VEINTICUATRO #3
Tres golpes secos sonaron en la puerta principal.
—Yo abro —anuncié, levantándome de la silla.
Caminé por el pasillo estrecho de la casa, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba instintivamente. Giré el pomo y abrí la puerta.
Sloane estaba de pie en el porche, bajo la luz amarillenta de la bombilla exterior. Llevaba su abrigo cruzado oscuro, el pelo un poco alborotado por el viento helado y unas ojeras marcadas bajo sus impresionantes ojos castaños.
Nos quedamos un segundo mirándonos en silencio. La anticipación vibró en el aire frío que se colaba entre nosotros. No necesitábamos palabras. Vi el agotamiento de su día en el hospital y la necesidad desesperada de saber que estábamos bien.
Di un paso al frente, la agarré por las solapas del abrigo, la tiré hacia el interior de la casa y cerré la puerta de una patada.
La atrapé entre mis brazos, aplastándola contra mi pecho, y la besé.
Saqueé su boca con la lengua, buscando su sabor, reclamándola con una urgencia posesiva que la hizo soltar un gemido sordo contra mis labios.
Sloane se aferró a mis hombros, devolviéndome el beso con la misma ferocidad.
Cuando por fin me separé de su boca, hundí el rostro en su cuello, escondiendo la cara en su pelo castaño para inhalar su inconfundible olor a flores limpias.
—Dios... te he echado de menos —murmuré contra su piel, rodeándole la cintura con ambos brazos para anclarla a mí.
—Y yo a ti. A los dos —susurró Sloane, acariciándome la nuca con dedos temblorosos—. ¿Dónde está Jonah?
—En la cocina. Con Gladys. Está a salvo, bombón, y se está poniendo ciego a chocolate. Está feliz.
Sloane soltó un suspiro de alivio que le aflojó todos los músculos de la espalda. Hizo ademán de caminar hacia la cocina, pero mantuve mi agarre firme en su cintura, impidiéndole avanzar.
—Espera —le pedí en voz baja, manteniéndonos en la penumbra del pasillo, lejos de los oídos del niño—. Antes de que entres... tengo que contarte una cosa.
Sloane se tensó de inmediato. Su instinto maternal y de supervivencia se disparó.
—¿Qué pasa, Noah?
Tragué saliva, eligiendo mis palabras con cuidado.
—Cuando he ido a buscarlo al colegio... Hawthorne estaba allí.
El rostro de Sloane palideció. Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué? ¿Ha hablado con él?
—He llegado justo en el momento en que Richard lo agarraba por el brazo —le expliqué, notando cómo la furia volvía a hervirme en la sangre al recordarlo—.
Estaba zarandeándolo, gritándole en la cara.
Me he interpuesto antes de que la cosa fuera a más.
Lo he empujado, le he dejado las cosas muy claras y he metido a Jonah en el coche.
—¡Hijo de puta! —siseó Sloane, llevándose las manos a la boca, aterrorizada—. ¿Qué quería? ¿Intentaba llevárselo?
—Sinceramente, no creo que pretendiera meterlo en un coche y secuestrarlo.
Al menos no literalmente —la tranquilicé, frotándole la espalda con ambas manos—.
Él sabe que el colegio está lleno de testigos.
Más bien, parecía querer intimidar a Jonah, y el crío se estaba resistiendo.
Hawthorne quería hacer una demostración de poder, Sloane.
Quería demostrarte que puede acceder a Jonah, que puede hacer lo que le dé la puta gana, cuando quiera y donde quiera.
Sloane dejó caer la cabeza contra mi pecho. Me abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en el tejido de mi camiseta térmica, buscando refugio. Su cuerpo temblaba de indignación y miedo. La rodeé con mis brazos, envolviéndola por completo con mi calor.
—No voy a dejar que se le acerque nunca más. Te lo juro —le susurré, besándole la coronilla—. Hawthorne es un cadáver andante, bombón. Solo que aún no lo sabe.
—Dios, Noah... solo deseo que Luke Holloway encuentre algo pronto —murmuró Sloane contra mi pecho, con la voz rota—. Necesito que destape sus negligencias ya. Necesito esa bala de plata.
Le levanté la barbilla suavemente con el dedo índice, obligándola a mirarme a los ojos.
—Lo sé. Y lo hará. Pero escúchame bien, Sloane —le advertí, usando mi tono más serio y táctico—.
No podemos depender únicamente de que Holloway encuentre un milagro en los archivos.
Tienes que poner a tus propios abogados a trabajar mañana a primera hora.
Solicita una orden de alejamiento o inicia la batalla por la custodia exclusiva de forma preventiva.
Sloane asintió despacio, asimilando mis palabras.
—Tenemos que atacar por todos los frentes —concluí, acariciándole la mejilla—. Si Holloway no encuentra nada, tendremos que ir a la guerra por la vía legal tradicional para proteger a Jonah.
Los ojos de Sloane brillaron con una mezcla de amor y determinación feroz.
—Tienes razón —me confirmó, secándose una lágrima—. Mañana llamaré a mis abogados. Lo destrozaremos por todos los frentes.
Le sonreí, bajé la cabeza y le di un último beso casto en los labios antes de soltarla.
—Esa es mi chica. Ahora, entra ahí y finge que no pasa nada. Tenemos que salvar a mi abuela antes de que Jonah se coma la bandeja entera.