Pulse (Wildwater Falls 4) DIECISIETE #2
54%

DIECISIETE #2

Mi posición era radicalmente contraria a su circo de vanidades, pero en medio de aquel bar, con la mesa de Noah a mis espaldas y el corazón hecho trizas, no iba a permitir que Hawthorne sumara una sola victoria. Opté por la diplomacia.

—Caballeros, permítanme ser absolutamente franca.

Nuestro equipo médico en el Wildwater Regional es, hoy por hoy, de lo mejor del país.

Tengo a cirujanas de trauma formadas en los hospitales más salvajes de Chicago, a la estrella estatal en ortopedia y a un equipo de técnicos de rescate aéreo y urgencias con una experiencia incomparable en estabilización crítica en la región —comencé, remarcando la fuerza de los míos antes de dar el golpe—.

Cualquier cambio drástico supone reajustes, y es indudable que una unidad cardiotorácica mejoraría el catálogo de servicios que podemos ofrecer sobre el papel.

Hice una pequeña pausa, tomando un sorbo de mi vaso de agua con limón.

—Sin embargo —continué, con un tono elegante pero innegociable—, contamos con la enorme suerte de pertenecer a una red hospitalaria estatal de altísimo nivel.

El Portland General está a solo cuarenta y cinco minutos de vuelo en helicóptero y ya posee la unidad cardiológica de élite más avanzada del noroeste.

Por ubicación geográfica y capacidad operativa, la misión vital del Wildwater Regional es estabilizar a los moribundos en la montaña y salvar extremidades en el acto. Esa es nuestra mina de oro.

El silencio en la mesa fue denso. Los ejecutivos cruzaron miradas significativas entre ellos, procesando el hecho de que, en la práctica, yo acababa de catalogar el programa de Hawthorne como una redundancia ineficiente para el sistema.

Richard apretó los dientes, manteniendo la compostura a duras penas, pero sus ojos oscuros prometían guerra.

Y, por primera vez en toda la noche, sentí que la armadura me volvía a encajar perfectamente.

Podía estar rota por dentro, pero nadie, ni siquiera Richard Hawthorne, iba a hundir el hospital que yo había construido.

El ambiente en nuestra mesa se volvió insoportable cuando el camarero trajo la segunda ronda de bebidas.

Los ejecutivos empezaban a arrastrar las palabras.

Richard estaba más pesado de lo normal, invadiendo mi espacio personal al inclinarse sobre la mesa, apestando alcohol y a una colonia que me revolvía las tripas.

No podía soportar tenerlo cerca ni un minuto más. Me estaba asfixiando.

Agarré mi bolso de mano y me puse en pie con un movimiento brusco. Murmuré un par de excusas sobre el cansancio, la revisión de los historiales de mañana y la necesidad de volver con mi hijo, cortando de raíz cualquier intento de Richard por retenerme.

Antes de darme la vuelta hacia la salida, el masoquismo me obligó a alzar la vista una última vez hacia la mesa del fondo.

Casi me arrepiento en el acto.

Noah ya no estaba solo con sus amigos. Dos chicas se habían acercado a su lado de la mesa.

Las reconocí al instante: eran dos veinteañeras, alumnas de la clase de defensa personal que Violet daba en el dojo.

Las había visto charlar más de un sábado por la mañana mientras yo esperaba a Jonah.

Eran jóvenes, vibrantes, y llevaban el pelo suelto cayéndoles por los hombros.

Una de ellas se inclinó hacia Noah y le dijo algo.

Él soltó una carcajada baja, echando la cabeza un poco hacia atrás.

A esa distancia, me resultaba imposible saber hasta qué punto Noah estaba coqueteando, o si simplemente estaba siendo el hombre amable y arrollador de siempre.

El cóctel de emociones me quemó la garganta. El idiota de Hawthorne babeando a mis espaldas, Noah riéndose con chicas que no tenían ni idea de quién era él en realidad y lo que valía, y yo echándolo de menos con una fuerza tan destructiva que apenas me dejaba respirar.

No aguanté más.

Me di media vuelta y caminé a paso rápido hacia las puertas batientes del bar, huyendo de allí como si el local estuviera en llamas.

Salí al exterior y el impacto del frío nocturno me golpeó la cara como una bofetada.

Inusualmente, la tormenta de nieve había cesado por completo.

El cielo nocturno sobre las montañas estaba completamente despejado, exhibiendo un manto de estrellas impresionante y prístino.

Pero la temperatura había caído en picado, creando un frío glacial que te cortaba la respiración y te helaba las pestañas al instante.

Empecé a caminar hacia mi coche, abrazándome a mí misma, tiritando bajo el abrigo.

El crujido de unas botas pisando la nieve a mis espaldas me hizo tensarme. Antes de que pudiera girarme, sentí el peso firme y cálido de una mano grande aferrándose a mi hombro.

Di un respingo, sobresaltada, y me di la vuelta de golpe.

Era Noah.

Me había seguido. Llevaba su chaqueta abierta, desafiando las temperaturas bajo cero, y tenía el pecho subiendo y bajando por la respiración acelerada.

Retiró la mano de mi abrigo de inmediato, como si el contacto le hubiera quemado, y se metió ambas manos en los bolsillos delanteros de los vaqueros.

Por un instante infinito, nos quedamos parados bajo la luz ambarina de la farola del aparcamiento, mirándonos.

El silencio del bosque nevado nos envolvió.

El vaho de nuestras respiraciones se mezclaba en el espacio que nos separaba.

Quería lanzarme a sus brazos. Quería hundir la cara en su cuello y respirar su olor a cedro hasta anestesiarme.

Y, por la forma en que su mandíbula estaba tensa y sus ojos oscuros me recorrían el rostro, supe que él estaba librando exactamente la misma batalla interna.

El deseo y algo mucho más profundo seguían ahí, intactos, latiendo violentamente bajo capas y capas de hielo.

Pero ninguno de los dos cruzó la línea.

Noah carraspeó, rompiendo el hechizo.

—Me he enterado de que Hawthorne ha llegado hoy —dijo. Su voz sonó ronca, desprovista de cualquier enfado —. ¿Qué tal ha ido?

Solté un suspiro tembloroso. Un nudo gigantesco se me instaló en la base de la garganta. Tener a este hombre tan cerca, a centímetros de mi boca, y a la vez tan inalcanzable, me estaba matando.

—Ha sido justo lo que esperaba —admití en un susurro, cruzando los brazos sobre mi pecho—.

Ha aterrizado en el hospital como un elefante en una cacharrería.

Ha intentado mandar a todo el mundo desde el minuto uno, desautorizarme delante del equipo y ha ido exhibiendo ese ego desmesurado suyo por cada rincón del ala de cirugía.

Me encogí de hombros, aguantando con todas mis fuerzas las lágrimas que pugnaban por salir. Lo echaba de menos. Muchísimo.

Noah me observó en silencio durante unos segundos. La dureza de sus facciones se suavizó, dando paso a una tristeza profunda.

—Te entiendo, Sloane —murmuró, con una suavidad que me partió el alma—.

Ahora lo entiendo. Entiendo por qué pusiste tantas barreras entre nosotros.

Por qué te has aislado de todo el mundo durante todos estos años.

Vivir con el miedo constante a perder a Jonah por culpa de un tipo así... debe ser paralizante.

Cerré los ojos un segundo y asentí, inmensamente agradecida por su empatía. No me juzgó. No me reprochó mi cobardía. Solo vio mi dolor y mi miedo.

—Quiero que sepas algo —continuó Noah, dando medio paso hacia mí, aunque mantuvo las manos firmemente ancladas en sus bolsillos—.

A pesar de todo lo que ha pasado entre nosotros, no dudes ni un segundo de que todo el equipo Alfa está de tu parte, Sloane.

Todos te cubrimos las espaldas. Y si necesitas nuestra ayuda, o mi ayuda, para lo que sea... cuenta con nosotros. Cuenta conmigo.

Una lágrima traicionera se me escapó y resbaló por mi mejilla helada. Me la sequé rápidamente con el dorso de la mano.

—Gracias, Noah. De verdad —susurré —. Por suerte, esto es un asunto muy burocrático, y hay un par de miembros en la junta directiva que están intentando luchar contra todo este sinsentido. Sobreviviremos.

Noah asintió lentamente. Suspiró, dejando que el aire frío se llevara las últimas palabras no dichas entre nosotros.

—Entonces, te dejo ir a casa. Estás helada —dijo, retrocediendo un paso hacia la entrada del bar—. Dale las buenas noches a Jonah de mi parte. Y dile que se prepare bien para la sesión del dojo de mañana, porque no pienso tener piedad con él en el tatami.

Noah intentó esbozar una sonrisa para mí. Su característica sonrisa ladeada. Pero el gesto se quedó a medias, tembloroso, y no le llegó a los ojos. Sus ojos seguían siendo dos pozos de tristeza infinita.

—Lo haré. Buenas noches, Noah.

Me di la vuelta, subí al coche y arranqué el motor. Mientras me alejaba por la carretera nevada, vi por el retrovisor cómo Noah se quedaba de pie en el aparcamiento, observando las luces rojas de mi coche hasta que me tragó la oscuridad.

Miré el cielo estrellado a través del parabrisas, recordando las estrellas del planetario y lo estúpidamente feliz que había sido allí, entrelazando mi mano con la suya a espaldas del mundo.

Y mientras las lágrimas finalmente empezaban a caer en silencio, me embargó la absoluta y devastadora certeza de que estaba cometiendo el peor error de toda mi vida.