Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTIUNO #2
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VEINTIUNO #2

—¿Qué quieres exactamente, bombón? —me exigió saber, deteniéndose justo en la entrada de mi cuerpo, negándome el alivio—. Dímelo. Usa tus palabras.

Me retorcí bajo él, desesperada, enloquecida.

—Quiero que me folles más rápido. ¡Más profundo!

—Deseo concedido.

Noah soltó los barrotes, me agarró por las caderas para afianzarse y aceleró el ritmo de manera salvaje.

Se convirtió en una máquina impecable. Las embestidas perdieron la lentitud y se volvieron brutales, frenéticas, arrinconándome en el colchón.

El único sonido en la cabaña era el de nuestras respiraciones roncas y el choque húmedo y constante de nuestros cuerpos.

Sentí que estaba a punto de romperme en mil pedazos. El orgasmo que se estaba construyendo en mis entrañas era una marea de fuego, el clímax más abrasador, denso e imponente que había sentido jamás.

Noah notó mis espasmos previos. Aceleró aún más el ritmo, inclinándose sobre mí, hundiendo su rostro en mi nuca. Abrió la boca, clavó sus dientes en la piel sensible de mi cuello por la parte de atrás y mordió.

Ese fue el detonante.

El orgasmo explotó en mi interior. Fue una detonación cegadora, absoluta, que me hizo gritar el nombre de Noah mientras mis músculos internos se contraían violentamente alrededor de su polla, exprimiéndolo, ordeñándolo.

El mundo se borró. Me quedé al borde de la inconsciencia, flotando en un mar de placer blanco.

Pero Noah no había terminado. Mientras yo colapsaba bajo su cuerpo, él continuó con sus embestidas, cada vez más irregulares, más fuertes, perdiendo finalmente ese control férreo del que tanto alardeaba.

Lo sentí temblar encima de mí. Se aferró a mis caderas con tanta fuerza que sus antebrazos se tensaron salvajemente contra mi piel, soltó un rugido ronco y se vació en mi interior. Las oleadas de su corrida, espesas y ardientes, bombearon profundamente dentro de mí.

Noah se dejó caer a plomo sobre mi espalda, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto.

Estuvo allí apenas un par de segundos antes de rodar hacia un lado, manteniendo nuestra conexión.

Me arrastró con él, haciéndome girar hasta que ambos quedamos bocarriba, de costado, enredados en las sábanas sudorosas.

Apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir desbocado, mientras nuestras respiraciones intentaban volver a la normalidad en el silencio de la cabaña.

✽✽✽

El fuego de la chimenea proyectaba sombras cálidas y danzantes sobre las paredes de troncos de la cabaña.

Habíamos recuperado el aliento y, movidos por el hambre, nos sentamos a cenar en la pequeña mesa de madera.

Estábamos a medio vestir; Noah llevaba los vaqueros sin abrochar y el torso desnudo, exhibiendo las marcas rojizas de mis uñas en su espalda, mientras que yo me había envuelto en su enorme camisa de franela de cuadros, que me llegaba casi hasta la mitad de los muslos y olía a su piel y a cedro.

Pinché un trozo de carne y me lo llevé a la boca, masticando despacio, sin poder dejar de mirarlo. La luz del fuego delineaba sus facciones, relajadas y despojadas de la tensión constante del hospital.

—Estaba pensando en una cosa —murmuré, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo mi copa de vino tinto.

Noah levantó la vista de su plato y me instó a continuar con un leve movimiento de cabeza, dándome toda su atención.

—Tienes intereses súper variados, Noah —comencé, ladeando la cabeza, genuinamente curiosa—.

Sabes muchísimo de ciencia y astronomía.

Tienes una disciplina de hierro con las artes marciales y el dojo...

¿Cómo es que alguien como tú acabó dedicándose a los rescates de alto riesgo y a las emergencias médicas?

La sonrisa ladeada de Noah se desvaneció lentamente. Dejó el tenedor sobre la mesa y se reclinó en la silla. Sus ojos oscuros perdieron el brillo y se tiñeron de una seriedad casi melancólica. Sabía que había tocado una cicatriz antigua.

—Hace doce años... el accidente del autobús, algo cambió para mí. Creo que todos los que estuvimos implicados, tomamos decisiones conscientes o inconscientemente aquella noche que han marcado nuestro futuro.

Asentí despacio, conteniendo la respiración.

Sabía todo lo sucedido en el accidente, sabía las causas, las heridas de cada uno de los ocupantes y las causas médicas de la muerte de mi primo Carson.

Lo sabía todo, excepto lo que sintió cada uno de ellos.

Tuvieron un accidente, y después heridos y aterrados tuvieron que esperar durante dos horas en la nieve a que alguien los localizara.

Eso haría cambiar las decisiones de vida de cualquiera.

Noah se pasó una mano por el pelo oscuro, con la mandíbula tensa.

—En el impacto, yo sufrí una fractura de clavícula.

El dolor era brutal, me inmovilizaba, pero eso no fue lo peor.

Pasamos más de dos horas atrapados allí abajo, de noche, a oscuras y con temperaturas bajo cero, sin saber si alguien vendría a buscarnos.

Y el problema era que Hannah tenía una fractura abierta en la pierna y se estaba desangrando.

Acorté la distancia estirando mi brazo por encima de la mesa y cubrí su mano grande con la mía. Noah entrelazó nuestros dedos al instante.

—La impotencia de estar allí tirado, limitado por mi propio cuerpo, viendo cómo la gente que me importaba se apagaba y no poder hacer casi nada...

fue una asfixia insoportable. Cuando Ian y Caleb llegaron en el primer helicóptero, te juro por Dios que fue como volver a respirar después de haberme estado ahogando.

Suspiró, un sonido tembloroso que delataba el fantasma del trauma.

—Caleb evacuó a Hannah primero en ese vuelo.

Ian se quedó en tierra con nosotros, ayudándome con la clavícula y protegiendo al resto, esperando el segundo traslado.

Pero el alivio duró poco. Carson se quedó inconsciente justo después de que Caleb despegara, no sabíamos el alcance de sus heridas.

Murió allí mismo, antes de que llegara el segundo helicóptero, dándole la mano a Avery.

Se me encogió el corazón. Apreté su mano con fuerza. La desesperación y la rabia que Noah describía vibraban en el aire de la cabaña.

—Me sentí como un espectador en primera fila de un horror incomprensible.

Ver a Avery romperse en pedazos al perder a su mejor amigo...

Ver cómo se hizo el silencio cuando nos dimos cuenta de que Carson ya no respiraba...

sin saber si Hannah había sobrevivido… Esa noche decidí que jamás volvería a sentirme inútil.

Quería estar del otro lado. Quería formar parte de los que bajan del cielo para poner en riesgo su vida y salvar a otros.

—Y eres el mejor que tenemos —le aseguré en un susurro cargado de convicción. Había transformado su trauma en su vocación.

Nos quedamos en silencio unos instantes, procesando la intensidad de sus recuerdos, hasta que decidí acariciarle el dorso de la mano con el pulgar para aligerar la tensión.

—¿Y a qué te habrías dedicado? Si no fueras técnico de rescate... ¿qué serías?

Noah lo pensó un segundo. El velo de tristeza se disipó un poco, dando paso a una sonrisa suave y genuina.

—Seguramente a algo relacionado con la ciencia y la enseñanza. Quizá profesor de ciencias en algún instituto. Me gusta explicar cómo funcionan las cosas.

Le sonreí, sintiendo una inmensa ternura.

—Serías un profesor increíble. De hecho, ya lo eres. Jonah está absolutamente encantado con tus clases de defensa personal.

Noah sonrió, orgulloso de la mención a mi hijo, pero su sonrisa chocó con una revelación que acababa de formarse en mi cabeza. Noah no sabía una de las cosas que más me pesaban de mi relación con Hawthorne.

Tragué saliva, bajando la mirada hacia mi copa de vino, buscando aire para soltarle una verdad que casi nunca había verbalizado.

—La noche del accidente... la noche en que el autobús volcó en la nieve y perdimos a Carson... es exactamente la misma noche en que me quedé embarazada de Jonah.

Noah se quedó paralizado. Abrió un poco la boca, sorprendido.

—Yo no supe nada del accidente hasta horas después, a la mañana siguiente —le expliqué, con la voz temblorosa, sintiendo el escozor de las lágrimas en los ojos al recordar a la chica ingenua que fui—.

Yo solo pasé una única noche con Richard Hawthorne.

Solo una. Y fue la del accidente. Semanas después, mientras todos seguíamos de luto por Carson y arrastrando el trauma, yo descubrí que estaba embarazada de un tipo que ni se había dignado a preguntarme cómo estaba tras la muerte de mi primo.

Levanté la vista. Noah me miraba con una mezcla de shock y dolor.

Pero no me juzgaba. Me dio otro suave apretón en la mano, instándome a que le contara toda la historia.

Y por primera vez en doce años, tenía ganas de contarla, de explicarle a alguien cómo habían sucedido las cosas.

Tenía ganas de confiar. Y sabía que mi chico me sostendría.

Le di un sorbo a mi copa de vino, dejando que el calor del alcohol me raspara la garganta antes de atreverme a continuar. La cabaña estaba en absoluto silencio, salvo por el crepitar de los troncos en la chimenea.

—Llevaba semanas haciendo prácticas en el hospital como parte de mi plan de estudios de administración de empresas —comencé, trazando el borde de la copa con la yema del dedo—.

Por aquel entonces, Richard estaba haciendo una estadía de formación.

No la impartía él, sino que estaba recibiendo formación avanzada en traumatología.

Pero era un hombre que sabía moverse. Conocía a mucha gente, a directivos, y ya tenía contactos con miembros de la junta.

Movió un par de hilos y acabó siendo mi tutor de prácticas.

Yo... yo creí que sería el tutor ideal para mi carrera.

Me detuve en seco. Una punzada de vergüenza me retorció el estómago al verbalizar lo ingenua que había sido. Levanté la vista hacia Noah. Estaba escuchándome con una intensidad silenciosa, con los músculos del pecho y los hombros tensos a la luz del fuego.