VEINTIUNO #3
—Noah... —murmuré, de repente insegura—. ¿Te sientes cómodo escuchando todo esto? Si prefieres que lo dejemos...
Él negó con la cabeza de inmediato. Me acarició el dorso de la mano y me dio un leve apretón.
—Quiero saberlo todo, Sloane. Todo lo que tú quieras contarme —me aseguró, con una voz profunda y firme que no albergaba ni una gota de juicio—.
Te agradezco muchísimo que te abras conmigo.
Necesito entender cómo una mujer tan increíblemente inteligente y brillante como tú acabó atrapada en las redes de un imbécil como Hawthorne.
Solté un suspiro amargo, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla de madera.
—Es que no parecía un imbécil, Noah. Al menos no en las distancias cortas —le expliqué, reviviendo el espejismo de aquella época—.
Era encantador. Me elogiaba constantemente, valoraba mi trabajo, era amable y, en apariencia, me respetaba muchísimo.
Para mí, era el hombre mayor, atractivo y exitoso del que me quedé absolutamente prendada.
Negué con la cabeza, asqueada de mí misma.
—Pero claro, la pregunta que debería haberme hecho en ese momento era otra. ¿Qué hacía un cirujano de cuarenta y dos años, exitoso, sofisticado e inteligente, interesándose de esa manera por una chica de pueblo de apenas veinte años?
Noah apretó mi mano. Sus ojos color chocolate me recorrieron el rostro, bajaron por mi cuello hasta mis hombros envueltos en la camisa de franela.
—Eso no es nada raro, bombón —replicó Noah, con una seriedad aplastante—. Eres preciosa. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Una risa breve y húmeda se me escapó de los labios. Me incliné sobre la mesa y le di un beso corto en los labios, sintiendo cómo su ternura me curaba heridas que ni siquiera sabía que seguían abiertas.
—La noche del accidente del autobús en la nieve...
esa fue exactamente la noche en que Richard me invitó a cenar al hotel para celebrar que había finalizado mis prácticas con éxito —proseguí, obligándome a mirar la oscuridad—.
Recuerdo que, al salir del hospital, las enfermeras más jóvenes me miraban.
Yo creía que era con envidia, porque acaparaba la atención del cirujano estrella.
Tragué saliva, sintiendo el sabor a bilis.
—Lo que no sabía entonces es que aquellas chicas no me miraban con envidia, Noah. Me miraban con lástima. Porque muchas de ellas ya habían estado exactamente dónde estaba yo. Ya habían pasado por la cama de Richard, y él las había descartado en cuanto consiguió lo que quería.
Noah se tensó de golpe. Su mandíbula hizo un chasquido audible. La furia le oscureció la mirada al procesar la información.
—Ese hijo de puta es un puto groomer en serie —siseó Noah, indignado, apretando los puños sobre la mesa.
—Sí. Lo es —confirmé en un susurro—. Al día siguiente de aquella noche...
me enteré del accidente. Me enteré de que Carson, mi primo, había muerto en la montaña.
Fue un impacto brutal. Ver a mis tíos absolutamente destruidos, ver a Caleb ahogándose en vida por la culpa del rescate... toda mi familia estaba devastada.
Las lágrimas amenazaron con desbordarse, pero me obligué a contenerlas.
—El pueblo entero estaba conmocionado. El hospital estaba saturado de heridos y de dolor.
Georgia, que entonces era estudiante de medicina, había pasado la madrugada atendiendo a los heridos en urgencias, viendo llegar a su propia hermana y a los demás en estado de shock.
Todo fue tan intenso, tan caótico y tan oscuro, que la culpa por lo que había hecho la noche anterior me paralizó.
Él no hizo nada por apoyarme, por consolarme.
Y yo me olvidé de Richard Hawthorne durante semanas.
Lo bloqueé de mi mente... hasta que tuve los primeros síntomas del embarazo.
Noah me escuchaba en silencio, siendo el ancla perfecta en medio de mi confesión.
—Para entonces, él ya había regresado a Portland.
Lo llamé. Le expliqué la situación, aterrorizada.
Al principio mostró interés; me prometió que estaría a mi lado, que nos cuidaría a mí y al bebé, y yo, como una idiota, le creí.
Pero poco a poco, todo se fue diluyendo.
Empezó a no contestar mis llamadas, se perdía las ecografías y las citas médicas alegando cirugías urgentes. Me dejó completamente sola.
Me froté los brazos por encima de la camisa de franela, sintiendo un frío antiguo.
—Cuando Jonah nació, las complicaciones del parto lo obligaron a estar en la UCI neonatal durante semanas.
Richard ni siquiera apareció por el hospital.
Se limitó a hacerme un par de llamadas, en ellas me amenazó con quitarme la custodia si se me ocurría rehacer mi vida.
Amenaza que ha ido reiterando a lo largo de los años.
Al poco tiempo de darle el alta a mi hijo, se presentó en mi casa y vio a Jonah por primera vez.
Levanté la vista hacia Noah, queriendo que entendiera exactamente a qué clase de monstruo nos enfrentábamos.
—Vio la condición de Jonah. Vio sus piernas.
Y me dijo, mirándome a los ojos con una frialdad clínica, que su vida estaba en Portland.
Me dijo que me permitiría cuidar de su hijo como yo quisiera, sin interferir.
Pero me advirtió de nuevo que, si en alguna ocasión yo intentaba rehacer mi vida con otro hombre, él reclamaría la custodia íntegra y me arrastraría por los tribunales.
Me dijo que ningún otro hombre se haría cargo de educar a su hijo.
Noah se puso de pie de un salto. La silla de madera raspó violentamente contra las baldosas. Empezó a caminar de un lado a otro de la cocina, pasándose ambas manos por el pelo, visiblemente iracundo.
—¡No lo quiere! —estalló Noah, con la voz ronca por la rabia—. ¡Es evidente que le importa una mierda Jonah, pero su puto ego narcisista no le permite soportar la idea de que alguien más lo quiera!
—El miedo me paralizó, Noah —le confesé, sintiendo cómo las lágrimas finalmente me resbalaban por las mejillas—.
El terror a una batalla legal contra un hombre con dinero y contactos me mantuvo recluida.
Durante doce años, me dediqué única y exclusivamente al trabajo en el hospital y a mi hijo.
No me permití ni una sola noche libre. Ni una cita.
Ni una maldita distracción. Nada. Mi vida era un pasillo de hospital y la habitación de Jonah.
Lo miré a través de las lágrimas.
—Hasta que llegaste tú. Hasta que me miraste con esa maldita sonrisa tuya y.… ya no pude resistirme más.
Noah se detuvo en seco. Su pecho ancho subía y bajaba agitado. Acortó la distancia entre los dos, rodeó la mesa y se detuvo a mi lado.
—Gracias a Dios que no te resististe, Sloane —murmuró, con una intensidad fiera—. Ese cabrón se ha pasado años jugando con tu miedo. Se alimentó de tus inseguridades y del amor infinito que le tienes a tu hijo para mantenerte aislada en una jaula.
—Ya no tengo tanto miedo —le dije, alzando la barbilla, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Porque sé que, si tengo que ir a la guerra por Jonah, no estoy sola. Tengo a mi familia, tengo los recursos del hospital... y te tengo a ti.
Noah no lo dudó ni una fracción de segundo.
—Me tienes. Te lo juro por mi vida, bombón. Te apoyo en cualquier decisión legal que tomes —aseguró Noah, apoyando las manos en los reposabrazos de mi silla, inclinándose sobre mí hasta acorralarme —. Pero quiero dejarte algo muy claro.
Sus ojos se oscurecieron.
—No voy a permitir que Hawthorne vuelva a tratar mal a Jonah jamás. Si ese tipo vuelve a humillarlo, o a mirarlo por encima del hombro, le romperé todos los huesos de la cara. Me da igual que vaya en contra de lo que tú me pidas. Mi instinto es proteger a ese niño, y lo voy a hacer.
Una sonrisa temblorosa pero profundamente aliviada curvó mis labios. Esa era exactamente la clase de hombre que necesitaba. Uno que no le tuviera miedo a nada ni a nadie por nosotros.
—Gracias, Noah —susurré.
Noah me agarró por la cintura, tiró de mí y se sentó en mi silla, obligándome a subirme a su regazo a horcajadas en un solo movimiento. Mis piernas desnudas rodearon sus caderas y mi pecho chocó con el suyo.
Me agarró por la nuca, obligándome a mirarlo directamente a los ojos, y me habló con una dureza posesiva que me hizo palpitar el centro.
—Eres mía, Sloane. Y voy a protegeros. A ti y a Jonah. Contra Hawthorne, contra la junta y contra quien haga falta.
El corazón se me desbocó. Abrumada por la devoción absoluta de sus palabras y por la seguridad inquebrantable de su cuerpo sosteniéndome, me incliné hacia adelante y lo besé. Fue un beso profundo, desesperado y cargado de promesas, sellando nuestra alianza en medio de la montaña.