DIECIOCHO #3
Me quedé solo en la sala de recuperación, de pie en el centro del tatami azul.
Sentía los músculos del cuello y los hombros agarrotados, duros como piedra, todavía vibrando por la adrenalina y la furia que Richard Hawthorne había desatado en mis venas.
Cerré los ojos, intentando regular mi respiración, intentando bajar mis pulsaciones antes de cometer una locura.
Unos pasos apresurados y ligeros interrumpieron el silencio.
Abrí los ojos justo cuando Sloane cruzaba la puerta de la sala. Escaneó la habitación con rapidez y, al ver que yo era el único allí, frunció el ceño.
—¿Dónde están? —preguntó, acercándose con una expresión mezcla de confusión y alerta—. ¿Dónde están Jonah y Richard?
Me pasé una mano por la cara, borrando cualquier rastro de la rabia asesina que aún me consumía.
—Jonah está en los vestuarios, cambiándose la camiseta —le respondí, con una voz extrañamente calmada y plana—. Y Hawthorne se ha largado. Hemos tenido una... breve discusión, y ha decidido que ya había visto suficiente.
El rostro de Sloane palideció. La mención de una discusión entre su ex y yo disparó todas sus alarmas. Acortó la distancia entre nosotros, deteniéndose a menos de un metro.
—¿Qué ha pasado, Noah? —exigió saber, con la voz temblorosa, aterrorizada por lo que aquel hombre pudiera usar en nuestra contra—. Dime exactamente qué ha pasado.
Negué con la cabeza.
—Pregúntaselo a Jonah —le indiqué, mirándola directamente a los ojos, dejándole claro que esto no iba sobre mi ego, sino sobre el corazón de su hijo—.
Sé paciente con él. Al principio probablemente no querrá abrirse y se cerrará en banda, pero necesitas sentarte, mirarlo a los ojos y escuchar lo que tu hijo tiene que decir sobre su padre.
Sloane me miró, visiblemente asustada.
—Noah, por favor... me estás asustando.
Me acerqué medio paso. Solo medio. Lo suficiente para que ella tuviera que levantar un poco la cabeza para mirarme.
—Sloane, escúchame. A pesar de todo lo que ha sucedido entre nosotros, a pesar de que ya no somos nada, yo me sigo preocupando por Jonah.
Me preocupo muchísimo por él. Es un niño excepcional —le dije, inyectando toda mi sinceridad en cada sílaba—.
Y tener a Hawthorne cerca no es lo mejor para el bienestar emocional de tu hijo. Es tóxico para él.
Sloane se abrazó a sí misma, cruzando los brazos bajo el pecho, en una postura defensiva que conocía demasiado bien.
—Eso ya lo sé, Noah. Por eso intento mantenerlo alejado en la medida de lo posible.
—Quizá no sepas todo lo que sucede cuando tú no estás delante, Sloane —le repliqué con suavidad —. Quizá no sepas cómo lo mira. O cómo le habla.
La confusión se mezcló con el miedo en el rostro de Sloane. Suspiró, bajando la mirada hacia el suelo de goma, abrumada por la presión.
—Hablaré con él —concedió, en un murmullo agotado—. Iré a hablar con Jonah ahora mismo.
Sloane se dio media vuelta para dirigirse hacia los pasillos del vestuario.
—Sloane. Espera.
La detuve antes de que diera el tercer paso. Se giró, expectante.
Sabía que lo que estaba a punto de decirle cruzaba una línea gigantesca.
—Sé que en realidad ya no es asunto mío —comencé, con la mandíbula tensa—. Sé que me pediste que me mantuviera al margen de tu vida, pero... te lo voy a decir de todas formas. Quizá deberías ser tú la que tome medidas legales contra Hawthorne.
Sloane abrió la boca para protestar, pero levanté la mano para frenarla.
—Ataca tú primero. Exige la custodia total exclusiva, ponle una orden de alejamiento o arrástralo a los tribunales por acoso psicológico, no lo sé.
Entiendo perfectamente que le tienes un miedo paralizante a ese hombre, Sloane, y sé que te aterra la idea de un juicio.
Pero te juro por mi vida que deberías estar mil veces más asustada por el daño emocional irreversible que la presencia de ese monstruo le está causando a tu hijo ahora mismo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Su labio inferior tembló. Estaba asimilando la cruda realidad.
Pero no le di tiempo a responder. No quería verla llorar y acabar abrazándola, porque eso nos destruiría de nuevo.
—Ve con Jonah —le ordené suavemente, dándole la espalda, cortando la conexión entre los dos.
Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. La puerta del dojo se cerró en la distancia.
Me quedé completamente solo. El silencio se hizo ensordecedor. Me dejé caer sentado sobre el tatami, flexionando las rodillas, apoyando los antebrazos sobre ellas y dejando caer la cabeza con pesadez.
Luché por respirar. Tuve que tragar saliva para ahogar el nudo de la garganta.
La cruda realidad me aplastaba: Sloane y Jonah ya no estaban en mi vida.
Y el dolor era tan grande que empecé a preguntarme si alguna vez estaría bien de nuevo.
Lo peor de todo es que sabía que no podía reprocharle nada a Sloane.
Al fin y al cabo, ella me lo había dejado claro. Yo solo fui una aventura pasajera. Un paramédico con el que olvidar sus problemas los jueves por la noche.
Pero la ironía era épica. Porque esa aventura pasajera había sido lo más real que me había pasado nunca. Y me había dejado un hueco en el pecho que, lo sabía con absoluta certeza, jamás iba a poder llenar.