DIECISÉIS #3
Vi cómo, segundo a segundo, la expresión de Caleb se iba oscureciendo. La mandíbula se le tensó de forma peligrosa y una sombra de furia fría le cruzó la mirada. El ambiente distendido del vestuario se evaporó al instante.
El audio terminó. Caleb bajó el teléfono y miró a la pared desconchada del fondo.
—Vaya gilipollas de mierda —masculló, con una mezcla de asco y furia asesina.
Ian dejó de abotonarse la camisa. Se giró despacio hacia él. Yo me enderecé en el banco, olvidándome del dolor de espalda, con el corazón repentinamente acelerado.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Ian, adoptando de inmediato su tono frío.
Caleb se pasó una mano por el pelo y nos miró.
—Hawthorne —empezó a explicar Caleb, lanzando su camiseta técnica al fondo de la taquilla—. Acaba de tener su primer día en el hospital y, básicamente, ha entrado como un elefante en una cacharrería. Hannah me acaba de hacer un resumen de la reunión de bienvenida con el equipo de cirugía.
El aire se me atascó en los pulmones. Hawthorne ya estaba aquí.
—El tipo se ha presentado en la sala de juntas con actitud de dios terrenal, intentando reestructurar los quirófanos, cambiar los turnos del personal y disponer de las enfermeras de trauma a su antojo —continuó Caleb, negando con la cabeza—.
Pero ha chocado de frente contra el equipo médico.
Hannah y Georgia se le han echado encima. Lo han frenado en seco.
—Como tiene que ser —murmuró Ian, con una media sonrisa de respeto.
—Hannah le ha dejado claro que los quirófanos son su territorio y que no va a mover un puto bisturí sin su permiso y el de la directora médica —Caleb soltó una risa seca, cargada de orgullo—.
Y, por si fuera poco, todo el equipo de cirugía ha cerrado filas.
Le han dicho en su cara que, si toma una sola decisión sin contar con la aprobación explícita de Sloane y Hannah, se declaran en huelga y dejan de colaborar en el programa.
Me quedé alucinado, procesando la información. Estaba impresionado por la fiereza de Hannah y Georgia, sí, pero también sentí un nudo de pura incredulidad.
—¿Me estás diciendo que el tipo ha conseguido joder en un solo día todo el trabajo que le ha costado a Sloane levantar ese equipo de élite médica?
—pregunté, con la voz ronca, levantándome del banco para agarrar mis vaqueros—.
Sloane lleva años creando un engranaje perfecto.
Y este cabrón llega y lo dinamita en su primera reunión.
—Si eso es lo que hace en su primer día, este tipo va a ser un cáncer para todos —intervino Ian, cruzándose de brazos, con el ceño fruncido por la preocupación—. Esto va a afectar a todas las personas de nuestro círculo.
Terminé de subirme los vaqueros, abrochando el botón con brusquedad.
—Es que no lo entiendo —dije, sintiendo que la sangre me hervía de impotencia—.
Por lo que yo sé, la junta solo ha contratado a Hawthorne para dirigir el dichoso programa de formación en cirugía cardiotorácica y para ejercer de cara bonita en los actos y galas de recaudación de fondos.
Eventos a los que, por cierto, Sloane está obligada a asistir con él del bracete.
Ian me miró, extrañado por la falta de lógica del asunto.
—Si ese es su trabajo, ¿qué demonios hace inmiscuyéndose en la estructura del equipo de trauma pesado? No es su terreno.
Caleb suspiró hondo, cerró la puerta de su taquilla y se apoyó contra el metal frío, bajando la voz.
—Esa es la cuestión —nos desveló—. Hannah se enteró hace una semana de que el tipo aparecería por el hospital, y desde entonces ha dedicado cada minuto de su tiempo libre a investigar su historial. Tirando de contactos en Chicago y Seattle.
Caleb nos miró, con una sonrisa sin pizca de humor.
—Hawthorne es famosísimo en Portland, sí, pero porque es el médico de cabecera de gente muy poderosa.
Políticos locales, jueces, empresarios de alto nivel...
ya sabéis, gente que necesita un cardiólogo más que nadie para comprobar si tienen corazón —ironizó Caleb—.
Pero cuando Hannah profundizó en sus estadísticas médicas reales, se encontró con un enigma.
—¿Qué clase de enigma? —pregunté, sintiendo un escalofrío de anticipación.
—Sus cirugías son buenas, pero no ha hecho nada reseñable en dos décadas.
Su tasa de supervivencia en mesa de operaciones es de casi el cien por cien.
¿Y sabéis por qué? Porque jamás realiza cirugías de riesgo.
Nunca entra a un quirófano si no tiene garantizada la victoria.
No ha implementado ni una sola técnica nueva, no ha publicado investigaciones recientes y se niega a operar traumas pesados.
La teoría de mi chica es que Richard Hawthorne es, en el fondo, un médico increíblemente mediocre con una fama inmerecida, sostenida únicamente por sus contactos y su carisma.
Me dejé caer de nuevo en el banco de madera, asimilando la información. Hawthorne era solo un manipulador que vivía de las apariencias.
—El equipo de cirugía lo ha calado en menos de cinco minutos —añadió Caleb, mirándome con una comprensión que me dolió—. Han cerrado filas en torno a Sloane. Hannah me lo ha dejado muy claro en el audio. El equipo la va a proteger a toda costa de ese parásito.
Asentí, tragando saliva.
Saber que Sloane no estaba sola frente a los lobos me dio un alivio inmenso. Pero el consuelo duró un segundo antes de ser arrasado por la frustración.
Me sentía como una mierda por no poder estar allí.
Quería ser yo quien la protegiera. Quería cuadrarme frente a Hawthorne y romperle la mandíbula al primer tono de condescendencia que usara con ella.
Sabía perfectamente lo difícil que iba a ser todo esto para Sloane, porque trascendía el terreno laboral.
Pero la aplastante y cruda realidad era que mi presencia, mi cercanía y mi protección no eran lo que ella deseaba. Ella misma me había empujado fuera de su castillo.
Agarré mi chaqueta del banco y me la eché al hombro, incapaz de sostenerle la mirada a mis amigos, sintiendo el vacío pudriéndome por dentro.
—Es una auténtica mierda toda la situación —me limité a decir, con la voz apagada, resumiendo en una sola frase el desastre en el que se había convertido mi vida sin ella.
✽✽✽
El interior de The Switchback olía a leña quemada, a cerveza artesanal y a comida frita.
El bajo de la música country-rock vibraba en las tablas del suelo, mezclándose con el bullicio de los vecinos de Wildwater Falls celebrando el inicio del fin de semana.
Era un ambiente ruidoso, cálido y familiar.
El tipo de lugar en el que siempre me había sentido en casa.
Pero esta noche, el calor del local no era suficiente para descongelar el bloque de hielo que llevaba instalado en el pecho desde hacía una semana.
Me abrí paso entre la multitud, esquivando a un par de turistas y a un grupo de bomberos forestales, hasta que localicé nuestra mesa habitual al fondo del local.
Ian y Savannah ya estaban allí. Savannah, que llevaba el pelo cobrizo recogido en una trenza deshecha y un jersey de lana grueso, levantó la vista de su cerveza.
En cuanto me vio, sus ojos se suavizaron con una mezcla de cariño absoluto y una empatía que casi me derriba.
Sabía lo que había pasado. Ian se lo había contado. No había secretos entre ellos.
Llegué a la mesa y me dejé caer en la silla de madera frente a ellos.
—No me mires con lástima, Sav —le pedí en voz baja, casi a modo de saludo, frotándome la nuca.
Savannah alargó la mano por encima de la mesa barnizada y cubrió la mía, apretando mis dedos con firmeza.
—Jamás te tendría lástima, Noah Grant —me aseguró, con esa voz suave que la caracterizaba —. Pero quiero que sepas que, si necesitas hablar, gritar o simplemente emborracharte hasta olvidar tu propio nombre, estoy aquí para lo que necesites. Siempre.
Tragué el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta y asentí.
—Gracias, pelirroja.
Me esforcé por esbozar mi sonrisa habitual, esa sonrisa ladeada, vivaz y brillante que siempre me había servido como tarjeta de presentación frente al mundo.
Pero esta vez, el gesto se sintió forzado.
Los músculos de mi cara pesaban una tonelada, y supe que Savannah se había dado cuenta de que el brillo de mis ojos se había apagado por completo.
La puerta del bar volvió a abrirse, dejando entrar una ráfaga de viento helado, y segundos después llegaron Caleb y Hannah, seguidos de cerca por Logan y Avery.
Se acomodaron alrededor de la mesa grande, quitándose los abrigos y sacudiéndose la nieve. Avery, siempre tan instintiva, se sentó a mi lado. Sin decir una sola palabra, deslizó su mano hasta mi hombro y me dio un apretón amistoso, silencioso pero cargado de un apoyo feroz.
Desde el otro lado de la mesa, Hannah se apoyó en el hombro de Caleb. Me miró con esa calidez inmensa que reservaba solo para su círculo íntimo.
—Pase lo que pase, Noah, estamos todos aquí para ti —me dijo, dejando claro que el hospital, las jerarquías y las alianzas no significaban una mierda comparadas con nuestra amistad.