Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTE
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VEINTE

Noah

E l turno de doce horas en la base de rescate había sido un caos de llamadas por hipotermia y rescates en la nieve, pero por primera vez en más de una semana, no sentía el cansancio.

Me pasé todo el día intercambiando mensajes furtivos con Sloane entre vuelos.

Cada vez que mi móvil vibraba en el bolsillo del mono ignífugo con su nombre en la pantalla, una sacudida de pura euforia me recorría la columna.

Estábamos juntos. Sin sombras. Sin mentiras.

Con la certeza aplastante y absoluta de que nos queríamos y de que íbamos a enfrentarlo todo como un equipo.

Incluso habíamos hablado de la actitud de Jonah.

Le había confesado a Sloane, mediante notas de voz, cómo su hijo llevaba semanas jugando a ser nuestro Cupido particular: olvidándose "convenientemente" su sudadera en el dojo para que yo tuviera que llevársela, o forzando la situación para que yo lo llevara a ver el documental del planetario sin decírselo a ella.

En lugar de enfadarse por la intromisión, escuché la sonrisa de Sloane en su respuesta, aliviada y feliz de que Jonah se sintiera tan cómodo conmigo.

Aparqué mi camioneta frente al porche de su cabaña. Apagué el motor y me quedé un segundo en silencio, con las manos apoyadas en el volante frío, asimilando la realidad.

El enorme e insoportable hueco que había tenido en el pecho durante siete días se había esfumado por completo.

Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire limpio, mirando la luz cálida que se filtraba por las ventanas de madera.

Sloane y Jonah me estaban esperando dentro.

Y, a pesar de la tormenta de mierda que Hawthorne prometía desatar, sentí en las entrañas que algo gigantesco estaba a punto de cambiar en mi vida. Algo definitivo.

Salí de la camioneta, subí los escalones de madera y llamé a la puerta con los nudillos.

No pasaron ni tres segundos cuando la puerta se abrió.

Sloane estaba allí, envuelta en unos leggins térmicos y un jersey de punto beige oversize que le caía por un hombro.

Estaba descalza, con el pelo recogido en un moño desordenado y sin una gota de maquillaje.

Para mí, nunca había estado tan jodidamente preciosa.

Antes de que pudiera pronunciar una palabra o dar un paso hacia el interior, Sloane me agarró por la chaqueta. Me pasó una mano suave por la mandíbula áspera, se puso de puntillas y pegó sus labios a los míos en un beso de bienvenida.

Fue suave al principio, dulce y familiar, pero mi cuerpo reaccionó con la urgencia de un adicto.

No pude resistirme. Solté mi bolsa de lona en el suelo, la rodeé por la cintura con ambos brazos y la levanté un par de centímetros, apretándola contra mi pecho.

Profundicé el beso, abriendo su boca y reclamándola con mi lengua, saboreando ese rastro a menta y café que era solo suyo, arrancándole un suspiro tembloroso que me fue directo a la entrepierna.

Sloane rompió el beso con una sonrisa perezosa, apoyando las manos en mi pecho y respirando con agitación.

—Hola —susurró, con los ojos brillantes.

—Hola, bombón. —Le di un último beso rápido en la comisura de los labios—. Estás preciosa.

Sloane se sonrojó ligeramente y se bajó de mis brazos, arreglándose el jersey.

—Pasa. Jonah está en el salón —me indicó en voz baja, cerrando la puerta a mis espaldas—. No sabe que venías, pero he preparado la cena para los tres.

Asentí con una sonrisa amplia, sintiendo una calidez en el pecho que rivalizaba con el fuego de la chimenea. Me quité la chaqueta y la seguí por el pasillo de madera.

Al llegar al salón, Jonah estaba desparramado en el sofá, completamente absorto en un capítulo de su serie de animación japonesa favorita. La luz de la pantalla le iluminaba la cara.

—Jonah, cariño —lo llamó Sloane suavemente, bajando el volumen del televisor con el mando a distancia.

El chico apartó la vista de la pantalla, fastidiado por la interrupción, pero en cuanto notó mi presencia, sus ojos se abrieron de par en par.

La sorpresa inicial dio paso a una mirada analítica, increíblemente observadora para un crío de doce años.

Nos escrutó a los dos, deteniéndose en la cercanía de nuestros cuerpos. Sabía que algo pasaba.

—Hola, socio —lo saludé con mi sonrisa de medio lado, avanzando hacia él.

Sloane rodeó el sofá y se sentó justo a su lado, cruzando las piernas. Yo opté por sentarme en el borde de la robusta mesa de centro de roble, quedando exactamente frente a ellos dos, a la altura de los ojos de Jonah.

Vi cómo Sloane empezaba a ponerse nerviosa. Empezó a juguetear con el dobladillo de su jersey, buscando las palabras exactas. Yo no podía borrar la enorme sonrisa de mi cara, mirándola con adoración antes de centrarme en el niño.

—Jonah... —empezó Sloane, con la voz un poco trémula—. Noah y yo queríamos hablar contigo. Tenemos que decirte algo. Algo importante.

Jonah nos miró fijamente. Primero a su madre, luego a mí. Parpadeó despacio.

Y, antes de que Sloane pudiera soltar su elaborado discurso sobre los sentimientos y los cambios, Jonah resopló.

—Ya lo sé. Sois novios.

El salón se quedó en un silencio sepulcral durante medio segundo.

Y entonces, solté una carcajada profunda. Eché la cabeza hacia atrás, riendo con ganas ante la brillantez y la falta absoluta de filtros de ese niño.

Sloane, por su parte, se puso roja como un tomate. Abrió la boca un par de veces, estupefacta.

—Eh... sí. Sí, lo somos —logró articular Sloane, mirándolo con asombro.

Jonah lanzó un puño al aire en señal de victoria, se dejó caer pesadamente contra los cojines del sofá y soltó un largo suspiro, dramático y exagerado.

—¡Por fin! —exclamó Jonah, cruzándose de brazos—. Pensaba que nunca os daríais cuenta de que os gustabais. Era desesperante.

Seguía riéndome por lo bajo, apoyando los codos en las rodillas.

—Eres demasiado listo, colega —le concedí, señalándolo con un dedo.

Pero Jonah no había terminado. Se enderezó de nuevo, apoyó las manos en sus rodillas y soltó la bomba con la misma naturalidad con la que pediría un vaso de agua.

—¿Y ahora Noah se va a venir a vivir con nosotros?

El silencio volvió a caer. Sloane se quedó literalmente paralizada. Los ojos se le abrieron como platos, atrapada por el pánico momentáneo, incapaz de articular una sola respuesta.

Reaccioné de inmediato para quitarle la presión de los hombros. No quería que sintiera que estábamos acorralándola.

La miré, dedicándole una sonrisa tranquila y cargada de intenciones, y luego volví la atención a Jonah.

—Es un poco pronto para eso, socio —le respondí, usando un tono relajado y cómplice—. Créeme, si por mí fuera, ya tendría mis cajas en el porche y me instalaría esta misma noche. Pero tenemos que darle tiempo a tu madre para que se acostumbre a la idea, ¿vale? Las cosas buenas llevan su ritmo.

Le guiñé un ojo a Sloane. Su rubor se intensificó hasta teñirle el cuello, pero sus hombros se relajaron visiblemente al ver que yo manejaba la situación sin exigirle nada.

—Está bien —aceptó Jonah, encogiéndose de hombros, satisfecho con la respuesta—. Tengo hambre.

—Yo también —dijo Sloane, poniéndose de pie de un salto, aclarándose la garganta—. He hecho lasaña para los tres. Vamos a la cocina.

Jonah agarró sus muletas y comenzó a caminar hacia la zona del comedor. Yo me levanté de la mesa de centro, dispuesto a seguirlos.

Pero cuando pasé junto a Sloane, ella levantó la mano y me agarró por los dedos, deteniéndome en seco en medio del pasillo que conectaba el salón con la cocina.

Me giré hacia ella, arqueando una ceja.

Sloane dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Se puso de puntillas, acercando su boca a mi oreja para asegurarse de que Jonah no nos escuchaba. El olor a flores limpias me envolvió por completo.

—Solo para que quede claro —me susurró Sloane, con una voz tan aterciopelada y segura que me provocó un escalofrío directo en la espina dorsal—. No necesito tiempo para acostumbrarme.

Mi corazón dio un vuelco brutal. Se aceleró en mi pecho a un ritmo brutal.

Giré la cabeza. Sloane me miraba con un fuego en los ojos castaños que no dejaba lugar a dudas. Me estaba diciendo que la puerta estaba abierta. Que yo era su hogar.

Rompí en una sonrisa radiante, incapaz de contener la felicidad absoluta que me desbordaba. Agarré su nuca con delicadeza, hundí los dedos en su pelo desordenado y tiré de ella para darle un beso breve, duro y profundamente intenso, sellando la promesa de todo lo que estaba por venir.

✽✽✽

El rugido ensordecedor de los rotores del Alfa Uno me vibraba en los huesos, pero mi concentración era absoluta. Estábamos sobrevolando el paso montañoso a máxima velocidad, dejando atrás las pistas de esquí de Silver Peak .

Técnicamente, esa estación de esquí quedaba fuera de nuestra jurisdicción directa, pero cuando un esquiador fuera de pista se estrella contra un árbol a ochenta kilómetros por hora, la burocracia se va al cuerno.

El protocolo de emergencia dictaba que el equipo Alfa debía intervenir para realizar el traslado crítico al Wildwater Regional, nuestro centro de trauma de referencia.

Tenía las manos manchadas de sangre, presionando el apósito hemostático sobre una fractura abierta de fémur, mientras controlaba la vía intravenosa.

— ¡Noah! ¡Sesenta segundos para el aterrizaje! —gritó Caleb por los auriculares del casco, concentrado en la maniobra de descenso a través de los vientos cruzados.

—¡Recibido! ¡Paciente estabilizado, pero la presión arterial está cayendo! ¡Glasgow de siete, necesitamos a neurocirugía ya! —respondí a gritos.

Sentí el golpe sordo de los patines del helicóptero tocando el cemento del helipuerto. Antes de que las aspas dejaran de girar, Ian abrió las puertas laterales correderas. El viento helado nos golpeó en la cara, trayendo consigo el inconfundible olor a combustible de aviación.

Allí nos esperaban, como una máquina perfectamente engrasada. Hannah O'Malley estaba a la cabeza, flanqueada por Logan Pierce y dos enfermeras de trauma con la camilla de ruedas lista.