Pulse (Wildwater Falls 4) DIECIOCHO #2
56%

DIECIOCHO #2

El hilo invisible que había mantenido atado mi autocontrol se rompió con un chasquido sordo.

Acorté la distancia entre nosotros en dos zancadas letales.

Usé mi metro ochenta y cinco de estatura y mis casi cien kilos de músculo para bloquearle la visión de Jonah, apartándolo físicamente del niño con mi propio cuerpo como escudo.

Richard tuvo que dar un paso atrás al ver la violencia contenida en mis ojos.

—No vuelvas a hablarle así en tu puta vida —le advertí —. No vuelvas a decirle que su esfuerzo no vale la pena. No te atrevas a decirle nada tan bajo jamás.

Hawthorne recuperó la compostura. Arqueó una ceja, mirándome de arriba abajo con esa suficiencia aristocrática que me daba ganas de arrancarle la cabeza de un solo puñetazo.

—¿Me estás dando lecciones de cómo tratar a mi propio hijo? —se burló Richard, soltando una carcajada seca—. Eres un simple empleado. Un fisioterapeuta glorificado. No te sobrepases.

Me incliné hacia él, invadiendo su espacio, con los puños apretados a los costados hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—Ese niño que acaba de tropezar porque tú eres un miserable, es el ser humano más increíble que conozco —le solté a un palmo de la cara, escupiendo cada palabra como si fuera veneno—.

Jonah es inteligente, es divertido, es cariñoso y tiene una resiliencia y un coraje que tú no tendrás en tres vidas.

Si tuvieras un mínimo de decencia, si te quedara una sola gota de empatía en el cuerpo, verías todas esas cualidades en tu propio hijo en lugar de intentar humillarlo.

La sonrisa de Richard desapareció. Me sostuvo la mirada, endureciendo las facciones, y bajó la voz a un tono condescendiente y venenoso.

—No tienes ni la más remota idea de lo que hablas, niñato —escupió Hawthorne—. No me conoces, no conoces mi vida y, desde luego, no conoces a mi familia. Mantente alejado de lo que es mío.

Mi familia.

La frase cayó sobre mí como bidón de gasolina en pleno incendio. Mi sangre ardió a mil grados. El instinto más primitivo, salvaje y posesivo estalló en mi interior.

«No es tu familia, hijo de puta ».

Sloane no era suya. Jamás lo había sido.

Sloane Parker era mía. Me pertenecía en cada suspiro, en cada mirada, en cada noche en la que se había rendido bajo mis manos en esa maldita cabaña.

Y Jonah... Jonah también era mío. Era mi colega, mi compañero de equipo, el crío al que yo quería enseñar a afeitarse y a conducir. Eran míos. Los dos.

La única puta tragedia de todo esto era que Sloane no me quería a su lado. Me había apartado y me había roto el corazón.

—Oye... ¡déjale en paz!

La voz temblorosa pero valiente de Jonah rompió la tensión entre nosotros.

Miré por encima del hombro. Jonah se había enderezado sobre sus muletas, con la barbilla en alto, encarando a su padre con una fiereza que me hizo tragar saliva.

—Noah es mi amigo —sentenció Jonah, defendiéndome —. Es el mejor entrenador. Y también es el mejor amigo de ma...

El pánico me atravesó como un rayo.

—¡Eh, socio, tranquilo! —lo corté de inmediato, alzando una mano, disimulando mi terror bajo un tono firme y conciliador—. Estoy bien, Jonah. Yo me ocupo.

No podía dejar que terminara esa frase. Era muy consciente de que Richard Hawthorne no podía saber bajo ningún concepto que Sloane y yo éramos amigos íntimos, y muchísimo menos sospechar que éramos algo más.

Si ese narcisista captaba la más mínima debilidad, la usaría para destruir a Sloane en los tribunales.

Mi deber era protegerla, incluso cuando ella me había descartado.

Richard nos miró a los dos. Evaluó mi intervención rápida, mi interrupción a Jonah, y soltó un bufido desdeñoso.

—Vete a los vestuarios y cámbiate de una vez, Jonah. Esto es patético —le ordenó Richard, con la voz carente de cualquier afecto.

Acto seguido, sin esperar respuesta, se dio media vuelta, ajustándose las solapas del abrigo caro, y abandonó el área del tatami, dejándonos atrás.

El silencio en la sala de recuperación fue sepulcral.

Me giré despacio hacia Jonah. El chico estaba temblando. Tenía la vista clavada en el suelo de goma y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Había aguantado la compostura frente a su padre, pero ahora que estábamos solos, la coraza se le estaba resquebrajando.

Me acerqué a él, con los músculos todavía tensos por la adrenalina, y apoyé una mano grande y cálida en su hombro. Lo apreté con suavidad, transmitiéndole toda la seguridad, el cariño y la estabilidad que su padre acababa de negarle.

Jonah no levantó la vista, pero su voz cortó el silencio de la sala. Un susurro cargado de una amargura que ningún niño debería conocer.

—Lo odio.

«Yo también, colega».

«Con toda mi puta alma».

Tragué el nudo de rabia y dolor que me bloqueaba la garganta. No le dije nada en voz alta. No podía validarle ese odio, pero tampoco iba a llevarle la contraria. Simplemente le di otro apretón reconfortante en el hombro.