Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTIDÓS
69%

VEINTIDÓS

Noah

E l viento helado que entraba por las puertas laterales del Alfa Uno me cortaba la cara como cuchillas de afeitar, pero ni siquiera sentía el frío. El olor a combustible de aviación se mezclaba con el hedor metálico y denso de la sangre fresca.

Habíamos estado al borde del puto desastre.

Caleb había mantenido el helicóptero en un vuelo estacionario suicida contra la pared del barranco, luchando contra rachas de viento cruzado que hacían temblar el chasis, mientras Ian casi se dejaba la piel en el cabrestante para izarnos.

El paciente, un escalador que había caído por una ladera de hielo, había entrado en conato de parada cardiorrespiratoria dos veces durante el vuelo.

Yo iba a horcajadas sobre él en la estrecha camilla, con las rodillas empapadas resbalando sobre el metal manchado de rojo.

Tenía ambas manos hundidas literalmente en su abdomen, apretando un taponamiento hemostático masivo con todo el peso de mi cuerpo para evitar que se vaciara antes de tocar el suelo.

—¡Aguanta, joder, quédate conmigo! —le grité al paciente por encima del rugido de los rotores, bombeando fluidos calientes por la vía intravenosa.

Sentí el impacto de los patines contra el cemento del helipuerto. Antes de que el helicóptero se asentara por completo, las puertas dobles de Urgencias se abrieron de golpe. Hannah, flanqueada por su equipo de trauma, corrió hacia nosotros agachando la cabeza bajo las aspas.

Salté a la pista sin dejar de presionar la herida, caminando a trompicones junto a la camilla.

—¡Varón, veinte años, trauma abdominal abierto masivo!

—le grité a Hannah, pasándole el parte con la respiración entrecortada mientras entrábamos en el pasillo—.

¡Lo he mantenido viable con hemostáticos y volumen, pero ha amagado con pararse dos veces!

¡La temperatura central está por debajo de los treinta y tres grados! ¡Necesita cirugía inmediata!

—¡Buen trabajo, Noah, yo me encargo! —respondió Hannah, con los ojos clavados en el monitor desfibrilador que colgaba de los pies de la camilla—. ¡Quirófano dos, preparad el calentador de fluidos y llamad al banco de sangre, necesitamos el protocolo de transfusión masiva ya!

El equipo de trauma aceleró el paso por el pasillo que conectaba el helipuerto con los quirófanos. Ian y Caleb venían corriendo justo detrás de mí, cubriéndome las espaldas.

Pero entonces, a mitad del corredor, una figura bloqueó el paso.

Richard Hawthorne estaba plantado en medio del pasillo, impecable en su traje a medida, sosteniendo un vaso de café en una mano y una tableta en la otra. El contraste entre nuestro caos empapado en sangre y su pulcritud era asqueroso.

Hawthorne miró la camilla, evaluó la cantidad de sangre que goteaba sobre el linóleo y negó con la cabeza, interponiéndose en la trayectoria de las enfermeras. Una de ellas me relevó en la presión abdominal del paciente.

—Ese paciente es una pérdida de tiempo y recursos, doctora O'Malley —dictaminó Richard, con un tono analítico y aburrido—. Las heridas son masivas y está clínicamente muerto. Trasládelo a un hospital de tercer nivel en Portland. No voy a permitir que colapse un quirófano para una causa perdida.

Mi sangre, cargada de adrenalina, hirvió a mil grados. Apreté los dientes, a punto de saltarle al cuello, pero Hannah se me adelantó.

La jefa de trauma ni siquiera frenó el paso. Enderezó los hombros, levantó la barbilla y miró a Hawthorne con una furia fría y letal.

—Aparta de mi camino, Richard, o te paso la camilla por encima. Y te juro que no me detendré a recogerte.

Hawthorne entrecerró los ojos. Sus facciones se tensaron en una mueca de auténtica indignación.

Hizo ademán de enfrentarse a ella, de invocar su estúpida jerarquía, pero miró a su alrededor.

Vio mis manos ensangrentadas, vio la mirada asesina de Caleb y la frialdad imponente de Ian.

Decidió ser más inteligente y jugar mejor sus cartas.

Dio un paso atrás, pegándose a la pared, y dejó pasar la camilla.

Hannah y su equipo desaparecieron tras las puertas batientes del área quirúrgica, llevándose al paciente.

El equipo Alfa se quedó atrás, en el pasillo del helipuerto.

Me quité los guantes de látex empapados en sangre, tirándolos a un contenedor de riesgo biológico cercano.

Ninguno de los tres dijo una sola palabra.

El silencio era denso, pesado, cargado de una hostilidad que se podía cortar con un bisturí.

Hawthorne se alisó la solapa de la chaqueta y, en lugar de marcharse, fijó su mirada directamente en mí. Era la mirada de un depredador.

Abrió la boca, a punto de soltarme su veneno, cuando el sonido inconfundible de unos tacones resonó a nuestras espaldas.

Sloane apareció por la esquina del pasillo. Llevaba su blazer abierto sobre un vestido azul marino. Su mirada viajó del helipuerto a nosotros, y finalmente se posó en Richard.

—Te lo he dicho mil veces, Richard, y te lo repito ahora mismo —le espetó Sloane, acortando la distancia con él, con una voz que era puro hielo—. No tienes ninguna autoridad operativa para dirigir, desviar o juzgar a mi equipo médico de urgencias. Mantente al margen de mis protocolos de trauma.

Hawthorne soltó una carcajada seca, carente de humor. Inclinó la cabeza hacia un lado, observándola con una burla cruel y condescendiente.

—Cuidado con ese tono, Sloane —le advirtió en voz baja, arrastrando las palabras—. Si tienes un hospital que dirigir y una pequeña corona de directora médica que lucir, es única y exclusivamente porque yo te lo he permitido. No olvides tu lugar.

La humillación implícita en sus palabras y la amenaza velada, hizo que el fino hilo de mi autocontrol se partiera en dos.

Di un paso al frente. Incliné mi cuerpo hacia adelante, apretando los puños, listo para destrozarle esa puta sonrisa de superioridad a base de golpes. Me importaba una mierda el hospital, la junta o mi licencia de técnico sanitario. Iba a matarlo.

Pero antes de que pudiera dar el segundo paso, dos manos como tenazas se cerraron sobre mis hombros.

Caleb me agarró por el brazo derecho e Ian me bloqueó por la izquierda, anclándome al suelo con una fuerza brutal. No me miraron, no dijeron nada, pero la presión de sus dedos era una orden silenciosa.

Me detuve, con la respiración agitada, clavando mis ojos asesinos en Hawthorne.

Y entonces, vi cómo el rostro del cirujano cambiaba.

Richard no era tonto. Vio mi paso al frente. Vio la furia protectora que irradiaba mi cuerpo. Y luego, lentamente, desvió la mirada hacia Sloane, captando la preocupación que cruzó por los ojos de ella cuando yo me moví para defenderla.

La comprensión iluminó los ojos de Hawthorne. Una chispa de triunfo malicioso le curvó los labios. Lo había entendido todo. El técnico sanitario que defendía a su hijo en el dojo y a la directora médica que ahora le plantaba cara. Acababa de atar los cabos.

—Es la segunda vez en menos de una semana que me desautorizas en público, Sloane —dijo Richard, ignorándome por completo, pero dejando claro que yo era el motivo de su nueva amenaza—.

No voy a permitirlo. Te has vuelto... imprudente.

Veremos cuánto te dura la rebeldía cuando las consecuencias llamen a la puerta de tu casa.

Hawthorne se dio media vuelta y caminó tranquilamente por el pasillo, desapareciendo hacia los ascensores.

Ardía de rabia. Sentía el fuego quemándome las entrañas. Ian y Caleb me soltaron poco a poco, pero yo no podía dejar de mirar el final del corredor.

Sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que Hawthorne se había dado cuenta de lo nuestro. Y ahora, iba a ir a por Sloane. Iba a ir a por Jonah.

✽✽✽

El agua helada del lavabo del vestuario me ayudó a limpiar los restos de sangre seca de mis antebrazos, pero no hizo absolutamente nada para enfriar el fuego que me quemaba las entrañas.

En cuanto Ian y Caleb me dieron luz verde para tomarme un descanso antes del siguiente vuelo, fui directo a la planta de dirección del hospital.

Necesitaba verla. Necesitaba saber que estaba bien.

Durante todo el trayecto en el ascensor, mi mente había dibujado el peor de los escenarios: esperaba encontrarme a una Sloane aterrorizada, acorralada de nuevo por el pánico, reviviendo la pesadilla tras darse cuenta de que Richard había descubierto lo nuestro en el pasillo del helipuerto.

Abrí la puerta de su despacho de dirección médica y pasé el pestillo a mis espaldas, aislándonos del resto del mundo.

La imagen que me recibió me dejó sin aliento, pero no por las razones que yo había imaginado.

Sloane no estaba llorando. No estaba temblando acurrucada en su sillón de cuero.

Estaba de pie, paseándose de un lado a otro detrás de su imponente escritorio de caoba, como una leona encerrada en una jaula que se le había quedado pequeña.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la respiración agitada y los ojos castaños ardiendo con una furia tan absoluta y destructiva que habría hecho retroceder al mismísimo diablo.

Me quedé apoyado contra la puerta de madera, observándola, sintiendo cómo una oleada de deseo me inundaba el pecho. Era fuego puro.

—No sé cómo he podido ser tan jodidamente estúpida, Noah —estalló Sloane en cuanto cruzamos miradas, sin siquiera detener su frenético paseo—. Doce putos años. ¡Doce años!

Me acerqué lentamente, invadiendo su espacio con cuidado, dejando que desahogara toda esa presión.

—Su manipulación emocional me ha tenido prisionera todo este tiempo.

Me convenció de que él era un dios intocable, de que tenía el poder de arrebatarme todo lo que me importaba con un solo chasquido de dedos —escupió, deteniéndose por fin frente a la cristalera que daba a las montañas nevadas, apretando los puños a los costados—.

He vivido aterrorizada, mirando por encima del hombro, creyendo que me enfrentaba a un genio maquiavélico.

Sloane se giró hacia mí. La rabia le había sonrosado las mejillas y le daba un brillo salvaje a la mirada.