DIECINUEVE
Sloane
H abían pasado cuatro días desde la sesión en el dojo, y una nube de tensión se había instalado en mi cabaña.
Había intentado hablar con Jonah en múltiples ocasiones, sentándome al borde de su cama, buscando sus ojos esquivos.
Pero mi hijo, que normalmente era un libro abierto, se había cerrado en banda.
Se había limitado a decirme que no quería volver a ver a Richard bajo ninguna circunstancia.
Cuando le pregunté por Noah, su respuesta me partió el alma: me dijo que entendía si yo no quería verlo más, pero me rogó que le permitiera hablar con él por teléfono o mensaje cuando necesitara un consejo.
Jonah siempre había tenido una actitud pasiva o ligeramente desinteresada hacia la figura fantasmal de su padre, pero este rechazo frontal, esta hostilidad, me indicaba que el sábado había ocurrido algo lo suficientemente grave como para romper la inmensa paciencia de mi hijo.
Y ahora, con la preocupación carcomiéndome por dentro, estaba atrapada en otro evento acompañada del monstruo de mis pesadillas.
Estábamos en el reservado de un restaurante céntrico, en una cena de negocios con los Henderson, un matrimonio propietario de una de las empresas madereras más potentes de la región y donantes históricos del hospital.
Llevaba puesto un vestido negro y ajustado, elegante, con un solo hombro al aire, y una sonrisa de plástico que empezaba a darme calambres en la mandíbula.
Richard Hawthorne estaba desplegando su habitual número de encanto, intentando camelar a los Henderson para que desviaran sus fondos anuales hacia el nuevo programa de cardiología.
Yo me había mantenido en un estricto segundo plano.
Estaba desinteresada, removiendo el hielo de mi vaso de agua y rumiando el vacío aplastante que sentía por la ausencia de Noah y el silencio de mi hijo.
El matrimonio Henderson era educado, pero no estúpido. Tras el postre, el señor Henderson miró su reloj, intercambió una mirada con su mujer y ambos se excusaron, despidiéndose antes de tiempo con vagas promesas de revisar los folletos.
Era evidente. Richard no había logrado convencerlos.
En cuanto la puerta del reservado se cerró tras ellos, dejándonos solos, solté el aire que llevaba conteniendo toda la noche y agarré mi bolso de mano. Estaba harta.
—Bien, ya hemos terminado aquí —anuncié, poniéndome en pie.
Apenas había dado un paso cuando los dedos de Richard se cerraron alrededor de mi muñeca derecha. El agarre fue doloroso, pero él ignoro mi mueca de desagrado. Tiró de mí hacia abajo, obligándome a sentarme de nuevo en la silla tapizada con una brusquedad que me cortó la respiración.
Me solté de un tirón, frotándome la piel donde sus dedos habían presionado, y lo fulminé con la mirada.
—No vuelvas a tocarme, Richard —le advertí, con la voz temblando por una mezcla de rabia y asco—. Y sé breve, porque tengo que volver a casa con Jonah.
Richard se recostó en su silla, cruzando una pierna sobre la otra, mirándome con esa superioridad solía paralizarme. En el pasado. Ahora solo me daban ganas de cruzarle la cara.
—Precisamente de eso tenemos que hablar, Sloane —dijo, ajustándose los puños de la camisa—. En primer lugar, de tu ridícula actitud pasiva de esta noche. Necesito esos fondos y tú apenas has abierto la boca. Y, en segundo lugar, quiero hablar de la supuesta terapia que está siguiendo Jonah.
Fruncí el ceño, completamente confundida por el cambio de tema.
—¿Qué pasa con la terapia de Jonah?
—Que es una pérdida de tiempo —sentenció Hawthorne con frialdad—. No me parecen en absoluto correctos los métodos que emplea ese técnico sanitario venido a más. Trabajar en el suelo del dojo carece de fundamento clínico riguroso.
Me tensé. Richard no conocía a Noah. Sabía lo justo de él por el organigrama del hospital, pero era evidente que el enfrentamiento del sábado había puesto a Noah directamente en su punto de mira.
—Noah es un especialista en rescate y rehabilitación postraumática, Richard.
Sus métodos son un plan de trabajo diseñado específica y exclusivamente para Jonah, y los resultados de movilidad que ha conseguido en seis meses son tan espectaculares que ni siquiera voy a dignarme a escuchar lo que tengas que decir al respecto.
Agarré el asa de mi bolso de nuevo, dispuesta a marcharme de verdad, pero la voz de Hawthorne me detuvo en seco, destilando un veneno puro y absoluto.
—No vale la pena todo ese esfuerzo, Sloane. Es absurdo someter al niño a ese nivel de exigencia y falsas esperanzas cuando es evidente que Jonah no va a ser más de lo que ya es. Es un lisiado funcional y siempre lo va a ser.
Me quedé petrificada.
El mundo se detuvo. El sonido del restaurante desapareció.
Las palabras de Richard fueron la llave que hizo encajar todas las malditas piezas del puzle en mi cabeza. El silencio hermético de Jonah durante toda la semana. La forma en que temblaba. La furia homicida en los ojos de Noah después de la sesión de Jonah.
La bilis me subió por la garganta.
—¿Eso...? —mi voz sonó extrañamente calmada —. ¿Eso se lo dijiste a mi hijo en el dojo?
Richard me sostuvo la mirada sin un ápice de remordimiento.
—Alguien tenía que ser sincero con el chico para que asuma su realidad. Lo estás criando entre algodones, Sloane. Alguien tenía que...
El punto de quiebre llegó.
Estalló dentro de mí fue una supernova de furia y lucidez absoluta que desintegró a la chica aterrorizada que llevaba más de una década escondida en mi pecho. El calor se extendió desde mi pecho hasta mis extremidades, tan violentamente que las manos empezaron a temblarme.
Lo miré. Miré al hombre que había dictado mis miedos durante doce años. Y, por primera vez, no vi a un dios intocable capaz de arrebatarme a mi hijo. Vi a un hombre patético, cruel y vacío.
Me di cuenta, con una claridad cegadora, de que Hawthorne ya no tenía ningún poder real sobre mí.
Ninguno. Yo era Sloane Parker, la directora médica del Wildwater Regional Trauma Center .
Tenía el dinero, tenía un ejército de abogados si los necesitaba, y tenía el respaldo incondicional del mejor equipo quirúrgico y de rescate del estado.
Si este hombre intentaba llevarme a los tribunales, lo trituraría hasta convertirlo en polvo.
Y de repente, la verdad más dolorosa de todas me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías: todo el daño que le había hecho a Noah había sido en vano.
Le había roto el corazón a la única persona que había visto a mi hijo como el guerrero perfecto que era.
Había destrozado al único hombre que se había interpuesto entre Jonah y la crueldad de este monstruo.
Le había hecho daño a Noah por mi propia cobardía.
Porque creí que aislarme me protegería. Y lo peor de todo, había expuesto a Jonah a la crueldad de este imbécil, robándole la posibilidad a Noah de ser su pilar, su escudo y su protector.
Pero hombres como Hawthorne siempre encontrarían una excusa para hacerme daño. Si no era la custodia, sería mi puesto. Si no era mi puesto, sería mi reputación.
Tenía que plantar cara.
Tenía que ir a recuperar a mis chicos. Y, por primera vez, admití la verdad sin escudos ni condiciones: estaba locamente enamorada de Noah Grant.
Me puse de pie. Richard abrió la boca para seguir soltando su veneno, esperando mi sumisión habitual, pero no le di la oportunidad.
Me di media vuelta y caminé hacia la salida con la espalda recta y la cabeza muy alta, dejándolo con la palabra en la boca, hablando solo frente a una copa de vino a medio terminar.
Salí al exterior. El frío de la noche de montaña me envolvió el hombro desnudo, pero no sentí ningún escalofrío. La adrenalina y la determinación me quemaban las venas. Subí a mi coche, arranqué el motor y pisé el acelerador.
Solo tenía un destino en mente. Iba a buscar a Noah a la base de rescate aéreo. Sabía que estaba encadenando turnos extra. Y no iba a dejar pasar ni un solo segundo más sin decirle que él era mi mundo entero.
Aparqué frente a la base de rescate aéreo con los neumáticos chirriando sobre la gravilla helada. Apagué el motor y me bajé del coche casi corriendo.
El hangar principal estaba sumido en una penumbra silenciosa, iluminado únicamente por un par de focos halógenos que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes.
Hacía un frío que pelaba, y yo seguía llevando aquel estúpido vestido negro con un hombro al aire y tacones de aguja, pero la adrenalina me impedía sentir la temperatura.
No tuve que buscar mucho.
Noah estaba en la parte trasera del hangar. Llevaba el mono de vuelo anudado a la cintura, con la camiseta térmica negra debajo. Estaba solo, revisando el inventario de las mochilas de trauma sobre un banco de metal, apuntando datos en un portapapeles.
El eco de mis tacones resonó en el inmenso espacio.
Noah se puso alerta de inmediato, girándose con la rapidez de un depredador.
Al ver que era yo, los músculos de sus hombros perdieron parte de la rigidez inicial, pero su expresión no se suavizó.
Se quedó quieto, apoyado contra el banco de herramientas, con el portapapeles en la mano, esperando en un silencio sepulcral a saber qué hacía allí a esas horas.
Me detuve a dos metros de él. Estaba nerviosa, pero ni el temblor de mis rodillas iba a detenerme.
—Te quiero. Te quiero muchísimo, Noah.
Él no pestañeó. Solo apretó la mandíbula.
—Te echo de menos —continué, sintiendo cómo se me quebraba la voz, dando un paso vacilante hacia él—. Jonah te echa de menos. Y no quiero echarte de menos nunca más.
El silencio de Noah fue ensordecedor. Cruzó los brazos sobre su pecho ancho, manteniendo una barrera física entre nosotros. Me estaba obligando a trabajar por ello, y lo merecía. Merecía que me esforzara. Que luchara por él.