VEINTIDÓS #2
—¿Y sabes qué es lo que veo ahora cuando lo miro?
—me preguntó, con la voz cargada de un asco visceral—.
Veo a un hombre patético de cincuenta y cinco años.
Un narcisista que se comporta exactamente igual que un adolescente mimado al que le acaban de quitar su juguete favorito.
No soporta que yo tenga el control del hospital.
Y no soporta que me acueste con un hombre al que él considera inferior pero que en realidad le da mil vueltas.
No pude evitar que una sonrisa cargada de orgullo curvara mis labios.
Acorté los dos últimos pasos que nos separaban. Le rodeé la cintura con los brazos y la pegué contra mi pecho. Sloane apoyó las manos en mi abdomen, respirando con fuerza, absorbiendo mi calor.
—Jamás voy a permitir que vuelva a manipularme, Noah. Nunca más —me juró, mirándome a los ojos.
Le aparté un mechón de pelo de la frente, maravillado por la fuerza que irradiaba, pero mi instinto protector me obligó a poner los pies en la tierra.
—Me vuelve loco verte así, bombón. Te lo digo en serio, eres invencible —le susurré, acariciándole la nuca con el pulgar para relajar la tensión de sus músculos—.
Pero tienes que ser fría ahora. Hawthorne es un manipulador, sí, pero los narcisistas son los más peligrosos cuando se ven acorralados.
Lo has desautorizado dos veces delante de la junta y de mi equipo.
Su ego está herido, sabe lo nuestro y te atacará donde más te duele. Con la custodia de Jonah.
Sloane emitió una risa breve, casi áspera, que me desconcertó por un instante. No había miedo en ese sonido; había pura ira.
—Sí, sé perfectamente que ese es su siguiente movimiento —me respondió, alzando la barbilla, con la mente trabajando a mil por hora—.
Y precisamente por eso, lo mejor que puedo hacer es blindarme yo primero.
Voy a tomar la iniciativa, Noah. No voy a esperar a que él presente una maldita demanda para amargarme la vida.
Voy a conseguir que firme una renuncia total y absoluta a la custodia y a los derechos parentales sobre Jonah.
Me quedé mirándola, impactado por la audacia de su plan, y asentí lentamente, completamente de acuerdo con ella. Era la jugada perfecta. Cortar el problema de raíz, arrebatarle su única arma y borrarlo de sus vidas para siempre.
—Estoy contigo a muerte en esto —le aseguré, apretando mi agarre en su cintura—. Pero, Sloane... Hawthorne no va a firmar esa renuncia por las buenas. Su ego no se lo permitirá. Y obligarlo por las malas... es peligroso. Si no lo hacemos bien, podría usarlo en tu contra en un juzgado.
Sloane apoyó la frente contra mi pecho, cerrando los ojos un segundo mientras procesaba mis palabras. Ambos lo sabíamos. Teníamos el objetivo claro, pero nos faltaba el cómo. Necesitábamos una palanca lo suficientemente grande como para obligarlo a recular voluntariamente.
✽✽✽
Cuando empujé la puerta batiente de la sala de descanso del hospital, Caleb estaba repantigado en uno de los sofás de polipiel gastada, masajeándose el puente de la nariz, e Ian estaba de pie frente a la máquina expendedora, con los hombros tensos y la mirada perdida.
Ambos levantaron la cabeza al unísono en cuanto entré.
—¿Dónde diablos te habías metido, Grant? —preguntó Caleb, sentándose recto—. Te perdimos la pista en el pasillo.
Cerré la puerta a mis espaldas y me apoyé contra el marco metálico, cruzando los brazos sobre el pecho. Los miré a los dos. Eran mi equipo. Mi familia. Merecían saber qué estaba pasando.
—Estaba con Sloane en su despacho —respondí, con un tono neutro.
Ian arqueó una ceja y Caleb entrecerró los ojos, esperando. El silencio se estiró en la sala durante unos segundos, cargado de preguntas que no estaban haciendo en voz alta.
Solté un suspiro largo, pasándome una mano por la nuca.
—Sloane y yo estamos juntos —solté, sin preámbulos ni medias tintas—. Oficial y públicamente. Y Hawthorne se acaba de dar cuenta en el pasillo.
Caleb soltó un bufido, negando con la cabeza mientras agarraba su taza de café.
—Pues Hawthorne puede coger sus opiniones de mierda, doblarlas con mucho cuidado y metérselas por donde le quepan —sentenció el piloto.
—No es tan fácil, hermano —lo corté, apretando la mandíbula.
No quería revelar los secretos más oscuros de Sloane.
Lo que había pasado en aquella habitación de hotel hace doce años le pertenecía solo a ella, pero necesitaba a mis compañeros.
No solo porque eran leales hasta la médula, sino porque podían darme la visión objetiva y fría que yo había perdido en el momento en que Hawthorne amenazó a mi chica.
Avancé hacia el centro de la sala y me senté frente a ellos.
—Os voy a dar el resumen de la situación —empecé, bajando la voz—.
Hawthorne lleva amenazando a Sloane con quitarle la custodia de Jonah desde que el niño nació.
El detonante de su amenaza, la línea roja absoluta, era que ella rehiciera su vida con otro hombre.
Ningún otro tío iba a criar a su hijo. Y ahora, acaba de atar cabos.
Sabe que estamos juntos, así que estamos esperando el golpe de gracia de un momento a otro.
El ambiente en la sala de descanso cambió radicalmente. La temperatura pareció caer en picado.
Caleb se levantó del sofá de un salto.
—¿Qué ese maldito hijo de puta ha hecho qué? —dijo Caleb con una frialdad aterradora—. ¿Lleva doce años chantajeando a mi prima con quitarle al niño? Joder, voy a arrancarle la cabeza.
Ian se había quedado completamente quieto frente a la máquina expendedora, con una expresión de falsa calma. Sus ojos verdes ardían con una ira contenida.
—¿Qué quiere hacer ella, Noah? —me preguntó Ian, yendo directamente al grano.
—Sloane por fin se ha liberado del miedo que le tenía.
Quiere obligar a Hawthorne a firmar una renuncia total a sus derechos parentales sobre Jonah, para blindarlo de una vez por todas —les expliqué, mirándolos alternativamente—.
Pero no sabemos cómo obligarle. Su ego no le permitirá firmar por las buenas, y si lo forzamos con amenazas vacías, lo usará en su contra en el juzgado. Necesitamos una palanca.
Caleb apoyó las manos en las caderas y frunció el ceño. Su mente brillante empezó a conectar los puntos.
—El historial médico —murmuró Caleb de repente, mirándonos—.
Pensadlo. Hannah destripó el historial quirúrgico de ese imbécil en apenas unos días.
Descubrió que todas sus estadísticas de éxito estaban infladas con cirugías de bajísimo riesgo.
Su carrera es mediocre. No hay investigación, no hay ensayos clínicos, no asume casos innovadores ni traumas de verdad.
Ian asintió lentamente, captando la idea al vuelo.
—Si Hannah pudo descubrir todo ese maquillaje estadístico escudriñando bases de datos públicas en escasamente una semana...
a saber la de mierda que podemos desenterrar con un poco más de tiempo y los recursos adecuados —añadió Ian, con los ojos brillando de anticipación—.
Un tipo como Hawthorne, con ese nivel de narcisismo y sed de poder, siempre tiene trapos sucios.
Siempre hay esqueletos en el armario. Solo es cuestión de escarbar un poco.
Me pasé una mano por la mandíbula, sintiendo que la adrenalina empezaba a encauzarse hacia un objetivo claro. Necesitábamos acceder a todos sus informes y actividades del hospital y de su carrera en Portland.
—Luke Holloway —solté de repente.
Ian y Caleb me miraron.
—El miembro de la junta directiva que apoyó a Sloane frente a Hawthorne y Vance —les recordé—.
El bombero. Ese tipo pertenece a la junta.
Tiene acceso a las auditorías, a los presupuestos y a los perfiles de los médicos estrella.
Si nos acercamos a él y le decimos que sospechamos de las credenciales reales de Hawthorne, Holloway debe tener los recursos para descubrir qué está pasando realmente en la trastienda.
Caleb asintió con entusiasmo, dándole un golpe a la mesa con los nudillos.
—Es más —añadió el piloto —, toda esta jodida idea de montar una unidad cardiotorácica en nuestro hospital estaba impulsada principalmente por Vance y la junta de inversores. Ese interés ciego tiene que esconder algo éticamente dudoso.
Caleb nos señaló a ambos.
—Nadie en su sano juicio se empeña tanto en imponer una especialidad absurda y cara en este rincón del estado, cuando en términos de beneficio, logística y reputación es muchísimo más rentable potenciar la ortopedia y el trauma que lidera Sloane.
Ahí hay dinero sucio, acuerdos bajo la mesa o favores personales. Y Hawthorne está en medio de todo.
Ian se apartó de la máquina expendedora y se acercó a nosotros, cruzando los brazos sobre su ancho pecho.
—Si encontramos lo que sea que están ocultando Vance y Hawthorne... —murmuró Ian — no solo salvaremos el hospital. Le daremos a Sloane la munición exacta que necesita para obligar a ese bastardo a firmar la renuncia de Jonah antes de que su reputación salte por los aires.
Sonreí, sintiendo que el nudo de mi garganta se aflojaba. Hawthorne se creía muy listo amenazando a Sloane, pero no tenía ni idea de lo que se le venía encima.