DIECINUEVE #3
—Tranquila, preciosa —susurró, rozando su nariz con la mía—. No olvides que el espectáculo lo dirijo yo.
Noah me agarró por los hombros y me hizo girar bruscamente. Me empujó hacia adelante hasta que mis palmas chocaron con la fría madera de la puerta cerrada.
—Apóyate. Abre un poco las piernas —me ordenó.
Obedecí al instante. Estaba tan excitada que la humedad me empapaba las bragas de encaje. Me incliné hacia adelante, arqueando la espalda, poniendo el culo en pompa en una invitación clara y absoluta, rindiéndome a su control.
¡ZAS!
El impacto de su palma abierta contra mi trasero me pilló completamente por sorpresa. El azote fue firme, sonoro y picante. Un gemido profundo escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo.
Escuché la risa baja y ronca de Noah detrás de mí. Sabía perfectamente lo mucho que me había gustado. La sorpresa del golpe no había hecho más que enviar una descarga eléctrica directa a mi centro, haciéndome palpitar.
Sintiendo el calor en mi piel, Noah agarró la tela negra de mi vestido y la subió despacio por mis muslos hasta amontonarla en mi cintura, dejando mi trasero cubierto solo por la fina tira de mis bragas, que hizo a un lado sin contemplaciones.
—Joder, Sloane... he echado tanto de menos este puto culo. Cada parte de ti —gruñó, pasando sus manos grandes y ásperas por mis glúteos, amasando la carne con devoción antes de volver a levantar la mano.
Un segundo azote aterrizó en mi piel. Luego un tercero.
Me retorcí contra la puerta, gimiendo con fuerza, mordiéndome el labio para no gritar. El escozor en mi piel caliente era el contraste perfecto para el vacío húmedo y desesperado que latía entre mis piernas.
—Me encanta lo rojo que se te pone —murmuró Noah, trazando el contorno de la piel enrojecida con las yemas de los dedos—. Estás ardiendo para mí.
Escuché el sonido metálico de la cremallera de su mono al bajar. Cerré los ojos, apretando las manos contra la puerta, preparándome para la embestida, deseando sentir su polla en mi interior.
Pero en lugar de eso, Noah se arrodilló detrás de mí.
Me agarró por las caderas, me abrió las nalgas y hundió su lengua caliente y húmeda directamente en mi centro.
Me atraganté con mi propia saliva. Era exactamente igual que nuestra primera vez en el vestidor de mi cabaña.
La lengua de Noah se movió con una precisión devastadora, lamiendo mis pliegues, provocándome, saboreando mis fluidos como si fuera el agua en el desierto.
Trazó círculos lentos y agonizantes sobre mi clítoris hinchado, aumentando la presión hasta que mis rodillas empezaron a temblar violentamente.
No pude contenerlo. Fue demasiado intenso, demasiado rápido, una sobrecarga sensorial de puro placer. Mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco y el orgasmo me atravesó con una fuerza sísmica, haciéndome sollozar contra la madera de la puerta mientras él se bebía cada espasmo de mi placer.
Noah se puso de pie detrás de mí, apoyando su pecho contra mi espalda sudorosa.
—Eres increíblemente receptiva, bombón. Tan sensible a mi tacto —elogió, besándome el hombro desnudo.
—Solo contigo... —balbuceé, sin aliento, mareada—. Solo con...
—Lo sé —me interrumpió con un tono fiero y posesivo—. Y ahora voy a follarla, directora Parker. Pero necesito mirarte a la cara mientras lo hago.
Noah me agarró por las caderas y me hizo girar hacia él. Me pasó las manos por debajo del culo y, con un movimiento fluido, me alzó en el aire.
—Rodea mi cintura.
Crucé las piernas alrededor de su cadera al instante.
Mis ojos se abrieron de par en par, incapaces de apartar la mirada.
Noah seguía a medio vestir, con la camiseta térmica negra subida mostrando sus abdominales tensos, el mono caído por debajo de los muslos, y su pene grueso y duro, apuntando directamente hacia mí, brillante y listo.
Estaba tan húmeda por el orgasmo que, cuando Noah apoyó mi espalda contra la puerta de madera y me dejó caer sobre él, me penetró de una sola estocada, profunda, dura y perfecta.
—¡Dios! —grité en un susurro rasgado, cerrando los ojos al sentir cómo me llenaba por completo, tocando el cielo.
—Mírame —me ordenó de inmediato, con una voz que no admitía réplica.
Abrí los ojos con esfuerzo, clavando mi mirada en la suya. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras, salvajes.
Noah inició el ritmo. Comenzó con embestidas lentas, largas y profundas, arrastrando cada centímetro de sí mismo dentro de mí, haciéndome rozar la locura. La conexión de nuestras miradas hacía que el acto físico pareciera mil veces más íntimo. Estaba desnudando mi alma.
Poco a poco, el ritmo se fue acelerando.
La lentitud desapareció y dio paso a una penetración brutal y desesperada.
El sonido de nuestra carne chocando llenó la pequeña sala de suministros.
Yo jadeaba abiertamente, aferrándome a sus hombros, mientras la fricción perfecta volvía a encender la chispa en mi vientre.
Un segundo orgasmo empezó a construirse, subiendo por mi espina dorsal como electricidad estática.
Noah lo sintió. Apretó los dientes, deslizó una mano entre nuestros cuerpos apretados y encontró mi clítoris empapado. Empezó a frotarme con el pulgar, al mismo ritmo implacable de sus embestidas.
Exploté en un orgasmo cegador. Vi luces detrás de mis párpados y apreté mis paredes internas alrededor de su polla con todas mis fuerzas, ahogando un grito en su cuello.
El placer me desgarró, y ese espasmo fue todo lo que Noah necesitó.
Dejó de frotarme, me ciñó la cintura con ambas manos, clavándome contra la puerta y contra él en una última embestida brutal, hundiendo sus caderas al máximo.
Su cuerpo entero se tensó como una roca y empezó a estremecerse, soltando un gruñido ronco y gutural en mi oído.
Sentí el calor líquido de su semen disparándose en mi interior, llenándome por completo, desbordándose y resbalando espeso por la parte interior de mis muslos y mis nalgas. Era la primera vez que Noah y yo no usábamos protección. Y no me importaba ni lo más mínimo. Era mío. Y yo era suya.
Nos quedamos así durante largos minutos. Sudorosos, jadeantes, con los corazones latiendo desbocados contra nuestras cajas torácicas. Noah seguía enterrado en lo más profundo de mí, sosteniéndome contra la puerta, abrazado a mí como si su vida dependiera de ello.
Poco a poco, Noah echó la cabeza hacia atrás. Tenía el pelo revuelto y el pecho cubierto por una fina capa de sudor. Me miró a los ojos. Solo había una sinceridad tan aplastante y profunda que me quitó la poca respiración que me quedaba.
—Te amo, Sloane —dijo en un susurro.
Las lágrimas volvieron a asomar a mis ojos, pero esta vez eran de una felicidad abrumadora. Sentí sus palabras filtrarse por mi piel, calando hasta mis huesos, curando doce años de soledad y terror.
Le acuné el rostro con ambas manos, rozando su mejilla con los pulgares, y me incliné para besarlo suavemente.
—Yo también te amo, Noah. Te amo con locura.
Supe, en ese mismo instante, mientras me besaba en respuesta y me sostenía en la penumbra de aquel armario de suministros, que ese momento quedaría grabado a fuego en mi mente para siempre.
Era nuestro instante mágico. El punto de no retorno donde me supe incondicionalmente amada y protegida, sin importar el mundo de ahí fuera, las complicaciones de la junta o las oscuras amenazas de Richard Hawthorne.