DIECISIETE
Sloane
E l asfalto de la carretera hacia las afueras de la ciudad estaba cubierto por una fina capa de hielo negro. Conducía con la vista fija en la tormenta de nieve, pero mi mente estaba a kilómetros de allí.
Odiaba esta noche. Odiaba el vestido formal y ajustado que llevaba puesto, odiaba la perspectiva de tener que sonreír durante horas, y odiaba haber dejado a Jonah otra noche más en casa de mis padres bajo la excusa del trabajo. Pero, por encima de todo, me odiaba a mí misma.
La imagen de Noah cruzándose conmigo en los pasillos del hospital durante la última semana se había grabado a fuego en mi córnea.
La frialdad profesional con la que me trataba me estaba despellejando viva.
Había perdido su sonrisa. Ese gesto brillante y lleno de vida que parecía iluminar los rincones más oscuros del Wildwater Regional había desaparecido por completo.
Y yo sabía, con una certeza que me aplastaba el pecho, que la culpa era única y exclusivamente mía.
Aparqué frente a L’Aura , el restaurante más elitista y pretencioso de la zona. El sitio donde Richard me llevó a cenar hace casi trece años y el lugar al que me había obligado a ir en su primera noche en el pueblo.
Al entrar al comedor reservado, los vi. Richard Hawthorne estaba sentado a la mesa junto a dos altos ejecutivos del fondo de inversión médica, apurando su primera copa de un vino carísimo. Tomé aire, me coloqué mi máscara de profesional y me acerqué a ellos.
Durante los primeros platos, me limité a observar en silencio.
Richard desplegó su arsenal de carisma. Hacía bromas, reía con fuerza, palmeaba espaldas y soltaba anécdotas superficiales sobre sus días en Portland, adulando a los ejecutivos con ese encanto plastificado que años atrás me había parecido deslumbrante.
Pero ahora, sentada frente a él a mis treinta y dos años, la ilusión se rompió en mil pedazos.
Miré a Hawthorne sin el filtro de la chica de veinte años deslumbrada.
Lo escruté con los ojos de la profesional madura que dirigía un hospital.
Y lo que vi me revolvió el estómago por lo patético que resultaba.
Bajo el traje a medida y la sonrisa perfecta, Richard era un médico mediocre.
Un hombre de cincuenta y cinco años que basaba todo su poder en el carisma, el amiguismo y la manipulación, porque no tenía la sustancia ni el talento para sostenerse en un quirófano de alto riesgo.
El espejismo se hizo aún más evidente cuando trajeron los postres y uno de los ejecutivos, un hombre analítico de pelo cano, se cansó de las bromas de Richard y se dirigió directamente a mí.
—Directora Parker, seamos pragmáticos —dijo el inversor, apoyando los codos en la mesa—. El doctor Hawthorne nos ha vendido la idea de la cardiología, pero usted dirige los números. ¿Cuáles son los beneficios reales de su hospital en esta región?
Richard intentó intervenir, pero yo me adelanté. Mi terreno. Mis reglas.
—Si buscan impacto real, caballeros, la cardiología preventiva en Wildwater Falls no es nuestra punta de lanza —comencé, adoptando mi tono más frío y preciso—.
Nuestra tasa de mortalidad postraumática ha descendido un cuarenta por ciento en tres años.
La región está dominada por accidentes de alta montaña y emergencias climáticas.
El ochenta por ciento de nuestros ingresos de flujo rápido provienen de Urgencias y de la unidad de Ortopedia, donde contamos con cirujanos de la talla de Logan Pierce, cuya tasa de éxito en reconstrucción articular supera la media estatal.
Mientras desgranaba estadísticas, porcentajes de ocupación de camas y tiempos de respuesta del equipo Alfa, vi cómo los ojos de los ejecutivos se iluminaban con auténtico interés. Se inclinaron hacia adelante, asintiendo.
—Si desean invertir en recursos que salven vidas y generen un retorno inmediato de prestigio y facturación, mi consejo es habilitar equipamiento de última generación para los quirófanos de trauma y expandir los boxes rápidos de Urgencias.
Les pasaré los proyectos detallados a primera hora del lunes.
Richard forzó una sonrisa, pero tenía la mandíbula tan apretada que temí que se le astillaran los dientes. Había intentado redirigir la conversación hacia sus estúpidos bypasses de rutina dos veces, pero lo había silenciado con datos empíricos.
Para intentar retomar el control y el protagonismo de la noche, Hawthorne alzó su copa, dirigiéndose a los ejecutivos con una falsa efusividad.
—Bien, ya hemos tenido suficiente burocracia por hoy. Caballeros, los invito a tomar la última copa en el bar del pueblo.
Se me heló la sangre. Intenté excusarme alegando que era tarde, que tenía trabajo administrativo y que Jonah me esperaba, pero los ejecutivos, animados por el alcohol, insistieron hasta el punto de arrinconarme. No tuve escapatoria.
A las diez, nuestro grupo cruzó las puertas de The Switchback .
El contraste fue doloroso. El olor a leña y fritura, el serrín en el suelo y la música country a todo volumen chocaban violentamente con nuestros abrigos de lana y nuestros trajes a medida.
Mantuve la cabeza gacha. Intentando pasar desapercibida.
Era viernes y sabía quién iba todos los viernes a tomar unas copas al bar.
Nos acomodamos en una mesa amplia, apartada de la pista de baile.
Mientras Richard pedía una ronda para los inversores.
Solo entonces me atreví a levantar la vista de mi bolso de mano.
Escaneé el local.
No tardé en encontrar la mesa larga del fondo. Allí estaban. Hannah riendo junto a Caleb, Logan pidiendo cervezas, Avery, Ian y Savannah. Pero faltaba alguien. La silla junto a Avery estaba vacía.
Un nudo gélido me subió por la garganta. Gire la cabeza hacia el centro del local, hacia la pequeña pista de baile improvisada frente a la máquina de discos.
Y allí estaba él.
Noah. Llevaba una simple camiseta y unos vaqueros gastados. Estaba bailando una balada lenta con Maya, la chica dulce del Blackbird Coffee . La mano de Noah descansaba en su cintura. La de ella sobre su hombro y sus manos unidas.
Se me cortó la respiración. Un dolor físico, agudo y cegador, me atravesó el pecho, mucho más potente que el miedo a Hawthorne, a la junta o a los tribunales. Noah en brazos de una mujer que no tenía su vida rota, una chica normal, sin bagaje, que podía darle todo lo que yo le había negado.
Noah dejó de moverse. Me miró, y en esa mirada vi reflejado mi propio infierno: el abismo gigantesco y silencioso que nos separaba.
Yo estaba sentada a la mesa del hombre que nos había destruido, y él estaba intentando pasar página, sin mí.
Fui incapaz de apartar la mirada. Me quedé allí, sangrando por dentro, asumiendo que mi cobardía me había costado la única cosa real que había tenido en toda mi maldita vida.
Se me partió el corazón con un sonido silencioso y devastador.
Yo no tenía ningún derecho a sentir celos.
Había sido yo quien lo había alejado. Yo lo había llamado irresponsable y le había dicho que nuestra relación era solo una atracción pasajera.
Y, sin embargo, el monstruo verde y punzante de la envidia me arañaba el pecho por dentro.
Celos de una chica que podía tocarlo a la vista de todos sin miedo a represalias.
Mantuve mis ojos fijos en él, y la mirada que Noah me devolvió, por encima del hombro de la chica, no fue ni amable ni comprensiva.
Fue una mirada intensa, oscura, cargada de una seriedad que dolía físicamente.
Vi cómo sus ojos se desviaron un milímetro hacia mi izquierda, hacia los hombres de mi mesa.
Hacia Hawthorne, que en ese preciso instante estaba riendo a carcajadas por un chiste rancio sobre su etapa de residente, completamente ajeno de lo que sucedía a su alrededor.
Quise levantarme y salir corriendo. Quise huir hacia la puerta, cruzar el bar, agarrar a Noah del brazo y sacarlo de allí para explicarle que me estaba muriendo por dentro. Pero mis zapatos de tacón parecían fundidos con el suelo de madera.
Cerré los ojos con fuerza durante dos segundos, enterrando las uñas en la palma de mi mano para centrarme en el dolor físico e intentar ahogar las ganas de llorar.
Cuando los volví a abrir, Noah se estaba separando de Maya en el borde de la pista. Le dio un asentimiento amable y regresó a la mesa del fondo con Ian, Caleb y los demás. Regresó solo.
Un suspiro de alivio, traicionero y egoísta, se me escapó de los labios. Pero el consuelo fue fugaz, porque era solo cuestión de tiempo. Era cuestión de tiempo que Noah encontrara a alguien que le pudiera dar lo que yo no.
Y opciones no le iban a faltar. Porque Noah era, sencillamente, brillante.
Era cálido. Noah Grant era como el mismísimo sol; irradiaba una energía tan pura que todo el mundo gravitaba a su alrededor, buscando instintivamente absorber un poco de su luz para calentarse.
Yo lo sabía mejor que nadie. Jonah y yo nos habíamos convertido en girasoles desesperados, girando siempre hacia donde él estuviera.
—Directora Parker.
La voz grave de uno de los ejecutivos del fondo de inversión rasgó mi burbuja de miseria. Parpadeé, tragando grueso, y giré el rostro hacia la mesa.
—Disculpe. Dígame —respondí, recomponiendo mi máscara con la rapidez que me daban años de práctica.
—Estábamos comentando la ambición del doctor Hawthorne —dijo el hombre, pasándose una mano por la barbilla, con los ojos entrecerrados evaluándome—.
Como directora médica de este centro, y dejando a un lado la obvia capacidad del doctor, queremos saber su opinión experta sobre la viabilidad de la unidad de élite de cirugía cardiotorácica en su hospital. ¿Es rentable a medio plazo?
Sentí la mirada afilada de Richard clavándose en el lateral de mi cuello. Esperaba que yo le hiciera el trabajo sucio frente a los inversores.