Pulse (Wildwater Falls 4) DIECISÉIS #4
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DIECISÉIS #4

Los miré a todos. Me sentía increíblemente afortunado de tenerlos, pero la presión de sus miradas preocupadas me estaba asfixiando.

—Os agradezco el apoyo a todos, de verdad —empecé, alzando las manos en señal de rendición, intentando inyectar algo de ligereza en mi voz—.

Pero he venido esta noche para divertirme, beber cerveza y olvidarme de las penas.

Y os juro que si seguís echándome esas miraditas como si fuera un cachorro apaleado, me va a ser muy, muy difícil pasarlo bien.

Logan soltó una carcajada seca, levantando la mano para llamar al camarero.

—El chico tiene razón. Basta de funerales —sentenció —. ¡Primera ronda para todos y una ración doble de alitas picantes!

La tensión se disipó gradualmente. Las cervezas frías llegaron a la mesa, las conversaciones empezaron a fluir y el volumen de las risas aumentó.

Recostado en mi silla, escuchando a Ian y Caleb discutir sobre el rendimiento de las nuevas palas del helicóptero, me relajé un poco.

Sentí que el vacío constante en mi pecho dolía menos con mi familia elegida cerca.

Por el rabillo del ojo, vi acercarse a una chica.

Era la camarera del Blackbird Coffee . Maya, si no recordaba mal.

La misma chica bonita, dulce y de mejillas sonrosadas que había coqueteado conmigo hace unas semanas, aquella mañana en la que fui a desayunar con Sloane y Jonah.

Llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa de franela, y me sonreía con una timidez encantadora.

Se detuvo junto a mi silla.

—Hola, Noah. ¿Te animas a bailar esta canción? —me preguntó, señalando con la cabeza la pequeña pista de baile improvisada frente a la máquina de discos, donde sonaba una balada de country a medio tiempo.

No estaba de humor. Mi cuerpo entero rechazaba la idea de tocar a otra mujer que no oliera a Sloane, pero mi incapacidad crónica para ser borde con la gente amable me impidieron rechazarla con frialdad.

Me puse en pie con una sonrisa cortés.

—Claro. Un baile.

La guie hacia la pista. Maya apoyó una mano en mi hombro y yo coloqué la mía en su cintura, manteniendo una distancia prudencial.

Charlamos un poco sobre el temporal de nieve y los turnos dobles en la cafetería.

Ella era simpática y hablaba sin parar, lo cual agradecí porque me eximía de tener que sostener la conversación.

A mitad de la canción, mientras dábamos un giro lento, alcé la vista por inercia hacia la puerta principal de madera del bar.

Y el mundo se detuvo de golpe.

Tres figuras acababan de cruzar el umbral.

Iban escoltados por un par de ejecutivos del ala administrativa del hospital.

Estaban completamente fuera de lugar en aquel bar rústico de montaña.

Llevaban abrigos de lana caros, trajes impecables y zapatos de diseño que no estaban hechos para pisar el serrín del suelo de The Switchback .

En el centro del grupo estaba Richard Hawthorne, exhibiendo una sonrisa depredadora, con un brazo extendido como si estuviera presentando su nuevo feudo.

Y a su lado, estaba Sloane.

No podía creer lo que estaba viendo. Sloane llevaba un vestido negro, sobrio, formal y elegantísimo, oculto en parte por un abrigo de corte inmaculado.

Parecía una reina de hielo arrastrada a un exilio forzoso.

No levantaba la vista de su bolso de mano, aferrándose al cuero con los nudillos blancos.

El grupo se abrió paso ignorando a los locales y se sentó en una de las mesas más grandes y apartadas de la pista de baile, buscando privacidad.

Mis pies dejaron de moverse. Dejé de escuchar a Maya. Toda mi atención se focalizó en la mesa del fondo, en la forma en que Hawthorne se inclinaba para decirle algo al oído a Sloane, en cómo ella tensaba los hombros y asentía de forma mecánica, absolutamente miserable.

La bilis me subió a la garganta. La indignación me quemó las venas.

Yo conocía a Sloane mejor que nadie. Sabía que odiaba estar fuera de casa a estas horas.

Sabía que para ella un viernes perfecto consistía en quedarse en su cabaña, descalza, viendo una película de superhéroes con Jonah, arropados con una manta en el sofá.

Verla allí me llenó de una rabia asesina.

Sloane levantó la vista de su bolso. Paseó sus ojos castaños por la multitud del bar, buscando una salida de emergencia, hasta que su mirada se cruzó directamente con la mía en el centro de la pista de baile.

El impacto fue brutal.

Sloane me vio bailando, sosteniendo a otra mujer por la cintura. Y yo la vi a ella, acorralada en una mesa, sentada a centímetros del monstruo que nos había separado.

En ese segundo suspendido en el tiempo, nadie dijo nada, pero la verdad nos golpeó a los dos con la fuerza de una avalancha. Sentí que un abismo kilométrico se abría en el suelo del bar, separándonos para siempre. La distancia entre nosotros nunca había sido tan real ni tan dolorosa.

Maya me dijo algo, pero no la escuché. Solo podía sentir cómo el vacío que creía haber apaciguado en mi pecho volvía a abrirse amenazando con devorarme por completo.