismo, te voy a meter debajo del agua y te voy a follar contra los azulejos de esa pared. No vas a poder caminar en tres días.
Mantuve su mirada. Saboreé la amenaza y me mordí el labio inferior, deseando desesperadamente que lo cumpliera.
Noah leyó la súplica silenciosa en mis ojos. Se rio. Fue una risa breve, oscura e incrédula ante mi avaricia.
Me agarró por las nalgas, levantándome de la encimera, y caminó directo hacia el interior de la cabina. El agua caliente nos empapó al instante. Me aplastó la espalda contra los azulejos fríos y, sin preámbulos me penetró de una sola estocada salvaje.
Grité, aferrándome a sus hombros, mientras el agua borraba sus marcas de mi vientre y él me follaba con un ritmo animal, desbocado, chocando su pelvis contra la mía con un impacto húmedo que resonaba sobre el ruido del grifo.
Fue rápido. Fue sucio. Fue la culminación exacta de nuestra tensión.
Llegamos al orgasmo juntos, apenas unos minutos después, mezclando el agua de la ducha con nuestros jadeos descontrolados.
Noah cerró el grifo. Me sacó de la ducha en brazos.
Me envolvió en una toalla enorme y mullida, secando mi piel con una delicadeza infinita, como si estuviera hecha de cristal.
Me sentó en el borde de la bañera y, con paciencia y mimo, usó el cepillo para desenredarme el pelo húmedo, besándome la sien cada pocos minutos.
Una vez secos y limpios, nos metimos bajo el edredón de mi cama.
La habitación estaba en penumbra. Me acurruqué contra su costado, encajando las curvas de mi cuerpo contra los ángulos duros del suyo, entrelazando mis piernas con las suyas.
La calma era absoluta. Noah me acariciaba el brazo desnudo con las yemas de los dedos, despacio, de arriba abajo.
Estábamos pensativos, arropados por el silencio de la casa y sabiendo que Jonah dormía sano y salvo en la habitación de al lado.
—Noah... —susurré, rompiendo el silencio en la oscuridad.
—Dime, bombón.
Apoyé la barbilla en su pecho, mirándole el perfil marcado en la penumbra.
—Estaba equivocada con algo que te dije hace tiempo.
Noté cómo su pecho dejaba de moverse por un segundo. Bajó la mirada hacia mí, con una curiosidad precavida.
—¿Sobre qué estabas equivocada?
Tragué saliva, buscando las palabras exactas para cerrar esa herida del pasado.
—Te dije que... que yo creí que estaba enamorada de Hawthorne. Hace doce años, cuando yo tenía veinte y pasé aquella noche en el hotel que lo cambió todo. Yo creía que sentía algo real por él.
Noah tensó un poco el brazo, pero siguió acariciándome, dándome espacio para explicarme.
—Pero estaba muy equivocada —le aseguré, con la voz temblorosa —.
Lo de Richard fue admiración, fue manipulación, fue el espejismo de una niña estúpida.
Pero no era amor. Porque no tenía ni la más remota idea de lo que significaba amar a alguien de forma incondicional.
No lo supe... hasta que llegaste tú. Hasta este instante en el que estoy aquí, sintiéndome más segura que en toda mi vida.
Noah cerró los ojos por un instante. Se giró hacia mí, rodeándome por completo, y me besó la frente con una reverencia que me dejó sin aliento, confirmándome que, sin importar lo que pasara a nuestro alrededor, nosotros éramos intocables.
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La notificación oficial llegó a mi bandeja de entrada a primera hora de la mañana.