VEINTITRÉS #2
Georgia se quedó completamente paralizada.
Sus labios se separaron ligeramente. Las carpetas que sostenía parecieron tambalearse en sus manos.
Vi cómo sus ojos, normalmente cansados, pero ferozmente vivos, se abrían de par en par y cómo todo el aire parecía abandonar sus pulmones en un solo segundo, atrapada en la mirada profunda y silenciosa de Luke Holloway.
Frente a ella, Luke Holloway se había girado lentamente. Su postura se había tensado, perdiendo esa relajación natural para adoptar una rigidez casi imposible, con sus perturbadores ojos dorados clavados en la doctora.
La tensión en la habitación se volvió tan espesa que casi me asfixiaba. Se estaban mirando fijamente. De repente, me sentí como una intrusa en mi propio despacho.
Cuando el silencio se alargó hasta volverse insoportable, me vi obligada a romperlo.
—Georgia... —carraspeé, usando mi tono más profesional para intentar devolverlos a la realidad—. Te presento a Luke Holloway, uno de los miembros de la junta directiva del hospital. Señor Holloway, ella es la doctora Georgia Robbins, nuestra adjunta principal de Urgencias.
Luke apartó lentamente la mirada de Georgia para mirarme a mí. Su expresión era una máscara de piedra inescrutable.
—Ya nos conocemos, Sloane —murmuró Luke, con una voz un tono más ronca.
Volví la mirada hacia mi amiga. Georgia seguía sin articular palabra, pero vi cómo un ligero temblor le sacudía las manos. Ella, la mujer más estoica del hospital, la que nunca perdía los nervios frente a un trauma severo, estaba temblando frente a un hombre.
Luke dio medio paso hacia ella, acortando apenas unos centímetros la distancia, y su voz suavizó un poco su dureza metálica.
—¿Cómo has estado, Gia?
Abrí los ojos por la sorpresa. Gia. Solo su familia y sus amigos íntimos la llamábamos así. Solo las personas que la amaban. Escucharlo en boca de Luke Holloway fue como un cortocircuito.
El sonido de su nombre pareció sacar a Georgia de su estupefacción. Parpadeó varias veces, tragó saliva con dificultad y alzó la barbilla.
—He estado bien —respondió Georgia. Su voz sonó un poco frágil al principio, pero rápidamente la forzó a sonar firme—. Muy bien.
Luke la recorrió con la mirada, desde el pelo recogido de forma caótica hasta los zuecos de hospital manchados de betadine. Había un rastro de nostalgia devoradora en sus ojos dorados.
—Te veo cambiada —le dijo él en voz baja.
—Tú también estás muy cambiado —replicó ella, aferrándose a las carpetas como si fueran su único salvavidas.
Luke pareció entender que no iba a sacar nada más de ella en ese momento. Se ajustó el botón de la chaqueta, recomponiéndose, y se volvió hacia mí.
—Estaré en contacto, Sloane —me prometió Luke, asintiendo con la cabeza, confirmando nuestro pacto silencioso contra Hawthorne—. Me pongo a trabajar en ello ahora mismo.
Asentí, aún procesando la extraña dinámica que acababa de presenciar.
Luke caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Georgia, se detuvo una fracción de segundo, no la miró.
—Adiós, Gia.
Georgia bajó la mirada hacia el linóleo del suelo.
—Adiós, Luke —susurró, con un hilo de voz tan débil que apenas lo reconocí.
En cuanto Luke salió al pasillo y la pesada puerta de madera se cerró con un clic a sus espaldas, la energía abandonó el cuerpo de mi amiga de golpe. Georgia soltó las carpetas sobre mi mesa con un golpe sordo y se dejó caer pesadamente en la misma silla que Luke acababa de abandonar.
Me quedé mirándola, interrogante.
Georgia se frotó la cara con ambas manos. Cerró los ojos con fuerza durante unos segundos y, al abrirlos, me miró con una vulnerabilidad que me rompió el corazón.
—Ese era Luke —dijo, con la voz temblorosa.
—Ya lo sé, cariño. Es Luke Holloway —le respondí con suavidad, rodeando el escritorio para acercarme a ella.
Georgia negó con la cabeza enérgicamente, mirándome con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
—No, Sloane, no lo has entendido. Ese es Luke. Mi Luke.
Me quedé de piedra. El Luke de Georgia es el hombre del que se había enamorado perdidamente hace once años. El desamor tan brutal que la empujó a hacer las maletas, huir de Wildwater Falls y no mirar atrás durante muchísimo tiempo.
—¿El Luke de hace once años? —pregunte, atónita, dejándome caer en el borde del escritorio—. ¿El motivo por el que te fuiste?
Georgia asintió, pasándose las manos por el pelo con desesperación.
—¿Desde cuándo está él aquí, Sloane? —me exigió saber, con la respiración entrecortada—. ¿Desde cuándo está en la junta de este hospital?
—Desde hace un par de años —le confesé—.
Entró en el consejo de administración cuando heredó las acciones y bienes de sus abuelos, justo en la misma época en la que yo me convertí en directora médica.
No sé mucho de él, pero lo poco que sé es bueno.
Fue mi apoyo principal para conseguir mi puesto.
Y siempre es el que toma las decisiones más desinteresadas y racionales.
Hace poco me enteré de que también es bombero.
Trabajó con Ian en uno de los incendios forestales de hace seis años.
Los ojos de Georgia se abrieron con una mezcla de horror y revelación. Se enderezó en la silla, tensa como la cuerda de un arco.
—Tú me contrataste hace unos meses —calculó Georgia, mirándome fijamente—. ¿Él... él aprobó mi contratación?
Dudé un segundo, pero ella merecía la verdad.