DIECISÉIS #2
El pánico inicial se transformó en una bilis ardiente. Forcé una risa seca y cortante.
—No.
Él se echó hacia atrás, riéndose de nuevo, exhibiendo esa suficiencia repugnante.
—Era una broma, querida. Relájate. Sé lo celosa que eres de tu intimidad. Y, francamente, yo también valoro mucho la mía. El hotel Pine Resort me ha preparado una suite magnífica y muy discreta.
El mensaje estaba clarísimo. Iba a seguir con su patrón. Cazar y seducir chicas jóvenes y manipulables, exactamente lo mismo que había hecho conmigo cuando yo era una estudiante de veinte años y él un cirujano intocable. Apreté los dientes y decidí marcar los límites de su estancia en mi hospital.
—Me alegra que valores la discreción, Richard.
Porque quiero dejarte algo muy claro desde el primer minuto —mi voz sonó tan afilada como el hielo del exterior—.
Aunque en este hospital no existen normas que prohíban específicamente las relaciones consentidas entre miembros del personal, sí existe una normativa estricta: las relaciones personales jamás pueden afectar al desarrollo profesional, al clima laboral o al juicio médico de nuestro equipo.
Si detecto un solo caso en el que tus "actividades privadas" interfieran con mi personal, me veré en la obligación de tomar cartas en el asunto e informar a la junta de un comportamiento predatorio.
Richard no pareció inmutarse. Al contrario, sonrió con malicia.
—Procuraré que mis actividades queden estrictamente fuera del recinto hospitalario, directora Parker —respondió, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo—.
Aunque, si te soy sincero, todos estos protocolos serían innecesarios si tú misma estuvieras dispuesta a pasar algunas noches en mi suite. Como en los viejos tiempos.
Tuve que apretar los puños bajo la mesa para evitar vomitar allí mismo.
—Ese barco zarpó y se hundió hace doce años, Richard —le espeté, mirándolo con un asco puro—. Jamás, en la vida, volveremos a tener ningún tipo de relación. Estás aquí por la junta, no por mí. Cíñete a tu programa.
Hawthorne arqueó una ceja, visiblemente divertido por mi seguridad, como si creyera que mi rechazo era solo un juego preliminar. Se enderezó y se abrochó el botón de la chaqueta.
—Lo que tú digas, querida —concedió, cambiando radicalmente de tema con su frialdad habitual—. Me gustaría conocer al equipo de cirugía con el que voy a trabajar. Especialmente a tu famosa jefa de trauma y a esa superestrella de la ortopedia de la que tanto se habla en los congresos estatales.
Tragué bilis, cogí mis carpetas y salí de detrás del escritorio.
—Acompáñame a la sala de juntas. Te están esperando.
El trayecto por los pasillos fue una tortura.
Cuando abrí la puerta de la sala de cristal, mi equipo ya estaba reunido alrededor de la mesa ovalada.
Hannah O'Malley presidía la cabecera, imponente en su uniforme verde quirúrgico.
A su lado, Logan Pierce tecleaba en una tableta.
También estaban el doctor Evans, Avery Collins como jefa de enfermeras de quirófano, y el bloque de urgencias: Georgia y Savannah Robbins junto con la enfermera jefe de urgencias.
El equipo de élite que había levantado este hospital.
—Equipo, les presento al doctor Richard Hawthorne —anuncié, manteniendo un tono monocorde—. Viene de Portland para liderar el programa de formación en cirugía cardiotorácica durante los próximos seis meses.
Richard avanzó hacia la cabecera con paso imperial. No saludó. No esperó a que yo lo introdujera formalmente a cada uno. Simplemente apoyó las palmas sobre la mesa y se dirigió a la élite de mi hospital como si estuviera hablándole a un grupo de internos novatos.
—Es un placer estar aquí para elevar el estándar de este centro, equipo —comenzó Richard, desplegando su arrogancia—.
A partir del lunes, reestructuraremos los cuadrantes de los quirófanos uno y tres para adaptarlos a mis intervenciones.
Quiero que las enfermeras de trauma roten directamente bajo mi supervisión.
Revisaré personalmente los protocolos de urgencias antes de que me suban pacientes a planta y evaluaré las aptitudes de cada uno de ustedes para...
—Alto ahí.
La voz de Hannah O'Malley no fue un grito. Fue un bisturí cortando el aire de cuajo.
Hannah se puso en pie lentamente. Hannah no pasaba del metro setenta, pero la presencia que proyectaba en esa sala aplastó el ego de Hawthorne en un milisegundo. Richard se calló, parpadeando, sorprendido de que alguien le hubiera interrumpido en menos de sesenta segundos.
—Creo que hay un error de concepto, doctor Hawthorne —dijo Hannah, con un temple gélido y letal, propio de quien se había formado en los hospitales más salvajes de Chicago—.
Soy la doctora Hannah O'Malley. Jefa de Cirugía de Trauma.
Y me temo que aquí nadie va a reestructurar ni a elevar nada sin mi permiso.
Richard esbozó su sonrisa condescendiente de guante blanco.
—Doctora O'Malley. He oído hablar de usted. Entiendo su apego a sus rutinas, pero mi programa cardiotorácico es prioridad para la junta y...
—Su programa es un anexo formativo temporal —lo interrumpió Hannah de nuevo, apoyando los nudillos sobre la mesa, inclinándose hacia él—.
Permítame que le ubique en el mapa. Sloane Parker es la directora médica.
Yo soy la jefa de cirugía y los quirófanos son mi puto territorio.
La sala de Urgencias la comanda la doctora Georgia Robbins.
Usted es un invitado. Un residente senior de lujo.
No tiene autoridad legal ni estructural para modificar cuadrantes, alterar turnos de enfermería ni disponer de mi equipo de trauma a su antojo.
Haga lo que haga en este hospital, va a tener que contar con la aprobación previa de la directora Parker y con la mía propia.
La mandíbula de Hawthorne se tensó. El encanto se resquebrajó.
Hannah cogió una gruesa carpeta azul de la mesa y la deslizó con fuerza sobre la madera pulida hasta que chocó con las manos de Richard.
—Ahí tiene el resumen de su realidad —continuó Hannah, sin darle tregua—.
Son los turnos inamovibles del personal de quirófano y las ventanas horarias que le hemos habilitado para sus charlas y prácticas.
Adapte su programa a mis horarios. Si necesita un cambio, pedirá cita previa y lo consultará conmigo.
Richard miró la carpeta como si estuviera infectada. Con un gesto de desprecio absoluto, la empujó de vuelta hacia el centro de la mesa.
—Esto es inaceptable —replicó, alzando la barbilla, buscando imponer su jerarquía de macho alfa—.
Llevo veinte años operando corazones. No voy a someter mi calendario a la burocracia de un hospital de pueblo ni a las rabietas territoriales de una cirujana que apenas me llega a los hombros. Yo decido cuándo opero.
Logan dejó su tableta sobre la mesa. El cirujano ortopédico estrella, que no había dicho una palabra, se recostó en su silla, cruzó los brazos y le dedicó a Hawthorne una mirada de pura hostilidad.
Hannah no se amedrentó. Al contrario, se giró hacia mí.
—Sloane —dijo Hannah, dirigiéndose a mí con total normalidad, como si el divo de Portland no estuviera en la sala—.
Que conste en acta. Si el doctor Hawthorne toma una sola decisión médica, altera un turno o intenta utilizar a una de mis enfermeras sin contar con tu aprobación explícita y la mía, el equipo de cirugía de trauma en bloque dejará de colaborar indefinidamente en su programa cardiotorácico.
—Y el equipo de Urgencias se suma al bloqueo —añadió Georgia al instante, cruzándose de brazos, lanzándole dagas con los ojos a Hawthorne—. No verá a un solo paciente estabilizado por mi departamento si no respeta la cadena de mando de esta directora médica.
Me quedé sin aliento.
El despliegue de lealtad, la fuerza bruta con la que mis cirujanas y enfermeras cerraban filas a mi alrededor, protegiéndome, me llenó el pecho de un orgullo fiero.
Mis miedos retrocedieron ante la evidencia: Hawthorne podía amenazarme en privado, pero aquí, en mi hospital, rodeada de mi equipo de élite, él no era nadie. Estaba solo.
Me giré hacia Richard. Lo miré desde arriba, arropada por la lealtad incondicional de los míos, y dejé que la directora médica tomara el control.
—Ya lo ha oído, doctor Hawthorne —sentencié, con un tono duro —. Le recomiendo encarecidamente que aprenda a colaborar con este equipo médico, que no cause problemas logísticos y que mantenga su gigantesco ego fuera de mis pasillos. Lea la carpeta. Empieza el lunes.
Hawthorne se quedó lívido. La furia y la humillación de haber sido ninguneado por un grupo de mujeres en un hospital regional le deformaron las facciones. Me fulminó con una mirada cargada de veneno puro, pero no tuvo valor de abrir la boca frente al equipo de trauma.
Agarró la carpeta azul con brusquedad, se dio media vuelta y salió de la sala de juntas dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
✽✽✽
Noah
El sonido metálico de la puerta de mi taquilla al cerrarse resonó en el vestuario de la base como un disparo.
Estábamos al final de nuestro turno. El aire olía a desinfectante industrial y a la humedad de las toallas usadas que se amontonaban en los cestos.
Me quité el mono ignífugo con movimientos pesados, sintiendo cómo los músculos de la espalda me ardían tras un día entero de contorsiones y rescates con el cabrestante.
Me senté en el banco de madera en ropa interior, con la camiseta gris pegada al cuerpo, y me froté la cara con ambas manos, completamente hecho polvo.
A un par de metros, Ian se estaba abrochando una camisa de franela en silencio, mientras Caleb, a medio vestir y con los pantalones tácticos desabrochados, sostenía el móvil cerca de la oreja. Estaba escuchando una nota de audio.
Levanté la vista hacia él. Lo normal cuando Caleb escuchaba los mensajes de Hannah O'Malley era que su rostro se relajara, dando paso a una sonrisa que le iluminaba los ojos. Pero esta vez, no.