Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

Sloane

H abían pasado cuarenta y ocho horas desde el encontronazo en el pasillo del helipuerto, y el silencio de Richard Hawthorne era ensordecedor.

Esa calma inusual me tenía los nervios destrozados.

Conocía a Hawthorne; sabía que su ego no le permitiría dejar pasar una humillación pública, y mucho menos después de haber descubierto que Noah y yo estábamos juntos.

Esperaba una notificación del juzgado, una citación de la junta o una visita a mi despacho llena de veneno.

Pero no había habido nada. Solo un silencio tenso, como la calma que precede a una avalancha en la montaña.

Estaba sentada en mi despacho, frotándome las sienes mientras intentaba concentrarme en los informes de viabilidad trimestral que debía presentar a la junta directiva. El zumbido del intercomunicador me sobresaltó.

— Directora Parker, disculpe la interrupción —sonó la voz de Carol—. Tiene una visita.

—No tengo a nadie en la agenda esta mañana, Carol. ¿Quién es?

— El señor Luke Holloway. De la junta directiva.

Fruncí el ceño, completamente desconcertada.

—Hazle pasar, por favor.

Me puse de pie y me alisé la falda de tubo azul marino justo cuando la puerta se abrió. Luke Holloway entró con esa forma de caminar tan particular que tenía. A pesar de llevar un traje gris impecable de corte italiano, sus movimientos eran demasiado felinos, demasiado equilibrados.

Me sorprendió muchísimo su presencia. Normalmente, los miembros de la junta solicitaban reuniones a través de los canales oficiales para que quedara un registro en actas, por una estricta cuestión de transparencia corporativa.

Nunca, un ejecutivo se había saltado el protocolo para presentarse sin avisar.

—Señor Holloway —lo saludé, señalando las sillas frente a mi escritorio—. ¿A qué debo esta visita sorpresa?

Luke cerró la puerta a sus espaldas y se sentó, apoyando un tobillo sobre la rodilla contraria. Sus inquietantes ojos dorados me evaluaron con rapidez.

—A que no tenemos tiempo para burocracia, Sloane —respondió, yendo directo al grano, con una seriedad que hizo que se me helara la sangre—. Estoy aquí en calidad de aliado. He venido a informarte del nuevo movimiento que acaba de hacer Richard Hawthorne esta misma mañana.

Me dejé caer lentamente en mi sillón de cuero. Mis manos se aferraron a los reposabrazos.

—¿Qué ha hecho esta vez?

Luke ladeó un poco la cabeza, confundido por mi reacción, pero no se desvió del tema.

—Ha presentado una queja formal contra el equipo Alfa ante el comité disciplinario y la comisión del estado. Concretamente, una queja nominativa contra el técnico sanitario Noah Grant.

El impacto de sus palabras me golpeó con la fuerza de un bate de béisbol en el estómago. El aire abandonó mis pulmones.

—¿Qué? —Susurré, sintiendo un zumbido en los oídos—. ¿Bajo qué cargos?

—Negligencia grave, conducta profesional impropia e incumplimiento deliberado de los protocolos médicos operativos durante las transferencias de pacientes en estado crítico —enumeró Luke, con frialdad—.

Es el tipo de queja más grave que se puede interponer contra un rescatista.

Si el comité encuentra el más mínimo resquicio de culpabilidad en sus historiales de vuelo, el castigo no será una simple sanción administrativa.

Grant perderá su licencia sanitaria. Para siempre.

El terror inicial se transformó en una furia incandescente, tan pura y absoluta que me hizo temblar.

Yo esperaba represalias. Esperaba que atacara mi puesto en la junta, mi liderazgo o mi derecho como madre.

Me había blindado para eso. Pero el muy bastardo había atacado la única parte de la estructura sobre la que yo no tenía jurisdicción.

Yo controlaba el hospital, pero no tenía control absoluto sobre la base de rescate aéreo; ellos se regían por sus propios protocolos disciplinarios, su propia cadena de mando y sus propias vías de investigación frente a Aviación Civil y las comisiones estatales.

Quería destruir a Noah para hacerme daño a mí.

—Es mentira —siseé, apretando los dientes—. El expediente de Noah es impecable. Salva vidas en situaciones imposibles.

—No importa que sea mentira, Sloane —me rebatió Luke, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—.

La formulación de la denuncia que han redactado los abogados de Hawthorne es tan densa, tan técnica y deliberadamente ambigua, que no le dejará más remedio al comité que abrir una investigación completa de todas las intervenciones del equipo Alfa en el último año.

Luke hizo una pausa, y supe que faltaba el golpe de gracia.

—Y, por protocolo estatal, mientras dure la investigación, Noah Grant pasará a suspensión temporal de empleo y sueldo. A partir del mediodía de hoy, no podrá subirse a un helicóptero.

Cerré los ojos, sintiendo un dolor agudo en el pecho. Hawthorne quería aislar a Noah, quitarle su propósito y arruinar su reputación. Era una venganza sucia y rastrera.

—Esto es una venganza contra mí —dije, abriendo los ojos y clavando la mirada en Holloway—. Noah no ha hecho nada malo. Todo esto es por mí.

Luke frunció el ceño.

—Sloane, necesito que te expliques si quieres que te ayude a desmontar esto.

No dudé. Ya no había espacio para los secretos, y mi instinto me decía que Holloway era exactamente el tipo de lobo que necesitaba en mi manada.

—Noah y yo mantenemos una relación personal —le confesé, alzando la barbilla.

El ejecutivo alzó una ceja, pero no pareció escandalizado.

—Eso no va en contra de las normas del hospital. Sois dos adultos en departamentos diferentes, y tú no eres su supervisora directa. Hawthorne no puede usar eso para justificar una conducta impropia.

Solté una carcajada amarga y vacía.

—No, Luke. No va en contra de las normas del hospital. Va en contra de las normas personales que Hawthorne me ha impuesto a mí durante más de una década.

La confusión de Luke se transformó en alerta.

—Richard Hawthorne es el padre biológico de mi hijo, Jonah —solté la bomba, viendo cómo el rostro de Holloway se tensaba—.

Fue un error que cometí hace doce años, cuando yo era una estudiante de veinte años.

Un error del que se desentendió por completo hasta que Jonah nació con parálisis cerebral.

Desde entonces, me ha mantenido prisionera bajo la amenaza constante de arrastrarme a los tribunales y quitarme la custodia exclusiva si alguna vez yo intentaba rehacer mi vida con otro hombre.

Las palabras cayeron en el despacho como bloques de plomo.

La transformación en el rostro de Luke Holloway fue aterradora y fascinante a la vez. No hubo aspavientos ni gritos. Fue un enfurecimiento frío y calculador. Era el tipo de reacción controlada de un hombre acostumbrado a mantener la calma en medio de un incendio forestal.

—Ese malnacido te ha estado extorsionando emocionalmente —concluyó Luke, con una voz peligrosamente baja.

—Sí. Y Noah es el primer hombre que he dejado entrar en mi vida. Hawthorne lo descubrió el martes, en el helipuerto. Por eso ha ido a por él. Quiere destrozarlo para darme una lección a mí.

Luke sacó su teléfono móvil del bolsillo interior de la chaqueta.

—Pondré a mis propios abogados a trabajar en el caso disciplinario de Grant hoy mismo —ofreció, con el dedo posado sobre la pantalla.

—No —lo detuve de inmediato, levantando una mano—. Te lo agradezco, de verdad, pero no.

Luke me miró sin entender.

—Si una intervención externa entra en la base de rescate aéreo para defender a Noah, Hawthorne lo usará para argumentar que recibe favores de la dirección o de la junta gracias a mí —le expliqué, pensando—.

Contaminaría la investigación. Noah tiene un expediente que habla por sí solo, y a su comandante en la base para respaldarlo.

Dejemos que la comisión siga su curso. A quien quiero que investigues... es a Richard Hawthorne.

Luke guardó el teléfono lentamente, asimilando mi estrategia.

—¿Sospechas algo concreto?

—Nada concreto, pero sé que hay algo —me incliné sobre el escritorio, mirándolo fijamente—.

Hannah O'Malley revisó sus estadísticas médicas para la junta.

Descubrió que todos sus números de éxito están inflados porque solo asume cirugías de bajísimo riesgo.

Tiene una carrera mediocre sostenida por contactos políticos y corporativos, como el propio Vance.

Un narcisista con tanto poder siempre esconde algo, Luke.

Desvíos, negligencias tapadas, comisiones ilegales... Deben existir más trapos sucios.

Mis ojos se endurecieron.

—Si encuentras sus esqueletos en el armario, nos darás el botón que necesitamos para obligarlo a retirar esa queja, a abandonar la junta y a firmar la renuncia absoluta a mi hijo. Acabaremos con él.

Una sonrisa, la de un depredador que acaba de fijar a su presa, curvó los labios de Luke Holloway.

—Me pondré manos a la obra inmediatamente. Conozco a los auditores adecuados. Si tiene basura escondida, la encontraré.

Luke se puso de pie, abrochándose el botón de la chaqueta. Estaba a punto de despedirse cuando, de repente, tres golpes rápidos y urgentes sonaron en mi puerta.

Antes de que pudiera dar permiso, la puerta se abrió de golpe.

Georgia Robbins entró como un vendaval. Llevaba el uniforme azul de Urgencias, el fonendoscopio colgado del cuello y una pila de carpetas desordenadas apretadas contra el pecho. Su respiración era agitada, la típica energía de una médica de urgencias al borde del colapso de cafeína.

—¡Sloane, lo siento muchísimo, sé que estás liada, pero Savannah me acaba de decir...!

Georgia se detuvo en seco en medio de la frase.

Levantó la vista de las carpetas y vio al hombre alto, de traje gris y ojos dorados, que estaba de pie en el centro de mi despacho.