Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTITRÉS #3
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VEINTITRÉS #3

—Sí. La aprobó —le confirmé en voz baja—.

Cuando presenté tu currículum al comité, él no dio indicios de concerté previamente.

Pero estuvo completamente a favor de la reestructuración de Urgencias.

De hecho, fue el miembro de la junta que más a favor estuvo de ofrecerte unas condiciones excelentes para asegurarnos de que aceptaras el puesto.

Georgia se quedó muda. Asintió muy despacio, procesando que el hombre que le había roto el corazón no solo estaba en el mismo pueblo, sino que había movido los hilos desde las sombras para traerla de vuelta al hospital en el que él mandaba. Era demasiado que asimilar en una sola mañana.

—Georgia... —Le puse una mano en el hombro, apretando con cariño—. ¿Estás bien?

Ella soltó una carcajada ronca, carente de alegría, y se encogió de hombros, intentando desesperadamente recomponer la coraza de hierro que llevaba puesta todos los días.

—No lo sé —admitió, con una honestidad brutal—. Supongo que lo estaré. Como siempre. Ya me conoces, Sloane, yo siempre me mantengo a flote. Yo soy la que sostiene a los demás, ¿recuerdas?

Me dolió escucharla resumir su vida así, asumiendo siempre el peso del mundo sin permitirse caer. Le apreté el hombro con un poco más de fuerza, transmitiéndole todo mi apoyo.

—Cambiando de tema, Gia... —dije, usando deliberadamente el apodo que acababa de escuchar para suavizar el tono—. ¿Qué era lo que necesitabas? Has entrado en el despacho como si te persiguiera un huracán.

Georgia parpadeó, sacudiendo la cabeza como si estuviera despertando de un trance. Miró las carpetas que había tirado sobre mi mesa y soltó un suspiro largo y tembloroso, recuperando poco a poco su compostura de médica de urgencias.

—Estaba en la zona de triaje de Urgencias con Savannah cuando le ha sonado el móvil. Era Ian. La ha llamado desde la base de rescate.

Me tensé de inmediato.

—¿Qué ha pasado en la base?

—Han suspendido todos los vuelos del Alfa Uno —anunció Georgia, con un tono de urgencia contenida—.

La comisión estatal ha intervenido. Están revisando todos los protocolos médicos llevados a cabo por el equipo en los últimos seis meses, incluyendo las maniobras de extracción y los triajes que realizaron durante la riada.

Me dejé caer pesadamente contra el respaldo de la silla. El aire pareció abandonar mi despacho por segunda vez en menos de diez minutos.

—Por Dios... ya ha empezado —susurré, cerrando los ojos.

Georgia frunció el ceño.

—¿Qué ha empezado, Sloane?

Abrí los ojos y la miré directamente.

—Por eso estaba Luke Holloway aquí —le expliqué, sintiendo cómo el estómago se me revolvía por la bilis—.

Ha venido a avisarme extraoficialmente. Richard Hawthorne ha interpuesto una queja formal contra el equipo Alfa ante el comité disciplinario.

Y concretamente, ha ido a la yugular de Noah.

Lo acusa de negligencia grave e incumplimiento de protocolos.

Georgia abrió los ojos como platos.

—Maldita sea... —masculló, apoyando los codos sobre sus rodillas—.

La cosa ha ido rapidísima, Sloane. Si la comisión ha actuado hoy mismo y la medida cautelar es dejar a nuestro mejor equipo de rescate en tierra...

la acusación que ha redactado Hawthorne debe ser muy grave.

Tienen que haber presentado argumentos muy retorcidos para paralizar al equipo de rescate que llamas cuando todo lo demás se va a la mierda.

Me sentí acorralada.

Me pasé las manos por el pelo, tirando ligeramente de las raíces por la frustración.

Estaba enfurecida, sentía una rabia salvaje quemándome la sangre.

Yo controlaba el hospital. Podía destituir cirujanos, podía enfrentarme a la junta, podía blindar a mi hijo legalmente.

Pero el ataque directo a Noah estaba ocurriendo fuera de mi control, era un terreno regulado por Aviación Civil y comités de emergencias sobre los que yo no tenía ninguna jurisdicción.

Esa impotencia absoluta era exactamente lo que Hawthorne buscaba. Quería que yo viera cómo destruía al hombre que amaba sin que pudiera mover un solo dedo. Quería recordarme quién tenía realmente el poder.

Georgia se recostó en la silla. Me observó durante unos segundos.

—¿Qué vamos a hacer, Sloane? —me preguntó, con voz firme.

Dejé de tirar de mi pelo. Apoyé las manos sobre el escritorio de caoba y me incliné hacia adelante. La imagen de Noah en el pasillo, dispuesto a romperle la cara a Hawthorne para protegerme, brilló en mi mente.

Miré a mi mejor amiga a los ojos, dejando que la leona que había estado encerrada doce años tomara el control.

—Haremos lo único que podemos hacer, Georgia —sentencié —. Luchar.

No iba a dejar a mi chico solo ante el peligro.

Si Hawthorne quería arrastrar a Noah por el barro y destruir su carrera para castigarme, iba a tener que pasar por encima de mi cadáver.

Haría todo lo que estuviera en mi mano, usaría cada recurso, cada aliado y cada gramo de poder que tenía para desenmascarar a ese monstruo narcisista y proteger a los míos.

La cacería acababa de empezar.